País Relato - Autores

melisa s. ramonda

momentos

La vida está hecha de pequeños pedazos.
Es interesante que, al final del día, no recordemos todas las horas pasadas sino esos fragmentos del tiempo que tuvieron alguna importancia, que dejaron su huella en el reloj. Como cuando se espera ansiosamente algo, y se obtiene, no se recuerda la interminable espera sino la gratificación de tenerlo. O cuando hay alegría, no recordamos los momentos tristes, de tensión o dolor.
Cuando se está enamorado, casi todos esos fragmentos del día son felices.
Como el día en que Panacea consiguió que Celina, la que consideraba la mujer de su vida, le diera la señal tan esperada.
Una diosa olímpica podía tomarse ciertas libertades, y más la Diosa Médica. Celina era una mujer extraordinaria, Panacea se había sentido atraída por ella casi desde el primer momento en que la conoció. Y verla trabajar con tanta pasión y dedicación, tan desinteresada, ayudando a todo el que se le pusiera en frente si estaba dentro de sus posibilidades... era más que inspirador. Celina no era médica sino enfermera; pero tenía el corazón de una leona. Las dos pasaban bastante tiempo juntas en el hospital, atendiendo guardias larguísimas, extenuantes, y se habían hecho buenas amigas.
Con el tiempo, la Diosa Médica dejó de verla como a una amiga y empezó a desear su compañía más de la cuenta. Pensaba en Celina, y la extrañaba cuando no podía verla. Muchísimo. Empezó a saltarse sus días libres para que coincidieran con los de ella, así podían organizar alguna salida juntas... su extraordinaria resistencia física empezó a levantar algunas sospechas en el personal del centro médico, a tal punto que el propio director le pidió que se hiciera exámenes de sangre, por si usaba drogas para mejorar el rendimiento.
Tuvo que dar un paso atrás, entonces. No quería asustar a Celina. Aunque siempre estaba el temor, por supuesto, de que ella no correspondiera.
Pero Panacea sentía que estaban hechas la una para la otra.
Se resistió a ir a consultarle a Afrodita porque le parecía una tontería. Respetaba en grande la misión de la Diosa del Amor, pero no era muy adepta a prestarle atención a sus predicciones. Si le hubiera dado una oportunidad...
No necesitaba armarse de valor, fue y simplemente le dijo.
Eso. Que estaba enamorada de ella, y le gustaría salir en plan de algo más que una amistad. Celina se quedó de piedra cuando oyó aquello. Y la mujer salió un poco menos que corriendo, sólo porque estaban dentro del hospital cuando eso sucedió. Panacea se quedó bastante triste y enojada consigo misma, resistiéndose a creer que Celina no sentía nada por ella.
Que una mortal pudiese rechazar a una diosa.
A la mañana siguiente fue a trabajar, como siempre.
Y ella no se acordaba bien cómo empezó aquel maravilloso día, en realidad, pero puntualmente recordaba tres cosas: hacer su café en la cocina del hospital, y ver a Celina entrar y saludarla como si nada hubiera pasado, con un beso en la mejilla como todos los días; luego encontrar un bellísimo ramo de rosas rojas, perfumadas, en el escritorio de su oficina, y más tarde, Celina diciéndolee cuánto la amaba bajo las luces del estacionamiento, cuando el ajetreo de cada una por fin les permitió encontrarse otra vez. Y era suficiente, porque todo lo demás carecía de importancia. De veinticuatro horas, ella sólo recordaba escasos diez minutos, pero los diez minutos mejor aprovechados del mundo.
Fragmentos de tiempo, que prevalecen sobre todo lo demás, que "pesan" más que los demás. Hay gente que conserva fotos de ellos, otras, sólo se aferran a los recuerdos.
Incluso para los dioses, que cuentan con todo el tiempo del mundo, sus vidas se componen de piezas desencajadas de las que sólo quedan memorias lejanas. Para ellos, que tienen memoria infinita, es más provechoso almacenar esos pequeños fragmentos uniéndolos con personas especiales, porque los rostros están ligados al tiempo. A veces, inevitablemente, los rostros también se pierden.
Aquella que los guarda a todos muy bien, por si un día los necesitan, es Mnemosine.
En el aniversario de la muerte de Otto, una de sus antiguas parejas, Prometeo se acuerda de dos momentos muy especiales, porque los demás se desvanecen lentamente aunque no se los olvida del todo. Intenta recordar qué día fue el primero, pero precisaría un poco de ayuda extra. Se acuerda de cuando nació uno de los sobrinos de Otto y viajaron para conocerlo.
Ver a Otto cargando a esa criatura tan pequeñita le hizo pensar en la idea de adoptar. La felicidad que sintió en él le llegó muy adentro, le contagió de la más increíble forma. Entendió el deseo de él de tener un hijo propio, y la pena que le causaba no poder lograrlo. Comprendía de sobra cuánto le amaba ese hombre, pero comprendía que su situación no les permitía procrear un bebé de los dos. Gea no los había hecho para eso.
No era un impedimento, los humanos lo habían sabido sortear con la adopción.
Un niño humano, común y corriente.
Para que Otto fuera feliz, para subsanar un poco el daño que llevaba grabado en el alma, por los hijos que había perdido con Atenea. Ya que su pareja no conocía el otro lado de su persona, su rol como Dios Contrario, podían seguir con esa vida humana, simple y a la vez compleja, y avanzar hacia el siguiente escalón. Prometeo llegó a creer con gran convicción que esa sería la última vez que se enamorase, sabía que si perdiera a Otto no querría volver a pasar por ese dolor de nuevo.
Ya habían sido demasiadas veces. Dejar a Atenea había sido una de sus decisiones más difíciles, y tomada a medias.
Y entonces, tuvo aquel accidente, y su cuerpo murió.
Los momentos de Otto quedaron todos vacíos, ambos eran hombres mayores cuando eso pasó. Ya no se podía volver atrás, eso era lo malo del tiempo.
De pocos meses después de su “renacimiento”, Prometeo tiene presente otro gran momento que nunca podrá olvidar. Hermes lo visitó de improviso, en Calais, y le anunció que Otto estaba muy enfermo. Dejó todo lo que estaba haciendo para ir a verlo... y fue en avión. Por capricho, por la costumbre humana, porque así era Otto, de hacerlo todo a la manera difícil. No se acuerda de nada del vuelo, ni de la airada conversación telefónica que tuvo con Thanatos para pedirle por favor que no dejara morir a ese hombre hasta que él no hubiera llegado...
“¡No te va a reconocer!” le había dicho Thanatos, furioso.
“Sí lo hará. No he cambiado en nada.” insistió Prometeo, y con eso lo convenció.
“... terco como una maldita mula. Bien. Lo tienes.”
El único fragmento de ese último día que Prometeo aún lleva en sus pensamientos es la habitación de terapia intensiva y Otto en el camastro, conectado con fragilidad a la vida con cables y un respirador. Pálido, macilento. Su corazón ya no daba para más.
No se acuerda de quiénes estaban allí (algunos sobrinos y sobrinos nietos, y el único hermano que aún le quedaba con vida a Otto) ni de las caras de espanto que pusieron al ver a ese joven tan apuesto y bien vestido agacharse al lado de la cama.
Tampoco sabe qué hora era.
Lo más importante de ese recuerdo, es que Otto abrió los ojos cuando sintió que le tomaban la mano. Prometeo le sonrió. Se dio cuenta de que el otro no lo reconocía, pero le dio gusto que le sonriera, débilmente, por lo menos. Estaba muy sedado. Lo último que hizo por él fue darle un beso en la frente, sobre sus infinitas arrugas y poner la mano en su pecho, sobre ese corazón dañado, en un gesto que era muy suyo, muy de los dos.
Al apartarse, encontró de nuevo los ojos del anciano y quiso creer que él había reconocido por lo menos el gesto...
Un par de horas más tarde, el médico lo había declarado muerto. Pero Prometeo no se acuerda de eso, porque él no estaba allí cuando lo anunciaron.
Mnemosine le ha guardado, con cariño, todos los demás fragmentos de su vida con Otto en un libro enorme, hermoso y que Prometeo lee de vez en cuando. Todas las anécdotas del hombre que amó, en un solo volumen ilustrado con fotografías viejas, donde sus vidas avanzan al mismo ritmo, y envejecen juntos. Y tampoco son más que fragmentos, porque aunque Mnemosine podría recordar todos los segundos de la vida de ellos juntos, sabe que no es necesario...
Porque la vida plena se construye con fragmentos, pequeños momentos.