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Libros de nieves villalba

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nieves villalba

en brazos de morfeo

Durante el último año, Ariel había visitado a diario aquel pequeño museo situado en la calle del Príncipe de aquella ciudad palaciega bañada por el Tajo. El motivo de esa ferviente asiduidad no era otro que la exposición de una obra —cedida por el museo de Rodas— que representaba una escena de una famosa hetaira de Mileto ofreciendo a los presentes su virtuosismo con una ocarina de ébano, estos se muestran atentos a la interpretación de la bella Aspasia.
Ariel pasaba horas observando cada detalle del cuadro de forma escrupulosa. Conocía cada rincón, cada recoveco, cada rama del olmo donde se hallaba su heroína, cada pliegue de su túnica. Apenas quedan un par de semanas, pensó, y saludó al guardia de seguridad de la sala. Después de un largo año conocía a cada uno de los funcionarios del museo y los saludaba por su nombre de pila.
Dentro de un par de semanas te llevarán a Rodas, pensaba, y no podré contemplarte a menudo, tan solo podré hacer un par de escapadas al año querida mía.
Cierra con fuerza los ojos para retener su imagen, apoyado en un pequeño diván.
—¡Qué extraño!
El despertador del teléfono móvil comienza su insistente soniquete; Ariel intenta cogerlo y este cae al suelo. Ariel se levanta, coge el móvil y exclama:
—¡Eres un chico duro! El último no aguantó tanto.
Tras un ligero desayuno, sale de casa para dirigirse a la oficina de seguros. Las principales obras de arte del museo están aseguradas por la compañía Artis en la que trabaja.
Un coche de policía aparca delante de él y, para su sorpresa, baja el director del museo y el guardia de la sala donde está la obra cedida por Rodas. El superior de Ariel se dirige a él:
—¿Dónde estabas?
—Pero ¿qué ocurre?
—Aspasia ha desaparecido.
—¿Han robado el cuadro?
—No, el cuadro sigue en el mismo lugar.
—Entonces…
—Vamos, y lo ves con tus propios ojos.
Al cabo de unos diez minutos llegaron al museo. En la sala estaba el magnífico cuadro, mas sin Aspasia, su túnica verde mar tendida en el suelo junto a su ocarina.
—¿Qué es esto?
—La policía ha enviado un experto en arte para analizar la obra y ha sido concluyente, el cuadro es el mismo pero sin la figura que le da título: Aspasia de Mileto.
—Vuelvo enseguida.
—¡No tardes! —Le increpa su jefe—, hay que resolver este maldito enigma.
Ariel llega a su casa, sube las escaleras apresurado, abre con pulso nervioso y frente a él se encuentra Aspasia sonriendo y ataviada con una sábana anudada a su hombro izquierdo, que le dice:
—Estaba impaciente por verte, siento no estar más presentable, se me cayó la túnica en el museo y no he encontrado nada más apropiado que ponerme.
Ariel se dirige a Aspasia:
—Mi bella Aspasia estaba preocupado, ¡me vas a meter en un lío!
Tras una noche apasionada, me quedé exhausto. Por la mañana, una suave y perfumada huella en la almohada.
Llegué apresurado al museo, y allí estaba ella.
—Señor, despierte. ¡Cerramos en 5 minutos! ¡No se vaya a quedar encerrado! Y Ariel contesta:
—Daría toda mi vida por otra noche con ella.
El guarda lo mira extrañado, mira el cuadro y exclama:
—Otra noche.