óscar collazos
alguien llama a mi puertaNo quise darle importancia. Tal vez fuera la fuerte brisa que anunciaba la llegada de la cola del huracán a las costas de Cartagena de Indias, la puerta de
amor de madreLo primero que pudo ver la madre al llegar fue el increíble desorden de trastos en la sala, no puede ser, reguero de objetos que normalmente ocupaban un lug
cabalgata dominicalDespués de la primera rechifla, el Presidente enrojeció. La escolta lo rodeó: todos llevaron sus manos a la cintura. Ahí estaban las pistolas ametralladoras
ceremonias del fuego1 No sabía de dónde había llegado, qué traía en la pesada maleta que parecía inclinarlo hacia el suelo con su gesto de fatiga y expec- tación, ni qué pasaba
circulación de la verdadLa noticia aparece consignada en un rincón de la segunda página, entre el anuncio sobre la llegada de un circo a la ciudad y la nota fúnebre de un hombre, p
contandoVea usté, que a mí nadie me ha venido nunca con vainas. Así que trácate, le di el primero, se lo di con ganas, para que se fuera así previniendo y dejara la
decisión en el último minuto…por amor propio, ¿me entiende? No metí ese gol por amor propio. El técnico me había condenado a ver el partido desde la banca, precisamente ese, el partido
el eclipseCuando la madre dijo que a la medianoche se acabaría el mundo, “y todos deben confesarse para quedar en paz con Dios”, el menor de los hermanos se arrimó a
el lento olvido de tus sueños… entonces no había día en que no soñara, en que el sueño no fuera el acoso de gentes como fantasmas, de rostros asediándome, de manos buscando agarrarse a
el revés de la tramaDe haberse armado de coraje, hubiese sido otra su respuesta. A los dieciséis años es fácil empezar a tirar los techos de la casa o destruir los cimientos co
esta mañana del mundoAhora que estaba metido bajo la ducha no era el momento de ponerse a pensar en las condiciones que lo habían llevado a decirlo secamente, como si no le impo
invitada del tiempoY aunque lo jurara, ¿qué ganaría con ello? La abuela sabía que en los últimos tiempos se juraba por cualquier cosa, por las más nimias y ante las más atroce
knockout técnicoSiento que la pierna izquierda se me cansa, en ocasiones no responde y tengo que agarrarme para no caer. Ahora, el brazo del mismo lado comienza a fallarme
kodak 120Vicente Cabranes pensó que a la semana siguiente llegaría el barco y todo quedaría arreglado. Miró el suelo y vio, con pesar, la vieja cámara de retratar he
la visita, siempre aplazadaI Después de la partida de Claudio, mamá se había derrumbado en un estado inconsolable. Solo dos semanas más tarde parecía salir del abandono en que dejó la
las causas perdidasAlberto regresó a casa y se metió en el cuarto sin decir nada, esquivando la mirada de mamá (“¿qué hace en casa si se iba a confesar? ”) y siguiendo sin res
las puertas del infiernoNo se mueva tanto, maricón, le dice Pichita a Trabuco y Trabuco que no me estoy moviendo, déjese usté de mariconadas, ya está muy grande, y Rolo esconde el
literatura y colonialismoY Rosa la mesera, ¿dónde dejó su culpa, aquí donde la ven, muerta-desaparecida? Se ha tomado, sin más espectacularidad que la del piso de su puerca pensión,
los intereses de cisnerosEsta mañana, cuando pasaron a enterrar a Cisneros, recordé que casi todos los días, al levantarme y abrir la cortina de la ventana, él ya estaba sentado en
los vecinos nunca sospechan la verdadEs verdad: los vecinos nunca sospechan la verdad: se encierran en sus conciliábulos, son herméticos en sus conjeturas, carecen de imaginación, no van más al
mariposa sin alasEl propietario de la pensión dice que Mariposa salió vestida con sus mejores galas, antesito de las diez de la noche. Eran como las diez y media, lo corrige
noticiasAhora, en estos minutos penosos, tal vez no fuera el momento de pensarlo, encerrado en el baño, desvistiéndose rápidamente, con una prisa grosera y torpe: p
nuevas para la familiaEl corre-corre por los corredores no vino a parar sino en la tarde, cuando el teléfono dejó de timbrar y todos —la madre, las dos hermanas, el hermano— se s
puertas abiertas, distancias cerradasEstabas tan rodeada de esas cosas que ahora podría escribir y poner ante ti —una a una en sus contornos—, todas las que hacían parte de tu mundo, aquello qu
soledad al final del coche camaAl despertarse, encendió la lamparilla de la litera, inclinó el cuerpo y quiso saber si su mujer dormía. Había empezado a hacerlo desde que salieron de Guad
son de máquinaMirando hacia el bar, repasando la hilera de botellas y reparando en las etiquetas pegadas, Ernesto, vestido con traje gris-claro de pana, trataba de recono
testigo presencialEstaba decidido a confesarlo. Anoche mismo había pensado que sería miserable cargar con esa culpa, dejarse abrumar tanto tiempo por los remordimientos. Lo h