PAIS RELATO

Libros de mónica sanguinetti

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mónica sanguinetti

la escarcha

«Ojalá se encuentren algún día», pensó el dueño del bar al que Antonio acudía cada mañana a disfrazar su soledad y beber sus miserias. No se le habían escapado las miradas furtivas que se propinaban: uno, demorando su copita de coñac, la otra revolviendo el cortado hasta marearlo. Así llevaban casi un año.
La escarcha fue la Celestina astuta que falta les hacía. Esa mañana helada, María salió con prisas del bar, como siempre, y resbaló en la puerta. Cayó al suelo con toda su humanidad, que no era poca. Antonio miró a uno y otro lado de la barra buscando ayuda, pero era tarde ya, y los que tenían la suerte de trabajar, se habían marchado. La nuez subió y bajó por esa garganta, de poca carne y mucho pellejo, cuando tragó saliva y canguelo. En dos zancadas se arrimó a María, que con un gesto de dolor se restregaba el tobillo.
—¿Se hizo daño? Deje que la ayude —le dijo sujetándola por las axilas para ponerla de pie.
—No… no. Gracias. Ya puedo sola —contestó ella enrojeciendo. Se sabía demasiado pesada para ese cuerpo de tantos huesos.
A la mañana siguiente, María fue fiel a su cortado. Renqueando, con el tobillo vendado, entró al bar con una sonrisa tímida, inédita, de labios pintados. Antonio, camisa blanca recién planchada, la esperaba sentado en la barra.
—Buenos días. ¿Está usted mejor? —saludó Antonio incorporándose.
—Un poco dolorida, pero mejor.
Así comenzó la relación. Se contaron sus vidas vulgares, de días radiantes y amores grises, en los largos paseos por el parque, o cuando Antonio iba a buscarla a la salida de alguna de las casas que ella limpiaba.
—Tienes que dar un paso más, Antonio. —Lo animó un día el del bar.
—No lo sé, macho. —Antonio hizo un gesto de duda—. Con solo lo del paro ¿qué puedo ofrecerle?
—¡Buenos estaríamos si en esta vida solo contasen los millones!
La noche que se desnudaron juntos, le temblaban las manos y el pudor.
—Estoy un poco flaco —dijo él con una risa tonta.
—Y a mí me sobran kilos —contestó ella.
Lo cierto es que a los dos les faltaban besos. La escarcha, derretida al fin, consiguió remediarlo.