País Relato - Autores

óscar hernández-campano

el botón verde

«Querido Jose», escribió e inmediatamente tachó el «Querido». Encima del tachón garabateó «Estimado». Observó el conjunto. Su mano no esperó más y lo borró todo. Arrugó la cuartilla y la apartó de un manotazo. Tomó otra hoja. «Amado mío», escribió con la mejor caligrafía de la que fue capaz, una letra liviana y elegante que brotaba de su mano izquierda; mientras, los dedos de su mano derecha jugueteaban nerviosos con un par de botones verdes. Añadió los dos puntos y, satisfecho, continuó en la línea siguiente:
***
Jose, mi vida, te escribo esta carta a mano, como las de antes, como las que nos escribimos durante años, con mi letra de zurdo, con esta caligrafía que te gustaba tanto, arrojando al papel todo el amor, la rabia, el dolor, la esperanza y las gotas de sudor y lágrimas que surjan sobre la marcha.
Ayer recibí tu regalo. Como es habitual en ti desde hace un tiempo, la nota que lo acompañaba era brevísima. ¿Dónde quedaron aquellas cartas de una docena de folios que intercambiábamos al principio? Ya sé que a mí me pasó lo mismo. Cuantos más medios fuimos teniendo para comunicarnos, más cortas eran las misivas y menos nos contábamos. Aunque nunca perdimos esa conexión, ¿verdad? Lo que es innegable es que las vidas que hemos llevado desde que terminó aquel glorioso curso nos han moldeado a su manera. No obstante, amado mío —déjame escribirlo cuantas veces quiera; me las he guardado dentro demasiado tiempo, por respeto y por la lógica de las circunstancias—, recibí tu mensaje, tu regalo, tu invitación. Te digo desde ya que acepto. Sin embargo, necesito escribirte y repasar ese tiempo que supuso, y ahora me confirmas que también para ti, un punto de inflexión en nuestras vidas.
Recibirás mi respuesta, espero, en plena salud y bienestar. Ojalá te sorprenda y te ilusione abrir el sobre como antaño, cuando nos enviábamos esas interminables cartas llenas de confidencias, de complicidad y de amor. Sí, amor. Nos amamos mucho tú y yo. Sin quererlo o sin saberlo, pero eso era amor.
Ya no me acordaba de tu dirección postal. Menos mal que la has escrito en el remite. La de casa de tus padres la recuerdo todavía. No la olvidaré en la vida, como tu antiguo número de teléfono. Pero la de tu casa nueva, la de tu mujer y tuya, esa no la pude memorizar. Creo recordar que me la diste en su día, cuando nació Raúl, ¿te acuerdas? Para enviarle un regalo, ya que no pude ir en persona aquella vez.
En resumen, que como la tecnología nos ha permitido estar tan en contacto y tan fácilmente, hemos descuidado la memoria y la intensidad de una carta manuscrita.
Te habría seguido escribiendo a mano esas epístolas en las que compartíamos pensamientos, preocupaciones, anécdotas, sueños, confidencias. En realidad, la amistad y el amor que nos unió nos convirtió en una suerte de diario viviente para el otro, en una especie de confesor al que contarle incluso lo que no nos atrevíamos a decirnos a nosotros mismos. Habría continuado escribiéndote y leyéndote, pero todo cambió hace unos quince años: te prometiste, te casaste, te mudaste, te convertiste en padre. Aquellos cambios se interponían entre nosotros. Al menos yo ya no sentía la misma comodidad que antes.
¿Guardas aún mis cartas? Yo sí. Todas y cada una de ellas. Las conservo en cajas de zapatos que fui apilando en el altillo de un armario. Supongo que estarán en buen estado. Nunca me atreví a releerlas. Aunque ahora, antes de volvernos a ver, lo haré. Primero tengo que terminar de hacer limpieza. Enseguida te explico a qué me refiero. Apuesto a que te he dejado ojiplático. Ya sabes que soy un perezoso irremediable. Me llamabas «vago de los cojones» cuando vivíamos juntos. Me acuerdo de que te enfadabas porque no cumplía los turnos de limpieza del apartamento, pero siempre me lo perdonabas y cubrías mis descuidos y vagancias ante nuestros compañeros de piso. ¿Recuerdas cómo se llamaban? Paolo, el italiano, y Jacques, el francés, ¿verdad? Éramos como un chiste. Cuando cenábamos los cuatro juntos tú decías: «Van un francés, un inglés, un italiano y un español…» y te inventabas aquellos chistes que nos hacían reír sin parar.
¿Qué será de ellos? No recuerdo sus apellidos. He intentado encontrarlos en redes sociales, pero con tan pocos datos resulta imposible. Si te acuerdas de algún detalle, dímelo. Estaría bien saber qué fue de sus vidas.
No les prestaba demasiada atención porque solo tenía ojos para ti. Desde el primer día, creo; desde que irrumpiste en el cuarto de baño y me sorprendiste en mitad de mi ducha matutina. En aquel momento pensé que eras un imbécil y un descarado. Abriste sin llamar y me pillaste en pelotas. Es cierto que en parte fue culpa mía. El dueño del piso me había advertido que faltaba la cortina y yo me comprometí a comprar una. Pero como soy un vago, estuve una semana duchándome de aquella manera. Vivía solo. Fui el primero de los cuatro en instalarme y no me preocupé de la intimidad.
Bueno, hasta que tú llegaste por sorpresa, entraste en el piso, escuchaste la ducha, abriste la puerta del baño y me viste en pelota picada cantando Let it be mientras me masturbaba. Sonreíste y me saludaste. Creo que no he pasado más vergüenza en mi vida. Te di la mano a la vez que me cubría más o menos con la otra. Me dijiste que me había puesto rojo como un tomate, que terminara tranquilamente lo que tenía entre manos y que ya hablaríamos después. Luego, cuando salí de la ducha y nos volvimos a encontrar, entre bromas, te dije que no había terminado, aunque en realidad sí lo hice: lo hice pensado en ti, porque, desde ese momento, ya me había empezado a enamorar de ti. Esa fue la única mentira que te he contado en la vida. Y estoy seguro de que te diste cuenta en aquel momento.
Todavía hoy, tantos años después, si cierro los ojos, puedo ver tu sonrisa, la calidez de tu mirada y tu mano extendida, ofreciéndome un saludo que dio origen al amor de mi vida.
Paolo y Jacques llegaron a la vez, dos días después. ¿O fueron tres? No estoy seguro. El tiempo se dilata y se contrae de forma caprichosa en la memoria. Más si cabe cuando los recuerdos son sobre ti, sobre nosotros, sobre el curso que pasamos juntos.
La realidad es que, para cuando ellos llegaron, ya habíamos comprado la cortina de la ducha y tú y yo éramos amigos. Cuánto me costaba entenderte y, sin embargo, qué cómodo me sentía hablando contigo. Al apuntarme al programa Erasmus y elegir Salamanca para aquel curso fuera de mi Oxford natal, tenía como objetivo aprender bien español —o castellano, como decís en España—. El grado de Filología Española que estudié no tenía sentido si no podía leer en lengua original el Quijote o el teatro de García Lorca o si no comprendía la lengua oral con facilidad como para entender el cine de Almodóvar. Quién me iba a decir que este idioma, tu lengua, iba a convertirse en mi modo de vida y en mi hogar sentimental. Nunca imaginé que el amor tuviera tal poder. He llegado a hablar y escribir con mayor corrección y pulcritud en español que en inglés. Ahora, aquí, me llaman algo así como el descastado. Incluso, entre colegas, para fastidiarme, españolizan mi nombre: profesor don Patricio Zapatero. Y rompen a reír creyendo que me molesta. En absoluto. Porque me recuerda a ti.
El primer día después del encuentro en el baño, cuando me vestí y tuve valor para mirarte, me dijiste: «Te llamaré Patricio, Patricio Zapatero; suena muy elegante». Nos reímos mucho aquel día. Se me pasó el rubor y supe que eras alguien especial y que quería estar contigo todo lo que pudiera. Y así fue desde aquel momento. Claro que no podíamos compartir todo el tiempo porque estudiábamos en edificios diferentes, pero no me costaba nada correr hasta la Facultad de Historia para encontrarme contigo en cuanto tenía un hueco para fumar o para ir a comer juntos. Tampoco a ti; cómo me alegraba y se me desbocaba el corazón cuando te encontraba en la puerta de mi facultad, esperándome.
¿Qué sentiste aquellos días? ¿Cómo te explicabas esa amistad inabarcable e inagotable que nos había unido de aquella manera tan intensa e inmediata? Ahora lo llamo amor, pero con veinte años no encontré las palabras justas para definir lo que estaba sintiendo. Además, notar que era recíproco fue una sensación cercana al éxtasis.
Te preguntarás todavía a qué viene esta carta tan extensa, estas remembranzas del año de amor que ya habíamos olvidado bajo el manto de la distancia primero, de la inercia de nuestras respectivas rutinas de estudios y trabajos luego y de las parejas que llegaron después.
Bueno, la vida está llena de felices coincidencias. Verás, como te he dicho, hace unos días me puse a hacer limpieza. Sí, seguro que te has llevado las manos a la cabeza. Pues así es. Hay una razón para ello. Voy a mudarme. Después de casi medio siglo, me voy a cambiar de casa. He comprado un apartamento pequeño, mucho más pequeño que la casa de mis padres. Tiene muy buenas vistas, una terraza amplia, un salón para mis libros y el escritorio, un dormitorio minúsculo, como las celdas de los monasterios que visitamos en nuestros viajes por España, un baño con cortina —¿ves como sí sé bromear— y una cocinita para no morir de inanición. No necesito nada más. Con lo que saco de la venta de la casa de mis padres pago el piso nuevo y me sobra para ahorrar y preparar algún viaje.
Al menos, ese era el plan. Quizá acabe alquilando el nuevo apartamento si tu invitación termina llevándonos por una nueva e ilusionante senda vital. Ya se verá. No adelantemos acontecimientos. La vida es hoy, ahora. Este repaso al ayer es solo para valorar más y mejor el ahora que tenemos por vivir.
Si al final resido en el apartamento nuevo, aunque sea únicamente por temporadas, tendré que buscar otra persona para la limpieza; Fátima, la señora que lleva tres décadas limpiando mi casa, no tiene coche y me mudo a la costa, así que, bueno, los primeros días tendré que ocuparme yo mismo de las tareas domésticas. Imagino que estás alucinando. Cuántos cambios en el hombre que juró que no cambiaría nunca y que lo sacrificó todo por el miedo al cambio.
El caso es que, vaciando armarios y buceando en los altillos de los muebles, me encontré con el sobre que tú y yo cerramos hace tanto tiempo. A ver si te acuerdas. El día que me volvía a Reino Unido, la víspera en realidad, quitamos juntos de la pared de tu habitación todo lo que habíamos ido colocando a lo largo de aquel curso: fotos, pósits con versos, recados o dibujos, carteles con frases y aforismos que copiamos de autores famosos o que inventamos y memorizamos como si fueran principios de una religión que solo nos tenía a nosotros como fieles, carteles de conciertos, hojas secas de los plátanos de sombra del paseo al que fuimos tantas veces y que fue testigo de nuestra relación —así como nosotros asistimos a su ciclo natural de muerte y renacimiento durante casi un año—, un par de postales que me enviaste desde tu casa cuando volviste para Navidad y yo me quedé con Jacques, que tampoco regresó a su casa durante las fiestas —¡qué pobres éramos!—, las entradas de cine de Titanic —la primera vez que lloré delante de ti y que nos abrazamos—, el ticket del supermercado donde compramos la cena para aquella cita al aire libre, el botón verde que se te descosió —o, mejor dicho, que arranqué— de tu camisa…
Todas esas cosas que amontonamos y guardamos entre sollozos, todos esos recuerdos, dormidos durante tantos años, salieron a la luz el otro día. Encontré el sobre que hicimos juntos con el único póster que quedaba en la casa, que cerramos juntos, que decidiste que fuera para mí, que yo quería que conservaras tú, que lloramos sosteniéndolo con nuestras manos, incapaces de soltarlo porque sabíamos que allí estaban los restos de un amor que nos había transformado y temíamos deshacernos de los vestigios de nuestra vida juntos. Sí, vivimos solo unos meses juntos, todo un curso; vivimos un amor extraordinario, por poco común. Y la víspera de nuestra separación habíamos almacenado en una especie de cápsula del tiempo algunas pruebas de aquel amor. ¿Recuerdas que incluso pegamos en la pared los envoltorios de dos preservativos? Me moría de vergüenza, pero insististe. Había sido nuestra primera vez. Paolo y Jacques los vieron, preguntaron y tú te limitaste a sonreír. Me pregunto si nunca se enteraron, si no lo dedujeron, si no nos oyeron alguna de las muchas noches que corrí a oscuras a tu cuarto y que no dormí en mi cama.
Todos los recuerdos de tu habitación, de nuestro erasmus juntos —tú acabaste por denominarlo orgasmus— estaban en ese paquete, aguardando el momento en el que alguien rescatara del silencio y la soledad del fondo de un armario esa pequeña colección de objetos, de fetiches, de joyas de un pasado tan entrañable como enterrado.
Cuando lo abrí sentí un vuelco en mi corazón. Sabes que desde hace un tiempo tengo que medicarme. Además de la casa, mi madre me dejó como herencia una patología cardiaca. Incurable pero tratable. Viviré un poco menos que si no la padeciera, lo sé, pero nadie conoce cuándo le toca marchar y en qué circunstancias. Así que tomo una pastilla todos los días y no lo pienso más. Sin embargo, el otro día sí lo pensé. Tuve que sentarme porque la taquicardia me dejó sin fuerzas. Cerré los ojos, me concentré en la respiración y logré embridar el caballo desbocado en que se había convertido mi corazón. Después, en vez de guardar ese sobre del pasado en una maleta durante veinte o treinta años más, me senté y lo abrí como si fuera el profesor Carter adentrándome en la tumba de Tutankamón. Me temblaban las manos; no obstante, fui abriendo las grapas sin desgarrar el papel. Luego introduje la mano y empecé a rescatar tesoros.
Me reí y lloré durante horas, mi amado Jose. Viví una catarsis que me sorprendió. No lo podía creer; no sabía que todavía te amaba tanto. Fue como uno de esos testimonios de personas que han estado a punto de morir en los que afirman haber asistido a toda su vida como si fuera una película. Yo vi lo mismo. Uno a uno, todos los días de los casi once meses que estuvimos viviendo juntos desfilaron ante mis ojos, desde que irrumpiste en el baño armado con aquella sonrisa a primeros de septiembre hasta que me acompañaste al aeropuerto a mediados de julio y solo logramos decirnos «adiós» mientras nos besábamos sin pudor en la terminal, aunque aquellos besos nos supieran salados.
En medio reviví las cenas en el piso a base de macarrones, latas de atún y pizzas congeladas; los paseos por la orilla del Duero; las conversaciones interminables a la sombra durante la primavera, fumando porros y comiendo pipas; las noches de estudio en la mesa de la cocina, cada uno repasando sus temarios, bebiendo café hasta acabar temblando; las mañanas en que nos deseábamos suerte en la puerta de la facultad y cuando nos abrazábamos de alegría al verificar las notas; las noches de celebración de mil cosas: nuestros cumpleaños, los buenos resultados académicos, la luna llena, la nueva vida de aquella camada de gatitos que salvamos de morir ahogados en el río cuando nos llamó la atención un bulto que se movía en la ribera, las incontables fiestas de estudiantes, los viajes de fin de semana a Madrid, a Lisboa, a Sevilla o a aquel pueblito en el que recalamos por casualidad volviendo de Alicante, Molinosviejos, el primer beso de amor que nos dimos, la noche que nos sorprendieron los fuegos artificiales paseando por la orilla del río, las primeras experiencias sexuales que compartimos, entre bromas y timidez fingida, tonteando y negando que fuésemos homosexuales, asegurándonos el uno al otro que se trataba solo de diversión, de experimentación y de juegos intrascendentes de juventud.
Todo lo celebrábamos, cada infinitesimal logro merecía una fiesta. Cada día era sábado, cada noche era infinita y cada beso fue como el primero.
Todos estos recuerdos y muchos más brotaron de aquel sobre que grapamos con cuidado el día en el que fuimos conscientes de que la realidad es más tozuda que la voluntad. Pese a que había sacado el billete de avión dos meses antes, pese a que Paolo y Jacques ya se habían marchado a sus países de origen, al igual que la inmensa mayoría de los erasmus, pese al calor de la primera quincena de julio y pese a las noches tórridas y repletas de pasión que vivimos, despidiéndonos cada vez que nos derramábamos el uno en el otro convencidos de que podría ser la última vez, ese día, el que confeccionamos la cápsula del tiempo, fue el que nos dimos cuenta de que nos separábamos de verdad.
Siempre afirmaste que yo era y sería el único hombre de tu vida. Me dijiste mil veces que querías casarte y tener hijos, pero también me rogaste que me quedara contigo o que volviera el curso siguiente. Serías, bromeabas, un heterosexual en letargo mientras estuviéramos juntos. No sabía nunca cómo responder a eso. Para los parciales de enero ya te había dicho que en realidad era gay, que ya no tenía dudas. Tú insististe en que no lo eras, en que te gustaban las mujeres —decías «mujeres» y no «chicas» como todos a los veinte años—, que yo era la única excepción, que veías algo en mí que te resultaba irresistible, enternecedor, fascinante, atractivo, excitante y no sé cuántas palabras más para justificar ante ti mismo que te gustaba, que te excitabas conmigo, que adorabas besarme, que te ponías a cien tocándome, lamiéndome, abrazándome, que experimentabas un placer sublime sintiéndome dentro y entrando en mi cuerpo, que el tiempo se detenía o se desvanecía cuando hablábamos horas y horas, cuando escuchábamos música juntos o cuando nos mirábamos en silencio. Con todo y eso, seguías asegurándome que eras heterosexual, que tus relaciones sexuales con mujeres habían sido perfectas, que ese era tu deseo y tu destino. Excepto, añadiste a tu perorata a partir de mayo, si yo me quedaba. No irías a vivir a Inglaterra ni loco, aunque, si yo me mudaba a España, podríamos seguir juntos en esa especie de ensoñación o luna de miel posadolescente.
Me pediste demasiado. Te juré que te amaba, pero mi madre me necesitaba. Era una mujer mayor —ya sabes que me tuvo después de los cuarenta y cinco, tras múltiples abortos—, con una salud precaria y viuda de un héroe de guerra de las islas Falkland. Te pedí tiempo, tiempo para intentar organizarme. Te pregunté si me amabas lo suficiente como para esperarme. Respondiste que me querías, pero que no sabías si era esa clase de amor.
Todo cambió de repente entre nosotros. Se alzó una muralla invisible que fue ensanchándose y asfixiándonos. Seguimos haciendo la vida de siempre, seguimos juntos, conviviendo, compartiendo mesa y cama, pero algo había cambiado. Las noches eran apasionadas, aunque cada día más breves, más calladas, más frías. Había menos besos y caricias. El sexo era más urgente y mecánico. Hasta que te pregunté qué ocurría.
¿Recuerdas? Quisiste evitar la conversación y casi nos peleamos. Éramos dos hombres heridos, dos amantes enfrentados, casi un Héctor y un Aquiles en liza, pero nuestra Troya era nuestra relación. Fue aquel día, cuando me arrojaste aquel «¡me largo!», cuando te agarré de la camisa y te arranqué un par de botones. Uno rodó no sé dónde y nunca lo encontramos —al menos eso pensaba yo—. El otro lo pegamos a la pared con un poco de celo y ha sobrevivido al tiempo hasta llegar al presente. Los tengo ahora en mi mano, los dos. Los acaricio y es como sentirte de nuevo; siento como si fuera ahora cuando se me saltaron las lágrimas aquella tarde, cuando creí que ibas a darme un puñetazo y, en vez de apartarme, te abracé desesperado, buscándote, arremetiendo contra aquella muralla que se había interpuesto entre nosotros. Me arrojé a tus brazos y tú me envolviste con ellos, me arrullaste, me acariciaste el pelo mientras lloraba hundiendo mi rostro en tu pecho. Cuando levantaste mi cara y me hiciste mirarte, sonreíste, aunque tus ojos estaban húmedos también, y me dijiste que sí, que también me amabas. El muro había caído, la guerra había terminado y solo tuvo como víctimas un par de botones verdes. Entonces llegó la reconciliación. Fue la mejor noche de mi vida. He pasado veladas intensas y apasionadas durante todos estos años, pero ninguna como aquella. Me pregunto si tú opinas lo mismo, si has vivido después alguna como esa que tuvimos nosotros, a pocos días de partir.
Aquellos últimos días fueron tan felices que los recuerdo como en medio de una bruma. No bebimos apenas y parecía que hubiéramos estado ebrios cada minuto. ¿Cuánto tiempo pasamos en la cama? ¿Cuántos días sin salir de casa? Terminamos todos los condones y tras meditarlo unos minutos, teniendo en cuenta nuestras experiencias personales previas, nos sentimos seguros para hacerlo sin protección. Fuimos unos inconscientes, pero las pruebas que nos hicieron meses después, a cada uno en su país, nos aliviaron aquella preocupación que solo había aparecido a posteriori.
Nos comimos todo lo que quedaba en los armarios y en el frigorífico. Sobrevivimos una semana a base de latas de atún, aceitunas rellenas, cacahuetes, quesitos y galletitas saladas. En realidad, nos alimentamos el uno del otro, respirábamos el aire de nuestras bocas y nos manteníamos calientes por la noche abrazándonos sin cesar. Nos divertimos mucho. Nos bañamos juntos, nos afeitábamos el uno al otro, no teníamos vergüenza de compartir el baño ni en los momentos más íntimos, leíamos del mismo libro, recostados juntos, vimos varias películas de madrugada, escuchábamos música, cantábamos todas aquellas canciones que se convirtieron en la banda sonora de nuestro amor y nos observábamos dormir.
Así llegó la víspera de partir. Habíamos hecho las maletas. El piso parecía otro. Tenía otra luz. Habíamos quitado los pósteres que decoraban las paredes. Paolo y Jacques se llevaron varios. Tú decidiste llevarte la cortina de la ducha. Aquella cortina que compramos para evitar otra situación embarazosa como la del día en que nos conocimos. Solo quedaba el póster de la fachada de la universidad y los recuerdos que habíamos ido pegando en la pared de tu habitación, de la que acabó siendo nuestra habitación. Entonces me propusiste guardar todos aquellos trocitos de nuestra historia y empaquetarlos para la posteridad. Luego discutimos sobre quién se los quedaría y me convenciste de que fuera yo el custodio de las reliquias de nuestra historia.
La última noche ni dormimos ni hicimos el amor. Creo que el autobús para el aeropuerto salía a las cinco de la mañana, así que cenamos —poco, había poco en casa y ya teníamos el estómago cerrado—, nos tumbamos juntos, vestidos y frente a frente, pusimos una cinta en el walkman, compartimos auriculares y, entrelazando nuestras manos, cantamos con los ojos cerrados aquellas canciones que significaban tanto para nosotros: Rosana, U2, Juan Luis Guerra, REM, Mecano y Pink Floyd. Susurrábamos apenas la letra, sintiendo nuestro aliento a pocos centímetros. Cuando la cinta se terminó, nos besamos con ternura, nos acariciamos y rompimos a llorar. Parecíamos dos condenados al patíbulo en sus últimos momentos de vida. En parte fue así porque nuestra vida, nuestra historia, se terminaba.
A las cuatro nos levantamos, nos lavamos la cara, recogimos los bultos y abandonamos la casa en la que fuimos tan felices sin mirar atrás.
En el vuelo recibí atenciones de todo el mundo. Debía de tener un aspecto demacrado y patético. Y al llegar a casa, ya sabes, caí en depresión. Fue terrible separarme de ti. Tus cartas eran animadas. Me contabas muchas cosas, me enviabas regalos, compartías tus ideas, sueños y preocupaciones y fui el primero al que le hablaste de tu novia.
Para cuando llegó ese momento yo había descendido al infierno y escalado las paredes de sus nueve círculos para salir de él. Mis cartas siempre fueron sinceras, aunque te oculté lo peor de mi depresión, mi abulia y las veces que fantaseé con el suicidio. Fui un estúpido y un egoísta, lo sé, pero en aquellos momentos no encontraba otra salida para el pozo en el que había caído. La relación con mi madre se resintió. La culpaba de nuestra separación. Pobrecita. Lo que debió de sufrir aquellos meses, viéndome tan hundido, sin saber qué me ocurría y esforzándose como una leona en mantenerme a flote, pese a sus problemas cardiacos. En aquel momento fui un egocéntrico y un desagradecido. Suerte que, con el discurrir del tiempo, el nuevo curso y los amigos, pocos pero buenos, dejé atrás lo peor de la tempestad.
Aunque si decidí volver a Reino Unido fue por temor, la verdad. Tenía miedo de dar aquel paso, de cambiar de vida, de salir del armario. He maldecido infinidad de veces al jovenzuelo cobarde que fui. Luego tú me dijiste que tenías novia y que la cosa iba en serio, tan en serio que en un par de años os casasteis y al año siguiente tuvisteis vuestro primer hijo.
Por mi parte, aunque no salí del armario hasta después de que falleciera mi madre, tuve mis amigos especiales, como te fui contando. No me atreví a definir aquellas relaciones como noviazgos hasta que conocí a Thomas. Con él sentí algo parecido a lo que habíamos vivido tú y yo, parecido, pero nunca tan único.
El hecho es que cada cual hicimos nuestra vida. Tú tuviste un par de hijos y yo un par de gatos. En lo profesional nos fue viento en popa y los años aceleraron su devenir. Mientras tanto, las largas epístolas fueron reduciendo su longitud, después nos pasamos al correo electrónico, más tarde a los mensajes, a los wasaps, a los audios y quedamos como los mejores amigos, incólumes a pesar del tiempo. Nos hemos visto en persona varias veces, es cierto, en momentos alegres y luctuosos. Cada vez que te volvía a ver todo parecía igual, aunque era tozudamente diferente. Hasta ahora. En poco tiempo la vida nos ha dado una sacudida, como si fuéramos una exquisita tortilla de patatas en la sartén: Thomas me deja por su ayudante de la oficina, los gatos se murieron, tu mujer te pide el divorcio y me envías ese mensaje y el viejo botón verde. Sabes perfectamente el significado que tienen esos botones, los días de amor, pasión, ternura y unión que evocan. Lo sabes. Aun así, escribiste por si me quedaban dudas: «¿Te apetece que pasemos unos días juntos en Salamanca? Por los viejos tiempos. Somos mayorcitos. Ahora que la vida nos ha dejado solos al mismo tiempo y que mis hijos vuelan a su aire, he pensado que podríamos darnos una oportunidad».
Y yo en plena mudanza, desempolvando recuerdos, con la sensibilidad a flor de piel. ¿No sabes que estoy delicado del corazón? Pero no puedo decir que no, no puedo ni debo ni quiero decir que no a este tren que ha decidido pasar por mi estación una vez más.
Iré, Jose, amor mío, iré y recordaremos viejos tiempos, nos daremos una oportunidad y, libres de miedos, con tranquilidad y seguridad, pasearemos por la orilla del Duero, brindaremos con un buen vino de la tierra y, si nuestras miradas siguen brillando como lo hacían aquel curso cuando nos enamoramos, tal vez podamos coser estos botones y retomar aquella pasión, aquel afecto, aquella comunión que nos ligó para toda la vida.
Siempre tuyo,
Patrick Shoemaker