Érase una vez, en un reino muy lejano, un príncipe que había llegado a la edad de merecer. Durante toda su vida le habían enseñado que algún día tendría que casarse y tener hijos, sobre todo varones, para garantizar la sucesión de la corona. El joven príncipe escuchaba aquel vaticinio con cierta lejanía, sabiendo que era su vida la que estaba ya planificada desde el mismo momento de su nacimiento, pero con una extraña sensación que le quemaba en su fuero interno.
El príncipe había crecido entre divertimentos varios, deportes propios de su condición y algunas aburridísimas lecciones de historia, política y protocolo que lo preparaban, según le explicaba su tutor personal, para la alta responsabilidad que lo aguardaba. Sin embargo, él prefería montar a caballo, jugar a la guerra con sus amigos y divertirse en las tabernas del pueblo durante noches enteras.
Sus padres, comprensivos a la vez que exigentes, esperaban con impaciencia la mayoría de edad del príncipe para celebrar la boda que habían pactado años atrás con los reyes del país vecino, con el fin de unir sus linajes a través de sus vástagos, garantizar la paz entre sus pueblos y, quién sabe, tal vez anexionar el reino vecino, rico en minerales, árboles frutales y bailarines de ballet. Los reyes confiaban en que, anunciado el enlace con la bella princesa extranjera, su hijo se dejara de fiestas y monturas, que para eso era el heredero.
El príncipe despertó el día de su cumpleaños con una angustia en el estómago y con el bajo vientre excitado. Aquel era el día D, en el que su destino lo alcanzaba. Se casaría con la princesa y millones de personas lo celebrarían. No obstante, él con quien quería pasar su vida era con otra persona: con un hombre, el cual ni siquiera tenía sangre azul.
Desde que tuvo uso de razón se había dado cuenta de que se sentía atraído por los hombres, pero no lo había podido expresar nunca; tampoco podía opinar sobre aquel tema por miedo a despertar sospechas. Se sentía solo, siempre se había sentido solo y desgraciado. Ese desasosiego lo había empujado a las fiestas, a las juergas y a querer huir de su destino.
Hasta el día en que en un viaje oficial a la república de más allá del mar conoció al hijo de un ministro del gobierno de aquel territorio y, al verlo, le empezaron a temblar las piernas. El sentimiento fue mutuo y, como la visita duraba una semana entera, ambos jóvenes tuvieron la oportunidad de conocerse mejor y pasar tiempo juntos. Allí fue donde vivió la pasión por vez primera. Durante los siguientes meses se visitaron a menudo, aprovechando los privilegios de un príncipe heredero y de un rico burgués, y de la pasión nació el amor.
Las leyes de la república no ponían trabas a aquella pareja, pero el reino que debía heredar requería una princesa y un vástago a quien entregarle la corona algún día. Además, el príncipe era hijo único. ¿A quién pasaría la corona si él renunciaba? El conflicto político sería colosal y estos pensamientos lo angustiaban.
El día de su cumpleaños, por tanto, amaneció para el príncipe con nervios y ansiedad. La princesa y sus padres habían llegado en la víspera y la boda se iba a celebrar aquella misma tarde. El gobierno había gastado millones en los preparativos y cientos de ilustres invitados habían acudido a la capital, entre ellos su amado, acompañando a su padre, el ministro de la república.
El príncipe se casó con su princesa aquel día, aunque siguió viajando constantemente a ver al hijo del ministro hasta que este lo dejó por un millonario caribeño. Al año siguiente nació el ansiado primogénito heredero. Desde entonces, el príncipe volvió a sus fiestas y a sus amantes, sin descuidar, eso sí, sus deberes reales.
Y ni fueron felices ni comieron perdices.
Advertencia: Este cuento fue perpetrado tras la ingestión desmedida de noticias sobre la boda real británica. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia morbosa.