Y Rosa la mesera, ¿dónde dejó su culpa, aquí donde la ven, muerta-desaparecida? Se ha tomado, sin más espectacularidad que la del piso de su puerca pensión, todo un frasco de insecticida y su mito ya no pasará de la esquina del barrio, en donde sembró el prestigio de sus nalgas, en donde ardió su centro al frenético compás de diez-pesos-pa-mí y cinco-pa’ la pieza. Rosa la mesera: mitología sorda de barrio, creció, amó y se prostituyó sin tener antes sus ojos más reflectores que la bombilla de veinticinco bujías apagada por algunos clientes maniáticos del pudor o la vergüenza.
No va a crecer nuestra culpabilidad porque esta solo crece cuando se mata algún escandaloso mito colectivo. No vamos a armarnos de terror porque en su lugar vendrán Carmen-la-tetona, Irma-brasier-de-vaca, Gloria-la-bostezadora, Teresa-la-trapecista, Sonia-la-navajera, Anita-la-domadora, Magnolia, Azucena, Sara, Clemencia, todas vendrán a pelearse la esquina desocupada cuando, por la tarde (después del patético funeral), se anuncie la vacante definitiva de los andenes en donde por veinte años se había movido, pese a que en los últimos cinco se le habló insistentemente de su jubilación, tragándose —en tanto— todo el peso y el desvirgamiento de dos generaciones.
Rosa-la-mesera no será mito colectivo ni concepto de culpa: en su esquina ya no se la nombrará: alguna niña recién llegada tendrá acaso su polvera o ese bolso heredado hace trece años de quien, a su vez, fue objeto de un triste funeral.