PAIS RELATO

Libros de mónica sanguinetti

Autores

mónica sanguinetti

el jardín del fondo

Tía Eugenia falleció a principios de otoño, apenas unos días antes de mi vuelta. Me dejó en herencia la casa del naranjo.
Fue mi ídolo. Ídola, la llamaba yo infringiendo, en su honor, las reglas lingüísticas. Era la hermana mayor de mi padre, soltera y solitaria «porque también es un placer ser buena compañía para uno mismo», me decía.
En su casa, soñé mi futuro a través del ventanal inmenso que daba al jardín del fondo. Ese trozo de tierra fue el anfitrión generoso de nuestras más fascinantes conversaciones. En verano, nos convidaba con el perfume dulce de los alhelíes, las petunias y las fresias de colores vibrantes. El muro izquierdo se cubría con una buganvilla frondosa. A los pies del derecho, crecía el macizo de hortensias que era el orgullo de Eugenia.
—Tía —le dije un día de niñez inocente—, mamá dice que en las casas donde florecen las hortensias siempre hay mujeres solteras, y que por eso no te has casado.
Su risa fresca retumbó en el jardín.
—Dile a tu madre que no me he casado porque te esperaba a ti —respondió con un guiño—. ¿Te imaginas un tío gruñón deambulando por la casa?
Negué con la cabeza. Ese mundo era solo nuestro.
Yo estaba enamorada del naranjo, plantado junto a la pared del fondo. Lo veía a través de la ventana, columpiándose liviano en las noches de otoño. En primavera, el olor sensual de los azahares entraba por las mañanas en el cuarto, desperezándose conmigo.
Muchos días, sentadas junto al ventanal o sobre la hierba, pasábamos las hojas de libros muy gordos con las creaciones de Fidias, Miguel Angel, Bernini, Rodin… Constantin Brancusi, ese genio rumano transgresor como tía Eugenia y obstinado como yo, me asediaba desde sus obras con insistencia.
El verano que terminé el instituto estaba desorientada. Yo quería esculpir, crear una vida nueva desde la piedra, el bronce o la madera.
—No me van a dejar, tía —le dije desolada, recostándome en el tronco rugoso del naranjo—. De mí esperan otra cosa. Una carrera dentro del marco establecido, no sé… Contable, abogada, profesora como tú, quizás.
—¡Pero Lily! ¿De qué marco establecido estás hablando? —Me tomó las manos obligándome a mirarla a los ojos y agregó con voz rotunda—. No dejes que te convenzan. ¡Tienes derecho a elegir!
Brancusi afirmaba que cuando uno está en la esfera de lo bello, no se necesitan explicaciones, pero más de una tuvimos que dar a mis padres, Eugenia y yo. A finales de agosto de ese mismo año partí a Paris. Al cabo de cuatro años intensos, volví con el título bajo el brazo y una mención de honor de la Academia.
La casa del naranjo estaba tal cual la dejara Eugenia. Entreabrí el ventanal, sin cortinas, que asomaba al jardín y un olor profundo de azahar me sorprendió. «¡Pero si estamos en otoño!», me dije perpleja. El ramillete de flores blancas se mecía con la brisa suave y supe que Tía Eugenia, orgullosa, me daba la bienvenida a casa.