tu voz, siempre tu voz
La tarde cae sobre la ciudad, nuevos aires se avecinan. Luisa descorre el visillo de la ventana. Mira al exterior queriendo ver más allá de lo que sus cansados ojos consiguen enfocar. Vuelve la vista hacia la habitación donde se halla Isabel. Mira de nuevo a esa calle.
—¡Isabel! —Exclama—. Vayamos a dar una vuelta.
—Es tarde —contesta Isabel.
—Qué más da, los que nos daban órdenes hace largo tiempo que descansan.
—No digas eso, no está bien.
—Te arreglo el pelo y tomamos un chocolate en el Café Levante.
—Está bien, cabezota. Siempre haces de mí lo que quieres.
Luisa comienza a anudarse un pañuelo gris. Isabel se acerca le da un suave beso en la mejilla y dice.
—No, este no te favorece, el añil hace que parezcas una novia a hurtadillas.
—Qué cosas tienes. Esos folletines de Corín Tellado te han aguado el seso.
Las dos se miran, sonríen y comienzan a bajar la escalera de caracol al tiempo que esbozan una entrecortada risa. Un vecino saluda y mira de reojo con gesto reprobador.
Luisa e Isabel salen del portal cogidas del brazo, una barahúnda de jóvenes reparten octavillas. El ambiente que abraza a la ciudad se diría que roza lo festivo. Isabel y Luisa caminan despacio. Llegan al Café Levante. Isabel abre la puerta. Luisa pasa al interior del Café. Se sientan en un banco de terciopelo burdeos algo raído. Luisa coge la carta e Isabel exclama:
—¿No ibas a tomar un chocolate?
—Sí pero…
—¿Qué ocurre? Desde hace algunos días estas inquieta.
—No es nada.
—Sí, sí que lo es y no me refiero al tumor. Hay algo más ¿verdad?
—Es que no sé cómo lo te lo vas a tomar.
—Como siempre, con un vasito de leche templada.
—Tonta, siempre me haces reír.
—Dime de una vez lo que te atormenta.
—Bueno está bien. Sabes que siempre he tenido admiración por Alfredo Kraus.
—Si, y quién no. Esa voz es capaz de transportarte a otro mundo.
—Verás, en realidad es amor… Lo tenía oculto tras Alfredo. Ni yo misma lo supe hasta hace unos días. Cuando comenzaste a mecerme en tus brazos al son de «El día que me quieras».
Isabel coge la mano de Luisa y le dice:
—Sabía que era el pañuelo apropiado.