País Relato - Autores

óscar hernández-campano

la gata que coleccionaba calzoncillos

Sonaba un disco de Norah Jones. A Claudio le encantaba hacer el amor escuchando a una de sus intérpretes favoritas. Pensaba que sus amantes, en una especie de hechizo inducido por la sugerente música —repleta de elementos y matices del sur de los Estados Unidos, de notas heredadas del soul, del jazz, de un country suave, y aderezadas por arreglos más comerciales—, se dejarían llevar por aquellas melodías y cabalgarían con desinhibición sobre las llanuras de su cuerpo.
Los amantes, reposando ya, charlaban en susurros, imbuidos de la complicidad que sigue al orgasmo, alcanzado, casi por arte de magia, por ambos contendientes al mismo tiempo. Las caricias, las carantoñas, las sonrisas y las miradas que Claudio se esforzaba por derramar sobre su amante no obtenían, sin embargo, la reciprocidad anhelada. Sentía que, de nuevo, la ilusión que al comienzo de la noche lo llevó a un estado casi de éxtasis se deshilachaba por momentos. Quizá él se había entregado en cuerpo y alma, pero aquel que lo acompañaba se había limitado a echar un polvo.
—Debería irme —dijo el joven, deshaciendo el abrazo en el que Claudio se había acurrucado, esperando que aquel hermoso muchacho se dejase convencer por las delicias del cariño y el calorcito humano—. Entro a trabajar a las seis —apostilló, saliendo de la cama.
—¿No quieres darte una ducha? —le preguntó Claudio desde el lecho, observando aquel cuerpo que había sido suyo en un usufructo demasiado breve, al verlo buscar su ropa—. Puedo preparar el desayuno mientras tanto.
—Gracias, pero se me hace tarde —replicó el hercúleo joven, que trabajaba en la logística de unos grandes almacenes—. ¿Has visto mis calzoncillos?
Cuando el muchacho registraba los pliegues de las sábanas, aún impregnadas del aroma del deseo, una presencia rojiza salió corriendo de debajo de la cama, llevando asido su slip. La sombra que vio el joven era Miranda, la gata de Claudio, escapando por el pasillo hacia el salón con la prenda desaparecida bien sujeta entre sus afilados dientes.
—¡La gata! —exclamó el chico, que salió corriendo desnudo tras el felino en una escena cómica que arrancó una carcajada a Claudio, quien observaba todo recostado sobre un brazo.
Miranda llegó al salón, saltó sobre el sofá y, oyendo que su perseguidor acudía en su busca, saltó de nuevo al suelo, escabulléndose tras la enorme librería que ocupaba una de las paredes de la estancia. El joven se agachó, introduciendo su antebrazo tras el mueble, tratando de atrapar al animal y de recuperar su calzoncillo. Miranda maullaba de forma lastimera desde su refugio, atrincherada en un lugar donde se sentía segura.
—Déjalo estar —intervino Claudio apareciendo en la sala, ataviado con un batín magenta orlado con grecas plateadas, cruzado a la altura del vientre y anudado a la cintura—. Ten, te regalo estos. Son nuevos.
—Puedo mover la librería. No pasa nada —arguyó aquel Aquiles de recia musculatura cincelada durante interminables horas de gimnasio.
—Ni hablar. ¿Por unos slips? Estos cuestan el triple. Además, podrían caerse los libros o Miranda podría acabar herida —insistió Claudio, sentándose en el brazo del sofá—. Cuando los recupere, tendré una excusa para volverte a ver.
—Creo que la has amaestrado para robarme los calzoncillos, ¿no? —preguntó el muchacho poniéndose en pie y acercándose de forma sensual a Claudio, que abrazó la cintura del que acababa de ser suyo.
—Por supuesto. Te prefiero desnudo —se limitó a responder, antes de besarle el ombligo.
Sin embargo, aquel acercamiento repleto de deseo y voluptuosidad no arribó a un nuevo puerto de placer, como habría querido Claudio, fantaseando con que este ligue le durara más, llegara más lejos o floreciera en una relación con todos los adornos y deleites que eso conlleva. Su anhelo se deshizo como la nieve en primavera. El de formas canónicas cogió la ropa interior que le había ofrecido el dueño del piso y del lecho, volvió al dormitorio, se vistió y, tras refrescarse la cara en el aseo, se marchó. Ni un beso de despedida ni una esperanza de reencontrarse en breve; tampoco una señal que lo diferenciara del chico con el que había estado tres días antes, ni de aquel otro con el que había gozado el fin de semana anterior, ni de ese del martes de la pasada semana, ni de cualquiera de los hombres, jóvenes o más curtidos, que habían pasado por su cama en los últimos meses, en los últimos años, en las últimas décadas.
Cuando la puerta principal se cerró, produciendo el consabido estruendo que llegaba a todos los rincones de la vivienda, Miranda salió de su escondite, con el slip entre sus dientes. Caminó resuelta hacia Claudio, quien, sentado en su sillón orejero, observaba el horizonte, aunque sin mirar, sin luz en los ojos. La gata saltó sobre su regazo para frotar su cabecita contra la barbilla del hombre. Se acomodó sobre los muslos de aquel con quien compartía su vida y dejó caer el slip a su lado. Claudio, respondiendo a las muestras de cariño del animal, la acarició bajo la mandíbula y detrás de las orejas, lugares en los que la gata encontraba más gusto y ternura. Con la otra mano recogió la prenda íntima de ese amante que ya era pretérito y se la llevó a la nariz, aspirando su aroma mientras cerraba los ojos, buscando amarrar a su memoria los recuerdos de aquella noche que, con los primeros rayos de sol, se había convertido en piedra, en un pasado muerto, en una serie de recuerdos condenados a perderse en las brumas del tiempo. Olió libido, sudor, feromonas y sexo. Creyó distinguir, entre la fragancia a hombre, notas de perfume, o tal vez de detergente. En su mente volvió a disfrutar de la sonrisa del muchacho, de sus formas expuestas a través de una camiseta ajustada, de sus miradas repletas de mensajes inconfundibles, de los primeros besos urgentes, del deseo irrefrenable al llegar al apartamento, del éxtasis prolongado durante la noche…
Claudio abrió los ojos. Aferrarse a una experiencia estéril no valía la pena. Lo sabía. Era algo repetido hasta la saciedad. Pese al gozo, el cariño que él derramaba, las caricias regaladas, la promesa de abrazos y cobijo, de compañía y complicidad, uno tras otro, aquellos hombres se iban al amanecer con un golpe seco de puerta. Y solo le quedaban aquellas prendas íntimas que su gata Miranda les robaba porque sabía cuánto le gustaba al humano aspirar la esencia de aquellos desconocidos que nunca habían vuelto.
Se levantó y caminó arrastrando los pies hacia el baño. Miranda lo adelantó, moviéndose con elegancia y con la cola enhiesta, tras esconder otra vez el slip en su guarida de la librería. Claudio sonrió al observar los aristocráticos andares de la gata y el pelaje rojo que cubría su cabeza, espalda y cola como una capa; su pecho y vientre eran, por el contrario, de un blanco níveo, sin máculas. En el aseo, donde la gata tenía su caja de arena, los platillos con agua y alimento y una camita que no usaba nunca, pues dormía sistemáticamente arrebujada entre las mantas de la cama con su humano, el hombre se miró en el espejo. Ella lo observaba, sin comprender por qué veía dos Claudios iguales. Sus ojitos amarillos, abiertos con fuerza, fijaban el reflejo y el humano real, sin distinguir diferencias. Pero Claudio sí las apreciaba, no con el reflejo que le devolvía el espejo, sino con el que le había devuelto en el pasado. El tiempo había acelerado su paso con el transcurso de los años. Estos parecían sucederse de forma vertiginosa, dejando con saña su recuerdo en el rostro que escudriñaba en el espejo.
Había cumplido cincuenta años hacía un par de meses. Su cabello, que teñía de rubio una vez al mes, había encanecido ya por completo, aunque conservaba una buena cantidad, hecho al que se amarraba para consolarse. Su rostro, en cambio, más delgado que antes pese a comer igual que siempre, se había llenado de arrugas que parecían brotar sin control e inesperadamente, como las flores en el campo o como las constelaciones en la noche. No podía disimular el desgaste de los años. El tinte era cada vez más evidente y, con el tiempo, le iba confiriendo un aspecto grotesco. Diez años antes, con una piel adulta pero firme, teñirse el cabello lo rejuvenecía; ahora, sin embargo, sentía que lo ridiculizaba. Abrió la bata y contempló el reflejo de su torso. Vio pellejos, flacidez y decrepitud. Se echó a llorar. Miranda saltó al lavabo y se refregó contra la piel de Claudio, que ella no juzgaba. Él la abrazó y se desahogó durante media hora.
***
Miranda coleccionaba calzoncillos de los ligues de Claudio porque era una cazadora nata. Él no la había amaestrado, como había sugerido aquel amante tan bueno, casi olvidado ya tras varias semanas y otros tantos hombres que habían retozado entre aquellas sábanas. Lo que ocurrió, simplemente, fue que la primera vez que ella lo hizo recibió caricias y un premio en forma de snack. Así que repitió la operación con el siguiente muchacho y lo convirtió en un hábito, un juego y una ofrenda ritual que ya hacía sin esperar a cambio premio alguno. Tal vez aquella recompensa inicial podría interpretarse como un proceso de amaestramiento, pero, de ser así, había sido sin querer.
Aquellos slips, bóxeres y calzoncillos en general que la gata se llevaba con disimulo en ocasiones y con descaro a veces acababan amontonados tras la librería, muralla robusta de ladrillos en forma de novelas, biografías, atlas, enciclopedias por fascículos y ensayos de economía política; lugar inaccesible para los fornidos brazos de aquellos hombres, ya que la gata, inteligente y perspicaz, había amasado su tesoro a una distancia equidistante de ambos extremos del mueble. Allí fueron quedando las prendas, que tras la primera ofrenda al humano, al día siguiente de su captura, regresaban a la guarida para no volver a ser vistas, ya que Miranda entendió que, tras el primer momento, las fragancias salvajes que guardaban provocaban más pesar que goce en Claudio.
Comprendido el juego de su gata, el humano había decidido abastecerse de slips y bóxeres en abundancia para que sus amantes, cada uno de los cuales siempre podría ser el definitivo, no tuvieran que marcharse con todo suelto bajo los pantalones. Por fortuna para él, ninguno se quejó del hurto y, uno tras otro, ablandados sus bríos por el sexo disfrutado y por la ternura que despertaba en todos ellos la gata, dulce y melosa a más no poder, aceptaban el presente y olvidaban en aquel piso su prenda íntima, que Claudio sabía que Miranda coleccionaba por él.
Así pasaba la vida. Los meses caían del calendario y los años se acumulaban para todos: amantes, gata y humano. Este trabajaba de profesor en una academia de oposiciones. Había estudiado Economía y Administración de Empresas. A falta de un empleo mejor, ofreció sus servicios a una academia que le pagaba un cuarenta por ciento de lo que cobraba a los alumnos. Él lo sabía, pero, lejos de protestar, aceptaba la situación con el fin de llegar a mileurista. Sus gastos, en cualquier caso, eran escasos. El piso en el que vivía, herencia de sus padres, estaba pagado. Años antes lo había reformado, convirtiendo una vivienda de tres dormitorios en un apartamento diáfano, con un gran salón comedor, una cocina americana, un dormitorio coqueto y amplio con baño, y un aseo para las visitas. Sin deudas, hipotecas o rentas que abonar, el día a día, las facturas, la comida y los gastos extras, entre los que contaban el veterinario y algún capricho para él, eran asumibles para los ingresos que le proporcionaban sus clases en la academia. Además, había hecho amistad con la profesora de Derecho, una cincuentona como él, divorciada y sin hijos, que lo adoraba y que idolatraba a Miranda.
Encarna solía ir al piso sin avisar, cargada con bolsas de la compra, pescado fresco de la lonja y vino blanco, amén de una latita de paté para la gata, y montaba una cena que cualquiera habría calificado de romántica. Sin embargo, aquellas veladas no eran sino la íntima amistad de dos personas solitarias, cuya vida sentimental había fracasado y cuya frenética rutina en la ciudad abocaba a la soledad. Encarna no tuvo hijos porque su exmarido no los quiso y, a sus años, ya era imposible. Tras una depresión causada por una separación plagada de malos tratos psicológicos, amenazas y disgustos, se reinventó como profesora, en una nueva ciudad, lejos de su ex y de todo lo que él suponía. Claudio fue su tabla de salvación. Conectaron de inmediato. Él sospechó que ella tenía algún interés amoroso, pero ella eliminó aquella suposición cuando le dijo una tarde que el director de la academia estaba muy bueno, aunque estaba segura de que era gay, como él. Claudio se sonrojó y, tras mirarse fijamente, le dijo que sí, que era guapo, pero que a él le gustaban musculados, tipo héroe de Marvel. Desde aquel momento se volvieron inseparables. Después Claudio le habló de Miranda y Encarna acabó de enamorarse de aquella peculiar familia de hombre y gata. Sus cenas, mitad terapia, mitad festival gastronómico, acababan indefectiblemente en carcajadas, alguna copa derramada y la pobre Miranda huyendo de las estresantes caricias y manoseos de la profesora de Derecho.
Encarna tenía llaves del piso. Claudio le dio una copia en cuanto supo que era de fiar. Le puso la excusa de que solía escaparse de vez en cuando a Sitges o a Maspalomas, en viajes de tres o cuatro días durante los cuales esperaba deleitarse entre los brazos de tres o cuatro amantes. Era un pretexto real, aunque cuando se conocieron ya apenas hacía aquellas escapadas, pues se empezaba a sentir viejo y rechazado por cada vez más hombres. En realidad, Claudio quería que alguien accediera a casa si a él le pasaba algo y Miranda se quedaba encerrada sola. Era un temor antiguo. Sus padres habían fallecido jóvenes, sin alcanzar los sesenta, y él temía seguir su estela.
Miranda era lo más importante en su vida. Aquella gata elegante, cariñosa, divertida y con carácter había llegado a su vida una década antes, de la mano de uno de sus amantes, alguien con quien, más o menos, mantuvo una especie de relación. Pasaban juntos algunas tardes y veían la televisión abrazados en el sofá. Devoraron acaramelados todas las temporadas de Sexo en Nueva York y, para cuando se comercializaron las películas, ya se habían separado. No obstante, poco antes de la discusión que llevó al distanciamiento, aquel había convencido a Claudio para que adoptara una de las gatitas nacidas en casa de su hermana. Nunca había tenido animales domésticos, pues su madre era alérgica, y menos aún se había planteado tener un gato, debido a la profunda religiosidad de su padre y el prejuicio contra los felinos que le había transmitido creyendo que eran fieras del maligno o algo parecido. Sin embargo, entre los cuerpecitos arracimados junto al vientre de la gata recién parida, destacaba una gatita rojiza, cuyos ojitos todavía no se habían abierto y cuyo cuerpo le cupo en la palma de la mano, y acabó por acceder. El contacto con aquel indefenso animal provocó que su corazón palpitara de forma extraña. Casi movido por un instinto que desconocía poseer, se acercó la minina al pecho y cruzó los brazos, protegiéndola. No fue capaz de apartar su mirada de la gatita, que un mes y medio después, destetada un poco antes de tiempo, fue a vivir a su casa. La llamó Miranda, como el personaje pelirrojo interpretado por Cynthia Nixon en la serie que había marcado su relación. Aunque esta ya languidecía, igual que las películas sobre las cuatro amigas neoyorquinas, la gata colmó el corazón de Claudio y, una década después, seguía siendo imprescindible para él. Así que, con una llave en poder de Encarna, Claudio empezó a dormir más tranquilo.
***
Falleció un martes por la mañana. El sol apenas clareaba el horizonte, por lo que, el óbito se produjo en ese terreno brumoso entre la madrugada y el nuevo día. Se había sentido indispuesto la noche anterior, mientras preparaba la cena. Miranda se estuvo frotando en sus pantorrillas, maullando de forma lastimera, rogando una lata de comida tierna y gelatinosa, ese manjar que devoraba para la cena día sí, día no. Claudio tuvo que sentarse en una silla porque, de repente, un dolor cruzó su pecho y sintió que algo estrujaba sus entrañas. Con el platillo de la gata en la mano, se acodó en la mesa para calmarse. Mientras Miranda devoraba el manjar anhelado a sus pies, el hombre recordó que los ataques de ansiedad que sufría de vez en cuando no habían sido nunca tan intensos. Sin embargo, tras consultar el reloj del microondas, que parecía un desfile de patos, ya que marcaba las veintidós y veintidós, descartó la idea de llamar a Encarna, y mucho menos al 112. Llevaba días sintiéndose triste y, sin duda, la ansiedad que lo acompañaba desde su juventud parecía volver a las andadas. Tendría que ir al médico a que le recetaran tranquilizantes y armarse de paciencia para deshacerse de aquella sombra que, de vez en cuando, lo visitaba.
Cenó una tortilla francesa sin ganas, bañada por un culín de vino, y después se preparó una tila bien caliente. Seguía sintiendo dolor, ahogo incluso, pero creyó que estaba mejor. Miranda dejó su platito limpio y volvió a refregarse contra su amigo. Él correspondió su muestra de afecto acariciándole la cabeza. Los ojos de la gata se entornaron de gusto y Claudio, quizá por última vez en su vida, sonrió.
Se acostó poco después de las once. Como había tomado una aspirina para ver si ese dolor agudo se acababa de marchar, decidió no leer aquella noche, cosa que extrañó a Miranda, acostumbrada a tumbarse junto a él mientras leía recostado en los almohadones. Esa noche, en cambio, algo raro ocurría. No había ningún hombre con él que impidiera la lectura; así que aquella norma de leer para coger el sueño se rompía por primera vez en años. Aquella novela sobre una enfermera que leía un manuscrito a escondidas, relato redactado por el anciano a quien cuidaba, y que trataba sobre un amor prohibido en tiempos de la Guerra Civil quedaría a medias para siempre.
Al apagar la luz, Miranda se acurrucó en su espalda, pero, a diferencia de otras noches, la gata no se durmió. Sentía el malestar que atenazaba a Claudio y presentía algo malo. Inquieta, saltó sobre el hombre y se acomodó junto a su pecho. Él la volvió a acariciar, suavemente, con los ojos cerrados, sintiendo un poco de felicidad entre aquel malestar físico que había desatado a su vez una avalancha de tristeza que lo hizo llorar en silencio antes de dormirse.
Miranda sintió cómo el corazón de su amigo se paraba. Maulló con fuerza, pero Claudio no respondió. Saltó sobre él como acostumbraba a hacer cuando escuchaba el despertador y lo masajeaba, provocando la reacción cariñosa del hombre. Lo masajeó con fuerza; no obstante, Claudio no se movió. Miranda miró a su alrededor, confusa. Maulló de nuevo, una y otra vez.
***
Encarna pasó el día como de costumbre. Por las mañanas hacía los recados, preparaba la comida y la cena y repasaba las clases que tenía que impartir en la academia por la tarde. Estaba al cargo de dos grupos de opositores y el temario se le hacía cuesta arriba. Antes de salir de casa envió un par de wasaps a Claudio, pero ni le contestó ni recibió confirmación de que los hubiera leído. No era urgente, así que esperaría a llegar a clase para comentarle que representaban una obra de Wilde aquel fin de semana. Sería un buen plan para dos amigos solteros y con ganas de pasarlo bien.
Las clases, como previó, se le hicieron tediosas y largas. Los opositores se mostraban desalentados y poco receptivos a sus consejos y las manecillas del reloj parecían haberse confabulado para avanzar a paso de tortuga. Sin embargo, el tiempo se consumió y las clases concluyeron. Encarna no había visto a su amigo en toda la tarde. No era extraño que sus horarios fuesen discordantes, aunque en los pasillos era habitual toparse con los compañeros. Al llegar a la sala de profesores, pasadas las nueve de la noche, y mientras consultaba su teléfono, donde comprobó que seguía sin llegar respuesta de Claudio, alguien le dijo:
—Menuda faena el Claudio. No ha aparecido y ni siquiera ha avisado. Los alumnos están que trinan.
—¿Que no ha venido? —preguntó Encarna al tiempo que marcaba el número de su amigo, inquieta por tan extraño comportamiento.
—Ni ha llamado. Que cualquiera puede ponerse malo, pero avisa, ¡coño! —espetó aquella otra profesora, la de Informática.
Encarna se apartó de la compañera y esperó varios tonos hasta que colgó, angustiada. Recogió sus cosas precipitadamente y, sin decir adiós a la que seguía protestando, abandonó la academia, casi vacía ya a aquellas horas. El metro tardó unos veinticinco minutos en dejarla en la esquina de la calle donde vivía Claudio. La noche se había impuesto y la luz de las farolas, recién cambiadas las viejas bombillas por unas de led, iluminaba la acera con insistencia, como si se tratara de una gran avenida. Sacó las llaves del piso de su amigo, que siempre llevaba en el bolso, y entró al portal. Mientras subía en el ascensor, probó de nuevo con el móvil, sin resultado. Al llegar al rellano, escuchó nítidamente los maullidos de Miranda, que la había olfateado a través de la puerta. En un último acceso de esperanza, tocó el timbre varias veces, al tiempo que golpeaba con sus nudillos la puerta.
—¡Claudio! ¡Claudio! ¡Abre! ¡Soy yo, Encarni! ¡Ábreme!
Pero solo los lamentos de Miranda le llegaron desde el otro lado. Sin demora, eligió la llave correcta y abrió. Nada más entrar, la gata se le abalanzó, maullando nerviosa. Encarna la tomó en brazos, encendió la luz y escudriñó a su alrededor, en busca de su amigo. Miranda saltó de sus brazos y corrió pasillo arriba. Tras comprobar de un vistazo que todo estaba en orden en el salón, la siguió. Al entrar al dormitorio, que estaba en penumbra, iluminado solo por la luz del pasillo y por el fulgor de las farolas de la calle, Encarna se detuvo en seco. Llevándose las manos a la boca, amarró el grito que le sobrevino.
Claudio estaba en su cama, en pijama, tapado hasta el pecho, boca arriba. Sus ojos, entornados, parecían mirar hacia un lado, hacia el teléfono, que parpadeaba sobre la mesita anunciando los mensajes y las llamadas de su amiga. Miranda maullaba tumbada sobre el pecho de su amigo, observando a Encarna, urgiéndola a ayudar a su humano, inmóvil desde la madrugada anterior, frío ya y ausente.
De pie, frente al lecho de muerte de su amigo, Encarna rompió a llorar. Se acercó despacio y se arrodilló. Le tocó la frente para comprobar lo que sospechaba. El helor de la parca le produjo un escalofrío. Aun así, depositó un beso sobre ella. Con la otra mano acarició el lomo de Miranda, que movía con ímpetu la cola, nerviosa. Luego cerró del todo los ojos de su amigo y, cuando fue a telefonear a urgencias, un detalle sobre la cama llamó su atención. Se levantó y dio dos pasos hacia atrás, encendió la luz y descubrió algo que le hizo tomar en brazos a Miranda y llorar sobre su rojizo y lustroso pelaje mientras le decía:
—Tranquila, pequeña, tranquila. No te quedarás sola. Vivirás conmigo y nunca olvidaremos cuánto lo quisimos.
Sobre la colcha, en los almohadones, a ambos lados, a los pies y encima del cuerpo inerte de su amigo, Encarna pudo ver docenas de calzoncillos de diferentes estilos y colores. Miranda, desesperada, los había ido rescatando de su guarida desde el momento en que a Claudio se le paró el corazón. Uno a uno se los fue llevando con la esperanza de que aquellos aromas que tanto deleite le habían causado lo ayudaran a despertar de ese extraño sueño en el que había caído.