Todo parecía estar bien.
Hacía un calor agradable, el clima era inusualmente seco en esa época del año y el sol se colaba por la gran ventana de piedra, echando sus rayos tenues entre las hojas de los árboles sobre el nido de pieles que funcionaba de cama y de manta al mismo tiempo. Todo estaba más que bien. El aire era fresco. Los pájaros trinaban, afuera.
Entonces, ¿Por qué no se despertaba?
¿Por qué no abría sus ojos, y la miraba como antes?
Euphemia sintió que iba a llorar de nuevo.
Él estaba echado de lado sobre las pieles, con un brazo caído por el borde de la improvisada cama y la mejilla aplastada sobre la suave lana. Ese apilado de cueros de cordero y tocones de madera había sido su lecho y hogar por más de cien años y era cómodo, lo suficiente como para que pudiera descansar. Ya llevaba más de una semana así. Los primeros cinco días habían sido críticos. Panacea, cediendo a las súplicas de Femy, había acudido a prestar su ojo experto y ni siquiera ella fue capaz de ocultar su impresión cuando le vio.
A la herida, primero.
Y a él, en segundo lugar.
Femy estaba acostumbrada a estar rodeada de gente bella.
Supuso que nunca terminaría de acostumbrarse a la belleza de Kyle. Él era hermoso en todos los sentidos, por fuera. Por dentro tenía muchas fallas, como todo el mundo; pero era más fácil aceptar sus defectos si uno simplemente se dejaba perder en el denso tono turquesa de sus ojos grandes y atentos, casi hipnóticos. Y no podía ver sus ojos, porque él estaba inconsciente desde hacía diez días. Esa vez, Femy lloró en silencio, sentada en el frío piso de piedra del castillo abandonado, y le acarició despacio el brazo que caía hacia el suelo, desde el hombro hasta la articulación de la muñeca.
Kyle, o, como lo conocían los indígenas… Amurshaya.
Su sublime belleza sólo era opacada por su sed de sangre.
La herida que Panacea la Diosa Médica había atendido era muy importante. Tan importante, que él no podría cambiar a su forma humana hasta que no hubiera cicatrizado por completo: una laceración de cuatro zarpas paralelas sobre el costado derecho del cuerpo, que empezaba en sus costillas y continuaba rodeándole el torso hasta la cintura, terminando en su espalda, a la altura de los riñones. Panacea había tenido que afeitar toda la zona afectada, despojándolo de su delicado pelo gris y negro para poder curarlo, y luego colocarle un fuerte vendaje. Desde que lo habían colocado boca abajo sobre los cueros de cordero, Kyle no se había vuelto a mover.
Ni siquiera su cola, que cuando él estaba feliz, se retorcía elegantemente.
Ella miró el cuarto una vez más. Rústico, gris y apagado. No había personalidad en las paredes o el escaso mobiliario hecho con ladrillos de piedra. Ni un dibujo, ni una pista de quién vivía allí. A Kyle no le gustaban las cosas que pudieran recordarle su pasado como humano. Lo único que había, a montones, eran pelotas de estambre de colores variados, algunas deshilachadas, arrinconadas en las esquinas de la habitación. Como la que Femy tenía sobre el regazo y sostenía contra su estómago para no perderla.
Una pelota de estambre rojo, perfumado.
La había elegido pensando en él y se la había traído como un obsequio, para que jugara cuando se despertara.
Había investigado un poco sobre sus orígenes. Kali, quien había echado la maldición sobre Kyle, se había rehusado a hablar con una diosa de otro panteón y Euphemia Hefestida tuvo que hacer las cosas por su cuenta. No le costó mucho, ella era una magnífica reportera y pronto tuvo en sus manos las respuestas que quería. Había tanto en él que resultaba tan fascinante, que la información nunca le parecía suficiente... pero no quería tener que preguntarle a Kyle directamente.
Los felinos son orgullosos por naturaleza. Egoístas y solitarios. Y así era él a veces.
Tras muchas averiguaciones, Femy coincidió en algo. Era tan hermoso como raro.
En su forma humana, era un joven de cabellos agrisados, con todo el porte de un engatusador. Era un solitario cazador, un mago errante, un acróbata sin miedo, un luchador sin techo. Femy se había quedado boquiabierta al verlo, la primera vez, pues no se creía que existiera alguien tan o más bello que el propio Adonis y el esposo de su tía, Atenea, mezclados. Pero ella no lo conoció como humano. Por accidente lo había captado con su cámara en su forma bestial, que era aún más bella y exuberante.
El tigre maltés, o tigre azul, siempre fue un rumor en China. En 1910, un explorador inglés había escrito un libro sobre un viaje en el cual había avistado y perseguido a uno de esos magníficos seres. Era como los OVNIS; siempre salía algún campesino a decir que había visto uno, pero nadie podía probar que existieran. Tigres enormes, con el pelaje cenizo y franjas negras en vez de naranja o blanco… parecía una locura.
Pero Kyle, o más bien, Amurshaya, era un tigre maltés.
Un Hombre-Tigre, quizá sería la definición más correcta.
Sus manos eran gigantescas. Sus dedos terminaban en garras retráctiles, que sólo mostraba cuando iba a atacar. Nunca se las había exhibido a Femy en malos términos. Porque aunque era un gato bravucón, vanidoso y bastante poco interesado en nadie que no fuera él mismo, jamás había sido descortés con ella.
Era un caballero inglés, antes que una bestia con colmillos.
Femy se limpió las lágrimas con la manga de su suéter y acarició la pelota de estambre un rato, hasta que el cansancio la venció y apoyó la cabeza en la tibia lana de cordero, al lado de él. Observó con tristeza el elegante perfil de su corto hocico felino, sus largos bigotes blancos, sus labios negros, apenas entreabiertos… sus colmillos eran gruesos como dedos, enormes. Sus ojos seguían cerrados. Kyle respiraba, pero no estaba allí con ella.
Tragó saliva, angustiada, y luchó por no seguir llorando.
Discretamente, le tocó la nariz húmeda con la yema de los dedos. Por lo menos, no tenía fiebre.
Eso la hizo sentir un poco mejor. Apoyó la mejilla sobre su grueso brazo cubierto de pelo rayado, acariciándose la piel con su suave pelaje, y deslizó su mano libre para tomar la pesada zarpa de él, apartándola del piso frío. Colocó la zarpa sobre su regazo y le acarició los dedos con paciencia, sintiendo bajo la piel sus nudillos fuertes, los pliegues de carne y cartílago entre los que se ocultaban sus gigantescas uñas ganchudas. Él le había dicho una vez que era una lástima no sentir nada en esa forma; sus palmas y la parte interna de sus dedos estaban revestidos con gruesas almohadillas de piel oscura y dura, insensible. No tenía sentido del tacto, pero…
Observó sus orejas laxas, echadas hacia atrás.
Panacea decía que estaba dormido, descansando.
Para ella, que llevaba ya tanto tiempo cuidándolo, era como si estuviera en coma.
Ese pensamiento la puso triste otra vez. Se frotó la mejilla contra su brazo, para absorber la calidez de esa piel tan suavecita, y estiró la mano libre para acariciarle la cabeza, como si fuera su gatito mascota. Todo él era inmenso, corpulento y podía ser una máquina de matar…
Pero con ella era bueno. Y atento.
—Por favor, Kyle, despierta… —le rogó ella, entre susurros angustiados, con los ojos llenos de lágrimas— Despierta, te lo suplico. No puedes morirte… ¿No quieres otra pelota de estambre, para tu colección? Es roja… como te gustan.
Femy deseó tener fuerzas para seguir llorando.
Quería que despertara, y le hiciera más trucos de magia. Que la mirase con ese fanatismo tan hipnótico, que le ronroneara en el oído como cuando intentaba seducirla en broma, que se frotara las mejillas en su hombro y desarmara postes con sus garras. Quería verlo bien y sonriendo vanidosamente.
Después de todo, él había salvado su vida, arriesgándose sin necesidad. Femy apoyó los labios en el brazo de Kyle:
—Por favor, por favor… despierta. —volvió a decir.
Y cuando por enésima vez miró su precioso rostro felino, fuerte y anguloso, lo vio mover los bigotes, y en el aire flotó el débil sonido de un ronroneo…