País Relato - Autores

melisa s. ramonda

intención

No fue a propósito.
Se lo juraba por cualquier cosa que ella quisiera, no…
¡No había sido a propósito!
“¿QUÉ HICISTE?”
Eso le había gritado ella, mirando con odio el anillo en su mano izquierda.
Recordaba claramente cómo por su espalda bajó un frío terrible al ver la ira que la mujer le expresaba. Era cierto, no lo había hecho con mala intención. No supo qué lo motivó a actuar. Mientras su cuerpo aún se retorcía entre espasmos del más puro placer, al igual que ella (estaba seguro) sus manos entrelazadas permanecieron tan unidas que parecía imposible que se soltaran; los anillos matrimoniales en sus dedos brillaron con intensidad, la prueba de su compromiso.
Hades dio vuelta la página del libro, con los ojos cerrados en una mueca de adolorida frustración.
Perséfone estaba furiosa con él por lo que había hecho.
…cualquier mujer, fuera divina o mortal, se enfurecería si un extraño entrase a su casa, la sedujera silenciosamente, le hiciera el amor y la casara, sin siquiera preguntarle. Ella tenía derecho a odiarlo. Y cómo lo odiaba. Se merecía eso, y mucho más. Porque no quería lastimarla de ninguna forma posible y sin poder evitarlo lo había hecho.
Ahora, ¿Cómo iba ella a perdonarle ese acto tan violento en su contra? La había convertido en su consorte. La pareja de un Dios Olímpico. Conociendo a Perséfone, debió haber esperado que las cosas terminaran mal.
¿Cómo iba ella a corresponder su amor algún día, si había violado cuanto derecho podía tener como diosa, mujer, amante y potencial esposa? Se sentía tan miserable al recordarlo… estúpido, y ruin. Era el Señor del Inframundo, no bastaba con que la mitad de la gente pensara mal de él, ¿Ahora también Sissy, su amada Sissy, iba a odiarlo? Se sentía morir de sólo reparar en la idea. Dejó el libro que estaba leyendo a un lado y se echó hacia atrás sobre el amplio sillón tapizado de cuero lustrado. Echó la cabeza atrás, intentando no recordar más.
Pero era inútil.
Cuando cerraba los ojos y pensaba en Perséfone, recordaba la primera vez que la había visto, casi por casualidad.
Como si hubiera sido ayer y no hacía más de mil años…
Recordaba que ese día estaba muy atareado. Había activado todos sus espejos mágicos sólo para tener algo de “ruido” en el imperativo silencio de su hogar subterráneo, mientras firmaba un pergamino tras otro. A veces no se detenía a leerlos, sus ayudantes ponían marcas en los documentos para que él no tuviera que tomarse el trabajo de leer: marca verde, esa alma entraba a un buen lugar; marca roja, esa alma se iba directo al Tártaro. Y él sólo ponía la firma que lo hacía oficial y apilaba los pergaminos en el lado del escritorio que correspondía.
Los espejos lo distraían un poco de la monotonía. En ellos, aparecían imágenes de distintos lugares del mundo, le mostraban lo que estaba pasando. Podría decirse que Hades había inventado la televisión en el Inframundo y con un trozo de vidrio espejado. Podía localizar cualquier lugar del mundo y ver lo que ocurría a través de esos grandes espejos ovalados que Hefesto había hecho para él, ungiéndolos a cada uno con una gota de la sangre de su dueño para hacerlos mágicos. Además de que eran excepcionales piezas de orfebrería, cumplían su propósito mejor de lo esperado.
Hades tenía varios personajes favoritos, a los que seguía de vez en cuando: personas comunes, con vidas libres, y le gustaba un poco ver lo que hacían, como siguiendo una telenovela. Era más interesante que leer.
Hasta que, ese día, mientras firmaba y firmaba pergaminos, oyó la voz de ella.
Era una voz muy dulce, pero de tono dominante.
Inmediatamente se sintió atraído, y levantó la vista de los papeles, con curiosidad. En el espejo número tres, una mujer de largos y rizados cabellos rubios, con los ojos tan verdes como los pastos de primavera, estaba hablando con el joven al que “seguía” en su día a día. No fue un suceso muy importante, sólo los vio hablando, en la panadería donde el muchacho trabajaba, cuando ella fue a comprarle unos bollos de pan. El mundo entero se pintó de colores cuando la vio, de alguna extraña manera...
Al día siguiente, la mujer volvió.
Y al siguiente, y al siguiente.
Los días se hicieron semanas, las semanas meses…
Y eventualmente, ella se casó con el panadero.
Y ya no pudo dejar de ver.
Es decir, no le importaba el joven panadero, ¡Le importaba ella! Tan hermosa y exuberante, con el don de pintar de colores los pastizales con todas sus flores y sus frutos, ¡Tan llena de vida, amante del sol! Nunca había visto a un ser tan interesante. Era una diosa, de eso estaba seguro. Pero, ¿Quién era, y por qué no la conocía? Se mató averiguándolo, enviando a sus kers a recolectar toda la información posible. Y la vez que le dijeron su nombre, sintió una profunda alegría.
Perséfone. Única hija de su hermana Deméter, diosas de la Primavera y las flores.
Una joven Diosa, ¿Por qué no se había casado con otro Dios?
Antes de que lo notara, la vida de Perséfone se convirtió en su documental favorito. Solía desconectar sus espejos cuando ella se iba a dormir, junto a su esposo, pero una noche, por descuido, el espejo quedó brillante y él desde su aposento oyó cómo ella se quejaba y suspiraba. Reconoció su voz enseguida. Tras escucharla un rato, se dio cuenta de que ella no se quejaba, sino que gemía…
Un año después, la diosa floral tuvo un bebé.
Desde entonces, él se volvió loco por saber todo sobre Sissy. Le había tomado tanto cariño que todos sus espejos la seguían, enfocados en distintos ángulos. Sí, cuando Hermes lo visitó una vez, para entregarle una carta, le dijo que estaba actuando como un enfermo. Esa vez, despechado, él le contestó que la encontraba tan hermosa e interesante que estaba prácticamente enamorado de ella. Y así empezó.
Por ese comentario, Hades empezó a tomarse más en serio su pasatiempo y observarla se convirtió en una obligación.
O una obsesión, según quien lo mire.
Pero él la amaba sinceramente, aunque jamás había hablado con ella. En todos los años que pasó observándola, la había visto reír, llorar, enamorarse y perder, viajar, soñar, cocinar y barrer, ayudar a los necesitados, encantar los bosques y las ciudades con sus flores, casarse y tener docenas de hijos híbridos. La había visto bañarse, dormir, hacer el amor, comer… era muy doméstica, cariñosa. Era perfecta. Su máximo ideal de la perfección. Se dio cuenta de que estaba enamorado de ella cuando fue a hacer su visita de cada cien años a Afrodita, y vio a la Diosa del Amor con el rostro de Perséfone.
Supo que ya no necesitaba a Afrodita tampoco.
Mandó a hacer sus anillos, aquellos cuyo compromiso era irrompible…
Y se dedicó a seguir soñando despierto con la oportunidad de acercarse, de verla. Hablarle, hacerse amigos. Y si las cosas seguían un buen curso, tal vez hasta besarla, y pedirle que fuera su esposa. Nada le habría hecho más feliz que poder salir del solitario encierro del Inframundo y estar con ella, viéndola disfrutar del sol y de la vida.
Pero todo había salido mal.
Con lo de Atenea y su tan deseado bebé, vino la división de responsabilidades entre él y Hermes. Era como la oportunidad perfecta. Pero hizo todo mal cuando fue a ver a Sissy por asuntos “de trabajo”. Terminaron en la cama, sin que él supiera muy bien cómo, y su sueño más loco se había cumplido. Sin consentimiento de ella. Sissy estaba furiosa. Lo odiaba.
Pero no rechazaba su presencia. Se necesitaban, porque eran consortes y ella había sido asimilada por una criatura que casi la había matado. Él era su fuerza, le gustase a ella o no. Y era más fuerte por ella, porque la amaba con locura, pero una locura sana, protectora, cariñosa y totalmente sumisa.
La diosa Perséfone tenía una mano en el collar del Señor del Inframundo. Una sola palabra suya, y Hades era capaz de hacer cualquier cosa…
Pero no lo había hecho a propósito, eso seguro que no. No se había casado con ella de improviso sólo por un capricho. Él estaba convencido de que lo suyo era amor. Un amor ciego, profundo, e inmortal, capaz de orillarlo a cometer impensadas locuras, como nunca antes pensó que le sucedería.