el álamo
Un rato antes de lo habitual se cala la boina y sale. Le gusta pasear por la alameda en otoño, cuando las cabelleras voluptuosas de esos mástiles se tiñen de oro y cobre.
Erguido, con la corteza ya gris y agrietada, es como uno de ellos. Deambular entre los álamos le incita a recordar. «¡Qué vida la mía!», se dice a días con una sonrisa pícara y otros con un rictus de amargura. Le complace pensar que ha transitado por su historia más aferrado a la brújula que al reloj, más pendiente del rumbo que del tiempo. Y en un cambio de rumbo, sin más preámbulo que una mirada de aguas profundas, encontró el amor.
A la puerta de la escuela bulle un avispero de adultos esperando la salida de sus niños. Ella saldrá, unos minutos después del enjambre de uniformes azules, con la pregunta acostumbrada.
—¿Qué tal el día? —Le quita la boina despeinándolo—. Te hace mayor —alega con un guiño. Guarda la boina en su bolso y se agacha para estamparle un beso.
«¿Qué tal el día de un lisiado?», se preguntaba ayer estrujando sus piernas inertes con tanta fuerza que las manos le temblaban. Sus pensamientos regresaban sin tregua al día del accidente. «Un coche pierde el control, me arrolla y me confina a una silla de ruedas. Punto final».
Hoy es distinto.
—Interesante. Le tocó el turno a la poesía —responde.
—¿Vos leyendo poesía? ¡Imposible! —Con una carcajada empuña los mangos de la silla—. ¿El Soneto de Bernárdez? —Pregunta.
—¡Y dale con el Soneto!
Su mirada nueva se detiene en los troncos vivos, atados a la tierra con raíces silenciosas, pacientes y fecundas. Con una sonrisa cómplice se gira hacia ella y le recita:
Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.