Mañana es el cumpleaños de Mateo. Le compraré rosas blancas, como cada año. No hay nada raro en las rosas blancas. Al menos hoy en día. Hace diez años, cuando se las regalé por primera vez, era diferente, bastante diferente. Parece mentira que en solo una década las cosas puedan cambiar tanto. Dicen que las eras glaciales aparecen y desaparecen en una o dos décadas. Un cambio de tanta envergadura a nivel planetario podría compararse con el tiempo que tarda una persona en darse cuenta de algo. Anagnórisis llamaban los antiguos griegos al hecho de darse cuenta de algo, de casar las piezas de un rompecabezas. Aunque el término se refiere más a descubrir que uno se ha casado con su madre o que un fulano acaba de dar muerte a su padre sin saber que estaban unidos por tamaño lazo de sangre.
Y es que un instante es suficiente para darse cuenta de que uno no es como creía ser, sino diferente. Ni mejor ni peor, diferente.
Eso me pasó con Mateo, hace diez años, el tiempo que tarda el mundo entero en congelarse o en dar paso a una primavera milenaria.
Íbamos al mismo instituto, aunque hasta cuarto de la ESO no coincidimos en clase. Nunca había reparado en él, a pesar de que sabía de su existencia porque mis amigos de entonces se metían con él en el patio. En el instituto, Mateo se esforzaba por pasar desapercibido, pero sus formas delicadas y su tono de voz sereno hacían que todo el mundo se diese cuenta de que era distinto a la mayoría de los chicos. Obviamente, muchos lo insultaban y le llamaban maricón y otros improperios que solían ir acompañados de gestos obscenos o de algún que otro empujón que, por suerte, no pasaba a mayores.
Nunca me metí con él, jamás lo insulté ni lo agredí, pero tampoco hice nada para evitar que los demás lo hicieran. Formé parte de aquella inquisición que lo condenaba cada vez que recorría los escasos cincuenta metros que separaban el aulario de la cafetería o que se mofaban de sus camisetas con dibujos japoneses y de su cuerpo ceniciento en el vestuario cuando hacíamos gimnasia.
No lo defendí. Ni siquiera cuando, en cuarto de la ESO, tuve que compartir con él muchas horas. El profesor de Historia nos mandó hacer un trabajo sobre los campos de concentración nazis, concretamente sobre las diferentes enseñas con las que los nazis etiquetaron a los prisioneros de los campos de concentración. Teníamos que colocarnos en parejas y, como era de esperar, Mateo se quedó solo. Cuando el profesor, al que todo el instituto llamaba Justiniano porque cuando explicaba el Imperio Bizantino contaba con pasión todo tipo de curiosidades y anécdotas sobre el emperador y su esposa Teodora, me mandó formar grupo con Mateo, sencillamente, asentí.
No sabía en aquel momento que se avecinaba un cambio planetario, el comienzo de una era glacial, o de deshielo, según cómo se mire. Me acerqué a Mateo y le dije «hola». Él simplemente masculló algo ininteligible.
El trabajo no era complicado. Teníamos dos semanas para buscar información sobre las diferentes categorías de prisioneros y elaborar un par de murales en cartulinas con dibujos, mapas y explicaciones. Luego se unirían a los trabajos de los demás grupos para hacer una exposición sobre la II Guerra Mundial en los pasillos del aulario. También teníamos que preparar una intervención oral con el objeto de explicar a los demás compañeros de clase lo que habíamos aprendido.
Pero el trabajo sí resultaba complicado para mí. Yo no tenía ordenador ni Internet, sin embargo, Mateo sí. Y eso significaba que tendría que ir a su casa cada tarde durante las dos siguientes semanas para poder buscar información y preparar la tarea a tiempo.
Las burlas no se hicieron esperar. Aquella misma mañana encontré un triángulo rosa de papel en mi mochila. Lo arrugué con rabia mientras miraba en derredor. Los que hasta hacía unos minutos habían sido mis compañeros y amigos disimulaban torpemente sus mofas y sus risas. Me sentí herido.
Aquella tarde fui a casa de Mateo por primera vez. Estaba nervioso, enfadado, incluso furioso. Me abrió la puerta del portal sin siquiera preguntar quién era. Entré en el ascensor y presioné el número siete, su piso. Durante los segundos que duró el trayecto me di cuenta de que el ascensor estaba totalmente forrado de espejos en todos sus lados salvo en el de las puertas. Me fijé y observé que mi reflejo rebotaba en los espejos opuestos creando una ilusión que multiplicaba hasta el infinito mi imagen, alejándola de mí, empequeñeciéndola con cada nuevo reflejo y convirtiéndome en un pequeño bulto oscuro en el horizonte infinito. Alargué la mano hacia el cristal y solo conseguí ahondar en aquella sensación inabarcable en la que me pareció caer, perdiéndome para siempre en un bucle de reflejos de los reflejos de otros reflejos, y así hasta el fin de los días.
Una campana aguda seguida de un frenazo y un pequeño rebote me sacaron del ensimismamiento. Las puertas se abrieron. Salí del ascensor y a mi izquierda vi que la puerta de la casa de Mateo estaba abierta. Toqué con los nudillos y entré.
Mateo apareció luciendo una camiseta amarilla. Me sonrió y me invitó a pasar a su cuarto. Aquella habitación era una especie de mundo nuevo, un mundo diferente, un país de las maravillas. Las paredes estaban llenas de pósteres y dibujos de vivos colores. Había un mural de corcho colmado de fotografías de Mateo con sus padres, su hermana, sus primos y otros familiares. En cada foto Mateo sonreía, irradiando una vida que yo desconocía en él. En un rincón, sobre una mesita, había un jarrón con rosas blancas, que daban un toque sensual al dormitorio. La luz de la habitación era cálida y todo emanaba serenidad. Incluso Mateo parecía diferente, sonreía, se movía más. Ya no era el autómata reprimido que llevaba viendo deslizarse por los pasillos del instituto desde hacía cuatro años. Era un chico vivo, lleno de vitalidad, de alegría y de energía. Incluso vestía diferente, con más colores, con más luz. Aquel Mateo me cayó bien desde el primer instante. Le sonreí y me senté en una butaca, junto al escritorio donde el ordenador esperaba a que nos pusiéramos a trabajar.
Mateo fue a la cocina y volvió en un instante con dos refrescos y dos sándwiches de jamón y queso. Se sentó en el borde de la cama y se puso a comer con toda naturalidad. Mientras merendábamos, hablamos del instituto, de los compañeros de clase, de los profesores y, sin darnos cuenta, acabamos riéndonos de todas las anécdotas que conocíamos sobre los profesores, que no por contadas una y mil veces nos resultaban menos graciosas. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto, que no lloraba de risa, y acabé por el suelo con dolores de estómago. Mateo era realmente divertido e ingenioso. Relataba las anécdotas con todo tipo de detalles, y me di cuenta de que, aunque por lo general parecía ausente, como un fantasma, observaba todo y a todos desde su ostracismo involuntario.
Aquella tarde no hicimos nada de la tarea de Historia. Así que, antes de irme, prometimos trabajar duro a partir del día siguiente.
En el instituto cada uno volvía a interpretar su rol. Yo no quería que se repitiera la broma del triángulo rosa, así que trataba de evitar a Mateo sin que él lo notara. También, casi sin darme cuenta, por lo menos al principio, intenté que mis amigos lo dejasen en paz. No obstante, estos pequeños cambios no le pasaron inadvertidos a Mateo, quien aquella misma tarde me lo comentó. Traté de quitarle importancia y cambiar de tema, sin embargo, él insistió en hablar de ello. Estábamos solos en su casa, sus padres trabajaban y su hermana pequeña iba a ballet cuando salía de la escuela. Mateo pasaba sus tardes a solas, con sus dibujos, sus fotos y sus sueños. A veces se daba una vuelta en moto, pero normalmente se quedaba en casa. Yo era una oportunidad, una ventana, y él se asomó por ella y gritó con todas sus fuerzas. En cierta manera se aprovechó de la situación, ya que mi nota en Historia dependía de aquel trabajo y por eso tenía que estar con él. Y él necesitaba hablar, compartir, ser.
Finalmente salió el tema de la homosexualidad. Mateó me lo dijo sin más, sin dramas ni culpas. Lo dijo cuando repasábamos los diferentes triángulos que los nazis habían impuesto a sus prisioneros. Me dijo: «Yo soy homosexual», y añadió: «Ya lo sabías, ¿no?». No supe qué responder. Quería salir de allí, pero al mismo tiempo sentí que me quitaban un peso de encima. Me dijo que le dolía cada vez que lo insultaban, aunque lo que le dolía más era la actitud del resto, cuando miraban para otro lado o cuando los profesores hacían como que no habían oído nada. «Los insultos —me dijo— me duelen menos que la indiferencia».
Durante los siguientes días trabajamos a buen ritmo por las tardes, y por las mañanas, en el instituto, empecé a pasar ratos con él. Eso me produjo una doble sensación. Por un lado, me sentía a gusto y sabía que estaba haciendo algo justo. Pero, por otro, me sentía observado e incluso rechazado. Un día, los que habían sido mis amigos me llevaron a un rincón del patio y me sometieron a una especie de interrogatorio sobre mi amistad con Mateo. Acabé zafándome de ellos y nos insultamos. Aquella tarde no fui a casa de Mateo. Él me llamó por teléfono dos veces, las dos veces le colgué diciéndole que no quería hablar con él.
A la mañana siguiente, viernes, no pude esquivarlo y todos nos vieron discutir. Me fui a casa dolido. Creía que me dolían las verdades que Mateo me había dicho, pero me di cuenta de que, en realidad, me dolía la cobardía que se había apoderado de mí. Y, aparte de eso, había algo más.
Por la tarde, después de todo, volví a su casa. Mateo había insistido. Teníamos que acabar el trabajo, del que apenas quedaban cuatro detalles. Pero además me dijo que era su cumpleaños y que le gustaría mucho que fuese. Así que acudí. Cuando iba a llamar al portero automático me fijé en el rosal de rosas blancas que había junto a la entrada. Pensé que presentarme sin un detalle no estaba bien, por lo que salté al jardín y arranqué media docena de flores, no sin clavarme unas cuantas espinas.
Cuando Mateo me vio con aquel ramillete improvisado, su rostro se iluminó. Las rosas blancas eran sus preferidas, yo lo sabía, me lo había dicho uno de aquellos días, entre otras mil cosas que habíamos compartido durante esas tardes. Y además las había visto, cada día, en su habitación. La discusión de la mañana había quedado olvidada. En aquel cuarto volvimos a reír juntos.
Terminamos el trabajo enseguida; nos había quedado muy bien. Entonces Mateo me propuso celebrar su cumpleaños por todo lo alto. Encargamos unas pizzas y bebidas y pusimos una película. Fue una tarde realmente genial. Nos reímos, hablamos, nos contamos secretos y sueños, y las horas del día se fueron agotando.
A las once y media le dije que tenía que irme, que iba a pasar el último autobús. Enrollamos el mural y lo metimos en una bolsa. Me lo iba a llevar para enseñárselo a mis padres. Estábamos orgullosos del trabajo bien hecho. El lunes siguiente lo expondríamos en clase. Mateo quiso acompañarme hasta la calle. Entró conmigo en el ascensor y pulsó el botón de la planta baja. Nos miramos a los ojos y sonreímos, sin más. En ese momento sentí una descarga eléctrica y una fuerza irresistible que se apoderó de mi ser. Un instante después nuestros labios se habían unido y nos abrazábamos con todas nuestras fuerzas, como si la vida se nos fuera a escapar si nos separábamos. En ese instante abrí los ojos y entonces vi nuestro reflejo en el espejo. Nuestra imagen, multiplicada miles de veces, se hundía en el infinito. Aquel beso que nos dimos Mateo y yo no fue uno; fueron infinitos besos.
Cuando llegué a casa me acosté y soñé con Mateo, con su sonrisa contagiosa y sus ojos vivos, soñé con mil proyectos e ilusiones de futuro. En unos minutos imaginé una vida con él: nuestro futuro, nuestro trabajo, nuestros viajes, nuestras noches de pasión…
El lunes por la mañana llegué al instituto enfadado. Mateo no me había cogido el teléfono en todo el fin de semana. Me había pasado el sábado y el domingo enteros sufriendo, pensado en qué le habría hecho yo para que me ignorara de aquella manera.
De pronto Justiniano, el profesor de Historia, se acercó a mí y me puso una mano en el hombro. Me dijo que lo sentía mucho. Los nervios me invadieron, la bolsa con el mural se me cayó al suelo. No entendía nada, necesitaba saber qué pasaba, qué había ocurrido.
Y lo que había sucedido era que la fatalidad había apagado su sonrisa, sus ganas de vivir y los sueños que compartimos; todo se había esfumado, en un instante. La fatalidad en forma de absurdo accidente de moto que ocurre cuando no tiene que ocurrir. Todo por un momento, por un despiste, por un descuido; un instante único con consecuencias infinitas…
Desde entonces, cada año, por su cumpleaños, llevo un ramo de rosas blancas a la curva donde su vida se apagó. Y me siento cinco minutos en la acera, viendo los coches pasar, pensando en el futuro incierto, en el pasado añejo, en la vida que me regaló Mateo, en la vida que me enseñó a vivir, haciendo aflorar a la superficie la verdad que latía bajo mis prejuicios. Y pienso en sus besos, en los infinitos besos que me dejó en aquel ascensor, infinitos besos que se pierden en la eternidad, infinitos besos que me acompañarán siempre.