País Relato - Autores

melisa s. ramonda

mano

Thanatos es grande. Muy grande. Enorme.
En su forma humana es un hombre temible, y en su forma semi-animal, un lobo gigante con los ojos plateados como la luna. El más grande de la manada, el lobo Beta de la hembra Alfa. Un titán entre los suyos, que no tenía problemas para darle miedo a nadie, si necesitaba hacerlo.
Pero había que ver que con su hembra Alfa, era muy distinto.
Él podía ser todo lo grande que quisiera, pero Niké siempre era MÁS GRANDE.
Ambos eran orgullosos licántropos: ella, magnífica princesa, la única hembra de la especie con la habilidad de convertirse a la forma animal por la herencia mágica de su madre, la diosa Atenea. Él, también probablemente un príncipe de su casta, pero renegado a fin de cuentas, escapado y perseguido, que había terminado en los terrenos del Alfa Supremo por casualidad, para dar con ella.
Thanatos había hallado a su pareja perfecta y Alfa en Niké, mucho antes de darse cuenta de lo que era eso o de entenderlo en su totalidad. Y Niké supo, quizá desde el primer momento en que lo vio, grande y orgulloso, con los colmillos desnudos y el pelaje gris cubierto de lodo, que Thanatos era la criatura más fascinante que en su vida hubiera tenido la gracia de conocer. A los dos les fascinaba la forma animal del otro. Su belleza era sublime.
Pero sabían que era más disfrutable la forma humana, donde no tenían garras con las que podían lastimarse, y una piel desnuda que besar. Sus colmillos tenían otros usos no tan agresivos, más placenteros. Una sonrisa, un beso. Ella tenía muy bien aprendido todo lo referente a su macho, empezando por las cosas que no le gustaban y las que lo ponían más feliz, y luego, siguiendo por lo que a ella le gustaba de él.
A Niké le gustaba su sonrisa y sus ojos, y también su altura.
Esa que la hacía sentir tan pequeña e indefensa al lado de él, y tan a salvo, cuando cualquiera de los dos era capaz de cuidarse solo. Es que cuando la encerraba entre sus brazos se sentía en una jaula impenetrable, cuando sus manos la sujetaban era imposible escaparse de él. Thanatos sabía bien eso, y abusaba un poco de la facilidad con que Niké se rendía. Perfectos el uno para el otro.
Sus manos, esas enormes manos curtidas capaces de romper huesos… un estremecimiento recorría el cuerpo de la chica al pensar en ellas.
Había visto a su pareja hacer muchas cosas con esas manos. Saludar a su padre con un apretón aplastante, algo que a Licaón le dejaba contento. Arreglar cosas en la casa, con su habilidad para investigar el cómo y el porqué de todo, y hacerlo él mismo. En sus tiempos de soledad había aprendido a hacerlo todo, especialmente cocinar. Y ella lo había visto cortar verduras con una velocidad asombrosa; destazar un venado con paciencia china, limpiar la piel y ponerla a secar. Y también lo había visto usar esas manos como puños o garras para luchar.
—… son el doble de grandes que las mías. —le dijo una vez, cuando contemplaba la diferencia de tamaños entre sus manos. Thanatos tenía la palma abierta, ella puso su mano encima de de él para medir cuánto de sus dedos podía abarcar. Muy poco, se dio cuenta— Eres un gigante, en verdad.
—Tú eres muy pequeña, que es distinto. —la bromeó él.
—No soy pequeña.
—Sí lo eres. Y quedamos en que eso es más que perfecto.
Ella volvió a mirar sus manos juntas. Las de Thanatos eran ásperas, sus palmas tenían una textura muy callosa similar a las almohadillas que les revestían la cara interna de los dedos, en sus formas lobunas. Una piel endurecida por el trabajo y el tiempo viviendo a la intemperie, entrenando, luchando. Y él decía que adoraba las manos de su chica por su pequeñez (pero igual de feroces, cuando quería) y la suavidad de su roce, tan divino y siempre tranquilizador.
Desde que la voz de Niké era la única que oía y su persona la única que veía, toda ella se había convertido en su tesoro más preciado, y no había absolutamente nada de la muchacha que no le pareciera perfecto.
—La perfección aburre. —repuso Niké, con nerviosismo.
Thanatos guardó silencio un momento, pensativo, y le besó la mejilla. Afianzó mejor el abrazo en que la tenía encerrada, con la espalda de ella apoyada sobre su pecho mientras veían llover desde los escalones del porche, y al cabo de unos segundos, le dijo:
— ¿Cuánto hace que estamos juntos?
—… seis meses. —respondió la chica, con paciencia.
—Y aún no me aburrí todavía, ¿Cierto?
—¡Pero sólo han sido seis meses! ¡Ven a decírmelo dentro de cincuenta años, después de que tenga los veinte hijos que quieres! No me verás tan perfecta entonces, estoy segura.
—… tus manos seguirán siendo igual de pequeñas.
—Eres imposible.
—Eso sí.
Él se rió, y le besó la mejilla, le apretó un poco los dedos. Eran delgados y pequeños entre los suyos, pero eso le gustaba porque podía abarcarla entera con una sola mano. Miró con tranquilidad las uñas bien cuidadas de Niké, recordando cómo se sentían arañándole la piel, y le gustó aún más que no las tuviera tan largas porque su roce se sentía como una caricia agresiva y delicada a la vez.
El brazo que la sostenía por la cintura se movió, su enorme palma asentó sobre el vientre tranquilo de la chica. Aún vacío, es cierto, pero pronto esperaba que contuviera a su primer hijo. ¿Y en sólo seis meses de conocerla? No. Entre los lobos era así, ella iba a ser su pareja hasta que la muerte los separase, no necesitaba saber nada más acerca de Niké para considerarla perfecta para ser su mujer. Se habían conocido y emparejado en menos de tres días.
Aún tenían la vida por delante, es cierto.
Thanatos había aceptado ser Beta enseguida. Cuando una lealtad es tan absoluta que es irrevocable, y un amor es tan fuerte que es irrompible, no cuesta aceptar la realidad. En otro momento y con otra persona, quizá, se hubiera resistido. Pero con Niké no hubo necesidad. Se rindió desde el primer instante en que la chica le puso encima una de esas pequeñitas manos e intentó someterlo con ellas.
Dos bestias, y ninguna bella. Pero con un final feliz, igual.
—En serio que eres un gigante. En todo sentido. —ella se movió y le dio un beso en la mandíbula, a la sumisa manera de una hembra entregada, arrebujada contra su calor firme y siempre confiable— Pero no dije que eso fuera un problema. Es que me encanta, y me sorprende a la vez.
Volvió a mirar sus manos unidas, y entrelazó sus dedos con los de él, cerrándole el otro brazo también sobre su vientre.
—¿Te sorprende?
—Me hace preguntarme si todos los hijos de Phallas son igual de grandes que tú. ¿O tuve la suerte de encontrar al más alto, apuesto e inmenso de todos? Porque me siento muy afortunada ahora mismo. —se rió ella, vengativa. Provocar los infantiles celos de Thanatos era un buen deporte, él se ponía como un chiquillo con eso— No pasaré frío en el invierno si tengo tanta piel de dónde servirme.
—Más te vale que sólo sea eso.
Niké se apartó de su abrazo rápidamente, y se arrodilló de frente a él en el escalón, con un puchero. Lo miró un poco ofendida durante unos instantes, mientras disfrutaba por dentro de las diferentes expresiones que Thanatos iba tomando a medida que pasaba el tiempo y ella no le decía nada; de sentirse agraviado a incómodo, de incómodo a molesto, de molesto a angustiado, y al final, a gemir como un animalito salvaje, un cachorrito abandonado en una noche oscura, bajo una lluvia torrencial; hasta que ella no pudo resistir más y le devolvió los gemidos, angustiada por igual. Le acarició los labios con el pulgar, antes de regalarle un beso suave, conciliador.
—Te amo, grandote. —le dijo, en un suspiro sonriente— No te enojes.
—Yo también te amo, te perdono por ser tan astuta. Siempre sabes qué decir para hacerme obedecer. —gruñó él, complacido— No uses tus privilegios de Alfa conmigo, no necesitas hacerlo…
—Ya no digas más. Abrázame con esas manos tan grandes que tienes, abuelita, y no me dejes ir nunca-nunca, nunca jamás.