Un árbol alto y grueso, de apellidos y características personales pero sin frutos…
Era mecánico en la compañía metalúrgica Al Sharq, tenía siete hijos y ganaba treinta piastras al día. Se dejaba crecer la barba no solo para ahorrarse el gasto de afeitarse sino porque era miembro de una cofradía religiosa y se había iniciado con un sheij.
Al terminar la jornada de duro trabajo, iba a la zawiya de Al Kumi y se sentaba con el sheij, un hombre noble y bondadoso, que era, además, un océano de ciencia divina. El sheij le enseñaba ciencia religiosa y profana pero cuando regresaba, bien entrada la noche, a su casa, en un sótano, le esperaban las dificultades: allí estaba la mujer que, con el paso de los años había llegado a ser única en su género, única por su forma de hablar y de comportarse, y por su temperamento.
-Naturalmente, no sabes lo que han hecho los niños y lo que ha pasado. ¡Oh, Señor! ¡Oh, Kumi! ¿Cómo pueden los niños turbar la serenidad de tu espíritu? ¿Por qué el sheij no habla de la vida de los santos en sus casas?
-Yo te doy todo lo que tengo, y todo lo que recibo son maldiciones.
La cólera se acumula y la lengua se descontrola desviándose de las reglas del mundo y de la religión, y todo el esfuerzo realizado durante la noche resulta inútil.
Una mañana se encontró cara a cara con el director en el gran garaje. Tras saludarlo con suma deferencia en tono adulador, le dijo:
-Señor director, lo he visto en un sueño y creo que tengo que contárselo.
Pero el director siguió andando sin prestarle atención. ¿Qué sueño había podido tener aquel zopenco?
El director no estaba acostumbrado a atribuir significado a los sueños ni conseguía encontrar momentos de tranquilidad: la compañía, la plantación de plátanos en la provincia de Sharqiya y el edificio en el barrio de Jazindar no eran más que motivos de acusación heredados. Las ambiciones políticas se habían evaporado. ¿Qué sueño, sucio sunní?
Cada vez se extendían más los rumores, dejando tras de sí una larga estela de preocupaciones. ¿No era extraño que en aquella situación un amigo suyo le animara a tener fe en el futuro? Pero ¿qué fe podía tener?
-Tenemos que ser realistas -le dijo a su amigo.
-La esperanza es algo real -le contestó el otro.
-Todas las cosas están en continuo peligro de extinción.
-Eres muy pesimista.
-Nada de eso, pero no sé qué hacer.
-Compórtate como hacen los cazadores.
-¿Y qué hacen?
-No te centres por completo en la plantación, en el edificio y en la compañía. Debes tener una caja fuerte en tu casa para guardar tus joyas.
-¿Y qué me dices del ambiente hostil que nos rodea?
-Pon los nervios en el congelador.
Recordó al sunní con desprecio, aquel hombre que intentaba mostrarse afable mientras sus ojos traslucían malicia. ¡Además, pretendía haberlo visto en un sueño!
-Déjame que te cuente el sueño que tuve la noche pasada -le dijo su amigo.
Él se echó a reír pero, naturalmente, el otro no comprendió el motivo.
El mecánico se convenció de que el director evitaba mirarle cada vez que pasaba por su lado para ir donde estaba su coche, despreciándole en silencio. Y sin duda, él se sentía ofendido y le maldecía. Una vez contó sus sospechas sobre el director a un compañero del garaje y este le respondió:
-Creas fantasías que no tienen fundamento. Te aseguro que el director ni siquiera repara en tu existencia.
Intentó convencerse de que su amigo tenía razón: era mejor pasar inadvertido que ser objeto de desprecio. Quiso confesar sus temores al sheij, pero solo logró decirle:
-Tu bendición ha recaído en mi hijo Fahd. Ya se está curando.
-Si el hijo de una persona rica hubiera contraído la enfermedad, habrían ido muchos médicos a examinarlo. Pero Dios extiende Su majestad entre los pobres -sentenció el sheij.
-¿Por qué a los creyentes les sobrevienen aflicciones?
-Porque no aceptan la sustitución del paraíso por cualquier otra cosa -replicó el sheij con seguridad y fe.
Las reuniones nocturnas en la zawiya o en el balcón de la casa eran como una medicina para los corazones heridos. Las palabras del sheij tenían mucho más valor que muchas cosas que la gente considera bienes preciados. Y el narguile que la gente utiliza como placer, aquí se consideraba con razón como una fuente de luz y sabiduría divina. ¡Qué bonito es ser amado como el sheij y tener gente, incluso rica, que te entregue su corazón!
Le ofrecían bellos regalos y él los aceptaba con indulgencia por respeto a los donantes, aunque en realidad no los deseara. Una vez, le preguntó un hermano de la cofradía:
-¿Por qué el sheij no nos da algo de lo que Dios le da a él?
A lo que él respondió enfadado:
-Hermano, Él nos da algo que no se puede comprar.
Las leyes de julio… las leyes de julio. Todos repetían: las leyes de julio.
El hombre empezó a ir de un lado para otro como un loco. Su mujer le dijo:
-La salud es más valiosa que cualquier otra cosa.
-Pero ¿te das cuenta del desastre que nos ha sobrevenido?
-Sí, no soy una ingenua ni una ignorante. Pero todavía tienes la compañía, el edificio y la plantación.
-¿Y qué me dices de los nuevos impuestos?
-La salud es lo único que no se puede sustituir.
El hombre observó la palidez de su mujer, que manifestaba justo lo contrario de lo que había dicho, y susurró:
-Nadie sabe cuándo cesará este diluvio.
-Dios está presente.
No captó el significado de sus palabras hasta un poco después. La verdad le había dejado aturdido e intentó sonreír, a pesar de la desastrosa situación. Pensó en su habitual vivacidad y murmuró con pena:
-Nuestro Señor está presente, pero ¿está a nuestro favor o en nuestra contra?
-Ni un céntimo de nuestra riqueza ha sido ganado de modo ilícito -respondió la mujer con fuerza.
Ni eso se creyó sin reservas. Cada día se alzaban voces asegurando que eran los mayores ladrones que existían sobre la faz de la tierra, que utilizaban su inteligencia con maldad y eran capaces de llevar a cabo cualquier iniciativa por mero oportunismo y por egoísmo personal, que obtenían beneficios a costa de robar y su generosidad no era más que vil explotación. ¿Cómo creer?
Las caras sonreían no por afecto sino por alegría ante el mal ajeno. A veces, al dirigirse a su coche, se filtraban voces a través de la ventanilla: «Las cosas están cambiando para el malvado.»
Era un error enfadarse o polemizar con ellos, e incluso peor pensar en devolverles su enemistad. Hasta la policía que antes lo protegía, ahora iba a cazarlo. El templo de la ley se le derrumbaba en la cabeza. Lo único que podía hacer era repetir con su mujer:
-Nuestro señor está presente.
-¡Qué bello día! -le dijo el hombre al sheij con voz trémula de alegría.
-Comencemos la lección -le respondió el sheij con afecto.
-Pero el alma… quiero decir que debemos hablar.
-Dejemos la creación al Creador y prosigamos por nuestro camino.
-Pero el mundo está cambiando, maestro. ¡Quién iba a pensar!…
-¿No quieres escuchar cosas sobre nuestro maestro Al Jidr?
El hombre tuvo la impresión de que su esposa lo estaba escuchando y dijo:
-Están nacionalizando los bienes de los ricos.
La pobre mujer no comprendió nada y preguntó.
-Pero ¿no les había concedido Dios los bienes?
El hombre, exasperado, hizo un gesto con la mano. Ella insistió:
-¿Qué les darán a los pobres?
La mujer no quería compartir su alegría. Lo veía contento y, como de costumbre, parecía decidida a turbar su serenidad.
Había oído que habían visto al director en un estado lamentable cuando este se dirigía a su coche, aunque no tardó mucho en volver a sus cabales. Se encontró a su amigo, que estaba entusiasmado, y nada más verlo se acercó a él diciendo:
-«Cuando la tierra sea sacudida por un terremoto.»
-¿Qué dices, hermano?
-Digo «cuando la tierra sea sacudida por un terremoto».
Estaba a punto de preguntar qué les darían a los pobres, repitiendo las palabras de la mujer, pero no tuvo el valor de hacerlo. De repente, cayeron del cielo decretos sobre la subida de los salarios. Sí, hermano, estamos siendo creados de nuevo.
El sheij dijo:
-Escúchame.
Él quiso escucharlo, pero una intensa emoción le impedía hacerlo. El sheij continuó:
-No te alegres del mal ajeno.
El hombre le respondió que no deseaba el mal a nadie y que en realidad no tenía ningún enemigo. A pesar de todo, parecía ebrio de felicidad.
-Has retrocedido en el camino -le dijo el sheij. Él cerró los ojos para evadirse de aquel mundo que lo ponía nervioso-. Que Dios te perdone -le dijo el sheij.
-Pero yo no he hecho nada malo, maestro -replicó él-. Solo preocuparme por el dinero y por mis hijos.
Se acomodó, preparado para escuchar al sheij, pero este le dijo:
-¡Qué lejos estás de mí!
«¡Ese sunní! Cada vez que paso por su lado se empeña en saludarme con un tono de voz similar al de quienes recitan versos. En el fondo, no se diferenciará de los otros, pero tiene una forma maliciosa y muy especial de comportarse. Seguro que no tardará mucho en sorprenderme con algún sueño nuevo, pero seguiré sin hacerle caso; me parece la persona más despreciable del mundo. La tristeza está afectando a mis amigos como una enfermedad, pero yo tengo que resistir, debo evitar las preocupaciones y todo lo que no tiene significado, incluso las palabras.»
Su mujer exageraba al mostrarse alegre, especialmente en el club: las paredes resonaban con las risas todas las noches, una risa loca. A pesar de todo, decían que habían caído en una gran trampa en la que todavía quedaba sitio para moverse, pero había que mantenerse firme, no dejarse aniquilar ni mostrarse dúctil.
Ahora, él estaba cayendo en otra trampa que se había construido con sus propias manos. Sí, había decidido tener una relación amorosa con la bailarina alemana del club nocturno Continental. Más que su pelo rubio, le excitaba el orgullo de aquella mujer quien, durante una larga conversación, le dijo:
-Éramos y seguiremos siendo la élite.
Emocionado, él le respondió:
-Estoy enamorado de tu tristeza, tanto como de ti.
Ella era penetrante como la punta de una flecha, aunque estuviera oculta en un envoltorio de seda. Su mujer, mientras tanto, se venía abajo debido a la situación, a pesar de la falsa alegría. Él sintió pena, pero el amor que le profesaba se transformó rápidamente en una inesperada muerte. Y cuando la sociedad fue nacionalizada, todo se movió en dirección a la muerte. Su mujer le dijo que se apresurase a vender la plantación y el edificio. Esa era una buena idea, pero ¿cómo encontrar un comprador y dónde reinvertir el dinero obtenido?
-Lo mejor que podemos hacer es no hacer nada -dijo él.
Y se entregó completamente a su pasión amorosa, afirmando que factores biológicos y fisiológicos se combinaban para destruirlo desde dentro. Por eso, no debía reforzarlos con un sufrimiento deliberado, provocado por su comportamiento.
Se acordó del sunní una mañana al afeitarse y susurró:
-¿Qué sueño, indeseable?
-¿Me estás escuchando? -le preguntó el sheij.
-Sí, maestro -respondió él con embarazo y timidez.
El sheij lo miró con tristeza y dijo:
-No vienes con regularidad.
-Es cierto.
-Las cosas mundanas te mantienen ocupado.
-No. Lo que sucede es que estoy buscando un apartamento que no sea un sótano.
El sheij estaba lánguido, al contrario que de costumbre, y el hombre deseó que no se debiera a la falta de donativos, como resultado del cambio de situación. El sheij volvió a decir:
-Aumento de sueldo y participación en los beneficios. ¿Y qué harás con los dones que Dios te dé?
-Lo que hace el sediento cuando encuentra un vaso de agua.
-Pero la vida no satisface a quien la solicita.
-Yo solo he pedido protección.
-La vida terrena te ha extraviado.
-Nunca, Dios es mi testigo.
-Te digo que la vida terrena te ha extraviado.
Permanecieron un rato en silencio; después el hombre dijo con prudencia:
-¿Hay algo de malo en que quiera formar parte del consejo de administración?
-¿De administración?
-Es una labor útil, y yo soy una persona querida entre los colegas.
-No es bueno preguntar esas cosas a un cofrade.
-Un hombre sincero me dijo una vez que la vida dedicada a la devoción es como la reclusión…
El sheij bajó la cabeza y dijo:
-Lo único que te falta es afeitarte la barba.
Luego se hizo el silencio.
-Nuestra desgracia es ligera, en comparación a la de los otros.
Le preguntó a su amigo qué quería decir, y este respondió escuetamente:
-La confiscación de los bienes, por ejemplo.
-Nadie sabe lo que sucederá mañana.
Se intercambiaron una larga mirada; luego le preguntó a su amigo:
-¿Qué hemos obtenido?
-La historia está llena de acontecimientos sangrientos.
-A veces, casi creo lo que dicen de nuestras culpas.
Su amigo lo interrogó con la mirada, luego dijo:
-Si no es así, ¿por qué Dios nos ha abandonado?
Se entregó por completo a su pasión amorosa. El estado de su mujer empeoraba visiblemente. Una mañana, leyó el nombre del sunní entre la lista de personas que habían resultado ganadoras en las elecciones al consejo de administración y gritó con rencor:
-¡El imbécil del sueño!
Dejó de leer la prensa y le sorprendió la alegría excesiva de su amigo, a pesar de las pérdidas que había sufrido.
-Estás representando un papel equivocado -le dijo.
El hombre se rió y respondió:
-Es verdad que nuestra riqueza nos ha sido robada, pero yo podría indicarte a un hombre que ha renunciado a una riqueza incalculable sin que se la hayan robado.
Él empezó a repasar mentalmente a los pachás y beys, pero su amigo se anticipó diciendo:
-Se llama Gautama Budda.
Con un gesto de la pipa le indicó que le escuchara y le dijo:
-Te contaré su extraordinaria historia.
FIN
1969