Sergey, veintisiete años, ucraniano, licenciado en Química, habla cuatro idiomas y domina la informática; es gay y soltero.
Carlos, treinta años, barcelonés, licenciado en Filología Inglesa, habla cinco idiomas, profesor de bachillerato y domina la informática; es gay y soltero.
Tres mil kilómetros de distancia separan Kiev de Barcelona, pero una sala de chat en la que la gente es conectada de forma aleatoria en una videoconferencia hizo que, hace un par de meses, dos perfectos extraños se encontraran cara a cara ante la pantalla.
Sergey llevaba media hora siendo nexteado, un término que significa que sus interlocutores no deseaban hablar con él y que, con un simple clic, ponían en marcha la ruleta algorítmica hasta conectar con otro usuario. También él había ignorado con la rapidez e incluso crueldad de un gesto nimio, como el de pulsar el botón izquierdo del ratón, a varias docenas de personas, o lo que debían de ser personas unidas a unos genitales, que es lo único que Sergey había logrado ver de sus interlocutores.
Se dijo a sí mismo que si en un minuto no aparecía nadie con quien intercambiar más que las típicas frases, «¿De dónde eres?» y «¿Cuántos años tienes?», antes de pasar a las no menos manidas, «Quítate la ropa» y similares, desconectaría aquella ruleta con fondo de agujero negro y se iría a releer Crimen y castigo, que le sería más provechoso. Pero la carne es débil y Sergey aguantó media hora más, nexteando y siendo nexteado, cuando, de repente, la cara lúcida de Carlos apareció en la pantalla.
Carlos había roto con su novio hacía tres meses. Durante ese tiempo, y después de cinco años de relación, no había estado con nadie, a excepción de un ligue ocasional en una noche de fiesta que recordaba de forma brumosa. Había oído hablar de la Ruleta rosa a un amigo y decidió probar. Al principio le pareció morboso, luego repetitivo, frustrante y, por último, tedioso. Muchos usuarios ni siquiera le daban tiempo a saludar cuando ya lo habían ignorado y otros le pedían que enseñara todo porque tenían prisa por reventar. Aun así, Carlos lo encontró divertido y seguía dándole a la ruleta cuando, sin esperarlo, vio a un joven que lo saludaba con la mano desde un punto indeterminado del mundo.
Sergey y Carlos empezaron a hablar en inglés un martes por la tarde-noche, y a las dos de la madrugada decidieron intercambiarse los correos electrónicos y sus respectivas cuentas de redes sociales. Habían estado conversando varias horas sin interrupción y, sin esperarlo, fueron conscientes de que habían conectado de una manera poco frecuente. La confianza había sido una base tácita y sus vivencias, sus pasiones, sus miedos, sus ilusiones, su biografía, sus esperanzas, sus deseos, sus sueños, sus curiosidades, sus gustos y sus circunstancias navegaron de Barcelona a Kiev y viceversa durante aquellas horas y en los días que vinieron tras aquel primer encuentro.
Han pasado dos meses desde aquella conexión fortuita en la Ruleta rosa y hoy Sergey pasea de la mano de Carlos por las Ramblas. Voló a la capital catalana desde su Kiev natal hace cuatro días. Una tarde, hará tres semanas, le dijo a Carlos que se había enamorado de él. Carlos sintió un ahogo, pero sonrió a la webcam y contestó que él también. Así que Sergey le propuso reunirse y ver qué pasaba. Carlos lo consultó rápidamente con nosotros, sus amigos, que, como en aquella Ruleta rosa, le dimos todo tipo de consejos y opiniones. Unos le previnieron contra posibles estafadores o cosas peores, otros lo animaron a dejarse llevar, unos le advirtieron que fuera cauto, otros se apuntaron al viaje a Kiev cuando se produjera y yo me ofrecí a acompañarlo al aeropuerto.
Sergey llegó con cara sonriente y se abrazó a Carlos como si se conocieran y quisieran desde siempre, como si en vez de llegar por primera vez, volviera tras una ausencia más o menos larga. Desde el primer momento caminaron de la mano, mirándose con una mezcla envidiable de comprensión, ilusión y pasión. Carlos y Sergey jugaron a una ruleta, la Ruleta rosa, en la que solo se gana una vez de cada millón y, sin embargo, ellos han tenido suerte.