País Relato - Autores

melisa s. ramonda

la caída de un rey

Había vapor muy caliente y aromas deliciosos. Aceites y olores tan lujosos que estimulaban la imaginación de mil maneras distintas. El aire sofocaba, humedecía la piel y los cabellos. Había una enorme pila de mármol negro llena de agua perfumada. Oro y maderas de tierras lejanas; piedras talladas, diamantes relucientes. Las molduras eran espléndidas, con detalles de guerreros y fantásticas conquistas. Había estatuas de piedra blanca, de personajes ilustres, quizá divinos. Para ser solamente un baño, era un lugar magnífico.
Era el baño privado del rey.
Las risas de las mujeres, juguetonas y desinhibidas, llenaron el ambiente por un momento, y luego sus voces se hicieron susurros ansiosos mientras el murmullo del agua que agitaban con sus juegos cubría lo que decían. El vapor se disipó un poco, entre tanto movimiento de cuerpos, y el chapoteo inusual del agua anunció que ya todos iban a salir. Más risas.
Las jovencitas se movieron a su alrededor, risueñas.
Recibieron con miradas ansiosas al hombre; su rey. Amo y señor absoluto. Él era alto entre los guerreros de su reino, y quizá fuera más conocido en toda Grecia por su crueldad que por su sabiduría para reinar. Era un exponente en ambas cosas, pero la gente sólo lo recordaba por sus cruentos trofeos de guerra, los que se exhibían en los límites del reino para que cualquier invasor se lo pensara dos veces antes de planificar un ataque.
Las veinte doncellas de su servicio personal lo miraban con admiración fingida, con sonrisas falsas. El rey era un hombre magnífico, un espécimen todavía envidiable a sus casi cincuenta años. Tenía quince esposas y cincuenta hijos, y se esperaba que siguiera tomando esposas y haciendo herederos, porque era bien sabido que tenía con qué a pesar de ser ya mayor. Varias de esas doncellas conocían más de su rey que sus propias esposas, pero…
De él, todos temían dos cosas: el poder de su mirada, y el de sus grandes puños.
Las hermosas jóvenes abrieron un camino para él, hacia el vestidor. El rey encabezó la marcha, dirigiéndose hacia los grandes espejos gemelos, y mientras ellas se acercaban con su túnica negra de honor y los pertrechos de su armadura dorada, contempló su reflejo en esas prístinas superficies perladas.
Sus ojos siempre eran lo primero que llamaba la atención.
De un azul profundo, cristalino y cambiante. Podía ser oscuro cuando estaba envenenado de ira, y más claro, encantador, cuando la felicidad lo embargaba. Esto último ocurría poco. Y más desde que empezaba a notar su vejez. Frunció peligrosamente el ceño al notar las arrugas que poblaban su rostro, dándole el aire aguerrido y temerario frente al que todos temblaban.
Incluso sus propios hijos.
Una doncella se acercó y recortó un poco sus rizos negros, y tras secarle con una toalla, sin mirarle, le colocó una corona de laurel hecha de oro. La muchacha luchó valientemente contra el temblor de sus manos, tratando de poner la corona en su perfecto lugar; era difícil maniobrar con los hambrientos ojos del rey encima y con sus manos recorriéndole los pechos…
Otra se acercó a colocarle la túnica, y una tercera traía sus sandalias doradas. Todas pasaron por un trato similar. El rey era exigente con las esclavas, siempre controlaba que no engordaran mucho y las cambiaba cada dos por tres. No quería tener en su lecho mujeres de más de treinta años, para cuando sus esposas no estaban de humor para un juego en grupo.
Un jovencito, de unos dieciséis años de edad, apareció detrás de las blancas columnas de mármol tallado vestido con túnicas de gala y el cabello negro adornado con oro. Se apoyó en la columna y observó un momento el trabajo de las siervas, pero le puso más atención al rostro duro del hombre…
—Padre, él ya está aquí. —anunció el chico.
—Te dije que no entres a mis aposentos, Acontes. —tronó la voz del rey, mirándolo con ojos atravesadores.
El muchacho se despegó de la columna y retrocedió un paso.
—… lo lamento mucho, padre. Perdóname. —le dijo, y bajó inmediatamente la cabeza. Sus ojos azules, idénticos a los del rey, miraron el piso de mármol negro— El sumo sacerdote dice que no deberías hacerle esperar, o podrías tener un problema.
—Que el sacerdote se vaya a la mierda. Soy el rey, y él es mi invitado.
—… pero, padre…
—Acontes.
El chico alzó la cabeza ante el tono cariñoso en que el rey había pronunciado su nombre. Sintió que la alegría crecía en su pecho, por un instante…
—¿Sí, padre?
—Te vas a ganar veinte azotes si no te largas, muchacho. Parece mentira que ya de grande tenga que seguir corrigiéndote por ser tan estúpido. —le dijo el rey, con la misma voz cariñosa con que había pronunciado su nombre antes. Luego, su expresión tan paternal se volvió violenta y el fuego azul en sus ojos reverberó de ira— ¡Muévete! ¡Deberías estar preparándolo todo en mi lugar! ¡No puedo creer que el día que me muera, un pobre imbécil como tú estará en el trono!
El joven Acontes de Acadia retrocedió unos pasos, atónito, y salió corriendo despavorido.
El rey se volvió hacia los espejos y vio el tono rojo que la piel de su rostro había adquirido con el esfuerzo de tener que gritarle al mocoso. Ese niño. Hélix sería mucho mejor rey que él, sin duda. O Phallas. Pero Acontes era su primogénito, le gustase o no, y por lo menos era inteligente. Tenía excelentes calificaciones de todos sus maestros y era un guerrero excepcional aún a su edad…
Lástima que confiara tanto en su propio padre.
Con una sonrisa torcida, el rey disfrutó de las atenciones de las doncellas hasta que estuvo vestido y pertrechado, y tomó el casco de metal oscuro que la última joven le ofreció.
Salió de los baños, se encontró con sus guardias personales y varios de sus generales. La comitiva encaró en dirección a la parte más lujosa del palacio, un gigantesco salón de mármol luminoso y con columnas gruesas, de pisos relucientes. Acontes y otros dos muchachos apenas un año más jóvenes que él caminaban al final de la fila. Hélix era uno de ellos, un joven de rasgos afilados y rostro muy blanco; y Phallas el otro, con los rizos oscuros largos y algo desordenados, más alto y corpulento que Acontes a pesar de ser menor que éste. Los tres se parecían mucho a su padre, a pesar de ser hijos de diferente madre.
Las muchas esposas del rey esperaban sentadas en dos filas a los lados de una mesa baja de mármol blanco exquisitamente servida; y sus otros cuarenta y siete hijos detrás de sus respectivas madres, o en los brazos de éstas. La mesa servía a la vez de camino al trono, por lo que el rey subió los pocos escalones y se encaminó hacia el otro lado, estampando sus pies en el espacio medido para que él pudiera pasar con total confianza y lucirse ante sus súbditos. La música y el júbilo hacían un ambiente festivo de verdad. Había una celebración. El olor del incienso quemándose en los braseros, de la comida, del vino… el rey aspiró esos aromas tan gratificantes con gran deleite, orgulloso. Muchas mujeres danzando, personalidades importantes del reino y sus más leales generales y lugartenientes.
Los observó a todos al pasar, con paciencia y vanidad. Hasta que volvió sus ojos hacia el frente.
Divisó al sacerdote del templo de pie junto al trono.
Y un imbécil sentado en el que era SU trono.
Por poco y no le dio un ataque de caspa al ver eso. Ah, debía ser su invitado. Se detuvo a pocos pasos de distancia, después de llegar al pie del palco donde estaba alojado el trono, y se agachó en una pequeña reverencia. La música se detuvo entonces. Al menos, agacharse era lo mínimo que alguien como él debía hacer cuando se estaba en frente del rey de reyes.
El Rey de los Dioses, más bien.
Zeus, dueño del trueno y el rayo, amo y señor del Olimpo.
—Mi señor. Es un honor que haya venido a visitarnos. —saludó el rey, entre dientes.
—Llegas tarde, Licaón de Acadia. —contestó su invitado, mirándolo con un poco de molestia— Pensé que la intención de este banquete tuyo era negociar los favores de los Dioses, no hacerlos esperar.
El rey levantó la cabeza, serio como una roca.
Oh, así que ya lo había adivinado. Pues bien. El Olimpo generalmente no daba nada de por sí, mucho menos Zeus, si no recibía algo a cambio de sus dones. Tener el refuerzo de Ares en la próxima guerra era un trato que debía negociar con el padre de éste, y Zeus le había exigido algo que, al principio, creyó que no podría pagar. El sólo hecho de pensar en ello le hacía sentir deshonrado, a él, que era tan posesivo sobre lo que era suyo…
El Señor del Olimpo le había pedido a todas sus hijas.
Licaón de Acadia tenía doce hijas, la mayor de apenas quince años. La más pequeña había nacido hacía unos días. Zeus quería llevárselas, para que las dríades las criaran y las convirtieran en serviles doncellas. ¿Cuál había sido la frase? Ah, sí. El sacerdote a través del cual el Dios le habló, en el templo, le dijo que “siendo él un hombre tan hermoso y con esposas tan bellas, sus hijas no serían menos que fabulosas”. Todo el mundo sabía perfectamente que el Rey de los Dioses tenía una debilidad que no podía contener por poseer mujeres hermosas, fueran quienes fueran.
El sacerdote le aconsejó cumplir su parte si quería seguir adelante con el plan.
Se lo pensó.
Después de todo... eran mujeres.
Los vástagos del sexo débil no le servían para otra cosa que no fuera para casarlas con un rey al que necesitara aliarse o como forma de premiar a sus generales; y más si resultaban todas igual de bellas que su hija mayor. Cuando participó a sus esposas de las condiciones del trato la mitad de ellas se negaron, entre lágrimas y gritos, y tuvo que usar la fuerza para someter a las demás porque se lanzaron sobre él con los puños en alto. Tenía mujeres bravas en su haber, que no lo amaban ni disfrutaban estar con él, pero a todas las sabía controlar de alguna manera.
El comportamiento de sus esposas le ayudó a decidir.
—Me disculpo por la impertinencia. —dijo, a regañadientes.
Se volvió a erguir y Zeus sonrió.
—¿Qué es esto? ¿No estábamos celebrando mi visita? —comentó el Dios, ante el silencio imperioso de la sala. Aplaudió brevemente y los instrumentos se soltaron enseguida de las manos de los músicos para tocarse por sí solos— Así está mucho mejor, me parece.
Ante el asombro, los concurrentes también aplaudieron y exclamaron. Licaón sonrió con falsedad, tratando de mostrarse un poco más “animado”.
Zeus no le parecía nada impresionante. Los sacerdotes y sacerdotisas de sus templos decían que su aura se sentía como una corriente eléctrica que atravesaba el cuerpo, pero él no percibía más que una arrogancia con la que podría sentirse identificado. No, no era más que un hombre común para él, aunque sí había algo que le molestaba; era la sensación de que ese hombre que parecía también algo viejo y de sonrisa salvaje podía aplastarlo con un dedo.
Se sintió… ¿Intimidado, quizá? Pero nunca atemorizado.
—… se ha sentado en mi lugar, señor. —le hizo notar Licaón, severo.
—Oh, ¿Este es tu lugar? —repuso Zeus, con los ojos muy abiertos, fingiendo inocencia. Su mirada azul lo desafió a insistir— Lo siento, pensé que lo habías preparado para mí, en mi honor. Ya sabes, por eso de que no todos los días los mortales pueden regocijarse de compartir una comida en compañía del Señor del Olimpo…
El rey levantó la barbilla, pero no borró la sonrisa.
La mandíbula le tiritó de rabia.
—No quisiera decir que se ha equivocado. —dijo, en lugar de soltar lo que realmente estaba pensando— Puedo sentarme en otro lado por hoy.
Cuando Licaón tomó asiento, las nodrizas entraron para llevarse a los niños y hacer más lugar para que los generales y demás invitados se sentaran con comodidad. La música continuó cuando los músicos pudieron recuperar sus instrumentos, pero el rey se distrajo un instante cuando su mirada se cruzó con la de una de sus hijas. Las niñas sabían a dónde las llevaban las nodrizas: las pondrían más hermosas que nunca para cuando el Señor de los Dioses enviara a sus emisarios a buscarlas.
Pudo jurar que había lágrimas en los ojos de las chiquillas.
Una incomodidad horrible le atenazó el estómago, pero se olvidó de ello en cuanto una sierva le puso una copa con vino en la mano y una bandeja con comida por delante. Por unos momentos, mientras el sacerdote y sus asistentes abanicaban al Dios con palmas de oro, el rey de Acadia observó a su invitado con los ojos llenos de veneno. Era tal y como los muchachos decían: ¿Y qué pasaba si no era la gran cosa?
Bueno, a nadie le quedaban dudas de que los Dioses eran muy poderosos.
Pero hasta ellos podían ser asesinados, con el arma correcta.
¿Y si encontrara una forma de matar a un Dios y robarle su poder? Es decir, ellos ERAN y punto. ERAN DIOSES.
Nadie podía explicar exactamente cómo habían aparecido o por qué eran tan poderosos. Licaón no se explicaba por qué tenía que rendir tributo a otro ser al que no le debía nada. Sus súbditos, por ejemplo, le debían a él la libertad y la seguridad que les ofrecía dentro de los muros de su ciudad.
Pero Zeus, ¿Qué le había dado a su pueblo?
Él no daba ni lluvia ni comida, ni tampoco buen clima. Ése era otro Dios.
Tampoco le había dado a él la inteligencia o el tesón, así que no tenía que estar agradecido por haberle dejado nacer y crecer. Eso, Gea lo sabía bien, era obra de Afrodita que había cruzado los caminos de su padre y de su madre. Ah, qué gran amor el de ellos. Nunca había visto otro igual ni conocido algo así para sí mismo. Lástima que los pobres diablos habían muerto cuando el esposo de su madre lo descubrió todo. Cerró los ojos un momento, tratando de recordar las facciones de la mujer, pero fue inútil. Hacía años que ya no las recordaba.
Zeus estalló en risas, junto a él, señalando hacia algo que estaba pasando más atrás en el salón. Cuando miró, vio a dos de sus mejores lugartenientes dándose puñetazos por una doncella del servicio. Menudos imbéciles. ¿Es que querían arruinarlo todo? Regresó la vista hacia el Dios, y encontró a dos sirvientas más sentadas sobre sus piernas, dándole frutos en almíbar en la boca. El Señor del Olimpo parecía muy a gusto así.
Sentado en su trono.
Comiendo su comida.
Bebiendo su vino.
Encima, tocando a sus mujeres.
Los Dioses exigían respeto, sí. ¿Por qué no respetaban a los mortales, también? Así, al menos, estarían dando algo de lo que recibían. Licaón se inclinó un poco en su dirección, dejando a un lado el vino.
—Entonces, mi señor, ¿Podemos hablar del trato?
—¿El trato? —comentó Zeus, desganado, mientras masticaba con placer un dátil excepcionalmente dulce, muy bien preparado— Esto es una fiesta, Licaón, ¿No quieres divertirte un poco primero?
—Mis intereses no son tan banales.
Zeus dejó de masticar y lo miró con esos ojos eléctricos, de un azul resplandeciente.
— ¿Insinúas que los míos sí? —dijo, con una amabilidad casi insultante— ¿Es eso lo que piensas, que te estoy haciendo perder el tiempo? Puedo ver por qué lo crees. Eres viejo, y tal vez esta sea la última guerra a la que vayas. No quieres perder nada, ¿Verdad? Sí. Parece que así es.
Licaón se tensó al escuchar la palabra “viejo”.
Tenía cuarenta y nueve años, ¡No era un hombre “viejo”!
Entre los guerreros de su ejército su edad no era ni de cerca la más avanzada. Aunque, ciertamente, Licaón ya no era tan ágil ni resistente como en su juventud. Se enfermaba con más facilidad y le dolía mucho la cabeza muy seguido por un mal que los médicos no podían reconocer. Decían que podía ser castigo de los Dioses por tanta sangre derramada en el pasado, pero eran tonterías. Se había asegurado bien de no saquear templos y de que ninguno de sus hombres lo hiciera, por las dudas.
—No se trata de eso, mi señor. —retrucó, con tono severo— Quisiera cerrar el trato primero, y luego celebrarlo. ¿No es ése el orden en que se hacen las cosas? Los mortales lo hacemos así, por lo menos.
—Claro, claro. Entiendo. Fue muy descortés de mi parte no pensar en sus costumbres.
Pero Zeus no dijo “disculpa mi rudeza”.
El rey tuvo que contar lentamente hasta diez en la lengua de su madre para no soltar un improperio. No hacía falta. Carraspeó y bebió un poco de vino, para sacarse de la garganta el sabor amargo de la rabia.
Era muy fácil hacer enfadar a Licaón de Acadia.
Pero era aún más fácil hacer que Zeus se pusiera en jarras y desatara una maldición.
—¿Voy a contar con el apoyo del señor Ares y sus ejércitos? Planeo invadir Esparta pronto.
—¿Esparta? —se carcajeó el Rey de los Dioses, divertido— Bueno, tienes agallas. Eso no te lo voy a negar. A tu edad, ¿Quieres saltar sobre los espartanos? Ya veo por qué quieres que mi hijo respalde tu cruzada.
—… ya intenté negociar su rendición, pero no lo aceptaron.
—Lógicamente. Son ESPARTANOS. —observó Zeus, como si le hablara a un niño.
—Enviaron la cabeza de mi heraldo atada por la lengua a la montura de su caballo, y al caballo le habían cortado los cojones de forma muy dolorosa. Creo que he captado muy bien su mensaje, ahora voy por los cojones de ellos.
Una mirada feroz se instaló en sus ojos azules, y Zeus sonrió de medio lado.
El Señor del Olimpo tenía tantos años que probablemente ni él sabía cuántos, pero se le veía muy vigoroso y varonil aunque su rostro acusara la misma edad que Licaón tenía. Su cabello era de un tono gris plata, largo y abundante, adornado con oro y piedras preciosas; y en su piel se notaban las pequeñas pero perfectas arrugas. Seguía atrayendo la mirada de todas las mujeres del salón, como si tuviera un imán para eso. Licaón se reconfortó pensando que por suerte a él no se le veían las canas.
—Bien, mi señor. —insistió, después de un corto silencio— Necesito saber si vas a darme el apoyo de Ares.
Zeus lo miró durante otro rato, en silencio, evaluándolo.
Al rey de Acadia le costó muchísimo no vociferar o exigir una respuesta en voz alta. Estaba empezando a enojarse como nadie tenía idea. ¿Por qué el mismísimo Rey de los Dioses le hacía perder el tiempo así? Se notaba que le divertía mucho verle tensar la mandíbula.
O ver la molestia en sus ojos.
Probablemente fue eso lo que disparó lo siguiente:
—Puede. Pero eres un hombre demasiado arrogante, Licaón de Acadia. No me caes bien. —comentó el Dios, con fastidio— En mi larga vida, nunca me había encontrado con un hombre cuyo desprecio se pudiera sentir con tanta facilidad. Si tanto te molesta entregarme a tus hijas como tributo, entonces no lo hagas.
—Yo no le guardo rencor.
—Encima, mentiroso. Mentirle a los Dioses es un pecado.
—¡CONOZCO BIEN LOS MANDAMIENTOS!
El silencio cayó como un manto de pronto en el gran salón, y todos se quedaron muy quietos. Multitud de ojos se volvieron hacia el trono y se instalaron en su rey. Una tensión que no se podía describir se apoderó de todos.
En ese momento, Licaón tragó saliva y continuó:
—No estoy mintiendo. —se defendió, hablando con toda la seguridad de la que era capaz sin perder el control— Sé que es una guerra que no puedo ganar con los hombres que tengo, y sé bien con quién debo aliarme si quiero vencer. Sólo le estoy pidiendo un poco de consideración.
—… ¿Consideración? —con tono duro, Zeus se inclinó hacia él ligeramente, y lo miró a los ojos— Aún no me has mostrado TU consideración, Licaón de Acadia.
Tenso, el aludido parpadeó varias veces, muy rápido.
—¿Qué debo hacer? —inquirió, tratando de sonar tranquilo.
—Baja tu cabeza, para empezar. —le sugirió Zeus, mirándolo de arriba abajo con la nariz fruncida— Actúas como si no supieras a quién tienes en frente. Consideraré enmendada tu falta si vas a las cocinas y preparas para mí algo de comer, con tus propias manos. Agasájame, sírveme como debes y no sólo Ares estará de tu lado, sino también yo.
Eso lo dejó helado.
Pero no de miedo, o de sorpresa. Helado de ira, más bien.
Con un ligero asentimiento de la cabeza, Licaón de Acadia se levantó del segundo trono y le hizo una señal a sus generales, para que le siguieran. En su mirada se veía una rabia destructora, algo que todos conocían bien y que NADIE quería provocar. Cuando los ojos del rey se veían así de oscuros, era porque iba a haber nuevas cabezas y nuevos cueros en los límites del reino.
Licaón atravesó la mesa-pasarela bajo las miradas temerosas de sus súbditos.
Y se metió a las cocinas, murmurando:
—Servirle… ¡Le serviré como nunca nadie le ha servido en su puta vida! —miró a las cocineras con violencia— ¡LÁRGUENSE DE AQUÍ, TODAS!
Los generales entraron tras él y se detuvieron bruscamente, un poco por el grito y otro poco porque su señor se había quedado de pie en el medio de la enorme cocina, entre las dos largas mesas que se usaban para preparar los banquetes. Todos los sirvientes se apretujaron contra el fondo, porque no tenían permitido dejar la cocina ya que ése era su lugar de trabajo.
El castigo sería terrible si salían.
El rey se apoyó con tremenda furia en una de las mesas, mirando los huevos, pollos deshuesados, pescados a medio salar y los vegetales sin cortar. ¿Servirle? ¿Es que ese Dios tarado había perdido la cabeza? ¿Cocinar, para él?
¿ÉL, LICAÓN DE ACADIA, LE IBA A TENER QUE SERVIR?
Como si necesitara arrastrarse para conseguir esos putos soldados inmortales…
No lo necesitaba.
Y porque no necesitaba la ayuda de Zeus, ni de nadie, supo exactamente lo que quería hacer con la petición del Señor del Olimpo. Ya era tarde cuando reaccionó.
¿Qué estaba haciendo?
¿QUÉ ESTABA HACIENDO, POR EL AMOR DE GEA?
Iba a arruinarlo todo.
¡PERO ESTABA TAN FURIOSO!
Dios o no Dios, ¡Nadie le humillaba de esa manera! ¿Pedirle que le sirviera, y obligarlo a preparar una comida? ¡A un rey! ¡A UN REY DE SU ALCURNIA! Ésa se la iba a pagar, y con creces.
Al demonio los espartanos. Caería solo sobre los culos de esos imbéciles si tenía que hacerlo. Pero probaría que ese tipo que se había sentado en su trono, comido su comida, bebido su vino y manoseado a sus doncellas delante de sus propios ojos no era mejor que él. ¡NO, SEÑOR! Si él era cruel, entonces Zeus estaba siendo más cruel. Exigirle a sus hijas. Deshonrar su trono. ¡Agraviarle de esa manera!
Recorrió las cocinas, derribando platos y cacerolas, cuchillos y comida que las cocineras estaban preparando, con terrible enojo. Buscaba lo más asqueroso que pudiera hallar en ese lugar para ponerlo en un plato y servírselo a Zeus. ¡Una rata le hubiera gustado mucho! ¡Mierda fresca de sus perros! ¡Vísceras podridas!
Sus ojos enfurecidos cayeron sobre uno de los chiquillos del servicio. Era un niño de unos siete años, que se había aplastado contra la pared al ver entrar al rey. En el mismo momento en que lo vio, temblando de miedo con los bracitos cruzados sobre su propio pecho, la locura le ganó.
La mirada aterrorizada del niño levantó su ira aún más.
Señaló a su víctima con un dedo acusador, y rugió a uno de sus generales:
—¡Parnasos! ¡Tráeme a ese niño! ¡AHORA!
*****
El ambiente se volvió a silenciar cuando Licaón y su escolta aparecieron.
El rey traía un enorme plato con una cubierta de oro y atravesó rápidamente la mesa-pasarela para ir a postrarse frente a Zeus. Le exhibió el plato, justo sobre el regazo, y bajó la cabeza en una actitud servicial que puso al Dios de Dioses muy contento. Con una sonrisa algo ingenua, Zeus estiró la mano y retiró la tapa del plato, encontrando un manjar de exquisito aroma preparado con vegetales crudos y unas lonjas de carne asada colocados en forma de una “V” sobre un colchón de hojas verdes.
—¿Qué platillo has preparado? —preguntó Zeus, arrogante.
Licaón alzó apenas la mirada por encima del plato, y sonrió:
—Uno muy bueno que seguramente disfrutará, mi señor.
El Señor del Olimpo tomó una pieza de la carne que estaba ya cortada, separada a un lado del plato, y se la llevó a la boca. Jugosa, salada y tierna. Magnífica. Alzó las cejas, deleitado por el manjar, y tomó otra pieza más del gran plato que Licaón sostenía para él, con una sonrisa ancha que no mostraba los dientes.
En un momento de distracción, Zeus notó que los seis hombres que estaban parados detrás de su rey estaban sudando como cerdos.
Quizá temblando también.
—¡Qué carne tan excelente! —apreció, complacido, y volvió a poner toda su atención en Licaón— ¿Qué es? ¿Cordero? ¿Caballo? No, no… es dulce para ser de caballo, ¿Será de conejo?
Licaón sonrió aún más.
—Es un plato que nunca le han ofrecido. —repuso.
Zeus asintió con la cabeza y buscó más bocados en el plato.
Empezó a sacar hojas enteras de los vegetales que escondían la carne, y mientras apartaba una hoja tras otra, el aroma del platillo bien cocido subía a sus narices cada vez con mejor aspecto. Hasta que, de tanto remover la ensalada, dejó al descubierto una pieza de forma extraña.
Un dedo humano.
Un dedo pequeño.
Zeus apartó la mano, y sus ojos muy abiertos volaron hasta clavarse en la mirada burlona de Licaón, que sostenía la bandeja. El poder de una furia indescriptible, peor que cualquier cosa que cualquiera de los presentes pudiera haberse imaginado jamás, se hizo sentir dentro del salón. En un movimiento impremeditado, el Señor del Olimpo usó su poder para arrebatar el plato y todas las cosas que contenía se esparcieron en el aire, flotando y girando suavemente en sus lugares, revelando la forma de un delgado brazo humano que había sido cocido y descarnado, debajo de los vegetales.
Un brazo menudo, que no podía ser de un hombre adulto.
—¿Le agrada, mi señor? —se burló Licaón, ensanchando aún más su sonrisa llena de rabia— ¡Lo he preparado yo mismo, con todo mi afecto!
Zeus se levantó del trono y golpeó el piso con el pie:
—¡¡PECADOR!! —aulló, su voz sonó como un trueno.
El rey de Acadia fue golpeado por la poderosa onda de la ira del Dios directamente en el pecho y salió disparado junto con sus hombres. Sus esposas, aterradas, se levantaron y retrocedieron, igual que el resto de los invitados. El cielo se oscureció de pronto, y la luz se desvaneció del recinto, de a ratos iluminado por el feroz restallido de relámpagos terribles. Todas las puertas se cerraron de golpe, para que nadie pudiera huir. Pronto, la mesa larga quedó vacía y al sonido de otro trueno, los generales se desvanecieron en el aire, entre gritos de dolor. Un tremendo olor a cabello quemado impregnó el aire, matando la dulzura del incienso y la belleza del salón real.
Licaón estaba solo, tendido sobre la larga mesa.
Se levantó sobre un codo, para enfrentar con toda su rabia al Rey de los Dioses.
—¡NO DEBISTE FALTARME ASÍ EL RESPETO! ¡TÚ SÓLO ERES UN SIMPLE INVITADO EN MI TIERRA! —gritó, mientras lo observaba acercarse por la larga pasarela.
—¿¡TU TIERRA!? —repitió el Dios, escupiendo las palabras.
Los platos y los restos de comida volaron hacia los costados, estrellándose en las columnas y paredes. Algo brillaba en la mano derecha de Zeus. Refulgía violentamente, como si retuviera un relámpago en su puño, pero era sólo un pequeño tatuaje. Afuera, la fiera tormenta eléctrica se agitaba en respuesta a los impulsos que iluminaban ese tatuaje, un símbolo de poder que canalizaba su energía incontrolable.
—¿¡CÓMO HAS PODIDO!? ¡¡PECADOR!! —vociferó Zeus, los truenos como el perfecto acompañamiento— ¡¡SERVIR CARNE HUMANA A TUS DIOSES!! ¡¡ES EL PEOR ERROR QUE PODÍAS COMETER!!
Con un violento pase de la mano, el Dios levantó a Licaón en el aire. La gente que seguía encerrada dentro del recinto empezó a gritar, horrorizada.
Impotente, el rey se vio acercado a velocidad imposible hacia el rostro fúrico del Señor del Olimpo y quedó suspendido delante de él, a su merced. Zeus apretó el puño y una descarga eléctrica recorrió el cuerpo de Licaón de Acadia, con una potencia devastadora. El intenso dolor le hizo gritar, sus entrañas se cocieron en su propio jugo y los largos cabellos se le quemaron al instante, encendiéndose en llamas. Toda la ropa se le convirtió en cenizas y quedó desnudo frente al Dios. Zeus detuvo el ataque, y observó con agrado la piel del hombre, cubierta de hematomas y quemaduras que humeaban. Una sonrisa de suficiencia apareció en sus labios.
No lo había matado aún, pero bastaba para explicar el punto.
—Y pensar que si solamente hacías lo que yo te decía, y lo hacías bien, hubieras tenido el apoyo incondicional de Ares. Aún si fueras un hijo de puta capaz de asesinar a un niño inocente…
Licaón descubrió que podía mover los ojos, pero no hablar. El cuerpo se le retorcía de dolor, pero no podía moverse.
El olor era lo más espantoso.
Vomitivo. El estómago se le revolvió, peor que si hubiera visto la más cruenta escena de cadáveres putrefactos en cualquiera de todas sus guerras. Pero hasta el reflejo del vómito tenía negado, y se forzó a escuchar.
—Sé que los mortales tienen códigos distintos a los nuestros, pero son ustedes los que deben respetarnos. Obviamente, acabas de experimentar una parte del precio de desobedecer. —susurró Zeus, hablándole al oído, que despedía tenues volutas de humo— Jamás pensé que pudiera existir un mortal tan estúpido como tú. Te he visto, Licaón de Acadia, y sigo tus victorias. Peleas como un animal, fornicas como un animal y te comportas como un animal. Incluso me has servido una carroña, que como buen animal que eres, seguro creíste que sería apropiada para expresarme lo que sientes. Mala elección.
Zeus lo elevó un poco más en el aire y lo soltó sobre la mesa de mármol blanca.
Licaón impactó con un aullido de dolor y se retorció en su lugar hasta alcanzar una posición más o menos fetal, azotado por los estertores del sufrimiento. Le costaba tanto respirar, que no dudaba de que su muerte estaba muy próxima. Oía débilmente los gritos aterrados de sus esposas, de los muchos hombres y mujeres que habían asistido. Debía ser un espectáculo de lo más espantoso para ellos.
—… debería matarte por esto. —continuó Zeus, irritado.
Los relámpagos seguían iluminando el salón uno tras otro, estremeciendo más a la gente reunida. Los llantos de las mujeres eran histéricos.
Licaón quiso estirar una mano hacia Zeus, para tocarle la sandalia.
La piel de sus dedos se había cubierto de llagas y se estaban reventando una tras otra. La sangre goteaba. Alcanzó a tocar el pie del Dios y lo miró, pero en sus ojos enrojecidos no había súplica. Seguía irradiando ira. Si hubiera sido capaz de levantarse, habría tomado una espada para pelear.
Aquello impresionó de sobremanera a Zeus.
Es decir, por lo general, no había nada en los ojos de un pecador más que dolor y arrepentimiento, un pedido silencioso de clemencia. Pero Licaón de Acadia era un hombre con una fuerza legendaria, con una voluntad poderosa más allá de cualquier cosa que hubiera visto, hecha de dureza y revestida con valentía. En vez de enfadarse más por el tupé del otro de mirarle con ese odio tan profundo, Zeus dio un paso atrás para impedir que aquellos dedos sangrientos le tocaran y sonrió de medio lado, asombrado.
Ese hombre, podría jurar…
Juraría que tenía madera de Héroe. Quizá, del mejor Héroe. Lástima que fuera un ser tan despreciable.
Pero, cuando estaba a punto de darle el golpe de gracia y carbonizarlo con un relámpago bien directo, el Señor del Olimpo tuvo una idea. Había sólo un camino para las Almas retorcidas que eran tan valiosas como la de Licaón de Acadia. Ese hombre era inteligente. Bien podía seguir su camino y corregirse, o perderse para siempre y acabar en el cauce del Estigia, perdido para el resto de la Eternidad.
—… lo que has hecho es inhumano. Matar a uno de tu propia especie para servirlo a un Dios, ¡Es despreciable! Te mereces la muerte y quizá mucho más. Debería matarte, hacer un trato con mi hermano Hades para que te torture personalmente en lo más horrible del Tártaro, en la más espantosa de sus celdas. —empezó el Rey de los Dioses, con tono muy molesto— Me insultas, pero eso no es lo peor de todo. Siento que me ha insultado un animal. Una bestia. Un monstruo, que no merece ser llamado “humano”.
Licaón reunió fuerzas para arrastrarse, sangrando sobre el mármol, buscando con más frenesí una forma de atrapar el pie de Zeus. El Dios podía sentir su ira como una energía terrible, el aura de un Héroe dentro de un corazón arrogante, envenenado y cruel. Había una forma de limpiar esa aura.
Y no vaciló un instante en utilizarla:
—Supongo, entonces, que no te importará SER un animal hasta el fin de tus días, Licaón de Acadia.
Los ojos de Zeus fulguraron por última vez, en amenaza, y desapareció del salón cuando otro relámpago iluminó los cielos. El salón quedó a oscuras y la gente empezó a gritar. Rápidamente, el silencio cayó en el recinto y el cielo se limpió, de manera que la luz del mediodía entró por las claraboyas a raudales. Las mujeres, llorando, se acercaron al cuerpo tirado de su rey, que apenas se movía, temblando, adolorido.
Algunas de sus esposas quisieron ayudarle…
Los hombres se aproximaron. Los que no ayudaban, querían ver lo que estaba pasando. Tomaron al rey y lo enderezaron boca arriba sobre el mármol enchastrado de sangre El olor de la carne quemada hizo vomitar a varias personas. Se sucedieron los gritos de horror, el llanto, la histeria, otra vez. Muchos seguían buscando cómo salir del salón, pero las puertas seguían cerradas.
Nadie entendía lo que estaba pasando.
En ese momento, Licaón de Acadia pareció volver a la vida y abrió la boca para gritar, atravesado por un espasmo terrible que le transformó el cuerpo. Las mujeres retrocedieron de inmediato. Lo vieron convulsionarse, afectado por un mal sin explicación, retorciéndose, gritando… crujiendo, aullando.
Esa fue la última vez que se vio a Licaón de Acadia.
De allí en más, su nombre sería recordado no sólo por la crueldad, sino por el horror. Lo que aquellas personas vieron fue lo último que vieron en sus vidas. El rey que una vez les gobernó reventó su piel quemada y en lugar de sangre, le brotó un pelaje oscuro como la noche. Le creció un portentoso hocico en el rostro, unas terribles garras en las manos, una cola de animal y unas orejas de bestia cazadora. Colmillos, uñas, y unos ojos intensos y azules, capaces de cortar el aliento.
El aura de una bestia les invadió y los paralizó como presas indefensas. Y el monstruo los mató, a todos y cada uno, y se comió sus corazones…
Un Hombre-Lobo.
El primer Hombre-Lobo.
*****
Con un grito nacido del horror, se despertó violentamente y se alzó sobre el colchón como si un resorte lo hubiera empujado desde la espalda. Su cuerpo estaba cubierto de sudor, las manos le temblaban de forma incontrolable. Las aplastó sobre sus piernas, histérico, a ver si conseguía calmarse, y recién cuando creyó que tenía algo de coordinación, se estiró para encender la lámpara de la mesita de noche.
Se bajó de la cama enseguida.
Cada paso le costó horrores. Las piernas se le doblaban.
¡Qué pesadilla más espantosa!
Llegó hasta el baño y tras encender la luz, lo primero que hizo fue lanzarse al lavabo, tenía el estómago revuelto. No vomitó, pero estuvo muy a punto. Qué asco. Cada vez que recordaba el olor putrefacto de la carne y los cabellos quemados, una imagen se le venía a la mente y el asco lo embargaba. Se apoyó en el lavabo y respiró profundo hasta calmarse.
Se miró al espejo y encontró sus ojos azules, intensos.
Todo en su lugar.
—… cálmate. —se dijo, con la voz temblorosa.
Apretó los dientes, forzándose a creerlo. Todo estaba bien. No era real. No era real. Por favor, ¡No podía ser real! Cualquiera pensaría que ya había terminado con todo eso, que no lo vería de nuevo, que…
—Cálmate, Licaón. —susurró, hablándole al espejo— No eres un animal. Tú no eres… un monstruo. Ya no. Ya no eres así.
Cerró los ojos, sintiéndolos húmedos de rabia e impotencia. Apoyó la frente en el pequeño saliente donde colocaba su cepillo de dientes y las cosas de afeitarse, y el aséptico frío de la cerámica le invadió todo el cuerpo. Creyó que no sería capaz de soportarlo. Otra vez se le retorció el estómago, y quiso vomitar. Otra vez, no lo consiguió.
Volvió a mirar el espejo, desesperado:
—Ya no eres ese hombre, y no volverás a serlo. —sentenció, y lo repitió en voz baja muchas veces, como un mantra que le ayudó a canalizar el miedo, convirtiéndolo en ira, y luego en fuerza.
Partió el lavabo de cerámica sólo con la presión de sus dedos, le hizo sentir mejor el sólo hecho de destruirlo y sentir la fría cerámica en la piel.
Por lo menos, no era un hueso humano.
Se había olvidado de esa pesadilla estúpida. Hacía por lo menos doscientos años que no soñaba con eso.
No, la pesadilla no era estúpida; el estúpido era él por querer creer que sólo había sido una pesadilla. No lo era. Aquello que tanto le atormentaba era el recuerdo de lo que había sucedido hacía tres mil años, en su propio palacio. Cómo había terminado maldito, pagando por más crímenes de los que podía recordar. Durante un tiempo había actuado como la bestia que en que Zeus lo convirtió. Había arrasado cientos de pueblos, asesinado miles de personas, devorado carne de cualquier raza. No sólo él había resultado perjudicado: Zeus se llevó a sus hijas, aunque ningún trato fue cerrado, y maldijo a todos sus hijos convirtiéndolos en la misma bestia en que lo convirtió a él. Su familia entera, y su reino, quedaron destruidos.
Junto a sus hijos, formó una invencible manada destructora.
Por quinientos años, arrasaron con todo lo que había a su paso. Hasta que todo terminó. Su manada empezó a decrecer, sus hijos eran tan o más peligrosos que él mismo. Se asesinaban entre ellos por mandato de sus naturalezas animales y competitivas, luchaban por ser el mejor y por ser mejores que él, incluso. Perdió la cuenta de la cantidad de veces que sus propios hijos lo quisieron matar, y el único que lo defendió alguna vez fue Acontes.
Pero, ¿Cuándo fue eso?
¿Cuándo, exactamente, se dio cuenta de lo que hacía?
Ah, sí. En el último gran saqueo.
Cuando iba a rematar a ese bebé indefenso y a tragárselo con orgullo. Cuando iba a bajar sus garras sobre la cabeza del niño, para arrancársela, y vio en sus grandes ojos negros y llorosos el reflejo de una criatura horrenda, con el pelaje negro y los ojos de un azul profundo y colérico. El pelaje manchado de sangre y los ojos aterradores. Lo que vio le asustó tanto que huyó despavorido. Abandonó a sus hijos, en otro momento de locura irracional, y desapareció en el bosque.
Cuando encontró un río, quiso lavarse, pero la sangre había manchado su pelo hasta el punto de que no podía quitarse…
Decidió cambiar, y fue en más de un sentido.
El pelaje de su otra forma creció blanco desde entonces, cada vez que se convertía. No fue sólo un cambio de piel. Fue un cambio de rostro, un cambio de edad. Desde que Zeus le convirtió en ese monstruo no había reparado en que tenía también capacidad de volver a su forma humana, y cuando lo descubrió, supuso que era un milagro. No volvió a pensar en poner sus manos sobre un ser inocente desde ese entonces. La luna no le afectaba, tampoco las mareas ni las estaciones. No era un animal. Aún tenía un lado humano, y debía aprender a usarlo…
Todavía temblando un poco, Licaón de Acadia se miró al espejo del botiquín.
No sólo había sido un cambio de piel. En tres mil años había tenido muchos rostros, colores y tipos de cabello, y tonalidades de piel. Pero lo único que no podía cambiar era el color de sus ojos, que siempre permanecía igual. La mirada siempre era la misma, sin importar lo distinto que se viera. Desde hacía unos ciento cincuenta años era Lance Hewlett, y había hecho de todo un poco. Era un hombre de uno noventa, con el cabello rubio muy claro y facciones anglosajonas, con la piel dorada que fácilmente se tostaba con el sol, y un atractivo físico que no había sido capaz de eludir. Las mujeres lo seguían y no podía acercarse a ninguna. Jamás. No desde que había sido transformado en ese animal tan horrible.
Si hubiera podido cambiar de rostro y volverse alguien que pasara inadvertido, sin duda lo hubiera hecho. Pero Zeus tenía mucho sentido del humor, al parecer.
Su carácter belicoso ya no existía, al menos, no para con los humanos. Se había domesticado sin tener un amo. ¿Acaso no era eso lo que el Señor del Olimpo pretendía de él? ¿Domesticarlo? ¿Convertirlo en una persona servil, como los idiotas que le rendían pleitesía y lamían sus sandalias todo el día?
La ira volvió a envenenar su sangre, y se dio una cachetada para calmarse.
—¡NO ERES ESE HOMBRE! ¡BASTA! —se gritó, y le mostró al espejo un cuarteto de dientes anormalmente largos y agudos que sobresalían en su dentadura. No pudo evitar que una o dos lágrimas bajaran sobre sus mejillas, destrozado por la culpa y el rencor— ¡YA NO ERES ESE MONSTRUO!
Pero no sabía si, en el remoto caso de que volviera a ver a Zeus, le gustaría darle una patada en el culo o agradecerle lo que le había hecho. Su orgullo no se lo permitiría, por supuesto, pero sin duda un bien había sido hecho. Sentía tanto dolor cada vez que recordaba su vida pasada, los rostros de sus hijos, de sus esposas muertas…
Nunca más.
Nunca más volvería a tener nada como eso. Ninguna mujer en sus cabales soportaría tener al hijo de un monstruo o vivir con un secreto tan terrible como el que él guardaba. ¿Qué secreto? Que podía convertirse en un ser lobuno de aspecto humanoide, con los ojos de un hombre. Que tenía garras animales en vez de manos y una cola peluda, colmillos de cinco centímetros en las mandíbulas. ¿Quién iba a querer algo como eso? ¿Quién iba a convivir con eso, sin enloquecer?
Si tenía que pagar su condena solo, no le importaba.
No le importaba nada, excepto no lastimar a nadie inocente, no seguir manchando sus manos. No tenía forma de retribuir el mal que había hecho, lo menos que podía hacer era seguir adelante sin crear más problemas y aceptar lo que Zeus le había hecho. Estaba completamente resignado a ser Licaón de Acadia, el primer Hombre-Lobo griego, a estar solo por el resto de sus días y a odiar con toda su alma a los dioses, a tal grado de no querer saber nada de ellos nunca más.
No iba a envejecer nunca más.
No iba a ser perdonado… jamás.
Eso era lo que hacían tres mil años de castigo.