óscar collazos
adiós europa, adiós: la soledad del viejo amigoEn su cuarto de la rue du Pont de Lodi, Ernesto se balanceaba entre la miseria y la agonía. De allí que se viese a sí mismo como una réplica del ser que había sido, lleno de apetitos, trifulcas de
alguien llama a mi puertaNo quise darle importancia. Tal vez fuera la fuerte brisa que anunciaba la llegada de la cola del huracán a las costas de Cartagena de Indias, la puerta de entrada que no cerraba bien, un simple g
amor de madreLo primero que pudo ver la madre al llegar fue el increíble desorden de trastos en la sala, no puede ser, reguero de objetos que normalmente ocupaban un lugar inalterable en la casa. Desconcertada
cabalgata dominicalDespués de la primera rechifla, el Presidente enrojeció. La escolta lo rodeó: todos llevaron sus manos a la cintura. Ahí estaban las pistolas ametralladoras. Un piquete de policías cubrió la retag
ceremonias del fuego1 No sabía de dónde había llegado, qué traía en la pesada maleta que parecía inclinarlo hacia el suelo con su gesto de fatiga y expec- tación, ni qué pasaba por su cabeza cuando recorría las calle
circulación de la verdadLa noticia aparece consignada en un rincón de la segunda página, entre el anuncio sobre la llegada de un circo a la ciudad y la nota fúnebre de un hombre, por mí desconocido: perdida como está, ah
contandoVea usté, que a mí nadie me ha venido nunca con vainas. Así que trácate, le di el primero, se lo di con ganas, para que se fuera así previniendo y dejara la jodedera que había cogido conmigo, tran
decisión en el último minuto…por amor propio, ¿me entiende? No metí ese gol por amor propio. El técnico me había condenado a ver el partido desde la banca, precisamente ese, el partido en que nos jugábamos la clasificación a
el eclipseCuando la madre dijo que a la medianoche se acabaría el mundo, “y todos deben confesarse para quedar en paz con Dios”, el menor de los hermanos se arrimó a sus faldas y empezó a berrear con un ber
el lento olvido de tus sueños… entonces no había día en que no soñara, en que el sueño no fuera el acoso de gentes como fantasmas, de rostros asediándome, de manos buscando agarrarse a mi cuerpo para estrangularlo en un insta
el revés de la tramaDe haberse armado de coraje, hubiese sido otra su respuesta. A los dieciséis años es fácil empezar a tirar los techos de la casa o destruir los cimientos como si se tratara de un castillo de arena
esta mañana del mundoAhora que estaba metido bajo la ducha no era el momento de ponerse a pensar en las condiciones que lo habían llevado a decirlo secamente, como si no le importase lo demás. Lo triste era que, al de
invitada del tiempoY aunque lo jurara, ¿qué ganaría con ello? La abuela sabía que en los últimos tiempos se juraba por cualquier cosa, por las más nimias y ante las más atroces circunstancias. Pedirle que no jurara
jueves, viernes, sábado y este sagrado respetoExtendida en los sillones o estirada en la cama en un pesado reposo, tres días enteros en silencio, alejada del mundo habitual, Amalia prefería el rechazo de toda “tentación”, asistía a la grandio
knockout técnicoSiento que la pierna izquierda se me cansa, en ocasiones no responde y tengo que agarrarme para no caer. Ahora, el brazo del mismo lado comienza a fallarme y el olor del maldito alcohol por todo e
kodak 120Vicente Cabranes pensó que a la semana siguiente llegaría el barco y todo quedaría arreglado. Miró el suelo y vio, con pesar, la vieja cámara de retratar hecha añicos: la había arrojado contra el
la visita, siempre aplazadaI Después de la partida de Claudio, mamá se había derrumbado en un estado inconsolable. Solo dos semanas más tarde parecía salir del abandono en que dejó la casa, habitualmente cuidada. La verdad
las causas perdidasAlberto regresó a casa y se metió en el cuarto sin decir nada, esquivando la mirada de mamá (“¿qué hace en casa si se iba a confesar? ”) y siguiendo sin responder a las preguntas. Entonces pensé:
las puertas del infiernoNo se mueva tanto, maricón, le dice Pichita a Trabuco y Trabuco que no me estoy moviendo, déjese usté de mariconadas, ya está muy grande, y Rolo esconde el rostro y sacude el pesado enjambre de pe
literatura y colonialismoY Rosa la mesera, ¿dónde dejó su culpa, aquí donde la ven, muerta-desaparecida? Se ha tomado, sin más espectacularidad que la del piso de su puerca pensión, todo un frasco de insecticida y su mito
los intereses de cisnerosEsta mañana, cuando pasaron a enterrar a Cisneros, recordé que casi todos los días, al levantarme y abrir la cortina de la ventana, él ya estaba sentado en la banca de la casilla o corriendo sobre
los vecinos nunca sospechan la verdadEs verdad: los vecinos nunca sospechan la verdad: se encierran en sus conciliábulos, son herméticos en sus conjeturas, carecen de imaginación, no van más allá de los detalles ni se detienen en las
mariposa sin alasEl propietario de la pensión dice que Mariposa salió vestida con sus mejores galas, antesito de las diez de la noche. Eran como las diez y media, lo corrige Mariela. Que estrenaba un apretado vest
no exactamente como una película de buñuelLo sientes llegar, pisa fuerte en la puerta para hacer más evidente su presencia. En la cocina, apurada, luchas con los trastos, el calor de la estufa hace hervir también tu cuerpo y sientes que e
noticiasAhora, en estos minutos penosos, tal vez no fuera el momento de pensarlo, encerrado en el baño, desvistiéndose rápidamente, con una prisa grosera y torpe: podría haber otro momento o, de seguro, n
nuevas para la familiaEl corre-corre por los corredores no vino a parar sino en la tarde, cuando el teléfono dejó de timbrar y todos —la madre, las dos hermanas, el hermano— se sintieron cansados, aunque la madre seguí
puertas abiertas, distancias cerradasEstabas tan rodeada de esas cosas que ahora podría escribir y poner ante ti —una a una en sus contornos—, todas las que hacían parte de tu mundo, aquello que se te había dado al despertar: biombos
soledad al final del coche camaAl despertarse, encendió la lamparilla de la litera, inclinó el cuerpo y quiso saber si su mujer dormía. Había empezado a hacerlo desde que salieron de Guadalajara, cuando él creyó que ella le sug
son de máquinaMirando hacia el bar, repasando la hilera de botellas y reparando en las etiquetas pegadas, Ernesto, vestido con traje gris-claro de pana, trataba de reconocer el sitio mientras esperaba la llegad
testigo presencialEstaba decidido a confesarlo. Anoche mismo había pensado que sería miserable cargar con esa culpa, dejarse abrumar tanto tiempo por los remordimientos. Lo había decidido. Alguna vez —se dijo— tend