La primera vez que lo vio, en la calle, no le pareció la gran cosa.
Sí, claro, sus rasgos eran atractivos y para el común de los mortales era lo más parecido a una figura divina; mas lo primero que vio no fue precisamente la belleza, sino la imponente figura de Héroe que se desprendía de él. Era un aura aplastante y feroz, oculta debajo de una apariencia igual de peligrosa. Algo que ya había sentido antes, con otros Héroes de gran calibre, pero lo de él… tenía potencial, podía llegar a impresionarla.
Hermes le dijo que el sujeto era bastante tranquilo y que era muy probable que él no tuviera relación con el asesinato de David, pero no podía estar segura de eso porque, en vez de estar poniendo un ojo sobre él como su tarea de patrono le exigía, Hermes nunca le había prestado mucha atención a las actividades de Licaón de Acadia.
Atenea apareció en el balcón, fuera del departamento, y vio las cortinas cerradas, todo silencioso y oscuro. Era muy tarde en la noche, supuso que él estaba dormido ya.
Luego se apareció en su apartamento, en la habitación en que supo que él se encontraba. Oh, sí. Estaba durmiendo, y su pose tan relajada la hizo sonreír de medio lado, con cierta picardía. Descansaba con la cara vuelta hacia a la ventana, con un brazo musculoso enroscado en una almohada larga y blanda y el otro reposando sobre su estómago, con las sábanas subidas hasta la cintura; dejando semi-expuesto un torneado cuerpo levantado a base de genética selecta y mucho entrenamiento, una Naturaleza muy distinta a la de cualquier humano ordinario.
Porque él era un ser maldito, pero…
Ahora que lo miraba mejor, maldito o no, era un sueño.
Atenea suprimió momentáneamente la energía de su aura para no despertarlo. Ya la había atenuado lo suficiente como para acercarse sin ser detectada, pero notó que él había fruncido el ceño en sueños.
“¿Puede sentirme?” pensó, extrañada y fascinada a la vez.
Su instinto de percepción era asombroso, entonces.
Se acercó, acuclillándose al lado de la cama, para observarle de cerca. El magnetismo animal de su aura de Héroe era poderoso, ¡Vamos, servía para mantener la atención de la propia Diosa de la Sabiduría y la Guerra! Atenea abrió mucho los ojos, con sorpresa, cuando lo vio relajarse otra vez; la forma en que él suspiró en total paz le hizo sonreír, en secreto.
“Quizá está soñando con algo…” se dijo, suspirando para sus adentros.
A ver, ¿Qué más tenía de interesante, además de su aura? Atenea observó con detenimiento la fuerte curva de su mandíbula y su boca entreabierta. Podía ver la punta de un afilado colmillo, asomándose bajo su labio superior. Le llamó la atención su cabello rubio y lacio, casi albino, que le caía desordenadamente sobre los ojos, cubriendo la gruesa línea de unas cejas arqueadas en una expresión siempre amenazante, dura. No es que nunca hubiera visto cabellos rubios antes, es que… nunca tan pálidos, ni tan finos. Se sintió itentada de tocarle, rozarle apenas con la punta del dedo la línea de la mandíbula, los tendones tensos en su cuello, por debajo del oído.
Licaón de Acadia, el hombre que Zeus había maldecido por su descaro y egoísmo.
Hubiera querido ver sus ojos.
Los recordaba azules, brillantes e intensos, de mirada severa y altiva. De un azul nunca había visto antes, eso sí. Se descubrió deseando que él la mirase, en ese momento, para ver de qué color exacto se veían sus ojos si les daba la luz fría de la luna…
“Pero, ¡Por favor!” se regañó la diosa, incómoda, y frunció el ceño. “No estás aquí para eso, sólo estás asegurándote de que no es el que asesinó al bueno de David. Hermes dice que no ha hecho nada malo.”
Y su hermano, Hermes, casi siempre hablaba con la verdad.
Negó con la cabeza, espabilándose, y cuando se quiso dar cuenta de lo que hacía, sus dedos ya estaban sobre el brazo de él, rozando su piel caliente en un contacto casi inadvertido, como el aleteo de una mariposa. ¡Dioses! ¿Qué era lo que estaba haciendo? Oh, sí, por supuesto. Tratando de percibir su aura con mayor precisión, ¡Eso! Si lo tocaba, tendría acceso casi total a lo profundo de su alma, a los pensamientos de sus sueños y a algunos de sus recuerdos. Inevitablemente, si quería conocer aquello que él nunca le diría en persona, tendría que acceder a sus pensamientos sin su permiso. No estaba muy segura de si le iba a gustar lo que encontrara.
Temía ir demasiado profundo en sus recuerdos y ver cosas horrendas. Conocía las historias.
Atenea conocía a Licaón de Acadia, Mnemosine (Diosa de la memoria) se había encargado de proveerle todos los informes que existían acerca de él. Los hechos sobre su vida eran una lectura fascinante y cruenta. De ser un rey magnánimo y poderoso había pasado a un hombre egoísta, cruel, obsesivo y brutal; y su último gran pecado fue enfrentar a Zeus, ofreciéndole carne humana en una cena en su honor. Zeus había enfermado de ira y como castigo, lo convirtió en una bestia espantosa, un enorme lobo negro sediento de sangre.
Por quinientos años, él y su nefasta manada habían asolado el territorio griego. Pero, sorpresivamente, dos mil quinientos años atrás, había desaparecido.
No se volvió a oír de Licaón de Acadia, aunque sus hijos y los descendientes de éstos siguieron haciendo estragos, asesinándose entre sí y arrasando pueblos, hasta que también se empezaron a calmar y se volvieron invisibles a los ojos del mundo entero. La raza “licántropa”, tal como fue llamada, se evaporó de la faz del planeta, pero el Olimpo sabía que seguía existiendo. Y aunque él se hubiera esforzado por ocultar su paradero, todo el mundo sabía bastante bien dónde estaba Licaón de Acadia.
El mismo sujeto que yacía pacífico en su lecho, frente a Atenea. La diosa prefirió no indagar en sus memorias, de pronto quiso respetarlo. Es decir, no se había vuelto a saber de que Licaón de Acadia cometiera ningún otro crimen después de la última gran masacre donde había abandonado a su manada, y no se sabía por qué los había dejado.
“… puede haber cambiado. Puede que el castigo de Padre lo haya hecho razonar, y su mente haya cambiado por fin.” Pensó Atenea, confundida.
Pero su mano no se había apartado de la piel de él y ahora tenía la palma casi del todo apoyada en su antebrazo, deslizándose suavemente hacia su mano relajada, de fuerza devastadora. Miró su rostro por un momento y luego sus labios entreabiertos, su pecho que subía y bajaba despacio y su estómago firme, tibio… estaba dormido, sí. Con cierto nerviosismo, Atenea se atrevió a acariciar con el dorso de su propia mano la piel de ese abdomen, una electricidad extraña la hizo temblar apenas. ¡Esa debía ser la energía de su aura, tan poderosa como un imán! Tal como había pensado.
Se inclinó un poco más cerca, y aspiró el aroma de su piel…
“Es verdad que es un sueño, Hermes estaba en lo cierto. Tal vez le guste, por eso habla bien de él.” se dijo la diosa, bastante complacida.
Quizá podría ser un excelente Héroe con el entrenamiento adecuado. Podría tomarlo bajo su tutela y hacer de él su Héroe personal, si quería.
Bueno, no estaba tan segura…
Ese hombre era muy deseable, se acababa de dar cuenta. Rozó inconscientemente su pecho con la punta de los dedos, trazando las curvas de sus músculos firmes y bien formados, y un estremecimiento delicioso le subió por la espina dorsal. ¡Dioses! ¿Cuánto hacía que no se encontraba frente a un espécimen como él? Fuera lo que fuera, Licaón de Acadia era justo de su talla. Se regañó en el idioma olímpico antiguo y se obligó a retroceder.
Desapareció del cuarto y apareció en la azotea del edificio, de cara al viento. Sentía el cuerpo caliente, intoxicada con el aroma a madera y sudor de aquel hombre. Algo en él le recordó a su padre, Zeus, por un instante. ¿Era ese secreto encanto varonil, tal vez? Podía ser. Porque acababa de conocer al dichoso Licaón de Acadia en persona sin tener chance de hablar con él, pero ya se sentía incapaz de olvidarse de su feroz presencia, que aún en sueños era impresionante.
¿Sería por eso que su padre le había permitido vivir, en lugar de rostizado con un relámpago?
Tal vez, para que fuera un Héroe de ensueño.
O para que asaltara los sueños de su hija, tras tres mil quinientos años de vacío.