País Relato - Autores

óscar hernández-campano

la cita

Sonaba la mítica balada Forever young. La voz del cantante de Alphaville revoloteaba por el dormitorio mientras Sebas observaba la cama sin decidirse. La luz de la tarde se esparcía por la habitación atravesando el tamiz de las cortinas. Entre ellas, desde lo alto, se colaba un sable de sol que caía de forma oblicua e impactaba en la colcha, descubriendo a su paso un enjambre de motas de polvo flotando en el aire. La mancha de luz iluminaba un trocito de cama, como una ameba luminiscente que, pese a su rara belleza, no distrajo a Sebas. Con los brazos cruzados y rascándose la perilla cana en un gesto involuntario que repetía cada vez que reflexionaba, el septuagenario no acababa de tomar una decisión. A su izquierda, un pantalón vaquero y una camisa floreada; a su derecha, un pantalón de pinzas, de color gris ejecutivo, una camisa blanca y un chaleco del mismo tono que el pantalón. Sebas trasladaba su mirada desde un conjunto hasta el otro, sin terminar de decidir cuál sería la mejor opción.
Hacía meses que no tenía una cita y, precisamente, era la falta de costumbre lo que le hacía albergar dudas. Después de enviudar, había tardado más de tres años en animarse a tomar algo con alguien que tuviera la más mínima posibilidad de llegar a ser algo más que un amigo. Su marido, ya en su lecho de muerte, le había hecho prometer que seguiría viviendo y disfrutando de este extraño periplo que es la existencia. A Sebas le costó mucho tiempo cumplir su promesa, pero un día, a instancias de sus amigos, descargó en su teléfono una de las muchas aplicaciones de citas y se forzó a conocer a alguien. Sin embargo, ninguno de los encuentros que había tenido a través de la aplicación había conseguido que su corazón palpitara de esa forma en que lo hace cuando alguien nos llama la atención de una forma especial.
El ritual había sido siempre el mismo: charlar un par de días, intercambiar un par de fotos y tomar un par de copas antes de decidir si iba un paso más allá. A pesar de que en varias ocasiones había acabado acostándose con sus citas, y de que en ambos casos había repetido, parecía estar atrapado en la maldición del número dos, ya que no había sido capaz de llegar a un tercer encuentro con ninguno de ellos. Por alguna razón que no acertaba a desentrañar, después de la segunda noche ninguna de las dos partes implicadas mostraba interés en volver a verse. Es cierto que habían intercambiado alguna llamada de cortesía y algún mensaje para saludarse, sin embargo, estos iban espaciándose cada vez más e inevitablemente el contacto acababa por diluirse en el espacio, en el tiempo y en la memoria. Sebas se decía a sí mismo que era inútil insistir. Lo más sensato era, llegado a su edad, aceptar que su vida amorosa y sexual había terminado y que lo mejor que podía hacer era centrarse en los amigos.
Estos habían sido, de hecho, quienes habían insistido en que aún tenía mucha vida por delante y en que no era justo renunciar a las mieles del placer sensual y a las mariposas en el estómago. De modo que, una vez más, había instalado la aplicación y se había sumergido varias horas en la selva del cortejo virtual. En esta ocasión, y decidido a apostarlo todo en un último intento, además de varias fotografías de frente, de perfil, de cuerpo entero y en diferentes situaciones y estaciones del año —para poder lucir algo de carne, que para eso era una aplicación de ligue—, había añadido su nombre y apellidos, un resumen de su vida laboral, un catálogo somero pero variado de gustos y aficiones, amén de otros detalles de su biografía —origen, lugar de estudios, países que había visitado, etc.— que poco tenían que ver con lo que la mayoría de los mortales escribe en ese tipo de aplicaciones para venderse a sí mismos.
Tras su breve aunque intensa experiencia en los lares del emparejamiento digital, había llegado a varias conclusiones. La primera y más importante: que era imprescindible quedar en persona lo antes posible. La segunda y no menos importante: que había que decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Sobre todo en lo que se refiere a la edad, pues resultaba absurdo e ineficaz pretender engañar a los demás quitándose veinte o treinta años de encima. Pese a que él nunca había mentido en nada, en los anteriores perfiles no había explicitado todos los detalles concernientes a su experiencia vital. Pensaba que una vida tan larga como la suya —cualquier vida a fin de cuentas— tiene multitud de temas y anécdotas que pueden rellenar los silencios incómodos de una primera cita y hacer brotar una conversación agradable. En esta ocasión, sin embargo, había decidido poner todas las cartas sobre la mesa desde el principio y no guardarse ningún as en la manga. Quien aceptara quedar con Sebas conocería su nombre completo, su imagen, los detalles más importantes de su vida, la que había sido su profesión, su estado civil, sus gustos, aficiones, manías y preferencias. Solo le había faltado indicar su número de cuenta corriente y el saldo de la misma para desnudarse por completo ante todo un ejército de desconocidos que potencialmente podía ver su perfil.
Para su sorpresa, no recibió ninguna respuesta hasta pasada más de una semana desde que saltara de nuevo a la arena del ligue digital. Estaba ya casi decidido a borrarlo todo y desaparecer para siempre de esa realidad tan intangible como traicionera cuando le llegó un mensaje, larguísimo, de un tal Pepe. Se puso las gafas para poder leer aquella parrafada que un hombre con cara de buena persona le había enviado a primera hora de la mañana. El ceño fruncido de Sebas, signo innegable de desconfianza, fue suavizándose y su gesto serio mudando en sonrisa a medida que leía. El remitente decía llamarse Francisco José, pero sus amigos lo llamaban Pepe, nombre más común y campechano que el compuesto con aires imperiales. Tenía cuatro años más que él y mostraba un aspecto bastante lozano para haber sobrepasado ya los ochenta. Se definía como profesor de instituto jubilado, aficionado a caminar por la montaña y enamorado de la lectura. Moix, Fuertes, Gala, Grandes y Mendicutti eran sus autores patrios y contemporáneos predilectos, aunque explicaba que leía todo tipo de literatura, en especial la decimonónica. Sebas sentía que su curiosidad crecía a medida que sus ojos recorrían las líneas de la larguísima misiva que aquel señor le había enviado para presentarse. Además de una exhaustiva lista de títulos y autores de todo tiempo y latitud, Pepe también explicaba que era un cinéfilo empedernido: desde el cine silente hasta la nouvelle vague, pasando por el clasicismo de Hollywood, el neorrealismo italiano o el cine español de la Transición. Un dechado de virtudes al que también le hechizaban los fogones y aseguraba que si un día aceptaba su invitación, acabaría chupándose los dedos.
El tal Francisco José le contaba asimismo que era viudo, como él, pero en su caso, de una mujer. Sí, Pepe dedicaba unas líneas a explicar que había vivido en el armario toda su vida. «Eran otros tiempos», concluía con resignación. De aquel matrimonio tradicional que había celebrado bodas de oro nacieron tres hijos, y de estos, media docena de nietos. Muerta su esposa, Pepe había reunido a sus vástagos para explicarles que el tiempo que le quedara anhelaba vivirlo con plenitud y transparencia. No había sido una reunión fácil. El hecho de que una de las hijas fuera bisexual y actualmente estuviera conviviendo con otra mujer ayudó a que la familia entendiera que Pepe era homosexual, aunque eso no le había impedido querer y respetar a su esposa. Ante esto Sebas enarcó una ceja; no estaba convencido de que en la inabarcable amplitud de toda una vida, Pepe no hubiera tenido jamás una aventura masculina.
En la presentación también comentaba que adoraba los animales; que convivía con un perro de tamaño mediano y cariño superlativo y con dos gatos, hermanos e igual de traviesos. Dicho esto, emplazaba a Sebas a conocerse. Le invitaba a comer en un «restorán» —así lo escribió, como era costumbre antaño— o, si no desconfiaba de un anciano enseñante de Matemáticas, a su casa, donde podrían charlar tranquilamente de sus dilatadas vidas y del quimérico porvenir. El largo mensaje acababa con algunas fotos de Pepe, aunque no solo suyas. También vio al perro y los felinos, una instantánea de grupo con quienes debían de ser sus hijos y nietos, otra ataviado con un delantal, removiendo un guiso con un cucharón de madera, y dos más en medio de un paisaje bucólico, en alguna jornada de senderismo.
A Sebas le gustó aquel señor. Su carta era sincera y la impresión fue muy positiva. Se dijo a sí mismo que nada perdía por probar. Tampoco tenía tiempo que perder, de modo que, obedeciendo un impulso que brotó de su interior, escribió una respuesta breve en la que aceptaba la invitación. No obstante, declinaba ir a su casa en una primera cita. Prefería la neutralidad de un restaurante. Le sugirió uno de los de toda la vida, amplio, tranquilo y en el que se comía muy bien. Para agilizar la concertación de la cita, Sebas añadió su número de teléfono móvil. Argumentó que prefería que hablasen directamente a que estuvieran pendientes de la aplicación y de las gafas de ver. Envió su contestación al tiempo que un suspiro surgía de su interior, un suspiro que aunaba esperanza e inquietud, pero que le cinceló una sonrisa que le duró todo el día.
Pepe le telefoneó al día siguiente. Sebas había pasado la noche intranquilo. Tampoco es que habitualmente durmiera mucho. A su edad, se apañaba con cinco o seis horas de descanso. Sin embargo, no había conseguido sumergirse en un sueño reparador. Vueltas y más vueltas habían agriado su humor y ni una segunda taza de café parecía arrancarlo de una molesta somnolencia. Cuando sonó el teléfono, se lanzó a por el dichoso aparato, pero sus dedos parecían de repente torpes y resbaladizos. Entre maldiciones y bufidos vio un número desconocido en la pantalla. De inmediato le vino a la cabeza que podía tratarse de Pepe, y esa idea le provocó un torbellino en el estómago que aceleró el latir de su corazón y disipó en un instante el mal humor con el que se había levantado aquella mañana.
Respondió con urgencia, con una voz demasiado alta, con palabras atropelladas. Pepe rio al otro lado de la línea. Se presentó y Sebas se contagió de esa risa. Ambos rieron nerviosos durante unos segundos. Al poco, la conversación empezó a fluir. Parecían ser dos viejos amigos que se llamaban por teléfono para ponerse al día de sus respectivas vidas. Resultó que eran de la misma ciudad, de la misma capital de provincia vaciada por el tiempo y el progreso. Sebas, curioso por naturaleza, deseaba saber más. Se llevaban pocos años, tal vez tendrían amistades comunes de la infancia o juventud, quizá del barrio, de la tienda de ultramarinos que todos en aquella ciudad conocían y visitaban décadas atrás, de la iglesia, del viejo cine de verano en la ribera, bajo los olmos… Pepe parecía no querer recordar. Esquivaba las preguntas: llevaba casi toda la vida en la gran ciudad, había tiempos que prefería dejar atrás, su memoria no era la de antes… Sebas no quiso insistir. Entre las palabras de Pepe, escondido en un tono amable y elegante, intuyó que había algo que prefería mantener oculto. Fuera lo que fuese, seguramente no era importante, y si lo era, o lo hablaban o se convertiría con toda probabilidad en un obstáculo entre ellos.
Quedaron para comer al día siguiente. Pepe sugirió un restaurante clásico, especializado en cocina tradicional, pucheros y tapas contundentes. Sus vinos tenían también buena fama y una cita como esa requería un buen caldo que ayudara a calmar los nervios. A Sebas le pareció bien y acordaron encontrarse dentro, en la barra. Se habían intercambiado fotografías, de modo que se reconocerían enseguida. Se interrumpieron el uno al otro al despedirse, prorrumpieron en una nueva carcajada compartida que auguraba algo bueno, y se emplazaron a verse al día siguiente en el lugar y hora convenidos.
Y así, a una hora de la cita, seguía Sebas sin acabar de decidirse por la ropa que iba a ponerse. Como si de una ayuda sobrenatural se tratase, el dedo de luz solar que se colaba entre las cortinas e impactaba en la cama se había ido deslizando sobre la colcha, acercándose con sigilo hacia una de las combinaciones que Sebas había colocado sobre el lecho hacía un rato. Aquel rayo dorado iluminaba ya una de las camisas, eligiendo los hados, tal vez, el aspecto con el que se presentaría a la cita con Pepe.
Llegó puntual al restaurante. Entró decidido, a pesar de sentir su corazón alborozado e imaginar que su rostro luciría un rubor más propio de jovenzuelos que de un hombre de su edad. Sebas se miró al espejo que había en la pared detrás del mostrador y, entre botellas de whisky, pacharán y otros licores de no menos de treinta y cinco grados de alcohol, descubrió que, efectivamente, se había puesto rojo. Las orejas y la nariz parecían brillar con luz propia. No estaba haciendo frío aquel otoño, por lo que no podría achacar el rubor al tiempo climatológico, aunque se le ocurrió culpar al cronológico: le diría a Pepe que se le estaba haciendo tarde por culpa del tráfico infernal de la ciudad y que había resuelto bajarse del autobús varias paradas antes de la más cercana al restaurante. De modo que, para llegar a tiempo, había tenido que caminar a buen paso. Con esa mentirijilla, además, se mostraría amante de la puntualidad y en una formidable forma física. A pesar del sonrojo, Sebas sonrió a su reflejo. Se veía guapo y, como se decía antes, bien parecido. El chaleco gris estilizaba su figura. La camisa blanca resaltaba su bronceado, que el cabello y la perilla canosos magnificaban, y el pantalón de pinzas ejecutivo le daba en conjunto una elegancia que, de seguro, agradaría a aquel profesor jubilado.
Consultó su reloj —una vieja joya, regalo de su difunto marido y que funcionaba dándole cuerda—. Su fulgor plateado hacía juego con el tono argénteo de su cabello. Pasaba un minuto de la hora fijada. Sebas miró en derredor. Pepe era alto, corpulento, tenía bigote y una calva que acogía unos pocos mechones canos que en las fotos llevaba peinados hacia atrás. Llevó su miraba por toda la sala, de mesa en mesa, tratando en balde de localizar a su cita. Había un par de mesas vacías: una preparada con cuatro servicios y otra, al fondo, lista para dos comensales. Tenía que ser aquella. Se dirigió hacia allí dispuesto a tomar asiento y a pedir algo de beber que le ayudara a embridar los nervios. Un camarero lo interceptó a medio camino. Lo llamó por su nombre, cosa que le sorprendió. Tras confirmar su identidad, el mesero lo acompañó hasta su silla y le preguntó si deseaba tomar algo, ya que el señor Francisco José había avisado de que se iba a retrasar unos minutos. Sebas se sintió molesto, pero apreció que Pepe hubiera llamado y dado instrucciones para tranquilizarlo.
Cuando el camarero le trajo la cerveza dejó también sobre la mesa un paquete y dijo que se trataba de un regalo del señor al que esperaba. Sebas miró a ambos lados, intrigado, por si descubría a alguien mirándolo, quizá grabándolo, o al mismo Pepe sonriendo en algún rincón, disfrutando de la situación extraña —aún no tenía claro si broma o burla— que lo estaba sumiendo en la perplejidad. Sin embargo, a su alrededor solo había un par de docenas de clientes del restaurante que charlaban, consultaban la carta, hacían la comanda o empezaban ya a gozar de las viandas de aquel templo gastronómico. Después de emitir un gruñido, tomó un largo sorbo de la bebida. Apartó el vaso y contempló el paquete que había dejado el mesero frente a él. Era voluminoso y con una forma tan irregular que resultaba imposible imaginar de qué se trataba. Lo que fuera estaba envuelto en papel de estraza y asegurado con una cuerda de embalar que lo rodeaba y culminaba en un simple lazo en la parte de arriba.
Sebas cogió el paquete con ambas manos. Descubrió que era sorprendentemente ligero. Enarcó las pobladas cejas y procedió a abrirlo. Deshizo el lazo sin esfuerzo. El papel que envolvía aquella sorpresa crujía de una forma que le retrotrajo a tiempos pretéritos, a aquellas mercerías o tiendas de ultramarinos que vendían de todo en una época en la que no había casi de nada. Retiró la cuerda y la dejó, enrollada, junto a la cerveza. Llevó las manos hasta el papel y comenzó a deshacer los pliegues sobre aquel objeto liviano y cada vez más misterioso que su cita le había hecho llegar. No pensó siquiera en desgarrar el papel. Algo provocó que abriera despacio el paquete, como hacían de chicos en casa, como su madre les enseñó a él y a sus hermanos, para poder reutilizar las cosas, para aprovecharlas, para darles nuevos usos, antes de que la sociedad del crecimiento ciego se embriagara del usar y tirar y sufriera, en los años de vejez de aquellos que acostumbraban a no desperdiciar nada, la resaca de décadas de excesos.
Cuando terminó de desplegar la enorme hoja de papel, descubrió el regalo como si apartara los pétalos de una flor. Sebas vio ante sí, entonces, algo que detonó la tapadera de una serie de viejos y olvidados recuerdos que, una vez liberados, galoparon hacia su memoria.
***
La mañana era gélida, de esas en las que el cielo sereno del invierno, de un azul eléctrico, cae como un manto de hielo sobre la ciudad. Numerosos carámbanos decoraban amenazantes el borde de los tejados en las calles estrechas y sinuosas del centro. El pavimento, de viejos adoquines desgastados, brillaba con aspecto metálico, conservando a esa hora tan temprana una película de hielo que no se desharía hasta mediado el día, cuando el sol de ese despiadado invierno arrojara sus débiles rayos al corazón de aquel humilde barrio de casas de piedra, dos alturas y cubiertas de tejas anaranjadas.
En ese instante en el que nacía el día, el pequeño Sebas corría en dirección a la escuela. Como de costumbre, se le habían pegado las sábanas. Después de los repetidos gritos de su madre y cuatro azotes con la zapatilla, se había vestido. Todavía con los ojos entornados y legañosos, había bebido un tazón de leche recién hervida, en la que había echado dos cucharadas de azúcar y mojado mendrugos de pan de la víspera. Tras lavarse como los gatos, ya que huía del agua como los felinos, se endosó la cartera a la espalda y salió corriendo de casa. Su madre le seguía gritando desde la puerta y aún escuchó sus voces calle abajo: que si vas siempre tarde, que si tus hermanos hace rato que se han ido, que si don Crespo te saltará los dientes de un bofetón por ser un zoquete y cuando se entere tu padre prepárate porque se quitará el cinturón, que si lávate con agua y jabón que qué dirán las madres de los otros niños, que si no te entretengas cuando salgas del colegio porque tengo que ir a meter unos dobladillos donde doña Carmen y —cómo no— que adónde vas con el dichoso caballo de cartón.
Sebas corría perseguido por el eco de las voces de su madre. De todas las advertencias y admoniciones que lo alcanzaban cada mañana, la única que le preocupaba era la referida a llegar tarde a la escuela. Y no porque fuera un alumno ejemplar y quisiera ser el primero en recitar la lección, sino porque don Crespo esperaba a los estudiantes en la puerta del patio, desde donde se veía el reloj de la iglesia, y anotaba en una libreta los minutos de retraso de cada niño. Después, a la hora del recreo, les propinaba diez azotes por cada minuto que hubieran llegado tarde con una fusta de madera que les dejaba el culo escaldado. Además del dolor y el escozor, los niños tenían que sufrir el escarnio público, ya que el resto de estudiantes asistían en círculo al castigo y vitoreaban al cura para que zurrara más fuerte, como en una suerte de auto de fe infantil. Aparte de eso, de regalo, el sacerdote les daba una nota que tenían que llevar a casa y devolverla firmada, lo que suponía en el cien por cien de los casos una paliza de propina por parte del padre, de la madre o de cualquier adulto que se hiciera cargo del niño.
Sebas apretó el paso. Su respiración jadeante hacía que pareciera una locomotora, pues cada vez que exhalaba, de su boca brotaba una nube de vaho. Se resbaló en un par de ocasiones: el suelo estaba helado y las suelas de sus zapatos, desgastadas; pero, como era un niño de siete años, flaco, ágil y ligero como un pajarito, no sufrió ninguna torcedura ni caída ni magulladura. Aunque tampoco era extraño que tuviera las rodillas llenas de postillas y arañazos. Todos los niños llevaban pantalones cortos a mitad de los años cincuenta, con independencia del tiempo que hiciera. Jugaban a la pelota y se peleaban por cualquier cosa; los problemas entre hombres se arreglaban a puñetazos, nadie quería que los demás lo vieran débil o afeminado. Así que era normal que regresaran a casa marcados y que alguna de esas cicatrices los acompañara durante el resto de sus vidas como recordatorio de unos tiempos oscuros, duros, tristes e injustos.
No obstante el miedo a don Crespo, como a cualquier niño de siete años, a Sebas se le olvidaron enseguida los peligros que lo acechaban a la llegada a la escuela o cuando regresara a su casa. Su mente abandonó muy pronto aquellas calles frías de una pequeña ciudad de provincias de una España más gélida todavía para transportarse a las inmensas llanuras del oeste americano, donde se imaginó cabalgando a lomos de Trueno, su caballo, un corcel alazán más veloz que el viento, de pura sangre, que era además su mejor amigo, el único que nunca lo traicionaría, el que lo salvaría de todos los peligros, el que dejaba atrás a cualquier apache y le daba su cariño de forma incondicional.
El caballo de cartón que nutría la imaginación del niño parecía trotar rompiendo el aire helado de aquella mañana. Sebas llevaba los brazos abiertos, en uno de ellos, su caballo; en el otro, el deseo de convertirse en una especie de llanero solitario. Esas ensoñaciones le impedían sentir el frío o temer el castigo que probablemente acabaría por sufrir a la hora del recreo. Las campanas de la torre de la iglesia empezaron a sonar para anunciar que eran las ocho. En la mente de Sebas, aquellas campanadas eran el toque a rebato que alertaba de un ataque indio que estaba punto de producirse. Se imaginó a sí mismo galopando hacia el enemigo a lomos de su inseparable Trueno, dispuesto a luchar contra todos los apaches del salvaje Oeste para defender el fuerte y salir una vez más airoso del peligro.
De repente apareció el verdadero peligro, justo a la vuelta de una esquina. Paquito, un niño de once años, acompañado de sus secuaces, se interpuso en su camino apenas a un par de calles de la verja del colegio. Por alguna razón que no acababa de entender, Paquito había decidido que Sebas tenía que sufrir su ira. El grupito lo rodeó y él abrazó instintivamente a su caballo de cartón. Los niños empezaron a empujarlo como si fuera una pelota que se pasaban de unos a otros. Le daban collejas y tortas y se burlaban de él. El coro de risotadas, sin embargo, no amedrentaba al niño, que, sin soltar a su caballo, apretaba los dientes y se limitaba sin éxito a intentar escabullirse. El líder del grupo de hostigadores decidió que ya era suficiente y, tras propinarle algunos capones y unos cuantos pescozones más, le dio un último empujón que acabó con Sebas rodando por el suelo.
Al caer, Trueno se le escapó de las manos. Paquito se abalanzó y recogió el caballo. Sebas se puso en pie de un salto, con el único pensamiento de recuperar a su amigo. Paquito levantó los brazos con el juguete bien aferrado, impidiendo así que el pequeño Sebas lo alcanzara. Esta imposibilidad quebró la aparente imperturbabilidad del niño. Pronto le brotaron unos enormes lagrimones que arrastraron con ellos las legañas que el insuficiente aseo no había eliminado de sus ojos. Paquito entendió que ese era el punto débil del niño y se deleitó en prolongar su sufrimiento. Sebas saltaba, estiraba los brazos todo lo que podía, pero su enemigo era más alto que él y mantenía a Trueno lejos de su alcance. Aquella tortura parecía no tener fin. Para incrementar la angustia, Paquito había agarrado al caballo con las dos manos y amenazaba con desmembrarlo. El dolor que sintió Sebas en aquel momento no podía compararse con nada que hubiera sentido antes. No le importaban los latigazos y los azotes de don Crespo o el cinturón de su padre. Nada le producía más aflicción que el pensar que podía perder a su amigo. Dos chorretones de lágrimas dibujaron sendos regueros en sus mejillas.
Cuando todo parecía perdido, la salvación llegó en el último momento, como en las películas de indios y vaqueros que su padre le llevaba a ver los sábados al cinematógrafo de don Celes, en la avenida de la Victoria. Una voz los alcanzó desde el otro lado de la calle. Un grito potente que disponía de una energía invisible capaz de separar a los niños. La señora Gloria, la madre de Miguelín, compañero de pupitre de Sebas, increpaba a los críos mientras se acercaba a ellos como un huracán. Con la decisión propia de una mujer de armas tomar y legitimada además por el derecho de educación y corrección del que disfrutaban todos los adultos sobre cualquier niño en aquellos años, se plantó ante Paquito y le arrancó a Trueno con una mano a la vez que le cruzaba la cara con la otra. Además, le recriminó que se metiera con niños pequeños y no con los de su edad. El abusón, herido en su amor propio, ya que sus secuaces observaban la escena desde la bocacalle vecina, se aguantó como pudo el llanto que se le arremolinaba en los ojos y corrió a la escuela, cubriéndose el carrillo donde había impactado la mano de la señora Gloria, que le escocía y dolía a partes iguales. La madre de Miguelín devolvió el caballo a su dueño, aunque lejos de comportarse de forma amorosa, riñó a Sebas por andar siempre dando disgustos a su pobre madre y lo mandó al colegio, impulsándolo calle arriba con un azote en el culo para que, según sus palabras, se fuera calentito.
Sebas se enjugaba los ojos con las mangas de su chaqueta cuando cruzó la verja del colegio, más de seis minutos tarde para mayor regocijo de don Crespo, quien parecía relamerse cada vez que apuntaba un nuevo retraso. Después de que entrara el último niño, se guardó la libreta en el bolsillo de la sotana, cerró la puerta con llave y caminó con paso firme hacia el viejo edificio, sintiendo ya el placer que le iban a proporcionar todos los azotes que habría de repartir durante aquel recreo, goce directamente proporcional al dolor que pensaba infligir a los niños que tenía bajo su poder.
Aquella tarde, cuando la escuela abrió sus puertas y un enjambre de criaturas en pantalones cortos abandonaba entre risas y voces el recinto, Sebas no se percató de que Paquito caminaba detrás de él. El pequeño llevaba a Trueno apretado entre sus brazos, el ceño fruncido y resoplaba a cada paso, lanzando nubecillas de vaho con cada exhalación. El cielo brillaba y el sol, similar a un diamante iridiscente en medio de un lienzo azul, apenas había alzado el mercurio de los termómetros tres o cuatro grados. Los carámbanos que decoraban el borde de tejados y balcones como una hilera de colmillos aún no goteaban y tardarían varias semanas en arrojarse al vacío.
Cuando el rebaño infantil se desperdigó por el laberinto de calles del centro, Sebas seguía maldiciendo para sus adentros a don Crespo. Su rostro de sátiro no se le iba de la mente. Era demasiado pequeño para entender que los ojos inyectados en sangre del cura y la mueca grotesca de su cara mientras apalizaba a los niños que habían llegado tarde manifestaban un placer enfermizo que marcaría con cicatrices indelebles a varias generaciones de pequeños de aquella ciudad.
Sebas tenía el culo escaldado por los golpes que le había propinado el religioso, sin embargo, le dolía más el episodio que había vivido antes de llegar a la escuela. Justo Paquito alcanzaba sus pensamientos cuando su mano lo agarró por la cartera. Sebas trató en vano de zafarse del chico, pero el más mayor lo sujetaba con fuerza y lo arrastró por una calleja lateral, envuelta en sombras, sinuosa y fría, que desembocaba en el lavadero, a esas horas desierto, junto al arroyo.
Sebas miró nervioso a su alrededor, en busca de algún vecino que, ejerciendo la autoridad de los adultos, lo salvara de nuevo de aquel abusón. La cara de Paquito era un poema. Su mirada rezumaba una rabia que aunaba el dolor causado por la vara de abedul de don Crespo con la vergüenza que había pasado cuando, por la mañana, la señora Gloria había impedido que culminara su maldad. Sebas, a la vista de que nadie lo sacaría de aquel atolladero, le imploró al otro niño que lo dejase en paz. Solo quería irse a casa; su madre lo estaba esperando. Aunque se resistió, no pudo evitar que las lágrimas comenzaran a precipitarse desde sus ojos. Esto produjo de manera automática la sonrisa triunfadora de Paquito, sonrisa que devino en carcajada cuando los ruegos del niño se trufaron de por favores. Debido al rumor del agua, que no era mucho más que un hilo plateado serpenteando sobre el lecho rocoso hasta desembocar en la bañera de piedra que servía de lavadero, aquella risotada se le antojó monstruosa al pequeño Sebas. De repente, Paquito dejó de reír. Lo miró con severidad, imitando la efigie de don Crespo cuando les tomaba la lección, entornando los ojos, aguzando los sentidos en busca de debilidades en las que hurgar para acrecentar su morboso placer. Sebas lloriqueaba, aspirando los mocos que resbalaban de su nariz, rendido ante aquel canalla, esperando su castigo, aferrado al caballo de cartón.
Paquito le arrancó el juguete de entre las manos. El lamento de Sebas recobró fuerzas al sentir que perdía otra vez a su amigo. Lloró con rabia, con impotencia; chilló, gritó, pero eso solo logró que Paquito se riera con más ganas y que mantuviera el caballo en alto, fuera de su alcance. El pequeño saltaba, intentando inútilmente alcanzar su caballo. Paquito alargaba la tortura, seguro de que nadie interrumpiría el ajusticiamiento que llevaba toda la jornada planeando. Empezó a hacerle preguntas sobre lo que comía el caballo o cuántas veces al día lo llevaba al abrevadero. Las cuestiones sorprendieron al niño. Sebas trataba de contestar sin saber muy bien qué decir, aunque lo único que hacía era balbucear, emitir palabras sin sentido que intentaban abrirse camino entre los lloros y los hipidos. Paquito insistía en su interrogatorio. Sebas le respondía que no entendía y le suplicaba que le devolviera a Trueno, que tenía que irse. Pero el otro niño repetía sus preguntas alzando más la voz cada vez, una voz contaminada de rabia y de miedos que no podía ni comprender. Finalmente le ordenó que mirara al caballo, que tenía muy mal aspecto, y le preguntó si no le daba vergüenza que estuviera tan sucio; le acusó de no saber cuidarlo y de ser un cochino y sentenció que lo que ese animal necesitaba era darse un buen baño.
Sebas abrió los ojos al escuchar esas palabras hasta que casi se le salieron de las órbitas. Fijó su mirada en Trueno, cuyos ojitos y boca había dibujado sobre el cartón con un lapicero. Paquito lanzó el juguete hacia arriba. Sebas siguió impotente la trayectoria del caballo. El equino hizo una extraña parábola en el aire, dio dos vueltas sobre sí mismo y cayó de pie en medio del pilón. De inmediato, el agua empezó a empapar el cartón de las patas de Trueno; su rostro permanecía impávido, sonriendo con la línea de la boca que le dibujó Sebas. Cuando logró reaccionar, Sebas lanzó un grito que asustó incluso a Paquito. Se desembarazó de la pesada cartera que llevaba a la espalda y, sin pensar en lo que estaba haciendo, con su mirada fija en la del pequeño caballo, que iba hundiéndose en las gélidas aguas del lavadero, se encaramó en el borde y se lanzó al pilón. Sintió como si un millar de agujas se le clavaran por todo el cuerpo y se le cortó por unos momentos la respiración. Pese a que el agua solo le llegaba al pecho, se quedó paralizado. El amor que sentía por su amigo de cartón lo sacó de la parálisis y lo empujó a avanzar hacia él. Fueron escasamente dos o tres pasos, aunque al niño le pareció que había ascendido a la montaña más alta del mundo.
Cuando sus dedos alcanzaron a Trueno apenas sobresalía ya en el agua la cabeza del caballo. La piedra que formaba el pilón estaba tan pulida que los zapatos del niño resbalaron como si caminara sobre una pista de hielo. Sebas no pudo evitar perder el equilibrio y hundirse, arrastrando el juguete consigo. En el momento en que logró ponerse en pie, descubrió que entre sus manos solamente había una masa de color marrón. La cabeza del caballo, aquella sonrisa única y su mirada profunda se deshicieron entre sus dedos. Las gotas heladas que le escurrían del cabello se mezclaron con las lágrimas templadas que no paraban de brotar de sus ojos. El niño lloraba desconsoladamente en medio del pilón. Tiritaba y, como sus dientes castañeteaban, apenas se le podía entender, pero él llamaba a su caballo, a su amigo, a Trueno, aunque de este ya no quedaba nada.
Una mano gruesa cayó sobre su brazo como si fuera la garra de una de las águilas que solían revolotear a las afueras de la ciudad en primavera en busca de alimento para sus crías. Como uno de esos conejos, liebres o ratoncillos, Sebas fue izado por una fuerza irresistible que lo sacó del agua. El niño estaba tan helado y su mente tan alterada que se le pusieron los ojos en blanco y, para cuando lo envolvieron en una manta, ya había perdido el conocimiento. En casa del médico lo desnudaron y le aplicaron friegas de alcohol. Había que hacerle entrar en calor inmediatamente. Salvaron su vida. Lo único que no consiguieron fue arrancarle de las manos aquella pasta de cartón informe que había sido un caballo. No tardaron en reunirse las vecinas y alguna avisó a la madre de Sebas.
El niño acabó cogiendo una pulmonía que lo mantuvo en cama y asomado al abismo de la muerte durante varios días. Su padre se presentó en casa de la familia de Paquito. Hubo voces, bruscos ademanes y juramentos que don Crespo habría calificado de blasfemias. Para disipar cualquier duda, la señora que había visto desde su ventana lo ocurrido en el lavadero y cuyo marido había sacado del pilón al pequeño acompañó al padre de Sebas para identificar al otro rapaz, ese más mayor que se burlaba del pequeño y que había tirado el juguete a las aguas heladas que casi se llevaron la vida de un niño, además de la de un caballo de cartón.
Paquito fue castigado con severidad y a partir de entonces no volvió a molestar a Sebas ni a ningún otro niño, puesto que, por indicación de don Crespo, lo mandaron a un internado religioso adonde él mismo iba a ser trasladado en breve. El cura se frotaba las manos mientras imaginaba cuánto gozo iba a procurarse con Paquito y con los otros niños revoltosos cuyos padres o el Estado habían puesto bajo su tutela y absoluto dominio para que él mismo y los otros ministros de la Iglesia los metieran en vereda.
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Aquellos viejos recuerdos habían vuelto con la velocidad del relámpago y la nitidez de un día de primavera a la memoria del viejo Sebas mientras observaba, con sorpresa e incredulidad, aquel caballo de cartón que lo miraba con una mueca sonriente desde la mesa, sobre el envoltorio de papel de estraza.
Alguien se acercó por su derecha. Con un gesto intuitivo, Sebas se enjugó una lágrima que serpenteaba por las arrugas que colmaban las bolsas de sus ojos. Alzó la vista y se encontró con un hombre elegante. Un señor de su edad, más o menos, que lo miraba, a su vez, sin poder disimular la emoción. Era Pepe, su cita. Pepe era José, Francisco José, y en el fondo de su mirada descubrió que Francisco era Paco, es decir, Paquito. Ante él tenía a aquel niño que la tuvo tomada con él tanto tiempo atrás. Habían pasado setenta años y sus miradas se reencontraban. Y entre los dos, de nuevo, un caballo de cartón.
Pepe, o Paquito, preguntó si podía sentarse. Sebas balbuceó algo, carraspeó, le dio otro sorbo a su cerveza y con un gesto le invitó a tomar asiento. Antes de decirle nada más a Sebas, levantó una mano y chasqueó los dedos para llamar la atención del camarero. Este acudió solícito para servirles enseguida una botella del mejor vino que tuviera la casa. Pepe lo descorchó, sirvió dos copas y le propuso un brindis a Sebas, que asintió con gusto. Brindar por las segundas oportunidades era algo a lo que nunca se habría negado.
Durante las horas que siguieron, comieron, bebieron y una larga conversación fue desovillándose con una mezcla de curiosidad, emoción, alegría, tristeza, nostalgia, alivio y una miríada de sentimientos que se hundieron en sus respectivas vidas hasta la infancia de ambos hombres. Uno de ellos pidió perdón, una necesidad de perdón que llevaba setenta años esperando. El otro perdonó con los ojos llorosos, en parte conmovido y en parte de risa, porque algo que había pasado tanto tiempo atrás y que en su día fue lo más grande del mundo, en el relato de toda una vida, quedaba bastante relativizado. Pero un detalle, una anécdota, un momento pueden significar el mundo entero para alguien.
Paquito, o Pepe, le explicó que fue enviado a lo que resultó ser el infierno. Aquellos años en el internado cambiaron su vida para siempre. Los abusos físicos y sexuales doblegaron un carácter rebelde y vivaracho. Al salir, con dieciocho años, nada quedaba del niño que fue. De ahí, directo al servicio militar, a aprender un oficio y, al regresar a la vida civil, se puso a estudiar Matemáticas, ya que había descubierto que los números atesoraban una pureza que ya era incapaz de ver en los hombres. A los pocos años, nada más terminar sus estudios y comenzar a impartir clases, se dejó casar y que lo convirtieran en un pater familias triste y opaco. Su matrimonio, insulso y monótono, le devolvió al menos la ilusión por la vida en forma de hijos. Luego, la rutina, la inercia, el deseo que termina por abrirse camino hasta la superficie, las escapadas nocturnas a los polígonos en busca de chaperos, los viajes de trabajo simulados para recalar en Chueca, Sitges o Torremolinos, los ligues de verdad, el miedo, las dudas, enviudar de repente, un duelo más sobre una costra de cicatrices, la consciencia de que el hilo del carrete de la vida se acaba, reunir el valor para romper ese cascarón de dolor y secretos añejos, denunciar los abusos de la Iglesia, sincerarse con los hijos, mirarse al espejo y reconocerse como gay sin bajar la mirada, empezar a salir, asociarse a algún colectivo LGTBIQ+, sonreír y reír por fin hasta sufrir agujetas, hacerse un perfil en una aplicación de ligue para homosexuales, conocer a algunos hombres, padecer el rechazo de muchos por la edad, por el físico, acostarse con alguno que otro sin prisa y sin el temor que lo dominaba cuando años atrás lo hacía en coches aparcados en una cuneta o entre los arbustos de un parque, de madrugada; encontrarse por casualidad con el perfil de un tal Sebas, leer con detenimiento su detallada descripción y reconocer en ese hombre de setenta y muchos a aquel niño al que maltrataba en su ciudad natal, al que destrozó su juguete favorito y que estuvo a un paso de morir por su culpa, sentir que podía al fin disculparse y entregarle el caballo de cartón que hizo en el internado y que al salir no pudo regalarle porque el chico y su familia se habían mudado a la capital, caballo que había conservado desde entonces y que por fin llegaba a su dueño con la esperanza de enmendar un error y cerrar definitivamente una herida que llevaba supurando demasiado tiempo.
Al brindar por cuarta vez, Sebas le cogió de la mano y, mirando a Pepe a los ojos con ternura, le contó que con los años se había dado cuenta de que gran parte del dolor que había sentido cuando Paquito se metía con él radicaba en el hecho de que ya entonces le gustaba y sufría porque habría querido que aquel abusón, en lugar de hacerle la vida imposible, hubiera sido su amigo, hubiera compartido sus juegos y lo hubiera acompañado en sus aventuras imaginarias peleando con apaches y cabalgando hacia el horizonte, y porque, en vez de darle collejas y capones, habría deseado que lo abrazara.
Por fin, tanto tiempo después, había llegado la oportunidad para ambos. Trueno estaba sano y salvo y ellos dos podían celebrar la vida y lo que les deparara el porvenir, fuera este largo o breve. Sonrieron y, cogidos de la mano, unieron sus copas y bebieron sin dejar de mirarse a los ojos, ojos desgastados, ilusionados y trémulos. En ese momento, Sebas estuvo seguro de que al fin había roto la maldición del segundo encuentro.
Un camarero, que corría por el comedor cargado con una bandeja de bebidas, observó de reojo, complacido, cómo aquellos dos señores unían sus labios en un beso tímido y tembloroso ante la atenta e inusual mirada de un caballo de cartón.