Así como para cada licántropo es importante encontrar a tiempo a la pareja que ha nacido para ser suya, también es importante que ésta, cuando es humana, corresponda el sentimiento. Entre gente de sangre loba, el emparejamiento es absoluto y definitivo, a veces basta con una simple mirada, una caricia, una palabra. Cuando la hembra es otra criatura, sea la que sea su Naturaleza, a veces toma un poco más de tiempo. En el caso de Licaón de Acadia, su pareja resultó ser una Diosa; y Atenea estaba dichosa de tener la completa devoción de un hombre que estaría allí para ella tanto como viviera.
El compromiso asumido entre las dos partes es eterno e indestructible.
El emparejamiento menos seguro de todos es aquel en que la mujer o el hombre son humanos. El humano no tiene impresos en su genética los mismos códigos de la sangre loba y para ellos el compromiso no es algo irrevocable, ni mucho menos eterno. Los primeros años pueden ser maravillosos, pero el humano tiende a cansarse de la rutina, a perder la fe. El hombre eventualmente busca a otra mujer, y la mujer, a otro hombre. Y para ellos es muy sencillo seguir adelante, porque vendrán otras oportunidades de amar y de ser feliz, de tener más hijos. A veces duele mucho y por mucho tiempo, pero ellos se curan y continúan con sus vidas.
Para un licántropo, o una mujer con sangre de loba, no hay nada más. Si un licántropo pierde a su hembra después de haberla encontrado, se queda solo para el resto de su vida. Las mujeres de sangre loba pasan por lo mismo. Descubrir que la pareja que las Grajas han escogido para cualquiera de ellos es humana, simple y mortal es un sufrimiento permanente a muchos niveles.
Benji sabía muy bien todo eso cuando cayó rendido a los pies de Patricia, su pareja predestinada.
Era una Amazona. Orgullosa, fuerte, valiente, una maestra entre maestras, una señora guerrera. Patricia tal vez no fuera la más hermosa mujer del mundo, pero para los azorados ojos de Benji, era como la Venus de Milo; con un cuerpo fuerte y bien entrenado, ágil, diestra y astuta, generosa de caderas y de pecho, con la piel bronceada por la vida al aire libre y los cabellos muy negros, siempre trenzados o recogidos.
La única vez que Benji vio esos increíbles cabellos sueltos, fue cuando la tuvo en sus brazos, esa primera vez.
La noche que hicieron a su hijo, Barin.
Las Amazonas tenían una estricta manera de conducirse. Su hermandad era muy cerrada, en tiempos de procreación era más cerrada aún. Las mujeres en edad de tener hijos salían a buscar un hombre, para volver luego a su campamento secreto y tener a la criatura. Si era una niña, se uniría a la hermandad; si era un niño, en los tiempos antiguos, era sacrificado. Gracias a los activos emprendimientos de Prometeo, la Ley de las Amazonas había cambiado y desde hacía unos cientos de años, simplemente los daban en adopción.
Cuando Barin nació, Benji recibió una visita extraña en su bloque del campo de entrenamiento, en la finca. Una cesta, con una nota. Dentro de la cesta venía el niño, y en la nota, una orden tajante.
“Protégelo, que es tanto tuyo como de ella.”
Benji sabía bien lo que eso significaba. Alguien de la tribu había preferido devolver el niño con su padre antes que dárselo a alguien más. Porque el día en que se conocieron, ella no se dio cuenta de la criatura que él era hasta que las señales no fueron evidentes. Para Patricia, la necesidad de tenerlo como su hombre fue tan imperiosa en su momento, que se enteró muy tarde de lo que había ocurrido entre los dos. Y desapareció antes de que Benji pudiera explicarle, o detenerla. La buscó como loco, desesperado. Niké y el resto de su grupo le ayudaron, pero fue inútil. Cuando la encontraron, las Amazonas no les permitieron entrar en su círculo. Y mucho menos a él, un licántropo de la Casa de Acontes, emparejado con una de sus mujeres. Era contra la Ley.
Una Amazona nacía, vivía y moría en la causa.
Ni siquiera la gran diosa Atenea pudo intervenir en el caso.
Y Benji volvió a casa, solo. Ocho meses después, Barin llegó a su puerta. No volvió a tener noticias de Patricia desde entonces, por un largo tiempo.
Él intentó por todos sus medios criar a Barin solo, pero era imposible. El niño tenía la marca de los Betas en su piel y había sido alejado inmediatamente del primer Alfa al que respondería en su vida, su madre. El pequeño era intratable. No paraba de llorar, no comía. Se rehusaba con terquedad a aceptar el seno de una madre sustituta, o un biberón. Y se debilitaba cada vez más. Benji nunca pensó que pudiera sentir en su pecho aún más desesperación que cuando le impidieron recuperar a Patricia. Acontes le sugirió que Rosa cuidara del niño, y por un tiempo el apoyo de la hembra Alfa de su líder bastó para calmar el desasosiego de Barin.
Pero sin su madre, no era lo mismo.
Hasta el propio Licaón quiso interceder entre las Amazonas, donde Atenea no pudo. Lo sacaron a sablazos del campamento. Su intervención casi supuso un incidente con toda la tribu.
Por supuesto que nada de esto ocurrió sin llegar a oídos de Patricia.
Ella se enteró, y se angustió. Con su primer varón, a la edad de dieciocho años, no había sido difícil. Las Amazonas no dejaban que las madres vieran a sus hijos recién nacidos hasta que no se supiera si eran niños o niñas. Y a los niños, jamás se los dejaban ver. Los retoños eran descartados automáticamente y entregados a familias adoptivas muy lejos de los territorios de la tribu, para que sus madres nunca les conocieran. Pero aunque no había visto el rostro de Barin, Patricia nunca estuvo más desesperada por tener a su hijo en sus brazos que hasta el momento en que le anunciaron que era varón, y que ya se lo habían llevado. Nunca había llorado tanto. Estuvo en peligro de ser degradada de su cargo por mostrar tales emociones hacia un producto descartable, como era un niño varón para las mujeres guerreras de Artemisa.
No podían controlarla.
Patricia estaba enloquecida por tener a su niño con ella.
No pudieron retenerla en la tribu por más que un año, y cada vez era peor
Escapó muchas veces. Las matriarcas jamás habían tenido entre manos un caso como el de ella, quien de ser una hermana ejemplar se había transformado de la noche a la mañana en una transgresora. La castigaron duramente por todos sus deslices, pero aún así Patricia no dio brazo a torcer. Hasta que se convenció de que la única forma de obtener lo que deseaba era presentando su renuncia formal al Código, y un buen día anunció que quería dejar la hermandad.
Fue escandaloso. Para ellas era muy difícil de comprender.
Las Amazonas no se habían dado cuenta, pero si Acontes lo hubiera visto, les habría explicado que ese era el vínculo entre un licántropo y su pareja verdadera. Que lo que Patricia sentía era vacío y dolor, porque estaba lejos de su familia. Era justo lo mismo que Benji estaba sintiendo. Y ella había tardado mucho tiempo, desde que viera a ese joven por primera vez, en rendirse a sus encantos y aceptar lo que el Destino tenía preparado para los dos. Empezaron a pagar juntos por los caprichos de las Grajas, y por la estricta sociedad de las guerreras.
Aunque la Gran Madre aceptó la renuncia de Patricia, el castigo era el mismo. Para abandonar la hermandad, debía ser mutilada por su deshonra.
Los búhos de Atenea trajeron la noticia al clan enseguida. Y para cuando la Casa Principal se enteró de lo que había ocurrido, Patricia ya estaba de camino hacia donde ella sabía que Benji vivía. Él la detectó antes de que llegara a destino, tenía la inconfundible presencia de su otra mitad. La encontró en el bosque, en un estado terrible, debilitada por la pérdida de sangre y con la cabeza rapada toscamente... lo que más le impresionó fue la espantosa mancha de sangre en su pecho, de una herida mal vendada y la sensación patente del dolor físico que ella sentía, repercutiendo debajo de su propia piel.
Ella era su hembra, su mujer, su todo, y estaba sufriendo.
Benji llegó con la mujer malherida a la casa principal de la finca del clan, para que la viera Atenea. Panacea y Asclepio fueron llamados al mismo instante, y los Dioses Médicos pusieron todo su esfuerzo para ayudarla. Ella había pagado el precio por dejar a las Amazonas, le habían quitado sus orgullosas trenzas y uno de los senos. La herida mal curada en su pecho se había infectado en los días que Patricia llevaba viajando, sola, adolorida y sin comer. Y aunque era una Amazona y su fortaleza era impresionante, aún era humana y tenía un límite.
Los Dioses Médicos pudieron salvar a la mujer, cicatrizar todas sus heridas de la manera más rápida y quitarle el dolor. La mantuvieron dormida durante unos días, y también a Benji, para que no siguiera sufriendo. Pero la determinación de él era tan poderosa que los sedantes que le inyectaron apenas bastaron para amodorrarlo y se resistió a alejarse del camastro donde su mujer reposaba.
Después de tanto luchar, de tanto extrañarla...
No pensaba dejarla sola.
Panacea consideró que Patricia podía despertar cuando hubo pasado una larga semana, la herida de su seno amputado estaba ya cicatrizada. Benji quiso que lo primero que ella viera cuando abriera los ojos, fuera a su hijo. Así que cuando la Diosa Médica tocó la frente de la guerrera y le ordenó despertar, él estaba a su lado, con el pequeño Barin. Un niño fuerte y saludable, quien en pocos días cumpliría su primer año. Apenas la vio despertar, Barin empezó a chillar, estirando las manos hacia ella. La reconocía aunque jamás la hubiera visto, su instinto lobuno le mandó buscar el rostro de su madre, su cuerpo, abrazarla, olerla y lamer su piel, demostrarle su cariño, su respeto. Patricia era la Alfa de ese pequeño Beta, hasta que creciera y se volviera el fiel seguidor de su padre y de sus generales.
Patricia lloró como nunca en su vida al recibir al niño en su seno, abrazándolo con toda la fuerza de la que era capaz sin lastimarle, y no le importó sentir dolor por la herida de su pecho. El dolor no era nada comparado con la felicidad que sintió, cuando los pudo abrazar a los dos y besar sus rostros y derramar lágrimas sobre sus pieles, más dichosa y orgullosa de ser una mujer de lo que jamás había estado de ser una guerrera.
Benji se sintió completamente libre de corresponder a ese llanto, de susurrar todo lo que no le había podido decir antes. La terquedad de ella les había ganado, una vez, mas él no se acordaba de eso. Para él, lo único que importaba en ese momento era que estaba con su adorada Amazona, el amor de su vida, y que Patricia había descubierto la importancia del lazo que los unía.
Que por fin eran uno, los dos juntos.