País Relato - Autores

melisa s. ramonda

lápiz

A Sissy le gustaba mucho dibujar.
Ella era capaz de hacer dibujos sobre cualquier superficie, con cualquier otra cosa que tuviera a mano. Sobre la mesa, si la taza de café dejaba un aro húmedo, ella hacía una flor. En la ventana empañada, ella creaba todo tipo de enredaderas con la punta del dedo. Con un pote de cátsup plasmaba una rosa sobre la hamburguesa, antes de cerrarla con otra capa de pan. Con una birome sin dueño, sobre una servilleta usada. Con un marcador indeleble, sobre la piel de su esposo…
Hades era un fanático de sus dibujos, aunque nunca se lo había dicho.
Él, que tenía siglos observándola, se había enamorado de su preciosa Perséfone sólo observando sus quehaceres; y la veía dibujar cuando estaba pensativa. En ocasiones, ella pintaba. Usaba un lienzo y bellos colores. Luminosos, alegres. Como ella misma era. Sus pinturas siempre reflejaban lo que sentía, así como las plantas que brotaban involuntariamente a su alrededor.
Por eso, él siempre se aseguraba de dejarle un lápiz y un papel a mano, donde Sissy pudiera verlo, para que fuera libre y creara.
Y cuando ella no dibujaba usaba ese lápiz para sostenerse el cabello, en un nudo alto sobre su nuca. Ahí la cosa cambiaba. Él no sabía bien qué era, pero cada vez que veía esa porción de piel desnuda debajo de su cabello, con ese lápiz atravesado, toda clase de ideas escandalosas le llegaban a la mente. La mayoría nunca las concretaba, pero era la provocación más silenciosa que jamás había conocido: la nuca de Sissy, al descubierto, para él.
Invitándole a acercarse.
Por lo general, iba hasta ella y la sorprendía con un beso en el cuello, justo en el nacimiento de sus cabellos que siempre olían a deliciosas flores, y Perséfone reía, encogiéndose un poco de hombros por la frialdad de su tacto. A veces, le dedicaba un par de besos de más, y eso era todo. Le parecía un poco exagerado de su parte sentirse tan excitado por la visión de una nuca, solamente.
Pero no era cualquier nuca, ¡Era la nuca de Sissy!
Dioses del Olimpo…
Ése día, apareció en la cocina con los hombros cansados. Estaba muy tenso. Hacía varios días que no tenía oportunidad de pasar más de cinco minutos con su esposa ni para charlar, con las ocupaciones de él por la Reforma que estaba implementando para subsanar su pronta ausencia “casi total” en el Inframundo; y las tareas de ella como madre de gemelas, y asistente de Prometeo. Estaba irritado por la necedad de Zeus y la estupidez de Poseidón. Angustiado, porque aún no era seguro si seguiría reinando en la Tierra de los Muertos desde la superficie, temiendo ser obligado a dejar a Perséfone y a sus hijas sólo para seguir manteniendo un balance, como debía hacer.
Así que estaba hasta la coronilla.
Sissy estaba terminando de decorar con grandes fresas muy rojas un bonito pastel de crema, que Atenea le había enseñado a hacer. No se volvió a mirarlo, de tan concentrada que estaba, pero lo saludó:
—Hola, querido. —le dijo, con tono alegre— ¡Por fin llegas!
Hades iba a saludarla, cuando se volvió a verla.
Y lo primero que vio, fue el dichoso lápiz amarillo enredado en sus cabellos rubios, sosteniendo un peinado alto que le dejó ver la tibia y blanca piel de porcelana de su nuca. Su corto vestido de verano, con coloridas flores rosadas, delicadas y hermosas. Ella no debería darle la espalda así, viéndose tan bien.
En lugar de decir algo o hacer algún gesto, él se desapareció el saco, la camisa y la corbata con un simple chasquido de dedos.
Sissy percibió el brusco cambio en su aura y se quedó helada cuando sintió las manos de él sobre sus caderas, sus labios fríos en la nuca.
—… hmm. Yo también te extrañé. —repitió ella, sonriendo con dulzura.
Hades le contestó con un gruñido ininteligible y la diosa percibió una sonrisa en el beso. Al mirar de reojo, vio un fuerte hombro desnudo muy cerca del suyo, y se extrañó. ¿Y eso? No era lo único. Llevó sus manos algo sucias de crema hacia atrás; las yemas de sus dedos encontraron la firme dureza del estómago de él, casi pegado a su espalda. Tragó saliva, sorprendida. De pronto, él la empujó contra la mesada y tomó con la punta de los dedos ese lápiz amarillo, deslizándolo fuera del peinado.
Los cabellos rubios de Perséfone se desmoronaron sobre sus hombros y espalda, como una cascada color miel.
Y con la goma del lápiz, Hades trazó una línea espiralada sobre la mejilla de Sissy.
—¿Sabes que este lápiz tiene suerte? —susurró él, sobre el oído de su esposa.
—¿Ah, sí?—tartamudeó ella, con las manos apoyadas a cada lado del pastel que tenía delante. Cerró los ojos, extasiada, cuando al mover sin querer las caderas para acomodarse mejor, percibió el deseo de él en la parte más baja de su espalda— ¿Por qué?
—Porque contigo todo el día. —murmuró Hades, mientras le separaba los cabellos de la nuca con el lápiz, para encontrar su piel otra vez. Le dio un beso, que la hizo estremecer de pies a cabeza— Lo envidio profundamente.
Deslizó la punta del elemento de dibujo bajo la barbilla de Perséfone, y como si fuera la hoja de un cuchillo, lo apretó contra la piel de ella, obligándole a alzar la cabeza en sumisión.
—No tienes por qué. Soy toda tuya.
—Oh, ¿En serio?
Mientras sostenía el lápiz en la garganta de ella, sin hacerle daño, su mano libre viajó sobre la cintura y la cadera de la joven, hasta encontrar el borde de su vestido de verano. Levantó despacio la falda, acariciándole la piel con delicadeza, y con un solo roce de sus dedos, hizo desaparecer la ropa interior que Sissy llevaba para mimarla sin barreras. Siguió levantando la falda hasta que la tuvo completamente a su merced, y tras apartar el pastel de su camino, llevó a Perséfone hacia la mesada, hasta que ella pudo apoyarse en sus codos. La sostuvo en esa posición usando el peso de su cuerpo. En un chasquido de dedos, le desapareció el vestido, y al instante siguiente, sus pieles desnudas estaban en contacto casi total.
Pero el lápiz…
Hades usaba para torturar dulcemente a su esposa: con el lado de la goma, trazaba dibujos erráticos y torpes sobre su pecho, rozando sus pezones, mientras él le recorría la nuca y la espalda con besos. Sissy arqueó su cuerpo para él de manera involuntaria, invitándolo a tomarla.
—Toda… tuya. —repitió, echando la cabeza hacia atrás, para hablarle al oído.
Él tomó el cumplido como invitación: apoyó una mano sobre el vientre de la mujer, antes de empujar apaciblemente detrás de ella, abriéndose paso en la suavidad de su interior. Increíble. Siempre se sentía como si hiciera años que no le hacía el amor. Perséfone gimió, con la cabeza recostada contra el hombro y la mejilla de su marido, y se abrió más para recibirlo, extasiada.
Las caricias saltarinas del lápiz le hacían respingarse entre hipos de placer.
La llevó hasta el cielo y la hizo regresar, sin mucho más que sus besos, la ardiente invasión de su cuerpo y el torpe roce de un lápiz contra su piel, en la propia cocina de su casa y apoyados contra una mesada fría, pero cómoda.
El lápiz quedó en el olvido, pero lo de ellos no.
Abandonado en el piso, aquel trozo de madera ahuecado y relleno con grafito fue testigo de muchas cosas, que por respeto a una pareja tan adorable, no hace falta repetir. Presenció la prueba más contundentes del amor que se tenían, cuando la necesidad emocional del otro se traducía en un deseo físico incapaz de controlar. Y fue intenso, más que otras veces, aunque no la más intensa de todas (que sucedió cuando ambos aceptaron amarse con sinceridad). Apenas un elemento de dibujo, manipulado por mil manos, que tenía mucha suerte y de ese momento en más, significaría muchas cosas especiales para ellos dos.
Cada vez que Hades hallaba ese objeto en una mesa, sonreía.
Y cada vez que Sissy quería “decirle algo” en especial a su marido, se hacía un peinado alto y lo sostenía atravesándole aquel lápiz amarillo… y se ponía un vestido de verano, corto y suelto, de preferencia.