Atenea despertó en mitad de la noche con la piel cubierta de sudor y una horrible sensación en el cuerpo. Había tenido una pesadilla extraña. Quizá una visión de lo que vendría. ¿Qué había pasado? Ah, sí. No percibía el cuerpo de su esposo detrás de ella, ni el cómodo calor de sus brazos rodeándola. Todavía un poco atontada, hizo a un lado la ropa de cama y al mover la mano sobre el lado izquierdo del colchón, lo notó frío y vacío. Se volvió rápidamente a ver, y también halló las frazadas movidas a un lado.
¿Dónde estaba Licaón?
Él nunca se levantaba sin que ella no lo notara. Se acarició la curva del vientre, ya casi a punto de dar a luz, y su miedo hizo que su bebé se removiera.
Asustada, cerró los ojos y respiró profundo en un intento por escuchar si él estaba en el baño o en la cocina. El departamento era pequeño, no había forma de que no lo oyera. ¡Pero siendo tan humana, se sentía tan vulnerable y desposeída! El corazón empezó a latirle muy rápido y el miedo se esparció en sus venas con cada descarga de adrenalina. Se bajó de la cama y buscó la bata para cubrir su cuerpo desnudo. Abrió la puerta y encontró todo oscuro en el living y el comedor.
—¿Licaón? —lo llamó, con cautela— Licaón, ¿Estás aquí?
No hubo respuesta.
Encendió las luces y encontró todo en orden, tal como lo habían dejado antes de irse a dormir. Pasó sobre la suave alfombra de peluche gris, esa que tanto significado tenía para los dos, y fue directamente hacia la cocina. Todo seguía en el mismo lugar. Miró hacia la puerta de salida.
Los cerrojos no estaban puestos.
Tampoco estaba la llave en el colgador.
¿Licaón había salido?
¿¡A las tres de la madrugada!?
El miedo volvió a atenazarle el pecho con una punzada de dolor, y regresó a su cuarto buscando el celular, para llamarlo. Desde que había renunciado a su poder para dar a luz a un bebé sano, se sentía tan pequeña y frágil que necesitaba de la presencia de Licaón todo el tiempo, ¡Cómo le temblaban las manos mientras marcaba el número que sabía de memoria! Esperó a que hubiera tono, y luego…
El ringtone del teléfono de Licaón sonó en el living.
— ¡Lo dejó en casa! —gimió ella, adolorida y nerviosa.
¿A dónde podía haber ido él, sin avisarle?
Salió de la habitación y fue de nuevo al living, a sentarse en el sofá. Encendió la televisión, para que el ruido de las voces la distrajera del silencio espectral del departamento, y se abrazó a un almohadón. Subió las rodillas al sillón, hasta donde el tamaño de su vientre se lo permitió, y se acomodó de lado. Aunque sus ojos estaban fijos en la pantalla, no podía dejar de notar las sombras de las cortinas que se proyectaban como dedos fantasmales. Cerró los ojos por un momento, se concentró en su respiración y en Bebé, que seguía inquieto.
¿Por qué Licaón no le había dejado una nota, al menos?
No podía ser que ella, la Diosa de la Sabiduría y la Guerra, se sintiera así. Pero es que tras seis meses de hacerlo todo al modo humano, sin poderes especiales ni habilidades que facilitaran las cosas, había llegado a depender mucho de él. Licaón era su cable a tierra, así como él decía siempre que ella era su todo. No estaba acostumbrada a necesitar a una persona como lo necesitaba a él.
Cuando Licaón se iba a cubrir alguna misión con Hermes o Hades, era igual.
Se sentía morir, esperando a que él volviera sano y salvo.
Los latidos se le elevaron hasta las nubes cuando el viento silbó contra la ventana y por el resquicio del postigo entreabierto, movió las cortinas. Se cubrió los oídos con las manos y cerró los ojos con fuerza. Se tiró en el sofá y se hizo un ovillo, protegiendo a su bebé con las piernas.
Hasta que el dolor le hizo abrir los ojos, y se llevó las manos hacia el vientre.
Una contracción.
El espasmo muscular le hizo gritar; aunque no era la primera vez que sentía una contracción en su vida, sí era la primera vez que lo experimentaba siendo una simple humana. ¿Cómo podía una mujer mortal soportarlo? ¡Y apenas era una de las primeras! ¡Ay, Dioses!
Se quedó muy quieta en el sofá, acariciándose el vientre en círculos, hasta que el dolor mermó. El alivio empezó a invadir sus músculos tensos con lentitud hasta que finalmente desapareció el sufrimiento.
Respiraba como le habían enseñado en el curso, sólo por si acaso. ¿Bebé quería nacer, ya?
—… pero si aún faltan unas semanas. —se dijo, muy bajito— ¡No, Niké, por favor! Preferiría que nazcas cuando papá esté aquí para verlo.
Haciendo un poco de esfuerzo, se incorporó hasta sentarse derecha. Otra vez tenía sudor en el cuerpo y sentía el corazón en las sienes. Se levantó, despacio, para ir hasta la mesa de la cocina. Pensó en llamar a Panacea para que fuera a hacerle un poco de compañía, para que le quitara los miedos…
¡Pero no quería a Panacea!
Al único que quería tener cerca ahora era…
Una llave traqueteó en la cerradura. La puerta de entrada se abrió lento al principio, y luego más rápido cuando el intruso notó que las luces estaban encendidas. Licaón entró y la vio allí de pie, pálida y sudorosa, con los cabellos revueltos y los ojos llenos de lágrimas. Cerró la puerta de una patada y corrió hacia ella, más blanco que un fantasma.
— ¡Atenea! —la abrazó justo cuando ella experimentó otro calambre que le atravesó el estómago de lado a lado. Al escucharla gemir tan adolorida, él la tomó en sus brazos y la levantó— ¿Qué te pasa, princesa?
Ella no le pudo contestar en ese momento, pero por la forma en que se agarraba el vientre, él entendió.
Y abrió mucho los ojos, impresionado.
— ¿Ahora? —tartamudeó, mientras la llevaba al sofá.
Atenea negó con la cabeza, exhausta.
—No, aún no… es muy pronto. Tiene que ser muy pronto. —dijo, mientras se aferraba a su cuello un brazo como tenaza, reacia a dejarlo ir de nuevo. Lo miró con los ojos vidriosos, como si no lo reconociera— ¿Dónde estabas?
—Hermes tenía una emergencia. Pero ya está solucionado.
— ¿Por qué no me avisaste?
—¡Te avisé! Te sacudí un poco y te lo dije, me contestaste “genial” y volviste a dormirte. ¿Qué más iba a hacer? Sólo sería media hora. Y hasta volví antes. —le explicó, con paciencia. Tomó el celular que estaba sobre la mesita ratona, el teléfono que había dejado, y marcó rápidamente el número de Panacea mientras se agachaba en el piso para que Atenea pudiera seguir abrazándolo, asustada y temblorosa—… tranquila, princesa. Ya estoy aquí, no te va a pasar nada malo. Tranquila.
Ella cerró los ojos y enterró el rostro en su hombro, aliviada.
—Cuando me desperté y no te vi, me asusté mucho. Nunca me habías dejado sola de ese modo.
Era una mentira. Sí lo había hecho, varias veces, pero ella nunca había estado más asustada que en ese momento. Se abrazó a él con los dedos como garras, a pesar de que ya se sentía a salvo y feliz de nuevo.
—Ni lo volveré a hacer, bella, te lo prometo. —susurró, en su oído, y luego se volvió hacia el teléfono— ¿Panacea? Disculpa la hora, pero… Houston tiene un problema.
Atenea no pudo menos que confiar en su palabra, su instinto le decía que podía confiar en él, lo amaba demasiado.
Y lo necesitaba como al aire.