I
El jardinero
Caminaba pausadamente, calculando cada paso. Tenía que coordinar sus movimientos para mantener el equilibrio mientras levantaba el andador y lo desplazaba unos centímetros hacia delante. Después, apoyando su peso sobre la ayuda ortopédica, daba un paso y luego otro, recuperando de nuevo la verticalidad.
Así recorrió en pocos minutos la distancia que separaba la terraza ―donde había dejado a sus amigos y compañeros de residencia con la excusa de ir al aseo― del jardín trasero. Por fin alcanzó su objetivo. Lo primero que vio fue la camioneta de Lucas. En la parte de atrás se amontonaban las ramas y los fardos de la poda. También había un par de rastrillos y otros aperos propios de jardinería. Más allá, encaramado a una escalera, observó el cuerpo apolíneo de Lucas, quien no había advertido la presencia del anciano porque estaba enfrascado en la poda de los setos. Tampoco pudo percatarse de que Teófilo observó inmóvil durante un par de minutos su musculada y bronceada espalda ni de que las añejas pupilas del octogenario se deslizaron suavemente por la línea perfecta de su espina dorsal hacia abajo. En ese momento una de las manos del anciano abandonó la seguridad del andador y se elevó trémulamente en el aire, como si en la distancia, solo con desearlo, pudiera acariciar aquella piel y sentir la fuerza de los músculos del jardinero.
Algo en la nuca de Lucas, un cosquilleo, una sensación que bien podría haber sido una mosca o un beso depositado allí por el viento, hizo que se volviera. Solo entonces vio al residente. Lucas sonrió. Su nívea dentadura iluminó la clara mañana de primavera. Sus ojos, de un negro brillante, como dos perlas del color del petróleo, sonrieron al anciano, quien sintió un vuelco en el pecho y un cosquilleo tan agradable como poco frecuente en la entrepierna.
—¡Buenos días, don Teófilo! —dijo Lucas al mismo tiempo que bajaba de la escalera.
—Buenos días, muchacho —respondió el anciano, saludando con la misma mano que solo un instante antes acariciaba en la distancia el cuerpo del jardinero.
—Ya sabe usted que si nos pillan puedo perder mi trabajo —le recordó Lucas acercándose mientras se secaba el sudor de su cuerpo descamisado, bronceado y duro como una escultura con un pañuelo que luego guardó en su bolsillo. Enseguida llegó junto al sonriente anciano.
—Les he dicho que iba al aseo. Y me he asegurado de que nadie me siguiera.
—Está usted hecho un anarquista —repuso el joven con voz melosa, apoyándose en el andador, justo frente a Teófilo; sus manos tersas junto a las nudosas y moteadas del viejo, casi rozándose.
—Por favor, Lucas… —se oyó decir a Teófilo con la voz reducida a un tembloroso susurro y la mirada, desobediente, tratando de absorber el torso varonil del joven, precipitándose al sur del ombligo, perdiéndose entre el vello que asomaba sobre la goma de un calzoncillo de marca, disfrazada, sin embargo, de la humildad de quien está pidiendo algo.
—Está bien. Pero tiene que ser rápido. Las monjas se mosquean si no me oyen trastear y salen a mirar. Menudas brujas están hechas.
—A mí me lo vas a contar.
—Vamos detrás de la camioneta.
Entonces un milagro se produjo y las piernas de Teófilo parecieron rejuvenecer. Una fuerza lo inundó, lo poseyó y, sosteniendo el andador en el aire, fue capaz de dar, en apenas unos segundos, los pasos precisos para llegar al otro lado de la vieja camioneta. Allí, protegidos por los setos a un lado y el vehículo al otro, ambos hombres se dispusieron a infringir las normas.
Teófilo recostó su espalda en la puerta de la camioneta mientras Lucas buscaba algo en los bolsillos de su pantalón. El anciano sentía su corazón acelerándose por momentos. Sus ojos seguían los movimientos del joven. Tanta belleza le dolía.
El muchacho se acercó. Teófilo abrió levemente la boca. Lucas encendió el mechero y prendió dos cigarrillos.
El humo invadió hasta el último rincón de los desvencijados pulmones del anciano, que gozaba con los ojos cerrados de aquel pequeño y prohibido placer. Lucas lo observaba en silencio, sin entender que aquel simple favor, que aquella transgresión, pudiera significar tanto para Teófilo.
Se conocían desde hacía unos meses, poco después de que el joven comenzara su trabajo en la residencia Fray Leopoldo de Alpandeire. Después de cuatro años en el paro e incontables cursos de formación y entrevistas infructuosas, por fin había conseguido algo estable. La residencia de la tercera edad era como el Palacio de Versalles. Cientos de metros cuadrados de jardines que requerían un cuidado diario. Una antigua abadía reconvertida en centro de mayores subvencionado significaba trabajo fijo. Además, aquel viejo que lo miraba fijamente le había caído bien. Era un antiguo profesor que sabía todo lo que él ignoraba. Sus estudios habían sido un completo desastre. Malas notas y partes de disciplina lo habían convertido en un nini, y sus padres habían tirado la toalla. Luego empezaron los cursillos y, tras la muerte de un colega en una reyerta en una discoteca, no había vuelto a ser el mismo. Después cumplió un cuarto de siglo y empezó a hacerse preguntas. Algo en su mente había despertado: quería aprender. Por primera vez en su vida leyó un libro y lo disfrutó. Poco después empezó a trabajar en la residencia y conoció a Teófilo, quien le propuso un acuerdo: cigarrillos a cambio de lecciones. Así, mientras fumaban, el viejo profesor le explicaba la historia de la humanidad, que era lo que más le gustaba a Lucas. Eran clases breves, apenas diez o quince minutos, pero eran diarias. El anciano le recomendaba libros y de vez en cuando le daba algún artículo que había imprimido en el aula de informática.
La tos le sobrevino de improviso. Lucas le palmeó la espalda, despacio primero, más enérgicamente después. El anciano fue recuperando el resuello, aunque no se apartó del joven, a quien prácticamente estaba abrazando.
—Descubrirán que fuma. Y luego sabrán que soy yo su camello —le recriminó.
—No te preocupes. Ahora me bebo una manzanilla y se me pasa. También beberé un poleo para el aliento.
—Debería irse ya. Se extrañarán que tarde tanto.
—Los viejos tardamos mucho en mear. Es por la próstata. Tú no sabes de eso, eres muy joven y todo te funciona perfectamente.
Lucas sonrió. Apagó ambos cigarrillos contra el neumático y se guardó las colillas en el bolsillo. Teófilo le dio un papel con una lista de libros: novelas históricas, desde Yo, Claudio hasta algún best seller bien documentado. Entonces palmeó de nuevo la deseable espalda del muchacho y emprendió su camino de vuelta, lento y pausado, como un caracol, no sin antes volver a admirar la belleza atemporal del joven, que le sonreía recostado en el vehículo.
II
Confesiones a medianoche
—Pedro, ¿hace cuánto que somos amigos?
Teófilo lanzó esta pregunta a su compañero de habitación desde la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho y sin dejar de mirar al techo.
El otro anciano, que salía del cuarto de baño, llegó hasta su lecho sin responder. Solo cuando se hubo sentado y se masajeaba un pie, miró al viejo profesor.
—A ver… Tu esposa murió hace cinco…
—Seis —lo corrigió Teófilo.
—Seis años. Y viniste aquí poco después.
—Me trajeron mis hijos —lo volvió a interrumpir.
—Bueno. Pues casi seis años que nos conocemos y casi cuatro que compartimos habitación.
—Sí, desde que murió Fermín.
—¿Por qué me lo preguntas? ¿Te falla la chaveta?
—Quiero decirte algo que no le he dicho nunca a nadie.
—Ya sé que fumas a escondidas. La hermana Lucía también lo sabe, pero se hace la tonta. —Teófilo miró a su amigo. Este se metió de forma pesada en la cama y se tapó. Ambos miraban al techo en penumbra; Pedro había apagado la luz. Sin embargo, la farola de la calle iluminaba indirectamente el dormitorio, inundándolo de una luminosidad verdosa—. Dan igual los poleos que te tomes después. El tabaco huele muy mal. ¿Qué marca es?
—No lo sé. Me lo da el jardinero. Pero no se lo digas a esa bruja; lo despedirían.
—No, qué va. Están locas por él. Se ponen muy contentas cada vez que entra a la cocina a beber algo sin camiseta, pavoneándose entre todas esas vírgenes. —Teófilo empezó a reír y a toser. Aquel ataque lo obligó a sentarse para expectorar mejor. Pedro se tumbó de lado, mirando a su amigo, dudando de si aquel color verdoso era exclusivamente por culpa de la farola. Después agregó—: Si sigues fumando te morirás.
—Tú no te morirás porque no fumas, ¿no te jode?
—Bueno, ¿qué querías decirme? Tengo sueño.
—Ya no tengo ganas.
—Como quieras —rezongó Pedro haciendo como que se daba la vuelta.
—Espera —le rogó Teófilo—. Te lo diré. Y luego si quieres me iré a otra habitación.
—Eres muy pesado…
—Soy gay.
—¡¿Que eres qué?!
—¡Maricón! Que soy maricón. Pero baja la voz.
—Si el que habla alto eres tú. Además, Mariano y Paco no oyen nada sin el audífono y a estas horas se han dormido ya.
—¿No vas a decir nada?
—Que aparte de lo de los pulmones estás perdiendo la sesera.
—Te lo digo de verdad. Siempre lo fui. Siempre lo oculté.
—¿Y para qué lo dices ahora que te vas a morir en cuatro días?
—Porque quiero morir libre.
Pedro guardó silencio. Observaba a su amigo, quien, desde el borde de la cama, lo miraba con los ojos más vidriosos de lo normal.
—¿Estás seguro?
—Sí. Hace años que lo tenía en letargo, pero ese muchacho, Lucas…
—¿El jardinero?
—Sí. Ha conseguido que me ponga duro como una roca.
—Pero si podría ser tu nieto, ¿no habrás hecho alguna tontería…?
—No, no. Solo me da tabaco y yo le cuento historietas. Quiere aprender. Es como la más hermosa ánfora de la antigüedad, bello por fuera y vacío por dentro —dijo Teófilo con una sonrisa y la mirada perdida.
—¿Y Adela? ¿Y tus hijos? —preguntó Pedro, devolviéndolo de nuevo a la habitación.
—Ella nunca supo nada, pobrecilla. Y mis hijos, bueno, tampoco saben nada. Aunque me da igual.
—Bueno, pues ya lo has dicho. Duérmete tranquilo, yo no diré nada. Pero no te confundas, ¿eh? Yo soy un macho. Cada uno en su cama.
Teófilo se acostó de nuevo. Miró a la cama de Pedro, que se había volteado hacia la ventana, de espaldas a su amigo.
—Quiero que lo sepan todos.
—Estás loco. Te echarán de la residencia. O peor, te inflarán a drogas para que no des la lata; como hacen con todos.
—Si te lo digo solo a ti, no tiene mérito —añadió y Pedro refunfuñó en su cama—. Quiero que todos sepan que estoy orgulloso de ser como soy.
III
Seis doble
—¡Órdago! —gritó Mariano.
—¡¿Qué hostias dices?! ¡Que estamos jugando al dominó! —protestó Pedro.
Como cada mañana, después del desayuno y de los ejercicios de fisioterapia, los residentes disfrutaban de un tiempo de asueto en la cafetería, donde solían sentarse a jugar a las cartas o a otros juegos de mesa. Mientras las monjas hacían la limpieza y preparaban la comida, hombres y mujeres pasaban el rato como podían. Algunos veían la televisión, otros iban al taller de informática, unos jugaban a la petanca y los más se reunían con los compañeros y amigos alrededor de una de las mesas de la cantina.
—Quiero deciros algo. Pedro ya lo sabe.
—¿Eh? —preguntó Mariano.
—¡Súbele el volumen a ese chisme! —le ordenó Paco al tiempo que le daba un codazo a su compañero de habitación.
—¡Está al máximo ya! —protestó Mariano quitándose la boina.
—Teo, es mejor que no digas nada —le advirtió Pedro.
Sin embargo, Teófilo estaba decidido a dar aquel paso. Con un gesto indicó a sus amigos que se arrimasen. Así, los cuatro se inclinaron hacia delante, dispuestos a compartir un secreto. El viejo profesor carraspeó y dijo solemnemente:
—Quiero que todo el mundo sepa antes de que me muera que soy homosexual y que siempre lo he sido.
Paco miró a su amigo por encima de las gafas de culo de vaso que utilizaba, aunque no dijo nada. Se dejó caer hacia atrás para que su cuerpo descansara sobre el respaldo de la silla. Pedro tomó un sorbo de su café con leche. Mariano, con la boca entreabierta y los cuatro dientes que le quedaban asomando cual rocas aisladas en la llanura, miraba alternativamente a sus compañeros.
—¿Qué ha dicho? —preguntó por fin.
—Que es maricón —respondió Paco, con el ceño fruncido.
—¿Que es qué? —insistió Mariano en voz más alta.
—¡Marica! —susurró Pedro junto al oído del anciano desdentado.
—¡¿Que Teo es maricón?! —chilló por fin Mariano—. ¡Anda! ¡Como mi nieto!
Un silencio inundó la sala. Desde las otras mesas, hombres, mujeres y la monja que atendía la barra dirigieron sus miradas hacia el rincón donde se sentaban los cuatro amigos. Entonces una sonora carcajada colmó la cafetería. El viejo Mariano se revolcaba en su silla y reía a mandíbula batiente mientras unos enormes lagrimones le caían por el rostro, sorteando las incontables arrugas que surcaban su cara.
Teófilo observó a sus amigos, cuyo gesto, rígido al principio, parecía ir ablandándose por momentos. Luego miraron a Mariano, que se revolvía en su silla tratando de decir algo. Por fin el menudo octogenario pudo coger aire y dijo:
—¿Por qué no vas con mi nieto a la manifestación del Orgullo gay?
Como en aquella vieja película de Charlton Heston, la de las hormigas, que tantas veces habían visto en la salita de la televisión, un rumor llenó la cafetería. Cada mesa hablaba, opinaba, criticaba o seguía a lo suyo. La normalidad pareció volver a instaurarse.
Teófilo seguía con la mirada clavada en sus amigos. En sus ojos se podía ver un halo de decepción. Al mismo tiempo, su rostro había perdido ese semblante de profesor estricto que lo caracterizaba. Se le veía más relajado. Pedro pensó que incluso más feliz.
Ante el silencio de sus amigos, Mariano volvió a hablar:
—El sábado, cuando venga mi hija a buscarme para ir al chalet a comer la paella, veré a mi nieto y se lo diré.
—No hace falta…
—Claro que sí —lo interrumpió Mariano—. Yo vi hace dos años la manifestación. Es muy divertida. Algunos se disfrazan y van bailando y cantando. Tienes que salir este año.
—Mariano, no seas pesado —le dijo Paco.
—¿Y si se muere sin haberlo conocido?
—Pues que se muera. Todos nos vamos a morir —zanjó Paco, visiblemente airado. Cuando trató de levantarse, Teófilo le agarró el brazo. Aquel se zafó con violencia—. No vuelvas a tocarme.
—¿A qué viene eso? —medió Pedro.
—En el ejército te habríamos hecho un hombre —le espetó Paco con tono castrense.
—Ya salió el coronel. ¡A mí la legión! —exclamó Pedro.
—Con Franco esto no…
—Déjate de gilipolleces —lo frenó Teófilo, haciendo un esfuerzo sobrehumano para ponerse en pie—. Me pasé tres años en el ejército y te puedo asegurar que vi más mariconeo allí que en cualquier otro sitio. Hasta con un general estuve.
Paco se fue de la cantina caminando lo más rápido que pudo, pese a necesitar un bastón para andar. Teófilo se sentó de nuevo, cabizbajo. Mariano le tocó el brazo.
—No le hagas caso. Ya sabes que no muerde. Se le pasará. Vamos a seguir jugando.
Pedro volteó las piezas, las revolvió y decidió que salía su compañero de cuarto. Cuando hubo repartido las fichas correspondientes y las hubieron estudiado, Teófilo colocó una ficha boca arriba.
—¡Seis doble!
IV
Lazos familiares
El domingo siguiente dos de los hijos de Teófilo fueron a visitarlo. Estando en la terraza, a la sombra, ya que hacía un calor endiablado para estar a principios de mayo, el primogénito, también llamado Teo, carraspeó e informó a su anciano padre con tono de preocupación, de que habían recibido una llamada de la directora de la residencia, la hermana Teresa. Lo que había sido dicho en la cafetería había llegado a oídos de la responsable y esta quería que la familia tomara cartas en el asunto.
—Papá, ¿quieres que te llevemos a un médico? —preguntó José Antonio, el hijo pequeño.
—No estoy enfermo. No más de lo habitual.
—Pero esas cosas que has dicho… —intervino el hijo mayor.
—Es la verdad —dijo secamente el padre.
—Pero tú nunca…
—¡Vosotros qué sabréis de mi vida! Y no os preocupéis por vuestra madre. Ni lo supo ni lo puede saber ya. Solo quiero morir libre y en paz conmigo mismo.
—¿Tú estás seguro de…?
—¿Queréis una prueba de sangre? —preguntó ofreciendo a sus hijos sus brazos extendidos, en los que las venas oscurísimas parecían cables bajo una piel pálida, llena de manchas.
—Eso no sale en la sangre —balbució José Antonio.
—Entonces tendréis que creer en lo que os digo. He sido maricón desde pequeño…
—Se dice homosexual —lo corrigió su hijo menor.
—¡Se dice como me salga de los cojones, que para eso soy yo el que lo es! —bramó Teófilo. Luego hizo una pausa y continuó—: Tuve algunos amigos, amigos especiales, cuando era joven. Después, en la mili. Pero al volver al pueblo tenía que casarme. Y ya está.
Ambos vástagos supusieron que su padre les ocultaba gran parte de la historia. No obstante, ninguno de los dos hizo más preguntas. Nadie podría creer que desde la boda con su madre no hubiera sucumbido al deseo. Sin embargo, temían más escuchar la verdad que sospecharla. Por lo que callaron.
—La hermana Teresa nos ha pedido que busquemos otra residencia.
—No puede echarme por mi condición sexual. Es inconstitucional.
—No creo que le importe la Constitución.
—Pero las subvenciones sí le importan —respondió Teófilo a su primogénito.
Hablaron aún una hora más. Decidieron que Teo, el hijo mayor, trataría de convencer a la monja de que permitiese a su padre quedarse, a cambio de que este no causara problemas. José Antonio le preguntó si podía contárselo a sus hermanas y al resto de la familia. Teófilo se encogió de hombros. Se limitó a decir que le daba igual.
Aquella tarde, mientras muchos dormían la siesta y otros estaban en los talleres que ofrecía a los usuarios la residencia, Mariano buscó a Teófilo, que se había quedado en su dormitorio, mirando por la ventana de vez en cuando, con la esperanza de ver aparecer a Lucas. Cuando llamaron a la puerta, sintiéndose demasiado abatido para levantarse, gritó «¡adelante!» desde su butaca. La puerta se abrió y apareció el enjuto y jovial Mariano seguido de un hombre de unos treinta y cinco años, fornido como un militar, con la cabeza rapada, dos pendientes en la oreja derecha y una barba perfectamente recortada. Una camiseta negra demasiado ceñida acentuaba una musculatura superlativa.
—Este es mi nieto, Julio, el maricón —lo presentó Mariano, sonriendo.
—¡Jo, yayo, cómo eres! —protestó con una sonrisa condescendiente el joven—. ¡Encantado de conocerle!
—Él es Teófilo. Acaba de salir del armario —chilló el abuelo, siempre medio desconectado de la realidad.
—Pues, enhorabuena, señor. Nunca es tarde si la dicha es buena, ¿no?
—Gracias, joven.
Julio se sentó en la otra butaca que había junto a la ventana y su abuelo se acomodó en la cama de Pedro. Pasó un momento de incómodo silencio y por fin alguien decidió que era mejor decir lo que se tenía que decir.
—Me ha comentado mi abuelo que le gustaría salir en la manifestación del Orgullo de este año.
—No he dicho eso…
—¡Yo también salgo! —gritó Mariano desde el borde de la cama.
—Ya he dado bastantes pasos…
—Puedo preguntar en la asociación si hay sitio en algún camión…
—No, no te molestes…
—¡De eso nada! —exclamó Mariano acercándose a la ventana—. No nos montaremos en un camión lleno de tus amigotes, que nos dan un codazo y nos matan. No señor, llevaremos nuestro propio vehículo.
—Pero, yayo, y el papeleo…
—De eso se encarga tu hermana, que para eso trabaja en el ayuntamiento.
—Mariano, ¿y de dónde vamos a sacar un camión?
El viejo no respondió. Su rostro se arrugó más aún al mismo tiempo que una enorme sonrisa lo cruzaba de lado a lado. Su nieto y su amigo lo miraban creyendo que no habría oído la pregunta. Entonces señaló la ventana. Cuando buscaron a través del cristal el objeto de la sonrisa del anciano, descubrieron la camioneta del jardinero aparcada en el patio trasero.
Lucas vio aparecer a los tres hombres y por un momento pensó que todos venían a pedirle tabaco. Aunque el joven, el musculado, no tenía pinta de ser un trabajador del centro. Teófilo llegaba el último, caminando a duras penas con la ayuda de su andador. Un anciano bajito y risueño llegó el primero y sin decir nada comenzó a inspeccionar la camioneta. El hombre de la camiseta dos tallas por debajo de lo razonable se presentó como Julio y le estrechó la mano con fuerza mientras lo miraba de una manera curiosa. Por fin llegó Teófilo, a quien le faltaba el resuello, y aclaró la situación.
—No, no. No os cobraría nada. Pero la camioneta está hecha polvo.
—Esto no es nada. Si vieras las que sacamos cada año y lo que aguantan, con todas las maricas saltando desbocadas —explicó Julio sin dejar de mover las manos, y Lucas se dio cuenta de que aquel gigante trataba de ligárselo.
—Siendo un sábado, estoy libre. Puedo conducir yo mismo.
—¿No preferirías venir arriba con nosotros? —preguntó Teófilo.
—Lucirías estupendamente —apostilló Julio, guiñándole un ojo.
—Bueno, ya veremos —dijo Lucas tratando de ganar tiempo.
—¡Habrá que decorarla con guirnaldas y farolillos! —terció Mariano, siempre en voz alta.
—¡Ay, yayo! Eso es muy vintage. Es el Orgullo, no la Feria de Abril.
Mariano agarró de la mano a su nieto y se lo llevó a examinar el motor de la camioneta. En su día fue mecánico y quería supervisarlo todo. Teófilo aprovechó que se quedaba solo con Lucas y se acercó dos pasos al muchacho.
—¿De verdad que no te importa?
—No, lo digo en serio. Será un honor para mí.
Entonces Lucas colocó su mano sobre la del anciano profesor y este sintió que el corazón se le salía por la boca. Trató de dar un paso atrás, pero trastabilló y cayó de espaldas. Lucas se arrodilló a su lado y le levantó la cabeza. Teófilo vio el rostro del joven a pocos centímetros del suyo. Creyó que era un ángel del cielo. Sonrió y cerró los ojos. Antes de desmayarse escuchó algo sobre sangre.
V
Con la Iglesia hemos topado
Pedro estaba sentado en su cama, mirando fijamente hacia él, cuando despertó. Teófilo se sentía mareado y cuando preguntó, su amigo le dijo que había perdido el conocimiento hacía varias horas. Tenía un apósito en la parte de atrás de la cabeza y en el brazo derecho. Pedro siguió con la suya la mirada de su amigo. Le explicó que le habían sacado sangre. Que el doctor había venido de urgencia y que se había armado una buena. La hermana Teresa había llamado a su despacho a Mariano y se rumoreaba que iban a cambiar las normas de las visitas.
—¿Y Lucas? —Pedro pareció no comprender—. El jardinero —le aclaró.
—Ya se ha ido. Fue él quien te trajo en brazos hasta aquí.
—Pero ¿lo han echado? No ha sido culpa suya.
—No lo sé. No creo.
Teófilo cerró los ojos. Sintió un cúmulo de sensaciones, de sentimientos, de nervios, de culpa, de ilusión, de miedo, de vértigo… Se sintió vivo.
Debían de haberle administrado calmantes, porque se durmió enseguida y no despertó hasta la mañana siguiente. La hermana Teresa vino acompañada de otra monja que cargaba con una bandeja. Le traían el desayuno. Pedro ya no estaba y Teófilo se sintió intimidado en un primer momento. La monja fue directa al grano. No iba a tolerar actos ni comportamientos que atentaran contra los principios morales de aquella casa que, generosa y piadosamente, acogía ancianos desvalidos. Él no debería hacer alarde de su situación —Teófilo creyó por un momento que iba a decir enfermedad—, y aquella loca idea de acudir a una cabalgata a pleno sol montados en una camioneta desvencijada era una ridiculez.
El anciano la dejó hablar y, cuando la monja hubo terminado, se incorporó, carraspeó y dijo:
—Creo que se confunde, hermana. Yo no soy de esos a los que pueden amilanar con amenazas. A mí no me van a poner la papeleta en el sobre ni me van a prohibir mirarle el culo a quien me apetezca. Y no presuma de generosidad. Le recuerdo que se quedan con buena parte de mi pensión, aparte de las subvenciones que reciben de la comunidad autónoma. Que yo sepa, no soy un prisionero, y si quiero ir a una manifestación, iré. Porque una cosa le voy a decir, hermana: moriré libre.
***
Desde aquel día, todas y cada una de las monjas se volvieron hostiles con Teófilo. Él ignoraba sus gestos, sus comentarios, cada vez menos sutiles, y se refugiaba en sus libros y en sus amigos. Tal como había dicho Mariano, Paco, el viejo coronel, pronto se reconcilió con él. Hablaron largo y tendido de la Guerra Civil, de la República, de Franco, de la Legión y de política y concluyeron que su amistad era más importante que las rencillas ideológicas.
Un día, a la hora de la comida, a Teófilo no le sirvieron el postre. Las monjas iban y venían dejando los platillos en las mesas: un flan a cada residente. A todos, menos al viejo profesor. Paco iba a protestar cuando el agraviado le pidió que lo dejase estar, que probablemente todo se debía a un despiste. Y que además no tenía apetito.
Sin embargo, al día siguiente, ocurrió lo mismo. En esa ocasión, el viejo coronel agarró a sor Lucía por el hábito y la atrajo hacia sí.
—Lo siento mucho. Son órdenes.
Sus amigos quisieron protestar airadamente, pero Teófilo logró calmarlos. Aquella misma tarde llegó caminando lentamente hasta el despacho de la hermana Teresa. Ella se limitó a decirle que se le estaba aplicando un correctivo. Él protestó, pero ella replicó que había residencias públicas donde ser como él no estaba mal visto.
Desde la ventana de su habitación contemplaba el patio trasero y parte del jardín. Hacía ya unos días que Lucas no acudía a su trabajo. Cuando preguntó por el jardinero, con una excusa trivial sobre los geranios del porche, le respondieron que estaba enfermo. Sin embargo, aquella tarde, vio una furgoneta que nunca antes había visto. Su corazón le dio un vuelco. Cuando la puerta del conductor se abrió, la desolación cayó sobre él.
Unos minutos más tarde llegó hasta donde se afanaba en su labor un hombre de mediana edad con una camisa de cuadros vieja y un sombrero de paja. Las sospechas de Teófilo se hicieron realidad: era el nuevo jardinero. Preguntó a la primera monja con la que se encontró y aquella no sabía nada o no quiso responderle. Preguntó a una segunda y a una tercera. Intentaba correr, pero su delicado estado de salud podía más que él. Tuvo que sentarse a recuperar el aliento. Sor Lucía lo encontró jadeante y con los ojos enrojecidos.
—No le diga a nadie que se lo he dicho yo —le pidió la monja con un hilo de voz, como si estuviera ante su confesor—. Hace unos días lo despidió la hermana Teresa. Él vino preguntado por usted y no sé qué hablaron, pero ella le pidió que no volviera.
—Gracias, hermana —dijo él, abatido, sin apenas fuerzas.
***
Teófilo sintió que la energía vital que tanto vigor le había dado días atrás se disolvía y desaparecía. Sus días se hicieron monótonos. Sus amigos trataban de animarlo, pero él se volvió reservado y solitario. El castigo prosiguió muchos días más. La hermana Teresa, que había ordenado habilitar el comedor de verano, más amplio y luminoso, comía con los residentes, observando cada movimiento desde la presidencia de la mesa de las monjas, que no en vano estaba sobre una tarima. Los rezos, antes voluntarios y silenciosos, se hicieron comunitarios y obligatorios. Pero el postre de Teófilo no volvía, al igual que su ilusión.
Mariano le había dicho un día que su nieta había arreglado el papeleo y que, si querían, podrían tener un espacio en la manifestación del Orgullo. Julio quería ir a organizarlo todo con ellos. Teófilo rehusó la proposición. Ya le daba igual. Pedro sacó el tema durante una comida. Quería que su amigo se animara, que recuperara el aura de vitalidad que siempre lo había caracterizado. Había entendido —no hacía falta ser un genio― que la ausencia del jardinero coincidió con la aflicción de su compañero de cuarto. Los demás no lo habían relacionado. Creían que era el hostigamiento de la directora el origen de su pena. Compartían sus postres con él, pero nada parecía animarlo.
Un día, Paco, el viejo coronel, se puso en pie en medio de una comida. Era mediados de junio y el calor apretaba. Nadie reparó en su gesto. Muchos se levantaban para ir al baño. El rumor de las conversaciones, el zumbido de los ventiladores y el tintineo de los cubiertos continuó. Entonces cogió su bastón y golpeó la mesa tres veces, con fuerza. El silencio se abrió paso.
—La hermana Teresa, aquí presente, lleva un mes privando de postre a uno de nosotros y, además, buen amigo mío —bramó con su voz profunda y entrenada para dirigirse a un numeroso auditorio—. La falta que ha cometido mi amigo —dijo alzando más la voz cuando vio que la monja aludida se ponía en pie— ha sido expresar en voz alta sus sentimientos y su forma de ser.
—Don Francisco, tenga la bondad… —trató de frenarlo sor Teresa.
—La institución a la que he dedicado mi vida, el glorioso ejército, es…
—Ay, madre mía… —se lamentó Pedro tapándose la cara con ambas manos.
—Qué bien oigo a este hombre —dijo Mariano.
—… una de las más férreas instituciones del mundo. Las normas son sagradas. Pero nunca, al menos bajo mi mando, se castigaría indefinidamente a un hombre por muy grave que fuese su falta.
—Por favor, Paco —le rogó Teófilo.
—Exijo que se le levante el castigo con carácter inmediato o informaré a mis superiores.
Durante un minuto nadie habló. La hermana Teresa observaba, impertérrita, desafiante, al viejo coronel. Las demás monjas, especialmente sor Lucía, se mordían el labio inferior para contener una sonrisa que, en cambio, sus ojos no escondían. Teófilo miraba al plato, vacío, sin sentir nada más que pesar. Mariano exclamó «¡órdago!» y una sonora carcajada inundó el local. Pedro se puso en pie y empezó a aplaudir con fuerza. Poco a poco otros se unieron a él, hasta que el clamor de los aplausos fue insoportable. La hermana Teresa empezó a chillar. Mandaba callar a todo el mundo. Azuzó a las monjas para que se levantaran y calmasen a los ancianos. Algunas optaron por sacar del comedor a los que iban en silla de ruedas, pese a que abuelos y abuelas se aferraban con fuerza a las mesas para no abandonar el comedor. Poco a poco el silencio se impuso. Solo el grito exigiendo ese silencio se escuchó cuando todos callaron. Por fin todo se calmó. Paco seguía de pie, con su pose firme, manteniendo la mirada fija en la directora. Ella, fuera de sí, respiraba con dificultad, apoyada en la silla de ruedas de una anciana con el pelo de color rosa.
—¿Qué es lo que ha hecho Teófilo? —preguntó entonces Carmen, una abuela de noventa y tres años.
—¿Todos saben que soy…? —dijo sorprendido el castigado.
—Pues claro. Radio Macuto funciona perfectamente —le respondió Pedro.
—Teófilo es un desviado y tiene que redimirse —espetó entonces, para sorpresa de todos, la monja.
—¿Un qué? —inquirieron tres o cuatro desde distintos puntos del comedor.
—¡Un maricón! ¡Y además pretende ir a ese desfile de… de… de degenerados!
De repente una algarabía llenó el comedor. Hombres y mujeres empezaron a increpar a la monja, que, sorprendida, gritó exigiendo silencio otra vez. Pero, en esta ocasión, su poderosa voz no iba a amedrentar a los ancianos, quienes seguían señalándola con el dedo, afeándole su conducta. Poco a poco, sobresaliendo al jaleo, una palabra empezó a sonar al unísono. Acabó convirtiéndose en un cántico, en un grito solidario de apoyo.
—¡Te-ó-fi-lo, Te-ó-fi-lo! —coreaban prácticamente todos los residentes, y primero de forma tímida y después de manera evidente, un grupo de monjas se sumó al coro, siendo la más entusiasta de todas la hermana Lucía.
VI
Manos a la obra
Loli tecleó con ambos dedos índices la palabra que le había dictado Pedro. La anciana, a la que empezaban a llamar «la Tecnololi», por su habilidad con el ordenador, se había colocado sus gafas sobre la punta de la nariz y tecleaba despacio para no equivocarse. Cuando pulsó el botón de búsqueda, apareció una nueva pantalla con muchos resultados. Pedro y ella miraron el ordenador escrutando aquellas letras, en busca del contacto que necesitaban.
—¡Aquí está! —exclamó el anciano.
—¿Seguro?
—Sí, pulsa, pulsa.
La web que apareció a continuación despejó las pocas dudas que les quedaban. Las fotografías no podían engañar. Pedro cogió un trozo de papel y un bolígrafo y apuntó el número que se mostraba en la parte superior.
Mientras la Tecnololi se ponía al servicio de Jacinta, la encargada del taller de costura, para buscar fotos que orientaran al equipo de decoración, Pedro salió del taller de informática y se dirigió al mostrador de recepción. Sor Natividad, una joven colombiana recién llegada como parte de la reestructuración de la residencia, le acercó el teléfono. Pedro marcó y se sorprendió a sí mismo porque estaba nervioso. Tras dos tonos, le respondieron.
El viejo coronel había movido sus hilos porque, como él decía, un militar no amenaza gratuitamente. En pocos días sor Teresa y las monjas más afines a su manera de trabajar fueron trasladadas a un convento donde se encargarían del comedor social. La dirección de la residencia Fray Leopoldo de Alpandeire le fue encomendada entonces, previa consulta a los residentes, a la hermana Lucía. Y varias monjas nuevas fueron enviadas para cubrir las bajas del equipo saliente.
Teófilo había visto como la solidaridad del resto de ancianos se convertía en simpatía. Dos hombres y tres mujeres se acercaron a él durante la semana siguiente para decirle que ellos también eran homosexuales y que querían participar en la manifestación del Orgullo junto a él.
Julio iba y venía a la residencia para concretar la participación de los ancianos en el Pride de aquel año. Las noticias sobre un grupo de ancianos gais y lesbianas habían corrido como la pólvora. Los organizadores del evento habían ofrecido un autobús con aire acondicionado, pero desde la portavocía del grupo de ancianos un tal Mariano había declarado que iban a llevar su propio vehículo. Incluso la prensa se acercó hasta la residencia para indagar y conocer a los «orgullosos abuelitos». En este caso, la hermana Lucía
no permitió que las cámaras entrasen en el centro. A cambio, pactó una entrevista en la terraza con Mariano y Pedro, los organizadores. Teófilo también fue invitado, aunque prefirió no salir en la televisión para no ofender la memoria de su esposa. Paco, el viejo coronel, declinó participar en la entrevista y en todo el evento del Orgullo; cuando le preguntaban, él respondía que un soldado tenía que saber cuándo retirarse.
***
—De modo que todo empezó cuando un amigo de ustedes salió del armario con más de ochenta años —explicó la periodista con el tono maternal tan en boga en la televisión.
—Sí. Y como mi nieto también es maricón, pues se me ocurrió que podía ir a manifestarme con él, por sus derechos —dijo Mariano, dejando boquiabierta a la entrevistadora.
—Todo empezó así, es cierto —aseveró Pedro—. Pero ahora lo que queremos, una vez que otros abuelos y abuelas han declarado públicamente su homosexualidad, es reivindicar el respeto y el derecho de los mayores a vivir su sexualidad como quieran.
—Sí, y que se casen con quien les dé la gana —añadió Mariano—. Mi nieto no se casa porque es un bala perdida. Un día con uno, luego con otro…
—Bueno, y… nos han dicho que llevan su propio camión…
—Es una sorpresa —explicó Pedro—. Tenemos a más de veinte personas, todos voluntarios de la residencia y también algunas de las monjas, trabajando para que sea la carroza más bonita de la manifestación.
VII
Orgullosos
El viernes, víspera de la manifestación del Orgullo LGTBIQ+, a las diez, a la hora de la partida de cartas de media mañana, una bocina sonó atronadora al otro lado de los setos de la residencia. La hermana Natividad corrió presurosa hacia la verja delantera para abrir las dos hojas del portón. Pedro, Mariano, Paco y Teófilo, que estaban acabando una mano de mus, se levantaron. Todos los residentes estaban agitados y algo nerviosos. Las monjas habían comprado varias cajas de tila, infusión de valeriana y demás remedios naturales para mantener los nervios a raya. El equipo de costura había trabajado hasta tarde la noche anterior y la ilusión reinaba en el ambiente.
Cuando Teófilo llegó al aparcamiento, caminando a su ritmo pausado a pesar de la agitación, tuvo que agarrarse con fuerza al andador. Ante él, al volante de la vieja camioneta, estaba Lucas. El muchacho sonrió al anciano profesor. Bajó del vehículo y lo abrazó.
—Siento no haber venido antes. Me pidieron que no lo hiciera porque querían que fuera una sorpresa.
—Yo… yo…
A Teófilo no le salían las palabras.
—No se preocupe. No fue su culpa que me despidieran. La directora me acusó de cosas que… Bueno, yo no me callé y me echó. Pero ya estoy trabajando otra vez. —El profesor no pudo decir nada. Le temblaba la mandíbula y lloraba como un niño. Lucas lo acompañó hasta una sombra. Le acercó una silla y le ayudó a sentarse. Se acuclilló junto a él y le cogió una mano. Teófilo lo miró, confuso—. Sé los sentimientos que tiene hacia mí. Y hace que me sienta muy honrado. Usted es un hombre sabio y bueno. Yo solo soy lo que ve. Aunque no pueda corresponderle, me gustaría ser su amigo, su alumno, y aprender de usted. Si quiere puedo venir a verle dos o tres veces a la semana para tomar un café, fumarnos un cigarrillo a escondidas y hablar de libros y de historia.
—Será un honor para mí ser tu profesor y tu amigo —dijo al fin Teo, observando al joven a través de sus lágrimas.
Mientras aquellos amigos hablaban y compartían confidencias, un equipo de ancianos llenos de energía y de ilusión, junto a unas monjas voluntariosas, acometían la tarea de convertir aquella vieja camioneta de jardinería en una carroza bella y orgullosa.
***
Al día siguiente, día de la manifestación del Orgullo en la capital, cientos de miles de personas de todas las edades unieron su voz para reivindicar un mundo más justo e igualitario. Casi al final, después de las grandes carrozas y de los camiones y autobuses de discotecas y otros patrocinadores, se abrió paso una humilde camioneta, al volante de la cual iba una monja. Estaba decorada en su totalidad con banderas y guirnaldas con los colores del arco iris. Unos sencillos altavoces domésticos competían en vano contra los potentes equipos de sonido de los otros vehículos, pero a sus ocupantes parecía no importarles. La felicidad colmaba sus rostros. El vehículo avanzaba despacio cosechando los aplausos y las ovaciones más entregadas de los incontables ciudadanos que asistieron al Pride. En la parte de atrás, al ritmo de las viejas canciones de Joselito, Marisol, Marujita, la Jurado o Antonio Machín, un grupo de hombres y mujeres de la tercera edad —que, sin embargo, no tenían nada que envidiar en vitalidad y alegría a los ocupantes de los otros camiones— bailaban y cantaban. Junto a ellos iban dos hombres jóvenes, ambos descamisados, uno musculado a cincel y el otro atlético, de belleza helénica y profundos ojos negros.
Teófilo, de la mano de su amigo Lucas, sonreía y saludaba a todo el mundo. Lanzaba serpentinas y cantaba hasta quedarse sin voz. Por primera vez en su vida se sentía completo, libre y feliz. Y así, al tiempo que alguien le refrescaba la cabeza con un poco de agua, posó por un instante su mirada cansada en las rayas sucias del asfalto, que se alejaban lentamente al compás de los aplausos.