País Relato - Autores

óscar hernández-campano

en tierra de sueños

Escuchaba su respiración lenta, concentrada y cálida junto a mi mejilla. Prefería mantener los ojos cerrados, sentir su contacto, escuchar su aliento envolvente y mirar de vez en cuando, como en un parpadeo al revés en el que lo natural fuera la oscuridad, la imagen de su rostro que me devolvía el espejo. Sus dedos se deslizaban sobre mis mejillas, rodeaban mi boca y, como por casualidad, bordeaban mis labios. Entonces se acercaba más, se inclinaba hacia mí y su respiración se derramaba sobre mi cara. En esos momentos abría con fuerza los ojos. Ya no veía nuestro reflejo: se había colocado delante de mí, muy cerca, ocultando con su cuerpo el espejo. En ese instante, abrumado por su proximidad, por esa calidez que emanaba de su ser, yo era incapaz de controlarme. Lo miraba con intensidad, buscaba el contacto con sus ojos, los cuales, sin pestañear, seguían la delicada acción de sus manos.
Sus pupilas apenas se distinguían en el lecho de unos iris oscuros, casi azabaches, profundos, con el poder de atracción de un agujero negro al que me arrojaría con deleite, sin importarme adónde podría conducir su abisal hermosura. Los rizos colgaban simpáticos en su frente: ondas negras, espirales que habría acariciado si mis manos hubieran sido otras. Sus cejas pobladas, revoltosas, como briznas de hierba crecidas en el borde de un camino, sin orden, sin armonía, pero bellas en su errático proceder protegían esos ojos en los que zambullirse, orlados por pestañas largas y afiladas que se me antojaban lanzas para impedir que alguien —yo, por ejemplo, en un avance suicida alimentado por el deseo— depositara un beso en ellos sin atenerse a las consecuencias. Su barba, corta, arreglada sin artificios, densa y del mismo color carbonífero que su cabello, delimitaba las regiones a la vista de su rostro: sus orejas, pequeñas, semejantes a caracoles; sus mejillas y frente, de piel tersa, limpia, amable; su nariz, robusta y recta, como una muralla con dos ventanucos oscuros por los que brotaba esa brisa que acariciaba mi rostro en profundas exhalaciones, lentas y acompasadas, y sus labios, perfectamente delimitados, de un par de tonos más rosados que su piel, no muy grueso el inferior y un poco menos el superior, del tamaño suficiente para unirse a los míos, para ser mordisqueados, para dejarse mecer en la sonrisa que formaban…
—¿Qué me miras tan fijamente?
Pestañeé varias veces antes de llevar mi mirada avergonzada desde sus labios, entre los que despuntaba el blancor de su dentadura inmaculada, hasta sus ojos, que me escrutaban divertidos.
No llegué a responder. Estiré la piel del bigote, como me indicó con un elocuente mohín, y cerré los ojos cuando se acercó de nuevo. Desplacé con disimulo las manos hasta apoyarlas cruzadas sobre mi entrepierna. La toalla que me cubría del cuello a las rodillas no disimulaba ya entre sus pliegues la erección que su cercanía, su aroma, su calidez y su inalcanzable hermosura habían producido en mí. Como pude, tumbé hacia un lado mi sexo ávido, desesperado e incauto y lo mantuve así, bajo el peso de mis manos, oculto, mientras trataba de ocupar mi mente con pensamientos desagradables que revirtieran aquella embarazosa situación. Tenía apenas unos minutos antes de que Ezequiel me quitara la toalla para pasar a la siguiente etapa de nuestra rutina. Debía doblegar el deseo que me atenazaba y que aquel chico joven, hombre o dios, había despertado en mí.
La cuchilla se deslizó con eficacia, arrastrando la espuma de afeitar y las cabecitas negras de todo el vello que, día a día, se empeñaba en brotar de entre mis poros, ensombreciendo mi rostro. Aunque, a decir verdad, mi barba se mostraba un poco más canosa cada mañana. Era como si la espuma tiñera o decolorara lo que, hasta hacía poco, había sido tan oscuro y varonil como el cabello de Eze. Así le gustaba que lo llamase, con un hipocorístico cariñoso reservado para los amigos.
Todos los días tenían que afeitarme, a fin de mantener mi rostro con un aspecto inocente que había terminado por asquearme. No era aquella la imagen de mí mismo que me hubiera gustado dar. Sin haber sido nunca guapo, un poco de barba mejoraba —eso me parecía— mi aspecto; me mostraba más viril, más masculino, y aliviaba, en la imagen que me devolvía el espejo, un anhelo enquistado en mi alma: que los demás vieran en mí un hombre, alguien sexuado, con todo lo que ello implica. Sin embargo, la norma que regía la residencia era inviolable. Cuando volviera a casa —si es que volvía, cosa que entonces no estaba nada clara— podría dejarme las barbas luengas como Valle-Inclán si quería, pero allí se me afeitaría a diario y acto seguido se me ducharía.
Debía controlar aquella excitación antes de que el rasurado terminase. Tenía que conseguir que desapareciera aquella erección enseguida. Si Eze se diera cuenta, podría comentarlo con algún compañero o con la dirección y, sin duda, esta le cambiaría el turno para que no viniera a atenderme… Fue pensar que no lo vería más y la sangre que henchía mis cuerpos cavernosos emprendió una retirada ordenada. Las tropas del deseo se rindieron y abandonaron el campo de batalla para, tal vez, luchar otro día. Pese a tener a mi cuidador tan cerca de mí, tan próximo a mi cuerpo, tan a mano —si mis manos hubieran podido alzarse desde mi regazo hasta su cuello para abrazarlo y atraerlo, para besarlo y embadurnarnos de espuma de afeitar, para reírnos y luego compartir la ducha caliente y alimentar aquel fuego que me consumía—, sentí que mi organismo se calmaba, que mi mente recuperaba el control y que Eze no se percataría de que, hasta hacía un momento, un deseo irrefrenable por él había palpitado bajo la toalla blanca.
***
Mis padres se habían divorciado de mala manera. Mi progenitor, harto de todo y en especial de nosotros, se había ido de casa, dejándonos solos a mi madre y a mí. Mi hermana vivía desde hacía tiempo en Palma, donde estudiaba un posgrado, y yo, con una discapacidad del noventa por ciento y catalogado como «gran dependiente», me había convertido en una carga para mi madre, quien, sola y atrapada en las garras de una crisis nerviosa, se vio incapaz por el momento de hacerse cargo de mí. De modo que, durante unos meses —eso me dijo— tendría que vivir en un centro residencial para personas con diversidad funcional y después, si superaba esa depresión en casa de su hermana, mi tía la de Albacete, volveríamos a nuestro maltrecho hogar para seguir con nuestras respectivas supervivencias. Nuestras vidas no podían calificarse de otra manera: mi madre trabajaba limpiando casas y yo no hacía nada. No trabajaba ni había estudiado y mis horas eran siglos que avanzaban lentamente del alba al ocaso. Una pequeña pensión era mi único y pírrico haber en la balanza de pagos de esta vida. Con esa paga ayudaba a mi madre y lo que sobraba lo gastaba en libros e Internet. Venir a vivir a la residencia había sido un recurso de emergencia y una aventura a la que me había visto abocado. La vida allí me resultaba más monótona incluso que en mi casa, pese a que había actividades y cursillos para amenizar el lento discurrir del tiempo. Aunque no podía quejarme, ya que, a cambio del noventa por ciento de mi pensión más un buen pico que aportaba la Administración, disfrutaba de una habitación para mí solo con cuarto de baño, pensión completa, lavandería y personal para atenderme. Los horarios, rígidos y previsibles, eran parecidos a los de la mili que no hice, naturalmente, porque por aquel entonces ya alternaba las muletas con la silla de ruedas. Entre levantarse y acostarse, jalonado por los horarios de comidas, había tiempo libre a raudales que podíamos rellenar con cursos, clases de inglés, cine, lectura —disponían de una modesta biblioteca que se nutría de las donaciones de los familiares de los internos— y misa diaria, por supuesto, que para eso era una residencia católica concertada y dirigida por una congregación religiosa tan caritativa como estricta. Y yo, bueno, yo, nel mezzo del cammin di nostra vita, como llamaría Dante a los cuarenta años que iba a cumplir, era poca cosa: un hombre sin mucha experiencia y también un hombre gay.
***
Cuando llevaba allí tres meses y me había leído todos los libros, visto incontables películas, estudiado todos los cursillos y memorizado unos doscientos phrasal verbs, apareció Ezequiel. Lo habían contratado para el ala de hombres de la residencia como sustituto de Manu, un cuidador que acababa de acogerse a la baja por paternidad. Desde la mañana siguiente, por tanto, me levantaría, asearía, vestiría y colonizaría mi libido, mis fantasías, mis deseos, mis sueños y —lo creo firmemente a día de hoy— mi corazón.
La directora nos lo presentó una tarde de abril. El sol entraba con abundancia por los ventanales inundando la sala de una luz cálida que su sonrisa elevó al paroxismo. Yo tenía sobre mi regazo dos libros: un atlas del mundo encuadernado en tapa dura, que hacía las veces de mesa portátil, y un ejemplar de La señora Dalloway, que estaba a punto de terminar. Había aprendido a concentrarme en la lectura pese a los bramidos que arrojaba la televisión desde el fondo de la sala, las conversaciones a voz en grito de otros usuarios del centro y las constantes interrupciones del personal de la residencia, que entraba y salía sin parar, llamando a uno, trayendo a otro o llevando al aseo a un tercero. Podría haberme quedado en mi habitación a leer, es verdad, pero allí no entraba el dorado sol de la tarde y siempre he afirmado que prefiero pasar hambre antes que frío. Además, un poco de compañía humana no me disgustaba, lo confieso.
De modo que leía las últimas páginas de la celebérrima novela de Woolf dentro del cascarón invisible y aislante que me separaba del mundo, cabizbajo, sintiendo tan solo la caricia de los rayos del sol que me alcanzaban junto a la ventana, cuando algo más fuerte que mi capacidad de concentración me sustrajo de los párrafos del libro y me obligó a levantar la vista —y con ella la cabeza, tras un gran esfuerzo, como el que me exigía pasar las páginas de la novela o tratar de espantar una mosca—. Mis ojos tropezaron entonces con su mirada, sonriente, cautivadora y fija en mí; mirada que me había llamado y que, cuando consiguió atraer mi atención y arrancarme una sonrisa acompañada de una aceleración descontrolada y desconocida de los latidos del corazón, la llevó grácilmente hasta otro interno. La directora explicaba en voz alta para toda la sala que Ezequiel era un joven muy recomendado e inteligente —había solicitado incluso una beca en el prestigioso MIT, el Instituto de Tecnología de Massachusetts— y que confiaba en que nos sintiéramos a gusto en sus manos.
Miré sus manos. Las movía casi de forma imperceptible. Eran fuertes, sólidas, con uñas limpias y arregladas. Llevaba un anillo plateado en su anular derecho. Me pregunté si representaría algún compromiso. Vestía deportivas, vaqueros y una camiseta verde oliva ni muy estrecha ni muy ancha, lo justo para saber que era un hombre en forma. Sus brazos, fornidos, que pendían de forma natural, delimitaban un tronco firme, coronado por hombros anchos, rectos y un cuello robusto en el que temblaba una nuez de Adán prominente justo bajo la línea de la barba. Volvió a mirarme y en ese momento sentí un cosquilleo entre las piernas. No comprendo cómo ocurrió tan deprisa, pero en el lapso en que Eze me sostuvo la mirada experimenté una de las erecciones más violentas que haya tenido nunca. Ni todo el peso del mundo, abigarrado en las muchas páginas satinadas y repletas de mapas, pudo evitar que la fuerza de mi deseo sexual —como si se tratase de un atlante de carne y sangre— levantara unos centímetros el tomo que me hacía de mesa y la novela que había estado leyendo. Ezequiel me sonreía desde el otro extremo de la sala. Sentí un acceso de sonrojo; no era posible que hubiera notado mi excitación ni que hubiera distinguido el libro moverse, empujado por mi sexo. Dejé caer las manos. Su peso y la ayuda de la gravedad contendrían aquella furia libidinosa que era capaz de alzar un tomo que mis manos no podían levantar. Y la causa era él, aquel hombre joven al que sin duda le doblaba la edad —luego supe que solo le llevaba quince años— y que se estaba presentando tras la introducción de la directora. Su voz grave, profunda y melosa empeoró las cosas. Aparté la mirada y la arrojé por la ventana en busca de una distracción. Sin embargo, nada pudo sustraerme a su hechizo. Y entonces lo escuché a mi lado, saludándome y ofreciéndome su mano.
—Encantado de conocerte —me regaló a la vez que me cogía una mano y la encerraba entre las suyas con una delicadeza infinita, como si en lugar de una extremidad atrofiada hubiese estrechado un paño de seda y oro. Sentí la suavidad de su piel y la calidez que emanaba y, de súbito, al igual que un resorte accionado por el contacto físico, algo me estrujó las entrañas, retorciéndolas sobre ellas mismas y hacia dentro, como si hubiera aparecido un agujero negro en el interior de mi estómago que me absorbía al tiempo que arrojaba ondas de nerviosismo, placer y miedo a los cuatro vientos—. Nos vamos a ver cada mañana. ¿Cómo te llamas?
Balbuceé mi nombre. Eze sonrió y con ello logró dibujar una mueca simpática en mi rostro que disimuló la vergüenza que me embargaba en aquel momento. Se despidió y se acercó a otro usuario. Y luego a otro y a otro más. Ya no quise mirarlo más. Bajé los ojos hacia las páginas que me quedaban por leer, pero no pude terminar ni una sola línea.
***
Eze tocó la puerta de mi habitación a las siete y media del día siguiente. Abrió sin esperar mi respuesta. Los cuidadores entran así. Llamar es un gesto de cortesía que, a veces, no todos tienen. Manu, a quien felizmente Eze sustituía, entraba muchas veces sin llamar. Y si lo hacía, la brusquedad que empleaba me arrancaba del sueño y me asustaba porque me despertaba de forma violenta, como si estuviésemos en guerra. Esa mañana, la primera de Ezequiel, sí oí la puerta. Llevaba despierto y preso del ansia mucho rato y, al abrirse, entró la primavera. Eze se acercó a la cama sin encender la luz e hizo algo que me estremeció: acarició suavemente mi pelo mientras me daba los buenos días. Luego fue hacia la ventana y subió despacio la persiana. La luz matutina se desparramó por mi cuarto y de entre las olas de claridad emergió la imagen de un hombre bello que iluminó aún más la mañana con una sonrisa de plata. Eze vestía el uniforme de cuidador: zuecos blancos, pantalón blanco y chaquetilla de manga corta blanca también. Sus rizos negros y su barba aterciopelada destacaban entre tanta albura, al igual que sus ojos, diamantes negrísimos que refulgían con luz propia. Me había acariciado con la mano y lo volvió a hacer con la mirada. Mi estremecimiento continuó y sentí que mi sexo reaccionaba. Cerré los ojos con fuerza. Eze iba a notarlo y se ofendería; pediría no volver a atenderme, o peor: se lo contaría a la dirección. Aquella panda de beatas y religiosas me pondría de patitas en la calle sin miramientos, por sátiro y maricón.
—Vamos, espabila. Abre los ojos, que hace un día hermoso.
Su voz profundamente viril no ayudaba con el problemilla que crecía entre mis piernas. Sentía sus palabras como caricias sobre mi piel. Una sensación de bienestar brotaba de su voz, tierna y seductora, y alimentaba la fuerza casi olvidada que pugnaba por expandirse bajo las mantas. El calzoncillo me oprimía y mi mente buscaba una imagen repulsiva a la que agarrarse para desincentivar el deseo incontrolable que despertaba en mí aquel joven. Me preguntó si me urgía orinar, si quería que me trajera la botella —nombre con el que todo el mundo en la residencia aludía al orinal de plástico masculino— a la cama. Me habría sido imposible en aquellos momentos, así que me excusé. Le dije con voz neutra, como la del escribiente de Melville, que preferiría ir al baño. A fin de ganar tiempo, le pedí que trajera la grúa de transferencia para levantarme. Sabía que las dos que había en esa planta las estaban usando en esos momentos otros cuidadores con internos que pesaban mucho más que yo. Manu siempre me cogía en brazos y me decía en tono jocoso que pesaba menos que su novia, una chica delgada y experta en contar calorías. Necesitaba unos momentos para dominar mi erección. Confiaba en que Eze tardara un poco en regresar y que, en ese lapso, lograra calmarme.
—Voy a tener que levantarte en brazos, como si fuésemos novios —bromeó al volver y tras explicarme lo que yo ya sabía.
Trajo del cuarto de baño la silla ortopédica que se usaba tanto para el inodoro como para ducharme y la colocó junto a la cama antes de frenar sus ruedas. Luego se inclinó y me sonrió. Entonces me destapó. Por suerte, yo ya había doblegado mis instintos. Aunque me mantuve alerta porque sentía que aquel deseo seguía rugiendo agazapado en mi interior. De modo que decidí distraer la mente. Seguí los movimientos de mi nuevo cuidador con atención, luchando por dentro para embridar a aquella bestia de deseo cuyas riendas apenas podía mantener amarradas y hechizado por su voz, pues había empezado a contarme cosas sobre él y me hacía preguntas que respondía lacónicamente. Eze me volteó para ponerme boca arriba. A continuación, me estiró las piernas, que habían pasado la noche, como el resto de mi cuerpo, en posición fetal. Al cambiar de postura, un relámpago de alivio, de placer, rebotó por el interior de mis extremidades y no pude evitar que un gemido brotara de mi garganta. Eze sonrió y se acercó a mí. Sentí su piel cálida, una aureola de placidez que envolvía su cuerpo y que, con sus brazos robustos, me envolvió también.
Me incorporó y nuestros rostros se aproximaron. Su barba aterciopelada acarició mis mejillas. Su aliento resbaló por mi piel. Su aroma, masculino y fresco, penetró por mis fosas nasales e hizo temblar de gusto a mi glándula pituitaria. Cerré los ojos. Sentí su esfuerzo y me encontré en volandas, protegido por sus brazos, rodeado por su cuerpo, arrullado por su voz, por su olor, por el calor de su piel. Me sentí liviano de repente, como una bailarina sujeta por su pareja. En un par de segundos mi cuerpo contrahecho voló de la cama a la silla, en la que me depositó con una delicadeza y una ternura que me resultaban tan desconocidas como placenteras. Me colmó tal sensación de bienestar, de seguridad y de protección que creí estar soñando. Sin embargo, todo era real. Sus manos, sus brazos, sus movimientos precisos, la calidez que imprimía a cada paso que daba en mi cuidado. Me sentí turbado y traté de evitar su mirada, de esquivar su perlada sonrisa, de sustraerme al deseo que despertaba en mí.
Una vez que me hubo sentado en la silla, me llevó al cuarto de baño. Mi rutina demandaba desprenderme de los calzoncillos, hacer de vientre, luego desnudarme del todo, afeitarme, ducharme y vestirme; prepararme, en definitiva, para un nuevo y monótono día en aquella residencia. Pero desde aquella mañana Eze marcaría la diferencia. Su conversación alegre, viva, su ternura, su forma de tratarme como a una persona, como a un igual, como a un hombre y no como a un niño llenaron de color e ilusión mis días. No hizo ningún comentario denigrante, vejatorio, no dijo nada que me recordara quién no podía valerse por sí mismo y quién tenía la capacidad física de hacer y deshacer. Me limpió, afeitó, enjabonó, aclaró, secó, vistió y acomodó en mi silla sin infantilizarme, atento a mis indicaciones, con cuidado, preguntándome a cada momento, antes de cada movimiento, si me molestaba algo, si me dolía algo y si lo hacía a mi gusto. Sus manos recorrieron mi cuerpo desnudo en la cama, enjugando la humedad con una toalla, antes de vestirme. Él seguía hablándome, preguntándome, contándome anécdotas y contagiándome su sonrisa. Terminé rindiéndome a su hechizo. Arrojé mi mirada a sus ojos, incapaz de evitarlos por más tiempo, y la recibieron con una ternura infinita. Sentí un escalofrío que provenía de la visión de sus ojos negros por un lado y del contacto de sus manos con mis partes al secármelas por otro. Aquel relámpago convergió en mi vientre, en el que nacieron mil mariposas que me hicieron suspirar. Eze no reaccionó. Me puso los calzoncillos y los pantalones en dos rápidos movimientos y eso evitó que se percatara de que mi deseo regresaba. Volvió a abrazarme y me trasladó en un instante a mi silla de ruedas, en la que pasaría todo el día. Una vez sentado, con esfuerzo crucé las manos sobre la entrepierna y oculté mi estado de excitación. Terminó de vestirme y de calzarme en unos minutos. Luego regresamos al baño para peinarme. También me puso crema hidratante y me echó un poco de colonia. Todo estaba impregnado de ternura y delicadeza; todo me hacía sentir especial. Al terminar, me llevó a la habitación. Su trabajo había concluido. Se marcharía a atender a otros internos y volvería a la mañana siguiente para mostrarme otra vez un resquicio, un espejismo, de felicidad. Sin embargo, me sorprendió de nuevo. En lugar de irse, se sentó a los pies de la cama, a mi lado. Estiró el brazo derecho y me pasó la mano por el pelo para domar un mechón rebelde de forma distraída y natural. Mientras, me preguntó:
—¿Qué harás hoy? —Tenía ese brillo tan especial en la mirada, esa magia en sus ojos que mantenía mis sentidos en una suerte de indolencia.
Yo no salía de mi asombro. Nunca se nos preguntaba o consultaba. Se nos atendía y alimentaba. Mis aficiones o querencias no parecían importarle a nadie. Pero a Eze sí. Balbuceé que no tenía nada pensado y él, lejos de dar por terminada la conversación, sonrió, se levantó y extrajo un libro de una bolsa de tela que había traído consigo.
—Sé que te gusta leer. Ya me lo han contado. Toma, es de mis favoritos —añadió, colocando sobre mi regazo La vida es sueño.
Entonces sí se despidió. Me sonrió de nuevo, apretó con su mano mi hombro, provocando una última descarga eléctrica cuyo placer permaneció un rato en mi piel, y se marchó. Yo me quedé en una soledad gélida que traté de conjurar aferrando el libro que me había traído.
***
El día, los días, las horas que arrastraba cada jornada parecían repetirse como el recorrido sempiterno de la espuma del mar sobre la arena. No obstante, en aquella sucesión de reiteraciones, un cambio extraño y desconcertante se había operado en mí. No podía evitar cerrar los ojos y abrirme al recuerdo reciente de su mirada luminosa, de su sonrisa resplandeciente, de la caricia de su voz. Pensar en Eze me causaba estremecimientos que desembocaban en erecciones ante las que me era imposible reaccionar. No podía evitarlas ni satisfacerlas. Lo máximo que lograba hacer para aliviar tamaña excitación era acariciarme sobre la ropa en la soledad de mi habitación, incapaz de desnudarme para zambullirme por mí solo en un desahogo físico. Solamente podía lidiar con la fantasía que se había enseñoreado de mi mente hasta que la tormenta amainara o la frustración se apoderara de mí. Sin embargo, de noche, especialmente desde aquel primer día en que Eze me trajo la primavera, mi subconsciente se liberó por completo en el mundo onírico.
En mis sueños, Eze llegaba y se tumbaba a mi lado en la cama. Su voz, un susurro aterciopelado, me hablaba sin que lograra entender sus palabras. Aunque eso no me importaba. Su voz era una melodía seductora, una brisa de verano. Luego se acercaba y me estrechaba entre sus brazos. Podía sentir su aliento en mi cuello, sus manos robustas deshaciéndose de nuestra ropa, su torso contundente a mi alcance, mis manos torpes —aunque menos torpes que en la vida real— acariciando su pecho, enredándose mis dedos en su vello. Su mejilla se unió a la mía mientras sus brazos me rodeaban. Sentí un calor que me envolvía y que se fundía con el que mi cuerpo generaba gracias a un corazón que cabalgaba desbocado, henchido de ilusión. Sus labios alcanzaron al fin los míos, que se rindieron a su boca. Me giró y se encaramó sobre mí. Lo sentía acoplándose, anhelante de más. Vi su rostro de frente, sentí aquella ternura infinita vestida de deseo y, como sueño que era, de repente estábamos desnudos y entrelazados. Su boca se deslizó hacia abajo por mi cuello tras extenuar la mía. Sus besos cubrieron mi piel, enterrando mi cuerpo con su aroma. La fantasía requería más lujuria, más estremecimientos. Me vi acariciando sus rizos suaves, enredando mis manos en su cabello, moviéndolas al ritmo que marcaba su cabeza tras hundirse entre mis piernas. Mis ojos se cerraban en el sueño, su imagen, despiezada en mil puntos de vista como en un cuadro cubista, preñaba mi mente. Veía su boca jugosa y su lengua deliciosa afanándose en exprimirme; sus ojos sonrientes mimándome; las espirales de su cabello rodeando como anillos negros mis dedos; sus manos fuertes entrelazándose con las mías, apretando mis carnes o acariciándome; su rostro, luego unido al mío, susurrándome algo que me hizo gemir; su cuerpo desnudo meciéndose; su sexo, para mí, sobre mí, en mí…
Desperté en mitad del orgasmo. Fue un clímax masivo, extenuante, inspirador. El placer me dominaba, sentía oleadas de éxtasis recorrer mi cuerpo mientras me vaciaba y jadeaba al tiempo que mi mente rasgaba el velo que separa el sueño de la vigilia. No podía detener aquella sensación, no podía frenar una eyaculación por la que se me escapaba hasta la cordura. Solo sentía un goce olvidado y recordado de repente que brotaba desde lo más profundo de mi ser y empapaba la ropa interior y las sábanas. Mi cuerpo temblaba, sudaba y gemía en la soledad de mi cama.
Suspiré todavía un rato. El corazón me latía más despacio, la respiración se calmó y el semen que no había empapado los calzoncillos empezaba a enfriarse sobre mi piel. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta. Buscaba no perder las imágenes de mi sueño erótico y oxigenar mi cuerpo exhausto. Estaba tumbado de lado, como me había dejado el cuidador que me había acostado algunas horas antes. No podía moverme. Podía pedir asistencia pulsando el botón hipersensible de emergencia que sostenía cada noche en mis manos para cuando no aguantaba más sin darme la vuelta. Pero acababa de correrme y sentía todo mojado. No podía llamar a nadie ni limpiarme. Algunas horas después, con el alba, vendrían a levantarme. Vendría Ezequiel. Rogué que las horas que faltaban fueran suficientes para que las pruebas de mi fantasía desaparecieran, para que el jugo de mi deseo se secara y desvaneciera. Pero era consciente de que aquello no se podría ocultar. Sin embargo, la sensación de placer y bienestar que seguía dominando mi organismo hizo que no me importara nada y terminó por inducirme una dulce placidez, un sopor relajado que me empujó suavemente por una pendiente que me llevó al sueño.
***
Su voz profunda, propia de un locutor de madrugada, me dio los buenos días mientras me acariciaba el cabello, como cada mañana.
—¿Has dormido bien? —me preguntó Eze sentándose en el borde de mi cama a la vez que me destapaba hasta el pecho.
Qué maravilloso me pareció despertar así, con su sonrisa y su alegría dándome la bienvenida a un nuevo día. Le sonreí. Él se alegró de verme contento. Iba a destaparme del todo para iniciar la rutina diaria cuando lo detuve. Acababa de recordar mi experiencia nocturna. Me vio ruborizarme y sus ojos denotaron curiosidad. Traté de explicárselo. Sentía una vergüenza que me empujaba a desear desaparecer, a ser engullido por aquellas sábanas sucias que conservaban mi esencia reseca y culpable. Temía que aquello le hiciera presentar una queja o que cambiara su manera de atenderme, que cesara su cercanía y simpatía. Cuando logré hacerme entender, sin explicitar lo que había ocurrido, esquivando cualquier palabra que se me antojara vulgar, sus ojos empezaron a brillar y prorrumpió en una carcajada. Lo miré sin comprender qué implicaba su risa.
—No te preocupes, hombre. Si eso es de lo más normal. Nos pasa a todos. No es nada, yo me ocupo —dijo destapándome y poniéndome boca arriba para estirarme las piernas y desentumecerlas.
Fue al baño a por papel y se aseguró de que la puerta de la habitación estuviera cerrada. Me limpió lo que todavía no se había secado del todo y, con toda naturalidad, me desnudó. Dijo que llevaría lo que había ensuciado a la lavandería, que lo mezclaría con mi ropa del día anterior para que nadie se percatara de aquella polución nocturna. Abrió la ventana para ventilar el cuarto y me cogió en brazos para ponerme en la silla y llevarme al baño. Sentir su cuerpo de verdad, tras aquel sueño tan vívido, me estremeció. Eze no hizo ningún comentario ni me preguntó sobre la fantasía que había desembocado en aquella embarazosa situación. Solo añadió, viéndome abochornado, que no tenía nada de qué avergonzarme, que todos teníamos necesidades, que una ducha lo arreglaría todo y que no sintiera reparos respecto a él porque lo comprendía perfectamente.
***
Así comenzaron los meses de la felicidad; de esa forma se sucedieron los días y las noches. Al menos las mañanas y los sueños de seis días a la semana, porque Eze libraba los domingos. Y esa noche previa a su ausencia yo rezaba e imploraba para que mi psique estuviese tranquila, ya que los otros cuidadores no eran como Ezequiel. Mi cuerpo, que se había transformado en el de un adolescente en lo referente a la sexualidad desbocada, se comportó bien y me privó de pasar vergüenza cuando aquel ángel de barba aterciopelada y espirales en el cabello libraba. Los demás días, las fantasías se apoderaban de mis noches y cada mañana su sonrisa y una caricia en el pelo me daban los buenos días. Aquellos sueños convirtieron mi vida en una sucesión de orgasmos, abrazos, besos y vigilia lectora en espera de la luna. Cada fantasía completaba la anterior. Eran sueños diferentes a los que habitualmente habían poblado las noches de mi vida. Cada nuevo encuentro me resultaba más complejo, menos aislado y más completo. Estaba soñando, aunque algo de consciencia quedaba, o eso me parecía. El Eze de mis fantasías se me antojaba cada vez más real y yo me veía a mí mismo más parecido a la versión imaginada durante años que al yo contrahecho que me esperaba en la vigilia cada amanecer. Su cuerpo y el mío, visiblemente mejorado en cada nuevo encuentro, se unían por las noches, mientras que nuestras mentes parecían estar entrelazándose en todo momento. Pese a la creciente amistad, confianza y complicidad entre nosotros, que acabó por desbordar los límites de mi habitación y se hizo famosa en la residencia, nunca le hablé de mis fantasías, de nuestros episodios nocturnos, del deseo, del placer ni del amor que su alter ego y yo estábamos compartiendo bajo el abrigo de la oscuridad.
Cada mañana, al descubrir los restos del combate amatorio en mi ropa, él sonreía, me limpiaba y se limitaba a hacer algún comentario jocoso. Llegó a insinuar que estaba sorprendido y que hasta envidiaba mi fogosidad onírica. Yo bajaba la mirada y cambiaba de tema.
Descubrí que era un gran lector. Intercambiamos libros e incluso, algunas tardes, me visitaba durante su tiempo libre para ver una película juntos. Su presencia lo fue llenando todo. Su voz se hizo omnipresente. Me enviaba mensajes de voz al teléfono para recomendarme una novela o un disco. Me contaba lo que había olvidado explicarme por la mañana y me hablaba de ciencia, su gran pasión. Así, de día, nos hicimos amigos, mientras que de noche y en sueños éramos amantes. Las tardes empezaron a sobrarme y miraba el reloj con insistencia, deseando que llegara la hora de que me acostaran. Porque cada noche, puntual, el Eze soñado acudía a mi encuentro y vivía con él un extraño y mágico banquete en el que nos saciábamos de nosotros, de nuestros cuerpos jadeantes, de un sexo inefable que colmaba mis sentidos y de un deseo inabarcable que devorábamos hasta que aquella voluptuosidad quedaba agotada.
En sueños todo resultaba más fácil. Mi cuerpo se transformaba, rejuvenecía y recuperaba día tras día, o noche tras noche, la movilidad y la fuerza que la enfermedad me había robado. Aunque el escenario de mis fantasías era mi habitación y la cama, Eze y yo comenzamos a alternar posturas y posiciones que nos permitían disfrutar de nuestros cuerpos sin límites. Constituía un deleite inenarrable alcanzar el orgasmo y sentir que, al tiempo que me vaciaba, expulsaba también de mi cuerpo dolor, frustración e insatisfacción acumulados durante años de inmovilidad y soledad.
Al cabo de algún tiempo compartiendo conversaciones y confidencias con el Ezequiel real y haciendo el amor con su yo soñado cada noche, empecé a creer que estábamos manteniendo una relación. Aquel pensamiento me sorprendió e inquietó porque una mañana me desperté con el deseo irrefrenable de decirle que lo amaba. Eze no me había hablado de sus relaciones fuera del centro. En realidad, como me di cuenta aquella mañana mientras lo esperaba despierto, hecho que lo sorprendió, sabía muy poco de él. Compartía piso con otro cuidador del centro con quien nunca coincidía porque tenían turnos opuestos. Tenía un grado de Ciencias y una FP que lo habilitaba para su trabajo en la residencia, le gustaban el cine clásico, las series de ciencia ficción, la música jazz y las novelas de autores muertos. También hacía pinitos en la cocina y estudiaba inglés en cursos a distancia. Eso me había contado. Nada sobre familia, amigos o amores. Cuando yo le preguntaba, él sabía zafarse de mi curiosidad con naturalidad. Su sonrisa podía derretir un iceberg.
Me convencí de que anhelar algo más que su amistad era ridículo. Si eliminaba de la ecuación todo el sexo soñado quedaba tan solo un chico amable, profesional y cariñoso. Un amigo, como mucho. Un buen amigo un tanto reservado, cierto. Quizá los quince años que nos separaban —me dije— podían explicar que no me viera exactamente como al amigo que yo sí veía en él y que no quisiera compartir conmigo algunos aspectos de su vida. Me convencí de que mis fantasías contaminaban mi razonamiento, de que no había ni habría, en la vida real, nada entre nosotros más allá de una amistad. Me lo repetí una y otra vez mientras lo esperaba hasta convencerme de ello. «Ojalá todo fuera de otra forma», me dije entonces. «Ojalá fuera más fácil expresar los sentimientos», me lamenté después. «Ojalá no tardáramos tanto en decir “te quiero”», me recriminé con el tiempo.
***
Frente al espejo del cuarto de baño, aquella mañana en la que, mientras me afeitaba, había evocado nuestra historia, nos observé y sonreí. Eze, detrás de mí, terminaba de limpiarme la espuma con una toalla. Me descubrió sonriente en el reflejo y me acompañó en un silencio cómplice y feliz. Vi algo en sus ojos que no supe interpretar. Entonces se inclinó y apoyó su barbilla en mi hombro al mismo tiempo que sus brazos me rodeaban hasta posar sus manos sobre las mías. Cerré los ojos un instante, solo para sentir su calidez envolviéndome y aceptar mi derrota ante el retorno de una excitación que se alzó con nuevos bríos, pugnando por hacerse notar bajo nuestras manos y la toalla.
—Cada día te afeito mejor —dijo con voz suave, sonriéndome desde el espejo—. Cuando se me acabe la sustitución…
No le dejé terminar la frase. Repliqué que aún quedaban algunas semanas para eso y que, además, iba a hablar con la directora para pedirle que lo contratara de forma indefinida. No fue un decir. De hecho, había sondeado a otros residentes a los que atendía Eze y todos estaban muy contentos con su trabajo. Recogeríamos firmas si hacía falta. Llegaría a la huelga de hambre si fuera necesario.
Eze estalló en una carcajada y me abrazó más fuerte. Luego se incorporó y, descansando ambas manos sobre mis hombros, me dijo que yo también me iría pronto, que volvería a casa con mi madre en cuanto estuviese recuperada. Mi corazón se detuvo. La sangre que llenaba mi deseo se retiró de súbito. Mis manos ya no inmovilizaban un sexo palpitante, sino un pedazo de carne inerme, de repente vacío y apagado. Mi rostro lucía igual de alicaído en el espejo. Sentí que me presionaba ligeramente los hombros, para animarme, supuse. Miré fijamente su reflejo y le expliqué que pensaba solicitar la estancia permanente a los servicios sociales, que me sentía feliz allí. Debí haber añadido un «contigo», pero no me atreví. Eze sonrió, se encogió de hombros y, tras consultar la hora en su teléfono, dijo que el tiempo apremiaba y me deslizó hasta la ducha.
***
Al cabo de varios días, una mañana como otra cualquiera, Eze apareció unos minutos antes de la hora habitual. La víspera había librado y solo habíamos cruzado algunos mensajes. En el último que me había enviado me decía que había recibido una noticia de la que me hablaría por la mañana. Aquella noche, aunque lo intenté e invoqué en mi mente, no soñé con él. Con el alba, llegó y me saludó como de costumbre. El contacto de su mano con mi pelo hizo que me estremeciera. Sin abrir los ojos, escuchando su respiración y con su aroma deleitando mi olfato, le pregunté si por fin me iba a dar el masaje terapéutico en las piernas que me había prometido la semana anterior. Me giró hasta ponerme boca arriba y se sentó en mi cama sin responder. Me destapó lo suficiente para encontrar mis manos y tomarlas entre las suyas. Al abrir los ojos, descubrí en la penumbra que iba vestido de calle y que, pese a lucir la mejor de sus sonrisas, sus ojos estaban tristes.
—He venido a despedirme —dijo como si me arrojara un puñal, ya que así me dolió.
Supe que el final que había vislumbrado en el horizonte ya había llegado y perdí los nervios. Solo se me ocurrió replicarle que a Manu todavía le quedaban algunas semanas de su baja por paternidad. Y osé añadir, con la voz quebrada, que no podía irse. Me contó con la mirada afectada y sin soltarme las manos que salía de viaje con carácter urgente, que le habían concedido la beca de doctorado en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, que se trataba de una oportunidad única en el mejor centro del mundo en la materia, que iba a trabajar con varios premios nobeles nada menos, que llevaba tiempo esperando aquella llamada, que me echaría mucho de menos, que seguiríamos en contacto…
Sus palabras empezaron a perder el sentido. Mis ojos se rindieron y se colmaron de lágrimas. Mi mirada, desde el fondo de un abismo, se posó en nuestras manos entrelazadas. Eze se iba y con él se llevaba mi corazón, mi deseo y la ilusión que había regado con su compañía, su ternura y su sonrisa. Mi vida retornaba a la casilla en la que él me había encontrado. Mis sueños se nutrirían solo de la memoria a partir de ese momento porque Ezequiel dejaría de ser presente para convertirse en pasado. Sentí que sus manos se apartaban de las mías y las sujeté con fuerza, al menos con lo que en mi cuerpo atrofiado puede denominarse fuerza. Regresé mi mirada a sus ojos. Ambos nos veíamos desde el fondo de un mar salado. Me salió sin pensarlo, pero se lo dije; le pedí que no se fuera, le rogué que no me dejara, le susurré que lo necesitaba.
Me arrepentí inmediatamente de mis palabras y sacudí la cabeza como diciendo que no, que retiraba lo dicho, que deseaba poder rebobinar el tiempo y negarme a mí mismo. Las lágrimas me desbordaron y Eze me abrazó y lloró conmigo. Me aferré todo lo que pude a su cuerpo mientras sus brazos me estrechaban. Aquella calidez se había convertido en mi hogar y me resistía a un desahucio para el que no tenía alternativa.
Entonces surgió del interior de mi cuerpo con una fuerza inusitada. No pude detenerlo y tampoco quise hacerlo. Simplemente lo dejé salir. Le dije que lo quería, que lo amaba, que estaba enamorado de él. Eze se apartó un poco, sin deshacer del todo el abrazo que nos unía. Me miró con una dulzura infinita y me acarició el pelo, después una mejilla. Sus ojos trataban de consolarme, sin resultado. Antes de levantarse y dejarme en aquella habitación, se quitó el anillo plateado y me lo puso, con cierta dificultad, en el dedo corazón de mi mano izquierda. Cerró mi mano y la envolvió entre las suyas. Sin decir nada, se inclinó sobre mí, depositó un beso intenso, cálido y tierno sobre mis labios y me susurró con la voz quebrada:
—Nunca te abandonaré. Estaremos juntos, como cada noche, en tierra de sueños.