País Relato - Autores

melisa s. ramonda

televisión

Cuando afuera está lloviendo, parece que las cosas huelen mejor, más intenso. Está frío y no le dan a uno ganas de moverse de donde está.
Licaón era un amante de dormir hasta tarde cuando llovía y más si era domingo; uno de sus deportes favoritos. Se acurrucaba bajo las mantas calientes y su nariz seguía por sí sola el aroma de Atenea, hasta que la encontraba y la atrapaba entre sus brazos, aún sabiendo que ella no estaba dormida. La diosa se quedaba en la cama porque lo conocía, sabía que el sonido de la lluvia lo relajaba y que los relámpagos le ponían apasionado. Tenían poco tiempo juntos, pero había aprendido un par de cosas sobre Licaón de Acadia, uno de los más fascinantes hombres que jamás había tenido el agrado de amar.
Sabía que las noches de furiosa tormenta eran especiales para provocarlo y que las frías mañanas de perezosa llovizna eran perfectas para mimarlo.
―Hoy, desayuno en la cama. ―susurraba Atenea, en su oído.
Pero sin duda, algo que les gustaba mucho a ambos, era ver la televisión entre las cobijas cuando afuera llovía a cántaros.
Y aparecía para él un variado surtido de deliciosos manjares matutinos, encendía la televisión con un pensamiento y con un gesto de la mano, cambiaba los canales hasta encontrar uno de su agrado. Cuando llovía, Licaón siempre tardaba en decidir asomar la cabeza fuera de las cobijas, era un cachorro algo perezoso. El dulce repiqueteo del agua lo adormecía aún más, pero cuando lograba espabilarse un poco, era imposible que se estuviera quieto. Sus manos buscaban incesantemente a la mujer que tenía al lado, para acariciar su piel tibia con dedos ansiosos y escabullirse bajo las sábanas a olfatearla, mordisquearla y besarla.
No tardaban en escucharse las risas de ella, y el juego pronto se convertía en una pequeña lucha oculta por las cobijas.
Ni las voces distantes de la televisión ni el delicioso aroma del desayuno esperándoles bastaba para distraerlos. A veces, no lo tocaban, y sólo se quedaban abrazados bajo las mantas, mirando vacíamente al televisor y disfrutando en silencio de la presencia del otro. Después de tanto tiempo de “no tener”, era el momento de disfrutar lo que compartían, y lo compartían mejor cuando no se decían nada. Otras veces, Licaón comía algo y se volvía a quedar dormido sobre el hombro de la diosa, ella no tenía corazón para despertarlo a pesar de que quería recibir más mimos.
Los dos se habían acostumbrado poco a poco a esa nueva vida más relajada, segura, cándida y confiada…
Y no la cambiarían por nada.
Así que Atenea se resignaba a esperar a que él volviera a despertarse, cuando se le quedaba dormido en los brazos, y se concentraba en la pantalla. No acostumbraba a pasar tanto tiempo sin hacer nada, pero había aprendido de Licaón cómo disfrutar un momento de ocio. Pasaba por varias etapas: veía los canales de noticias y tomaba nota de lo que estaba sucediendo en el mundo; pasaba al canal de las series y veía qué estaban transmitiendo en ese horario; más tarde hacía zapping entre los canales infantiles y finalmente, siempre terminaba viendo una comedia romántica. Contadas eran las veces en que se quedaba con un documental del History Channel o un impactante informe de Discovery.
Pero fuera lo que fuera, Atenea lo disfrutaba más porque un acto tan banal como reposar en un lecho cómodo un día de lluvia era mucho más interesante si tenía cerca el peso de esa persona especial que la mantenía tibia, feliz y tranquila.
De todas maneras, él no la dejaba irse, tampoco.
También estaban esos casos especiales, en que la televisión servía de música de fondo y ellos se mantenían ocupados con algo más que sólo besarse.
Algo similar sucede cuando nieva, por ejemplo. Las madres hacen chocolate caliente, pasteles y bizcochos dulces, y su aroma llena la casa. El frío se olvida, igual que la apatía y la soledad. Es tiempo de cobijas bien abrigadas, de conversaciones en voz baja, de cálidos alientos entremezclados, de amor discreto y cariño profundo, silencioso.
Hades recordaba el primer invierno en que Sissy estuvo embarazada, juntos en su casa de Nueva York, como si fuera ayer. Su preñez floreciente la mantenía radiante y hermosa, pero de alguna manera su brillo se había apagado. Casi no quería salir, ni hacer nada excepto mantenerse pacífica y atender por teléfono, internet y ocasionales visitas sus asuntos como la ayudante de Prometeo. A Hades le gustaba llegar a lo que ahora llamaba su hogar después de pasar horas y horas enterrado bajo el papeleo del Inframundo y saber que ella estaría ahí, porque había decidido volver a él y amarle. Especialmente durante ese invierno en que él aprendió a convivir con su querida Perséfone sin los apetitos de la primavera, las incandescencias del verano o las precauciones del otoño.
Ella le anticipó, y él lo recordaba muy bien, que el invierno la apagaría.
Que se volvería huraña y desganada, que su libido bajaría, y que con la carga de su embarazo de gemelas, estaría más cansada. En invierno, y la hija de Deméter se sentía decaída, adormilada. Hades estaba feliz, de todos modos. Él siempre estaba dispuesto a complacerla: chocolate en mano, se arrebujaban juntos bajo una manta tejida, en el sofá de la sala, y miraban todos sus programas favoritos.
La mano de Hades, por supuesto, siempre sobre el vientre hinchado y enorme de Sissy, en total contacto con el movimiento y las mentes dormidas de sus hijas…
Empezó a buscar películas que a Perséfone le gustaban y las veían juntos. Él nunca le había prestado mucha atención a las películas, hasta que no tuvo la oportunidad de disfrutarlas con ella a su lado. La joven lloraba de emoción, reía de alegría, suspiraba de amor, y se ponía roja de odio, apretaba los puños y chillaba, dependiendo del rumbo que tomara la historia. Y debatía con él cada capítulo o cada película, aún cuando Hades no tenía ni la menor idea de cuál era el argumento de la serie o se había perdido algún punto importante de la película por observar a Sissy y a sus incontables expresiones.
Él no era muy ducho con eso del mundo humano.
Pero amaba compartir momentos con su querida Perséfone, era su forma de resarcir un poco todos los incordios que le había causado.
A veces, apagaban el televisor y se sentaban en el sillón de mimbre cerca de la gran ventana del living, a ver nevar. A Sissy no le gustaba mucho el invierno, pero había aprendido a querer la nieve porque en cierto modo, su tacto suave y frío le recordaba a su esposo. Hades era invierno, pero también paz y siempre la hacía sentir amada, aún cuando todo estaba frío y ella no tenía ánimos para nada. Se sorprendía de que él siguiera disfrutando de pasar el tiempo juntos, aunque no hicieran más que hablar, darse algún que otro beso y permanecer al lado del otro, a veces en total silencio, sin decirse nada.
—Te he amado por más de mil años, desde lejos… ¿Cómo no voy a amarte también en invierno, si puedo tocarte y abrazarte? —le contestó él, con gran inocencia, una vez que ella le preguntó si le desagradaba que permaneciera tan fría y desganada durante esos meses de nieve— Estamos juntos, por fin. Y mientras pueda verte, tenerte cerca y hablar contigo, lo demás no me importa. Veamos tele y charlemos.
Sissy casi se había echado a llorar ante esa sinceridad.
Pero, en cambio, le había abrazado fuertemente con los ojos llenos de lágrimas y le agradeció en silencio que la comprendiera. ¡Era difícil ser ella misma en invierno, pero sin él, estaba segura de que hubiera sido otro invierno horrible, frío y quizá interminable! La honesta realidad es que cuando la felicidad es verdadera, ésta siempre busca cualquier pequeña excusa para hacerse presente, por lo menos un rato.
Lo más maravilloso es cómo encuentra ese momento, aún entre personas tan peculiares. Y cómo la magia pueda ocurrir en torno a algo tan simple como una pantalla.