Todo seguía igual. Las laderas verdes, las ovejas arremolinadas, los almiares salpicando los bajos montes enmarañados con jirones de niebla. La luz del sol rompiendo poco a poco las murallas de oscuridad del fondo del valle, el agua del río retorciéndose para esquivar peñascos y saltando medio metro aquí, unos pocos centímetros allí. Los caseríos, impertérritos, coronando las colinas, observando estáticos las estaciones, los días, las lunas…
Todo seguía igual, todo se veía inamovible desde la ventanilla del coche que serpenteaba junto con la estrecha carretera que lo llevaba hacia lo que había sido su hogar. Un nudo iba forjándose en la boca de su estómago conforme el vehículo se dirigía hacia su pueblo, hacia aquel pequeño montón de casas de piedra que salpicaban el valle del Goikoa, desde las mismas orillas del riachuelo hasta lo más alto de los montes, donde su caserío reposaba rodeado de la vida que había dejado dos años atrás.
Aquel nudo crecía y crecía con cada kilómetro que avanzaba, con cada kilómetro que restaba a su regreso. Un nudo que se había formado en cuanto su mirada ―su aspecto― se topó con la de sus padres, media hora antes, en el aeropuerto. Vio cómo la sonrisa en sus rostros se deshacía cual cubito de hielo al sol, y al mismo tiempo sus tripas se sellaban, rugían, se retorcían.
Dos años estudiando en Brighton, eso había sido todo. Para él, para Mikel, fue más que todo. Se había ido siendo un niño, volvía siendo un adulto. Su cuerpo había cambiado, su mente había encontrado respuestas y nuevas preguntas habían surgido, su apariencia luchaba por ajustarse a sus sentimientos, pero todo a su alrededor seguía terriblemente igual. Y cuanto más se acercaba a casa, más física era la sensación de desasosiego.
―¡Para, aita! ―gritó. Y se tiró del coche justo a tiempo de vomitar aquel nudo sobre la hierba. Tosía cuando su madre lo alcanzó―. Estoy bien.
―Las curvas, ya no estás acostumbrado.
Su padre miraba desde el coche con el motor en marcha, mascullando algo ininteligible, como solía hacer cuando rumiaba un reproche. Observaba a su hijo, allí arrodillado en el arcén, vestido con unos pantalones azules demasiado ceñidos, una camisa de cuadros abierta y arremangada sobre una camiseta interior gris también demasiado apretada, zapatillas amarillas y un gorrito de lana del mismo color con un pompón ridículo. Sus facciones se habían angulado, pero apenas se le notaba la sombra de la barba; seguía teniendo el cutis de un niño en los rasgos de un adulto, que bien podrían ser los de una mujer. Su cuerpo era delgado; sus formas y gestos, sumamente delicados y sus uñas… pintadas de azul… o verde…
***
Llegaron al pueblo a media mañana. La calle, única y estrecha, que tenían que seguir para acceder al desvío que llevaba valle arriba hasta su caserío, estaba flanqueada por las tiendas y los pocos negocios que había en el lugar. Era un día laborable de septiembre, un día normal a una hora normal; aun así, como atraídos por una señal inaudible para el resto del mundo, los habitantes de Goiketxe fueron asomándose a puertas y ventanas, formando lo que podría haber sido una masa de espectadores al paso de un desfile. Mikel observaba a sus vecinos, quienes hasta hacía dos años habían sonreído a su paso, quienes lo llamaban Mikeltxo cariñosamente y hacían negocios con su padre, uno de los ganaderos más boyantes de toda la provincia. Y, sin embargo, sus miradas eran escrutadoras y severas. Ya se lo había dicho su hermana por Internet: en el pueblo había rumores. Dos años fuera de casa sin volver ni siquiera para Navidades era sospechoso. ¿Qué padres consentían aquello? El chico tenía dieciséis años cuando se marchó, era muy joven. Se fue a estudiar el bachillerato en inglés; había que amoldarse a los tiempos, el negocio necesitaba abrirse al mercado extranjero. «Siempre fue un poco raro…». «Parecía una niña de pequeño…». «En el instituto lo insultaban…». «Tiene una sensibilidad especial…». «Se le dan muy bien el arte, la música, los idiomas…». «En Inglaterra aprenderá mucho y se convertirá en un hombre hecho y derecho…». «¿Habéis visto qué pinta…? Parece una mujer…».
Nekane, su hermana pequeña, su confidente, corrió hacia el coche como si la vida le fuese en ello. Se fundió en un abrazo con Mikel y, sin decir nada, lo llevó hacia la casa, de la mano, dejando a sus padres con las maletas. El caserío, imponente en su tamaño y posición, coronaba el valle y dominaba el campo que se extendía tras él, donde pastaban plácidamente todo tipo de rumiantes, donde el tiempo se había detenido, donde el ritmo lo marcan los astros, no los hombres. Gurene se llamaba el caserío desde hacía casi un siglo, Gurene, nuestro hogar… «Gurene —leyó Mikel en la madera tallada sobre la puerta—, nuestro hogar». Él lo dudaba.
Nuki, el anciano pastor vasco de la familia, salió ladrando pesadamente, directo hacia Mikel, hacia el niño con el que se había criado, con quien había jugado, a quien había acompañado a todas partes, de quien había escuchado secretos y a quien había consolado durante tantos años. Su amo, su amigo, al que había añorado cada día, a quien había esperado tumbado junto al portalón del caserío desde que se marchó, a quien parecía estar esperando para morir, según afirmaba el veterinario, por fin había regresado. Mikel lo abrazó y el perro volvió a lamer sus lágrimas, aquellas lágrimas que tan bien conocía.
La familia entró en la casa. El amplio salón adornado con elementos rurales se abría a la cocina comedor por un amplio arco escarzano de sillares amarillentos. Mecánicamente se sentaron a la mesa de madera con bancos corridos, cada uno en su sitio, en el mismo lugar en el que se habían sentado durante toda su vida. Era una mesa grande, de roble, con bancos largos y robustos; todo lo había hecho el aitona Peio, el abuelo del padre de Mikel, talando árboles de sus tierras, trabajando la madera de forma artesanal, incluso labrando relieves geométricos típicos en los bancos y en la mesa. Aquella mesa había reunido a cuatro generaciones de la familia. Habían comido y cenado allí hasta veinte personas en muchas ocasiones, antes de que fallecieran los abuelos y cuando venían sus tíos y primos de la ciudad. Una mesa para toda la vida, para todas las vidas.
La madre, de manera instintiva, se puso el delantal, se arremangó y empezó a cubrir la mesa con queso de oveja, chorizo, salchichón, jamón, membrillo, nueces y avellanas, una hogaza de pan que crujía al mirarlo, agua fresca, sidra, vino tinto… Los olores colmaron el comedor. Nuki se acercó meneando la cola esperando las cortezas del queso que tanto le gustaban. El amo no tardó en compartir con su fiel amigo aquellas delicias que tanto había añorado.
Mikel, Nekane y su madre comían y bebían animadamente, hablando con la boca llena y cortando más pan y queso cuando aún saboreaban un bocado de chorizo o de jamón. Pero su padre comía y bebía despacio, con la mirada hacia sí mismo, sin decir nada. De repente dio un golpe sobre la vieja mesa de roble.
―Mañana a las seis de la mañana empiezas a trabajar, vamos al matadero. Y vístete como una persona, no como…
Todos miraron al padre alejarse presuroso, como tratando de impedir que las palabras salieran de su boca, como queriendo no terminar aquella frase. Nekane miró a su hermano, a los ojos, al gorrito, a la ropa, a las uñas. Nadie dijo nada. Continuaron comiendo los tres solos, pero la alegría se extinguió. Solo el perro no perdió el ánimo y seguía meneando el rabo para pedir su corteza de queso.
Mikel miró hacia la puerta. Su padre se había ido a seguir trabajando. Así lo recordaba, siempre trabajando, invierno y verano, horas y horas, hasta agotar al reloj.
Nekane rompió el hielo y bombardeó a su hermano con preguntas sobre sus dos años en el Reino Unido. De sobra conocía las respuestas, pero tenía que conjurar la pesadumbre que se había adueñado de la estancia. Hablaron de Brighton, de los ingleses, de la comida inglesa, de la música inglesa, del tiempo en Inglaterra, del idioma que Mikel dominaba con maestría, del internado, de sus planes, de los estudios que empezaría en enero…
―¿Y cómo está todo por aquí, ama? ―preguntó Mikel, sediento de novedades tras dos años fuera y dos horas hablando de su experiencia en Gran Bretaña.
―Pues aquí todo igual, hijo.
***
Mikel y Nekane salieron a pasear toda la tarde con Nuki, que no se apartaba de su añorado amigo. El tiempo era cálido, aunque ya se había levantado aquella brisa fresca que anunciaba que el verano moría y que las lluvias reinarían de nuevo para verdear el paisaje. Nekane escuchaba las anécdotas de su hermano y ambos reían de forma estentórea provocando que ovejas, vacas, gallinas, perros y gatos se asustaran al romperse el silencio al que estaban acostumbrados. Su paseo los llevó hasta el fondo del valle; las campas de hierba devinieron casas de piedra y las personas tomaron el relevo a los animales. Sin embargo, aquellas no se apartaban sino que se acercaban, saludaban y observaban a ese espécimen venido de lontananza, vestido ni de hombre ni de mujer, con formas y gestos desconcertantes y con las uñas de un color entre azul y verde. Un par de cervezas en la taberna y dos horas de exposición ante los lugareños y Mikel se convirtió en el único tema de conversación. Los que habían sido compañeros de clase e incluso amigos le preguntaban qué tal le había ido por aquellas tierras y luego se alejaban con esa mirada punidora que se contagió a todo el pueblo.
La idiosincrasia de las aldeas vino a reforzarse gracias a las tecnologías más modernas y el virus tardó poco más de una tarde en llegar hasta el último rincón de Goiketxe: El mayor de Gurene… El que se fue a Inglaterra… Azul o verde…
De camino a casa un todoterreno frenó a su lado. Nuki ladró a sus ocupantes, cinco jóvenes con aspecto rudo y cansado. Mikel los conocía bien, en el colegio iban un par de cursos por encima de él. Lo insultaban y le pegaban en el patio. En el instituto él acabó por adelantarlos ya que eran pésimos estudiantes. Sin embargo, las burlas y bromas pesadas habían aumentado en proporción al nivel hormonal de aquellos muchachos. «Así que ya has vuelto de hacer las Américas…», dijo uno desde el asiento del copiloto, mirándolo de forma desafiante mientras masticaba una ramita. «De Inglaterra», corrigió Mikel con voz queda. «Da lo mismo. Te han tratado bien, estás más guapa que nunca». La sorna provocó las carcajadas de todo el grupo. Nuki ladró y Nekane estiró del brazo de su hermano para alejarse del todoterreno. Éste arrancó y pasó derrapando junto al perro, que asustado se pegó a su dueño. «No hagas caso», le dijo Nekane a Mikel, quien clavaba su mirada en el suelo, otra vez, como antes de marcharse.
Cuando llegaron a casa, su madre se enjugaba las lágrimas. Disimuló culpando a las cebollas y se refugió en los fogones. No hicieron falta palabras. Mikel supo que le habían llegado las habladurías, los comentarios despectivos. Todo volvía a ser como antes.
Su padre no regresó hasta muy tarde. Mikel lo escuchó dar un portazo desde su cuarto. Se había acostado hacía una hora, pero no lograba dormir. Sabía que todo iba a ir mal. Era absurdo negar la evidencia, si algo había aprendido en esos dos últimos años era que él era diferente. No encontraba la etiqueta que le quedara bien. Sin embargo, tenía claro que no quería reprimirse, que iba a expresarse libremente para deshacerse de aquella opresión que lo atenazaba desde hacía años, que no podía aparentar algo que no era, que ya no era un niño.
Al rato, después de que Nuki diera dos vueltas sobre sí mismo hasta encontrar postura en la curva de las piernas de su amo, Mikel silenció su mente y se dejó llevar por el sueño.
***
A las seis menos veinte, Mikel apuraba un tazón de leche que su padre había ordeñado esa misma mañana y que su madre había hervido antes de que él bajara a desayunar. Vio a Nekane pasar a caballo frente a la ventana de la cocina y pensó que todo seguía igual, que todos dormían menos que él, que el mundo giraba sin problemas aunque él no estuviese.
Un portazo anunció a su padre. Mikel se levantó tragando los últimos sorbos. Su padre solo gritó «¡vamos!» sin ni siquiera pasar bajo el arco que separaba el salón de la cocina comedor. Mikel dio un beso a su madre y corrió tras su padre. Parecía levitar. Sus pasos eran ligeros, ágiles y su figura grácil recordaba a la de un bailarín de danza. Vestía unos vaqueros elásticos color burdeos que dejaban a la vista sus tobillos huesudos. Zapatillas verdes con cordones azules, una camiseta blanca ajustada y una chaqueta de chándal verde de algún material sintético que le daba un aspecto plástico. Y su gorrito de lana amarillo bajo el cual despuntaban algunos mechones de pelo rojizo, todavía húmedo. Cuando montó en el coche, su padre lo miró de arriba a abajo, con el ceño fruncido.
―No pienso cambiarme de ropa.
―Ponte esto por lo menos. ―Y le tiró dos guantes de trabajo que llevaba en el salpicadero.
Mikel bajó la mirada gris, que se posó en sus uñas esmaltadas; era un color precioso, se lo habían regalado sus amigos del internado por su cumpleaños. Sonrió mientras se acariciaba las uñas. «Blue or green? ¿Azul o verde?». «Depende de cómo te sientas», recordó.
El todoterreno rugió y avanzó lentamente. Llevaba un remolque con dos enormes vacas pardas en él. Varios cientos de kilos de carne ecológica de primera calidad, un dineral, la mina de oro de Gurene, su viaje a Brighton, sus cadenas…
Llegaron al matadero de la ciudad tras muchos kilómetros y apenas un par de palabras. Mikel sabía lo que tenía que hacer, ya lo había hecho antes. Solía acompañar a su padre un par de veces al mes al matadero antes de irse a Inglaterra. Pesaban las vacas, las examinaban, las mataban y las despedazaban, y al final, su padre volvía al coche con unos kilos de carne y un montón de dinero. Mikel evitaba ver el sacrificio, las vacas tienen una mirada demasiado tierna para verlas morir.
Mientras su padre hacía negocios, él se puso a limpiar el remolque con una manguera. El agua salpicaba y Mikel daba saltitos tratando de proteger sus zapatillas. «¿Quieres unas katiuskas?». Mikel se giró. Era moreno, de ojos pequeños, negros y risueños. Su sonrisa estaba enmarcada en un rostro masculino, curtido. No muy alto, musculado. «Soy Andoni», dijo y le tendió ambas manos: en una, las botas de agua; en la otra, un saludo amable. Mikel cogió las botas, se quitó un guante y estrechó aquella mano que se cerró sobre la suya, más fina, más delicada. «¿Azul o verde?». Mikel se quedó mirándolo, sin articular palabra. «El esmalte, ¿de qué color es?», aclaró Andoni. «Depende del día, de cómo te sientas».
Mikel recuperó poco a poco sus movimientos y sus palabras y, tras ponerse las katiuskas, acabó de limpiar el remolque con la ayuda de aquel joven de sonrisa perenne y mirada profunda que, ataviado con un mono de agua y un escobón, se encaramó al remolque para dejarlo como una patena.
En el tiempo que tardó su padre en volver, una hora y media larga, Mikel y Andoni habían hablado de lo divino y lo humano, de sus respectivas vidas y proyectos y, además de reír de manera cómplice, habían limpiado todo el almacén, devolviéndole así Mikel el favor a su nuevo amigo. Al ver a su padre surgir de la oscuridad del matadero con una carpeta abultada y una voluminosa bolsa llena de la más jugosa carne de aquellas pobres vacas, se volvió hacia Andoni y le lanzó su número de teléfono mientras se quitaba las botas. Luego una especie de palmadita en el brazo que duró un instante más de lo estrictamente necesario, una sonrisa tierna y corrió al coche.
De camino a la capital, donde tenían que comprar herramientas, abono, pienso y un taladro, ir al banco y a la universidad y, en definitiva, pasar el día, Mikel sintió un zumbido en su bolsillo. Andoni le había escrito: «Ahora ya tienes también mi número. Quiero estar en contacto contigo». Mikel giró su cabeza hacia la ventanilla, ocultándole su sonrisa a su padre, sintiendo algo en el estómago y en el bajo vientre, algo que desde luego no era un nudo.
El día pasó con rapidez. Hicieron todas las gestiones de manera eficaz y sin perder el tiempo. Formalizó la matrícula en la Facultad de Bellas Artes tras homologar todos los certificados que traía de Inglaterra; comenzaría en el segundo semestre, así podría trabajar y ahorrar.
Cuando el sol declinaba sobre el mar se pusieron camino a casa. En todo el día había hablado menos con su padre, que estaba a su lado, que con Andoni, quien mediante mensajes siguió haciéndose un hueco en la vida de Mikel. Su padre solo le hizo una pregunta que concentraba todos los pensamientos que lo atenazaban desde que vio a su hijo bajarse del avión:
―¿Por qué te pintas las uñas?
Mikel balbuceó, tartamudeó y finalmente consiguió decir que entendía que fuera chocante, que en Inglaterra muchos chicos se visten así, que sentía la necesidad de expresarse.
―¿Eres… jay… o jey… o como se diga? ¿Eres maricón?
Mikel no dijo nada durante un minuto. Luego levantó la mirada, primero a la carretera, luego a su padre.
―En realidad no sé lo que soy, aita.
Su aita, aquel que le enseñó a montar a caballo, aquel que había sido su héroe durante la mayor parte de su vida no dijo nada más. No miró a su hijo y Mikel volvió a bajar la mirada. Notó otro zumbido y un cosquilleo en su interior. Andoni, sin duda. Cuando sucumbió a la tentación de ver el contenido del mensaje, sintió un volantazo. Su padre había dejado la carretera que llevaba a Goiketxe y se adentraba en otra dirección. Mikel recordaba aquel sendero vagamente, de pequeño su padre lo había llevado por allí, y una idea se fue fraguando en su mente al tiempo que el miedo se apoderaba de él. Una luminosidad rosa en medio de la oscuridad de la noche, cerrada ya, le sacudió en la cara. Su padre frenó el coche y se bajó dando un portazo. Mikel no se movió. «Vamos, baja». Mikel obedeció. Ante él vio el cartel de neón:
CLUB PARADISE
GIRLS-NESKAK
Su padre sacó de su bolsillo un fajo de billetes, contó con el pulgar y le dio una cantidad insultante. Podría acostarse con todas las chicas del Paradise y aún le sobraría la mitad. Antes de arrancar, bajó la ventanilla y le dijo que volviese a casa en taxi.
Mikel se quedó solo, envuelto en la nube de polvo que había levantado el coche. Parecía surgir de un resplandor rosa, como una Venus posmoderna. Se giró hacia el club. Vio salir a un hombre que se ajustaba el pantalón mientras caminaba hacia el aparcamiento. Se volvió otra vez. Sacó el móvil del bolsillo. Tenía un mensaje sin leer. «Es buena idea, a mí también me gustaría…».
El piso de Andoni era pequeño. Los italianos dirían que era un bilocale. Dos espacios: sala cocina y dormitorio con un baño. Buenas vistas, eso sí. Dos amplios ventanales asomados al mar Cantábrico presidían la vivienda, toda ella orientada al noroeste. Como si fuera una Cenicienta que ha dado la vuelta al cuento, Mikel llegó a medianoche. El taxista lo miraba por el espejo retrovisor de vez en cuando y Mikel no apartaba la vista de la pantalla del teléfono, desde la cual ese príncipe encantador le había mandado sus coordenadas para ser rescatado del club de carretera.
«Gracias por dejarme venir. No puedo volver a mi casa esta noche…». Andoni vestía un pantalón de chándal gris, una camiseta blanca y chancletas. Sus brazos eran fuertes, con vello negro hasta los codos. Su sonrisa sempiterna, blanca y honesta le indicó a Mikel que se sentara. «¿Un té, café?». Charlaron durante horas frente al ventanal, con el rumor del oleaje de fondo. Cuando las palabras se agotaron llegaron los besos precedidos de miradas llenas de deseo. La ropa durmió en el salón y ellos no durmieron casi, pese a pasar la noche en la cama. El cielo clareó y los descubrió abrazados, Andoni aferrando el delgado cuerpo de Mikel, rodeando con piernas y brazos morenos la piel pálida, susurrando palabras de cariño a los oídos agradecidos, mirando con sus negros ojos los ojos cristalinos que suplicaban socorro.
Se ducharon juntos bajo una lluvia cálida, se amaron de nuevo al volver a la habitación, les dolían los labios de tanto besarse y llevaban la sonrisa en la mirada, en la boca, en cada poro. Andoni trabajaba en el matadero y llevó a Mikel hasta allí. Un taxi hizo el resto del recorrido hasta Goiketxe. Si llegar en su propio coche había atraído a los lugareños a la calle, aparecer en taxi a las nueve de la mañana podría haber provocado un pleno municipal. Unos minutos después ya se debatía el de dónde, el con quién, el porqué, el quién o quiénes, el cuándo y hasta el cuánto.
***
Los días pasaban con el ritmo inexorable de los trabajos del campo. Se madrugaba más que el sol para alimentar al ganado, para limpiar los gallineros, para guiar a las ovejas, para construir los almiares para el invierno. El trabajo era monótono, mecánico, duro y silencioso. Mikel, su padre y su hermana pasaban medio día juntos y apenas intercambiaban palabras más allá de las necesarias para garantizar la eficacia de su labor. Se cruzaban a menudo con vecinos, ganaderos como ellos, que nunca ahorraban miradas de desaprobación hacia aquel joven de aspecto singular. Incluso mascullaban palabras sin ningún disimulo. Era peor cuando se cruzaban con el todoterreno de los muchachos. Si su padre no andaba cerca, Mikel tenía que escuchar insultos, comentarios despectivos y burlas cada vez más hirientes. Se alejaba a galope sintiendo que un remolino se lo tragaba y que aquella fuerza centrípeta arrastraba con más ímpetu su alma que su cuerpo, poco a poco desdibujado bajo ropas más adecuadas al sentir general. Pero no dejó de pintarse las uñas, no dejó que aquel color azul o verde desapareciera; lo ocultaba, eso sí, con los guantes de trabajo, pero sabía que estaba allí, que seguía diciéndole a todo el mundo y a él mismo que, bajo la losa de miedo, de opresión, permanecía allí. Soñaba con huir, con hacer una vida ajena a las normas, a las costumbres, a las opiniones de los demás. Pronto, se decía, pronto. A veces, sin embargo, no veía salida.
A última hora de la tarde, tras la jornada, empero, brillaba el sol para él. Salía del caserío cabalgando y se encontraba con Andoni en un cruce de caminos. Dejaba al equino amarrado a un árbol y se sumergía en brazos de aquel hombre de la cálida sonrisa. Pasaban horas en el coche de Andoni si llovía o paseando por el bosque. Se miraban, se abrazaban, se besaban. Mikel le contaba el maltrato que sufría a diario, los insultos, las burlas. Andoni le insuflaba ánimos, fuerzas, esperanza. Los sábados por la noche iban a la ciudad y, más allá de las vistas al mar desde los ventanales del piso, solo se veían el uno al otro.
Un domingo, a primera hora, Andoni dejó a Mikel en el cruce de caminos donde le esperaba su caballo, paciente rumiante que relinchó al ver a su amo. Se besaron y se dijeron «hasta mañana» mientras sus manos seguían entrelazadas.
Mikel cabalgó feliz hacia Gurene, risueño por vez primera en muchos días. Y, sin embargo, aquel caserón le deparaba otra sorpresa.
Sus padres tomaban café con Montxo, el otro gran prohombre de Goiketxe, propietario de lo que no les pertenecía a ellos y padre de una dulce jovencita que miraba desde sus ojos verdes la habitación sin atreverse a decir ni mu.
―Estamos arreglando lo vuestro ―le dijo su padre a Mikel sin darle tiempo ni a saludar.
―Vuestros hijos heredarán Goiketxe entero ―añadió Montxo con su vozarrón sacudiendo sus gordas mejillas coloradas. Una risotada y un nuevo brindis sellaron el pacto ante los atónitos ojos de los involuntarios protagonistas.
Mikel se disculpó y subió a su cuarto. Daba pasos rápidos de un lado a otro, como un león en una jaula que lleva días sin comer. Hacía una hora creía haber vislumbrado un futuro, una esperanza. Miró por la ventana. Las vacas pastaban, las ovejas se movían en bloque, el sol y las nubes pintaban de luz y sombra la montaña. Nuki ladró al otro lado de la puerta. Mikel lo dejó pasar y se abrazó al chucho. De nuevo el viejo amigo lamió las lágrimas de su amo. Parecía que las paredes se cerniesen sobre él, que su mundo cada vez fuese aún más pequeño, que no hubiera escapatoria, que le faltara el aire.
Se cambió de ropa, se vistió como le gustaba, repasó sus uñas, salió de su cuarto y se escabulló por una puerta trasera. Fue al establo y montó su caballo. Unos minutos después el caserío era una piedra en el horizonte, Goiketxe ni se veía, oculta abajo, en el valle, y las ovejas y las vacas eran manchas pardas y blancuzcas en medio de un océano verde. El viento lo azotaba, las nubes copaban el cielo, el otoño reclamaba su reino. Respiraba a bocanadas, sediento de libertad, ahogado. Cabalgó algo más y llegó hasta una pista rural. Escuchó el motor de un coche acercándose, deseó que fuese Andoni que había sentido su dolor, su desesperación. Cuando distinguió el vehículo era demasiado tarde. Frenó a su lado. Eran los muchachos del pueblo, volviendo de pasar la noche de fiesta. El olor a alcohol era intenso; sus ojos enrojecidos, sus risas nerviosas. Mikel inspiró profundamente, vencido, derrotado, colmado por la resignación. No hizo amago de escapar, podría haber espoleado a su caballo, pero no se movió; se sentía como las reses que había llevado al matadero y pensó que quizá ese era su destino.
Los chicos lo miraban. «¡Guapa!», espetó uno de ellos provocando la risa de los demás. Mikel no respondió. Un brazo salió por la ventanilla y agarró con fuerza las riendas. Después todo sucedió rápidamente. Lo derribaron del caballo, lo zarandearon, lo golpearon mientras sus risotadas se confundían con los insultos. Le quitaron el gorro de lana y se lo puso el que hacía de líder. Le desgarraron la chaqueta. Entonces uno lo inmovilizó por la espalda y otro le cogió una mano. «Bonitas uñas, ¿qué color es? ¿Azul o verde?».
Sintió que perdía el equilibrio y se vio en el suelo boca abajo. Le quitaron la camiseta. Mikel no decía nada, no gritaba, no luchaba, había aceptado el sacrificio, se había rendido al mundo, a ese mundo pequeño, cerrado, ciego. Sin embargo, algo de vida o de esperanza quedaba en él porque la resignación fue sustituida de repente por el miedo, por el pánico que sintió cuando notó que le arrancaban los pantalones. «¿Qué cojones eres tú? ¿Un hombre o una mujer?». Lo voltearon, la tierra estaba húmeda y sintió un escalofrío en la espalda. Uno de ellos le aferraba los brazos y otro las piernas. Comenzó a luchar, quería zafarse de ellos, pero sus esfuerzos eran inútiles, era como si Prometeo quisiera desembarazarse de sus cadenas.
«¡Pero si tiene colita!», chilló uno. «Si no fuera por eso parecería una mujer. Mirad esa piel, sus formas…», apuntó otro. Todos lo observaron durante unos instantes, comparándose mentalmente con la anatomía de aquel que yacía inmovilizado a sus pies. «¿Quieres que te la cortemos y te hagamos mujer?», preguntó el que llevaba su gorro, arrodillándose junto a Mikel empuñando un cuchillo para castrar que se reflejó en sus ojos, aterrorizados ante la idea de perder algo que apreciaba, que deseaba conservar, aunque al mismo tiempo pensase que quizá esa sería la solución. La visión se le nubló de repente por las lágrimas. El cielo también empezó a llorar. El cuchillo acarició su pecho, su vientre, su pubis. Mikel cerró los ojos, apretó los dientes, sintió la hoja recorrer su pene, su muslo… «Vámonos, tíos, que empieza a jarrear», dijo el del gorro y el cuchillo, separando el metal de la carne. Algunos protestaron, pero el líder se impuso con un par de alaridos. Se marchaban y punto. Entonces los muchachos lo liberaron y montaron en el coche, escapando de allí a toda prisa, no sin añadir por la ventanilla, entre sonoras risotadas: «¡Ya nos veremos, preciosa!».
Mikel estaba sobre la hierba, no había movido ni un músculo desde que lo soltaron. Era como si sus brazos y piernas siguieran oprimidos bajo invisibles ligaduras. Lloraba y miraba al cielo. Sus pantalones y calzoncillos a la altura de los tobillos, su chaqueta y su camiseta a varios metros de él, empapándose. El caballo, pastando indiferente. Mikel cerró los ojos, la negrura lo envolvió, el agua chorreaba por su piel blanca y deseó fundirse con ella, disolverse en la lluvia y deshacerse en la tierra para alimentar a la hierba, que alimentaba a las vacas, que alimentaban a los hombres y a las mujeres… Y así poder formar parte de todo, de ellos, de los hombres y de las mujeres. Ser uno y ser todo. Ser todo y ser nada.
***
Andoni recibió a mediodía un mensaje extraño, hermético; solo contenía una palabra: Agur.
Desde que conocía a Mikel siempre había tenido aquella preocupación, aquella alarma que le hacía temer por aquel ángel del que se había enamorado. Rápidamente abrió una aplicación en su móvil y un par de satélites, tres servidores, seis antenas y dos teléfonos trabajaron en equipo para indicarle la localización del teléfono de Mikel. El mapa resultante señalaba un lugar en el monte, junto a una pista que conocía y que conectaba diversos caseríos, bordas y refugios. Llegó allí en menos de una hora. Seguía lloviendo, hecho que no molestaba a los rebaños de ovejas. Solo las vacas parecían reaccionar, arremolinándose alrededor de los pocos árboles que salpicaban el monte. Aunque las hojas, pardas ya, cedían al ímpetu del viento y se dejaban arrastrar, volando lejos y dejando a robles, hayas y castaños desnudos bajo la lluvia.
El geolocalizador apuntaba hacia la pradera. Andoni miró en derredor. Bajó del coche y caminó apresuradamente, buscando, ansioso, en todas direcciones. La quietud lo inundaba todo, las cortinas de lluvia descendían a tierra en diagonal, el viento soplaba del noreste, el frío le hizo temblar. «¡Mikel!», llamó con urgencia. Marcó su número y sonó bajo sus pies. Andoni recogió el móvil y miró a su alrededor. Corrió hacia una colina desde donde otear un área mayor. Algo llamó su atención. Un relincho, a la izquierda. Corrió en aquella dirección y vislumbró un hermoso caballo alazán. Lo reconoció. Lo había visto cada día. Había algo raro, tenía silla pero no riendas. El corazón se le encogió de repente.
Echó a correr. La lluvia ya lo había empapado hasta los huesos. Entonces vio una construcción. A unos cien metros se alzaba un viejo y desvencijado refugio de montaña, una borda, cuatro paredes y un tejado a dos aguas. Una puerta, una ventana y una chimenea. Gritó su nombre de nuevo, temía lo peor: aquellos miedos, aquella angustia, aquel sentimiento de necesidad de fuga absoluta, aquella paz anhelada y escurridiza, aquella despedida.
Abrió la puerta y se le heló la sangre. Una mesa en medio de la habitación, una silla tumbada, una viga de madera y, al fondo, junto a la chimenea yerma, en un rincón, acurrucado en el suelo y temblando, Mikel. Estaba medio desnudo. Solo se cubría con una chaqueta y tenía los pantalones rotos, sujetos a la cintura con las riendas del caballo.
Andoni lo abrazó y sintió el cuerpecito frío y tembloroso, que pareció calmarse con su contacto. Estuvieron en silencio un rato. Luego le hizo un par de preguntas para completar el puzle. Lo abrazó con más fuerza mientras Mikel le contaba lo de su padre, lo del matrimonio concertado, lo de los muchachos del pueblo, lo de ser todo y ser nada…
―No veo salida…
Andoni se aferró a él, temiendo dañarlo, pero temiendo más aún perderlo… Empezó a besarle la frente, los ojos, las mejillas, los labios, el cuello, el pelo; le quitó la ropa húmeda y besó su cuerpo. Lo amó y acarició, y con cada beso le decía palabras de consuelo, con cada caricia lo enredaba a la vida, lo amarraba a la esperanza. «Solo dime cómo prefieres que te llame, que te trate, que te mire. Solo quiero que estés bien, tú, tal como eres, sin etiquetas, sin preguntas. Vivirás conmigo, ¿me oyes? Viviremos juntos, estudiarás arte y yo te cuidaré, y tú me alegrarás cada día».
Y Mikel dejó de llorar y la sonrisa, al principio tímida, volvió a su rostro; sus ojos grises reflejaron los de Andoni y volvieron a abrazarse, a besarse, a amarse desnudos bajo un frágil tejado que los protegía de la lluvia que arreciaba fuera, donde el caballo pastaba indiferente, donde las ovejas se desplazaban como una masa blancuzca, donde los almiares se erguían y las vacas buscaban refugio bajo los castaños, robles o hayas que, desperdigados aquí y allá, señoreaban las praderas verdes de los montes vascos. Donde las gentes en sus casas hablaban de aquel joven de formas delicadas, tan diferente a los demás, que parecía un chico y una chica, que les producía curiosidad, rechazo, miedo y, a algunos, morbo; que llevaba las uñas pintadas de un color hermoso, pero que no estaba claro si era azul o verde.