notas olfativas
Apenas quedan un par de antiguos muros y una pared maestra que se conservó para hacer la nueva casa. A pesar de ello, de tarde en tarde aparece en el sopor de un sueño duermevela la antigua casa en todo su esplendor, cuando el inexorable paso del tiempo todavía no había hecho mella en su fachada, en su tejado, en sus cimientos y en aquel magnífico alero de madera. En ella están contenidas tardes de lluvia, dulces de vainilla y anís, jarrones repletos de sándalo y rosas; baúles que al abrirlos desprendían un intenso aroma a alcanfor. Notas olfativas que embriagaron una época, tardes soleadas en que la algarabía de niños tenía una sonoridad de ritmo pausado, de horas perennes, que arañaban la eternidad.
De pronto escuchó su voz:
—¡Ven!, ya han llegado Juli, Jose y Ana.
No era su voz lo que hacía que bajase las escaleras de dos en dos, sino aquel aroma a vainilla que se colaba por cada hueco de la casa, por cada sala, por cada alcoba, hasta llegar a su rincón favorito en el que pasaba horas escudriñando los secretos allí encerrados. Dejaba esparcidos aquellos trapos con aroma a alcanfor para ayudar a hacer aquellos ricos mantecados y rosquillas.
—¡Coged cada una un molde!
Ana siempre escogía el corazón, José la media luna, yo la estrella y Juli refunfuñaba porque siempre le tocaba el cuadrado. Ella protestaba, e intentábamos convencerla de que el cuadrado tenía un aspecto importante. Y quedaba aturdida pensando como un dulce, —unos mantecados, que eran en lo que se convertían aquellas caprichosas formas— podía ser importante. Después modelábamos rosquillas a las que ella echaba anisetes. Satisfecha pasaba toda la tarde con nosotras riendo y bromeando. Su mirada era serena, azul, su tez nacarada y su cabello, de un color trigo brillante recogido en una trenza que coronaba un moño bajo.