La gente tiende a atesorar momentos, guardándolos en sus recuerdos con especial cariño; con sonidos, con sabores, con olores y caricias. El valor de éstos no está declarado en ninguna parte, pero constituyen un patrimonio de experiencias irreemplazables. Es una realidad que todos guardamos preciosos recuerdos en nuestra mente, y para que el tiempo no desgaste del todo la experiencia vivida, muchas veces el único testimonio que nos queda es una imagen.
Algo tan simple como una foto.
Capturamos en fotografías todos esos momentos donde somos felices y que nos gustaría compartir con otros, para hacerles partícipes de nuestra felicidad. O simplemente, para inmortalizar algo que vemos, tan fugaz que sólo estará allí un instante y que luego quizá nunca más podamos volver a ver. Sonrisas, rostros, personas, lugares, atardeceres, mascotas, vacaciones, cumpleaños, bodas...
Antes de conocer a Atenea, Licaón había trabajado un corto tiempo como fotógrafo de vida silvestre, como una excusa para mantenerse en movimiento por el país. Y por un tiempo después de dejar esa vida, su cámara estuvo estacionada en un armario hasta que tuvo otra vez un motivo para usarla. Ya no era para grabar espectaculares paisajes que quitaban el aliento o animales salvajes de sublime belleza, sino para, por primera vez en mucho tiempo, capturar sus recuerdos. Imágenes que podían o no ser técnicamente perfectas, pero que para él tenían un significado invaluable.
Todas esas imágenes eran bellas, a su modo.
Como esa foto de él y Atenea en la playa, en aquel fin de semana tan preciado: el encuadre era pésimo, torcido, les había cortado casi la mitad de la cabeza y sus caras poco fotogénicas llenaban casi todo el cuadro; pero salían juntos y abrazados, con los rostros pegados, sonriendo con alegría. La había tomado Licaón mismo, sosteniendo la cámara en alto con el objetivo dirigido hacia ellos. Era una foto horrible. Pero para él, era la mejor de todas las que había hecho en su vida, porque era la primera que tenía estando casado con la Diosa de la Sabiduría y la Guerra. El primer testimonio material de su amor.
O esa otra donde la pequeña Niké, con escasos seis meses de vida, salía con los bracitos abiertos y la cara embadurnada de crema, después de haberse trepado a una silla ella sola y haberse comido una buena parte del pastel que su madre había preparado tan amorosamente. Atenea se había enojado mucho. Niké se había reído mientras Licaón le hacía la foto, feliz de la vida. Cada vez que veían esa fotografía, no podían evitar reírse.
Y las guardamos a todas, porque son valiosas.
En cajas de cartón o en álbumes inmensos, las pegamos con imanes o con cinta adhesiva, en la puerta de la nevera o en el empapelado de una habitación. Allí donde más las necesitemos.
Pero así como utilizamos imágenes en papel para guardar todos esos momentos que nos hacen felices, también es posible que, en alguna parte, nos haya quedado algún recuerdo que nos provoca tristeza, nostalgia o dolor. Y sin querer.
Imágenes que en un tiempo fueron símbolo absoluto de una alegría inmensa, y se transformaron en algo más.
Perséfone no se sentía especialmente triste de ver la foto de sus niños, ésa que Hades le había obsequiado; su corazón se llenaba de dolor por otros motivos. Nunca había tenido coraje de preguntarle cómo fue que logró obtener una imagen tan perfecta, completa, donde salieran todos ellos. Le gustaba suponer que él los había reunido en el Inframundo y les había contado lo que quería hacer, porque el retrato era precioso: todos sonreían y se abrazaban. Ese obsequio tenía muchos significados distintos para ella. En parte, era el único recordatorio que tenía de todos sus hijos, tanto biológicos como del corazón.
También era la primera cosa que Hades le había dado, como un tributo humilde para pedirle perdón por haberla convertido en su esposa sin permiso. Un gesto muy honesto de su parte.
Una prueba del amor que decía sentir por ella.
Y Sissy estaba consciente de que ese regalo llevaba mucho amor; era eso lo que la hacía sentir un poco triste a propósito de ese retrato. Ella podía percibirlos, a los sentimientos de Hades, impresos en cada milímetro de la foto y el cuadro, en el frío cristal y el plateado marco.
En aquel entonces, le entristecía no poder corresponderle como él deseaba. Lo comprendió cuando Hades cumplió todas sus promesas, y le devolvió su vida.
El día en que él se marchó de vuelta al Inframundo, después de ponerle en la mano el anillo maldito cortado por Hefesto, Perséfone lloró su partida. Porque en cierto modo, si bien no le amaba, estaba acostumbrada a su presencia y a sus atenciones, a tenerlo cerca, a oír su voz, a discutir con él. A dormir con él. A besarle, buscar su cuerpo frío, sus brazos. A recibir su contención y a ver su sonrisa. Y estaba segura de que si le amara, vería mucho más que sólo eso, así que...
Lo lamentó, como una pequeña parte de ella siempre le dijo que sucedería. Aunque se sintió muy aliviada de que Hades hubiera honrado ese trato, no le gustó que él no respondiera nada cuando le preguntó si por lo menos podían verse de vez en cuando. Sissy tenía fe en la química que los unía, y más de una vez le había propuesto intentarlo de nuevo, sin la sombra de ese matrimonio forzado. Pero era muy probable que Hades se sintiera lo bastante herido como para abandonar por completo toda esperanza, y ella lo comprendió muy tarde.
Intentó por días comunicarse con él, pero sus respuestas eran vagas.
Luego, dejaron de hablar, incluso.
Y su ausencia nunca fue tan evidente como entonces. Sissy estuvo triste por mucho tiempo, en una de esas procesiones que se llevan por dentro, con el único apoyo de sus amigas, las Hefestida (en especial de Eupheme), para ser fuerte y no derrumbarse. Pero ella también tenía razón, ¡No podía simplemente aceptar a alguien que había entrado a su casa, la había seducido y convertido en su consorte, sin más! La afinidad que tenían no era excusa.
Y sin embargo, Perséfone estaba triste.
Las fotografías a veces pueden guardar secretos tristes y dolorosos, enmascarados con la imagen de un momento feliz. Como por ejemplo, la única foto que Sissy tenía con aquel hombre: en la fiesta que la manada de Acontes organizó por el matrimonio de su Alfa Supremo. Salían hermosos y felices, como una pareja enamorada y divirtiéndose, bailando juntos. Hades, muy elegante con su traje negro, y ella, preciosa en su vestido rosa con tirantes tejidos en pequeñas enredaderas de flores y su peinado alto. Era la imagen perfecta para enmarcarla y ponerla en el recibidor del departamento, para que todo el mundo la viera.
Pero cada vez que Perséfone dejaba caer la mirada sobre esa imagen, los ojos se le llenaban de lágrimas. Porque una parte de ella lo extrañaba, y él no daba señales de vida. Así que de ese modo continuaban, unidos en la distancia por una imagen plana, sin aroma ni calor. Pero verdadera.
Ya sabía bien que nunca lo olvidaría, sin importar qué.
Una persona más sensata, quizá, se hubiera deshecho de ese recuerdo.
No Perséfone, por supuesto.
Porque ella gozaba de ver esa fotografía, como gozaba viendo las que sus amigas le mandaban por correspondencia olímpica, las que Atenea le mostraba en los gigantescos álbumes que guardaba dedicados a su hijita, o esa que tenía en su mesita de noche, el retrato de sus hijos. Porque una vez que superaba el amargo pensamiento de no tenerlo allí, de no saber nada de él, recordaba de inmediato todos los buenos momentos que habían compartido juntos, y su corazón se aliviaba. Y la foto de la boda de Licaón y Atenea volvía a ser un recuerdo feliz.
Se consolaba pensando que mientras siguiera siendo feliz con esos recuerdos bellos, ese afectuoso respeto que había llegado a sentir por Hades nunca moriría, y podría seguir pensando en él con cariño. Y que gracias a aquella foto siempre podría ver sus ojos de nuevo, su sonrisa pequeña y discreta.
Hasta que la angustia la venciera, y le rogara a Hermes que la llevara al Inframundo a verlo, para cerciorarse de que Hades no había cambiado.
Guardamos esas imágenes como tesoros, aunque el tiempo descomponga el papel, los colores se laven o no logremos recordar bien a qué momento pertenecieron. Aunque el verlas nos haga daño. Porque son parte de lo que fuimos y de lo que seremos, restos de experiencias, y de sentimientos.
Y si no, que le preguntaran a Licaón, a Atenea, a Hermes... o a Perséfone.