Lo más hermoso que Licaón había visto en todo el mundo, era su hija Niké.
Tenía muchos otros hijos, nacidos hacía miles de años cuando era un cruel humano y no los merecía. Pero en aquellos momentos, en su terquedad y obsesión por la guerra y el poder, no los había apreciado como debía y se había perdido las infancias de todos ellos, o de ver cosas tan bellas y cotidianas como un baño de esponja, o los primeros pasos, o una sonrisa que ilumina miradas. Al pensar en lo feliz que era de tener a Niké, sentía un hueco en el corazón cuando recordaba a todos sus otros hijos.
Una vez, Licaón de Acadia había sido un gran rey. Conocido más por sus maneras tiránicas y su ferocidad en el campo de batalla que por su inteligencia para reinar...
Cuando fue maldecido por Zeus con esa forma bestial, su familia se volvió en su propia contra en poco tiempo y tuvo que huir de ellos. Aún tenía un hijo fiel, Acontes. Uno de los temores de Licaón era que con el nacimiento de Niké, Acontes y los suyos se sintieran desplazados o rebajados de alguna manera por la nueva bebé; celosos, ya que él como líder del grupo e hijo del Alfa Supremo, a pesar de todo, nunca había sido muy apreciado por su propio padre.
Pero eso era antes. Antes de que las cosas cambiaran.
Licaón miraba atrás y lamentaba muchísimo haber pasado de él en su infancia. Acontes lo sabía.
La vida del antiguo rey había dado muchos grandes giros en los últimos veinticinco siglos, y mucho más en el último año de esa larga existencia. No era poca cosa. Había atravesado situaciones imposibles, incomprensibles para él, y de ser nada, se convirtió en el todo de alguien. De un ser sombrío, salvaje, solitario y desdichado, había pasado a ser una persona importante otra vez, pero, más que todo, había vuelto a ser UNA PERSONA. A SER algo más que un monstruo. Y todo se lo debía a ella.
O más bien, a ellas dos.
Acontes demostró que su carácter blando y comprensivo no había cambiado en nada a pesar de todas las iniquidades sufridas, y la manada recibió con gran alegría la noticia del nacimiento de su princesa, Niké de Acadia. Lejos de pensar en la niña como una amenaza de cualquier tipo, fue una gloriosa fiesta para todos y una nueva esperanza para el linaje entero.
Para Licaón, su hija era todo un nuevo génesis.
La oportunidad perdida de volver a vivir al máximo y tener razones para hacerlo.
Atenea podía decir que él era su todo, pero Licaón siempre diría que ella y la preciosa Niké eran su cosmos completo. Y ese nivel de compromiso, esa obediencia y esa lealtad mayúscula, eran efectos de su nuevo pensamiento, consecuencias directas de todo lo que había aprendido entre los humanos, mezclándose con ellos. Conocer a Atenea sólo le dio chispa a una mecha que ya estaba preparada para encender. Acontes fue el primero en notar que su padre era una nueva persona, totalmente distinta al hombre que no había estado ahí cuando él era un niño.
Por eso, quizás, decidió salir de las sombras y buscarlo.
Eran tiempos felices para la manada. Nunca mejores.
Y todo lo que Licaón deseaba de su vida era seguir vivo para poder despertar un día más al lado de su pareja y de su hija. Allí estaba su paz. Atenea estaba ocupada, pero se aseguraba de dejar libres sus amaneceres para estar allí cuando él abría los ojos, para que fuera lo primero que él viera.
Y nunca lo decepcionaba.
En esas gloriosas mañanas, el olfato era lo primero que le guiaba hacia el aroma de vainilla y caramelo de las ropitas y los perfumes de Niké. La niña siempre dormía con él, ya que su madre apenas volvía unas horas en la madrugada y estar protegida entre los brazos de su padre ayudaba a que no notara la ausencia de Atenea. Luego de abrir los ojos, Licaón encontraba al alcance de su nariz, a unos centímetros de distancia, el rostro sonriente y radiante de la diosa y la pequeña que descansaba sobre su pecho, segura y cómoda. Esa imagen valía la primera sonrisa de su día, estuviera lloviendo o soleado.
Le hacía pensar en cuán afortunado era realmente.
Después de darse una ducha venía lo mejor; salir del baño y encontrar a Atenea amamantando a la niña. Licaón juraría que el mundo se volvía rosa por unos minutos. No existía el frío, ni el dolor, ni el hambre, ni el mal, ni el sufrimiento... nada.
Licaón perdía gustoso horas de su día sólo viéndolas.
Niké era una bebita exigente, reclamaba comida cada dos horas con la puntualidad de un reloj. Verla alimentarse era una de las experiencias más enriquecedoras de su día, no dejaba pasar ni una sola oportunidad. La niña pedía leche con unos pequeños sonidos animales que Atenea ya sabía responder, y le ofrecía su pecho con rapidez. Niké de inmediato buscaba el pezón con la nariz hasta encontrarlo, y era asombrosa la facilidad con que se prendía y comenzaba a mamar. Sus manitos pequeñas, rechonchas y de deditos cortos se apoyaban por instinto sobre la piel de su madre, presionando el pecho para que la leche fluyera hacia su boca con más facilidad. Un espectáculo bellísimo.
Él solía recostarse al lado de las dos y las observaba como poseído, enamorado de su alegría y dulzura. Diría que era la definición perfecta de la paz.
Un estado supremo de iluminación, orgullo y perfección.
De alguna manera, así como la piel de Atenea tenía un cierto brillo que delataba su divinidad, la pequeña Niké irradiaba ese mismo resplandor cuando estaba en contacto con su madre. Esa conexión entre ellas era tan absoluta como el lazo de sangre que compartía con su padre.
Tan preciosa, tan suya...
Atenea sonreía cuando lo miraba a él y le besaba la sien, la mejilla, le acariciaba despacio el rostro con los dedos, calmando sus emociones a flor de piel. Era lógico. Ella también se sentía reventar de orgullo.
—Es hora de dejar de llorar de alegría y empezar a sonreír, ¿No crees? —le dijo la diosa, una vez— Niké está entre nosotros, es sana y hermosa. Y estoy muy feliz de que estemos juntos.
Para Atenea, después de haber perdido a tantos hijos, Niké era un milagro. Acontes y la manada la adoraban, la pequeña semidiosa era un faro de esperanza y progreso para ellos.
Sin embargo, ninguno de ellos tenía suficiente capacidad de percepción para entender en todas sus dimensiones lo que Licaón sentía cada vez que veía a su hija o cuando la sostenía en sus brazos, la besaba en las mejillas, lamía su piel para fortalecerla o le daba de comer con el biberón. Eran sus tareas. Sus momentos de paz, donde no pensaba en lo que tenía que hacer fuera de casa, los peligros que podían estar acechándoles o en todos esos enemigos que tan abiertamente habían jurado destruirlo a él y a su familia. Cada vez que estaba en contacto con Niké, era feliz.
Tenía que hacer ciertas distinciones, es verdad: Atenea era la mujer de su vida y tenía el primer lugar en su corazón. Pero Niké le estaba empezando a sacar ventaja, era muy difícil no tener una momentánea preferencia cuando estaba con una o con la otra. Una cosa no cambiaría nunca: con cualquiera de las dos estaba en casa, a salvo, y en paz.
Relajado, completo, se sentía amado y necesitado, otra vez había gente en su vida que dependía de él, y de quienes él también dependía. Tenía una familia, algo que no creyó posible volver a disfrutar.
Se dormía en su cama, con su hija, o en los brazos de su divina esposa, envuelto en su calor y su amor incondicional.
Sólo en su hogar era completamente él, su nuevo yo.