Con el ceño fruncido, Atenea se dio cuenta de que o tenían un ratón gigantesco en la casa, o alguien estaba robándole las galletas de su frasco secreto. No le hubiera molestado el asunto si no fuera porque tenía miedo de las consecuencias que pudiera provocar la desaparición de esos bocadillos, o el efecto de las galletas en sí.
Es decir, porque no eran galletas cualquiera.
Por eso las ponía en un frasco secreto.
Esas galletas las hacía especialmente para ella y su esposo, para momentos aún más especiales. La masa se hacía con una mezcla secreta específica de cosas que le había pasado Afrodita, además de harina, huevo, manteca y un poco de aceite, llevaba seis tipos de afrodisíacos olímpicos diseñados para generar diferentes tipos de efecto en la persona que los ingiriera, según el estímulo que recibiera después. No es que ni Licaón ni ella los necesitaran, a Atenea le gustaba “variar” un poco las cosas en su intimidad.
Licaón le había dicho mil veces (y se lo había demostrado otras tantas) que no se iba a cansar jamás de ella, pero bueno, tampoco es que a él le desagradara el efecto de las galletas.
Después de comer una, y de pasar una noche con su esposa, dormía todo el día siguiente hasta el atardecer. ¡Eran unas galletas realmente muy poderosas! Así y todo, había que tener cuidado con esas cosas, eran un poco adictivas y la misma Atenea reconocía que no estaba segura de lo que podía suceder si alguien comiera demasiadas.
Tampoco estaba claro cuántas galletas eran "demasiadas".
El principal temor de Atenea era que los gemelos hubieran encontrado el frasco. Eran incurables, comían a cualquier hora y cualquier cosa que encontraran; pero aunque las galletas no tendrían el efecto que deberían tener en ellos por su corta edad, eso no quitaba que pudieran ocurrir otros daños colaterales. ¿Cómo se iba a quitar la culpa de encima si por su descuido, los gemelos quedaban estériles o algo peor?
¡Tenía que encontrarlas, o a quien se las había robado!
Revisó toda la casa, fingiendo que limpiaba con su poder sobrenatural, para encontrar rastros de migas o alguna pista que le llevara a resolver el misterio. Podría haber consultado a alguno de los oráculos, o haber pedido ayuda para ver lo que había sucedido con su preciado frasco, pero el desafío era personal. Cuando le pusiera las manos encima a quienquiera que hubiera cometido la fechoría…
Frustrada, la Diosa de la Sabiduría y la Guerra se dejó caer en un sofá, en la sala, y miró al techo con mala cara.
—¿¡Dónde podrá estar!? —se preguntó, molesta.
Tal vez debiera contárselo a Licaón y pedirle que usara su nariz. ¡No! Argh, ¡Qué furiosa estaba!
No le costaba nada cocinar, hacer otra tanda de sus galletas especiales y guardarlas en un sitio más secreto aún, pero lo que la preocupaba era el destino del frasco actual. ¿En qué manos había caído? ¿Quién podía haberla visto esconderlas, si sólo ella y Licaón tenían conocimiento del escondite?
Licaón se dio cuenta de que algo no iba bien durante el almuerzo, pero no quiso hablar; Atenea parecía enojada y triste. Sabía que ni muy tarde ni muy temprano ella le hablaría sobre lo que la aquejaba. Pero ni a la merienda ni pasada la cena ella dijo nada; seguía ensimismada, limpiando la casa como si tuviera que pasar algún tipo de examen. Licaón apagó la televisión cerca de la medianoche, y revisó que todos sus hijos estuvieran durmiendo (Niké desparramada en la cama, era tan desordenada para dormir como su madre; y los gemelos uno al lado del otro, en la misma cama grande), y fue a acostarse.
Encontró a su esposa sentada en el colchón, con su camisón de conejitos, con las piernas cruzadas y la cara un poco larga.
Se sentó junto a ella y le besó el cuello, para reconfortarla.
—¿Qué sucede? Luces decaída. —le hizo notar, serenamente.
—Ay, Licaón… algo terrible ha pasado.
Atenea se volvió a mirarlo, angustiada, y le acarició el rostro con las manos, buscando su tibieza para consolarse. Él se puso tenso al instante, y la miró con los ojos muy abiertos:
—¿Terrible? ¿Terrible, cómo? —preguntó, alarmado.
Ella se inclinó y apoyó su mejilla contra la de su esposo, para susurrar:
—Alguien nos ha robado las galletas.
—… ¿Las galletas?
—Sí, ya sabes… las galletas secretas. —Atenea lo miró de costado, y le guiñó un ojo con complicidad— ¿Las de Afrodita? Esas que comemos cuando quieres…
—¡Oh, esas galletas!
Licaón sonrió ampliamente, mostrando los colmillos con picardía. Medio segundo después, frunció un poco el ceño y se puso muy serio, entendiendo el malhumor de su esposa en un santiamén. Le frotó un poco la espalda, para reconfortar sus pensamientos tanto como su cuerpo, y le besó la oreja, tratando de ser lo más comprensivo posible.
—Bueno, no te preocupes tanto. —aconsejó, con paciencia— Ya van a aparecer, estoy seguro.
—Pero, ¿Y si los gemelos las tomaron?
—Creo que nos habríamos dado cuenta, siempre les duele mucho el estómago cuando comen cosas mágicas, ya sabes…
—¡¡Por mi padre!! ¿¡Te imaginas lo que podría pasarles!? —ella se volvió y lo miró con histeria, zarandeándolo por el cuello de la camiseta— ¡¡Licaón, podríamos dejar a nuestros hijos estériles de por vida, todo porque somos un par de lujuriosos que no saben cuándo detenerse!!
—Hey, yo sé cuándo detenerme.
— ¿Ah, sí? —Atenea lo miró con los ojos entrecerrados.
—… bueno, ¡Ése no es el punto! Ya aparecerá el culpable. —gruñó él, un poco colorado, y miró en otra dirección— Te apuesto lo que quieras a que se las robó Hermes, sabes que él siempre está revolviendo la cocina en busca de comida preparada por ti, no por nada es el patrono de los ladrones.
—¡Mi hermano no haría eso!
—¿Qué cosa? ¿Robarte o molestar?
—¡Ambas!
Licaón sonrió de nuevo y le robó un beso. Pero no un beso cualquiera, sino uno largo, pacífico y profundo, como a ella le gustaba. Atenea gimió contra sus labios, algo acalorada, y dejó que él la llevara sobre las mantas, a la comodidad del colchón.
—Te preocupas demasiado. —insistió Licaón, dulcemente.
No le costó mucho hacerla sucumbir. Siempre bastaban uno o dos besos para que ella se rindiera a sus encantos, y terminaban rodando entre las sábanas como dos jovencitos. Después de un poco de pasión arrolladora que siempre se sentía tan mágica como la primera vez, Atenea se durmió tranquila en los brazos de su esposo y no se enteró de nada más.
Él abandonó la cama una hora después.
Licaón salió al balcón, donde su contacto le esperaba, oculto en las sombras.
—¿Y bien? —dijo el misterioso hombre en penumbras— ¿Las tienes?
—Toma, Hermes. Pero no vuelvas a pedírmelo de nuevo, Atenea casi lo descubrió esta vez. Si tengo problemas con ella por tu culpa, te juro que…
—¡Sólo dame las galletas! —se quejó el otro, irritado.
—¡Tranquilo! ¿Recuerdas lo que te dije? Comer demasiadas podría hacerte daño. Creo que ya te está afectando. Si algo te llega a pasar, yo voy a tener la culpa, ¿Te das cuenta?
Hermes le quitó el frasco y desapareció en el aire.
Con un bufido, Licaón volvió a entrar a la habitación y se acostó al lado de Atenea. Le besó la frente, aún algo nervioso, para constatar que ella no se hubiera despertado. El misterio de las galletas perdidas no podía ser develado, o corría peligro de sufrir un severo castigo…