País Relato - Autores

melisa s. ramonda

destino

La primera forma de “destino” que un licántropo conocía, llegaba a sus vidas entre los quince y los veintiún años, con la aparición de una pareja. A la mayoría le sucedía alrededor de los dieciséis o dieciocho... pero nunca pasaba de los veintiuno. Más allá de esa edad, los machos se empezaban a poner cada vez más agresivos y territoriales, feroces hasta con los de su mismo clan. Una hembra era una cosa muy seria en la vida de todo licántropo que se respete, ya que esa mujer, sea loba o no, será la que tenga control absoluto sobre él hasta el día en que la muerte los separe. Un lobo podía tomar una pareja humana, hija de otro lobo, diosa, semidiosa... la destinada podía ser cualquiera.
Pero cualquier pareja que no fuera la predestinada, no tenía futuro. Era triste, pero cierto entre los hijos de Licaón de Acadia; la maldición de Zeus aún tenía repercusiones en ellos.
En el grupo de Niké, los chicos bromeaban todo el tiempo con que ellos jamás renunciarían a sus libertades de solteros. Pero por más que se hicieran los valientes y renegaran lo que el destino tenía preparado para ellos, éste no se hizo esperar. Niké, alias “La Pequejefa” los tenía a todos bien instruidos en el asunto. Era una romántica, y tenía la mente llena de historias sobre las grandes parejas del clan, empezando por su padre y madre y cómo habían llegado ellos a emparejarse. Los casos eran de lo más variados.
Ella siempre les decía que no podían luchar contra eso, porque era el instinto.
Rirfen fue el que cayó primero, a la edad de quince años.
Maya, la que se convirtió en su hembra, había sido una muy querida amiga toda la vida, eran hermanos de leche. La madre de Maya había muerto siendo ella una bebita, y la madre de él la tomó a su cargo. Se criaron juntos. Se tenían mucho cariño, pero un día, el flechazo terminó por unirlos, con un beso bajo un muérdago en la fiesta de Navidad de unos amigos humanos de Rirfen. Ahora eran exitosos alumnos de la carrera de Abogacía, y muy felices desde hacía por lo menos ocho años.
Luper fue el siguiente. Cuando él tenía dieciocho, el grupo se encontraba en una misión en la frontera sur del territorio de la manada, y tropezaron en el bosque con una muchacha que estaba escapando de su casa. Iba con una mochila y todo, dijo llamarse Brenda. Luper se tomó muy en serio la orden de Licaón de “no quitarle los ojos de encima” a la chica, y la atracción entre los dos explotó enseguida. Para cuando amaneció, se dieron cuenta de que su compañero y la chica no estaban por ninguna parte. Los dos regresaron al campamento base a la mañana siguiente, tomados de la mano, y Licaón comprobó que Brenda no sólo era de sangre licántropa (sin saberlo ella, aunque toda su vida había tenido la sospecha) y que estaba emparejada con Luper.
Luego vino el turno de Niké, su momento tan secretamente ansiado. Su historia con Thanatos era archi-conocida. Él, un lobo gris del clan de Phallas (uno de los hijos renegados de Licaón de Acadia), perseguido por los suyos y traicionado. Había buscado refugio en la tierra del Alfa Supremo y terminó encontrando más que asilo político. El suyo también fue un emparejamiento rápido: en menos de cuarenta y ocho horas, ya no se podían separar. Al principio, Niké se había resistido porque no confiaba en Thanatos, pero el instinto fue más fuerte.
Luper siempre bromeaba diciendo que se tardaron mucho.
El que cayó cuarto fue Benji. Lo suyo aún era doloroso para los demás. Un año y medio antes, una Amazona del valle había ido a buscarlo, impulsada por el oficio que le tocó de tener un bebé para la hermandad. Pero fue más complicado que eso: eligió tener un bebé de aquel que por Destino sería su pareja, y encima, el hijo nació varón. Benji no tuvo que buscar a su otra mitad, porque ella llegó a él de la nada y encima, le encajó un hijo para que lo criara, solo. Se emparejaron con un sencillo acto que también trajo al mundo al niño, pero ella se marchó de nuevo al valle y no tenían permitido verse, tal era la Ley de las Amazonas.
Benji sufría terriblemente su falta, y criar a un hijo solo no era fácil, pero le ayudaban entre todos.
Al final, sólo quedaban Natus y Sultán.
Los otros dos empezaron a asustarse un poco, porque la hora podía llegarles en cualquier momento, y aunque la felicidad de sus compañeros era alentadora, el caso de Benji era el que más terror les provocaba. ¿Y si tenían que vivir hasta el fin de sus días como él, penando por amor?
El panorama era sombrío, ambos estaban cerca de la barrera de los veintiún años.
A los veintidós, y un poco temeroso-deprimido porque aún no había novedades de su hembra o había tenido alguna novia en absoluto, Natus decidió dejar la manada e irse a la Universidad Olímpica. Terminó en Estudios del Medio Ambiente, y en sus ratos libres participaba en el grupo social de Prometeo para reeducar a las dríades; ayudándolas a ser más firmes de carácter, a quererse y a pensar más en sí mismas como un intento de bajar los altos índices de violaciones consentidas que sufrían las pobres criaturas. Desde la primera vez que vio a Jenueh, una de las dríades del grupo que apoyaban, supo que ella era su pareja. Y nunca estuvo más seguro de algo en su vida... fue una cosa muy intensa. Absoluto. Tal como los otros le habían contado que era. Eran tan felices que casi daba asco.
Así que el único que quedó solo, para entonces, fue Sultán.
Pero él no se había dedicado a perder el tiempo. No. Jamás perdía chance de tener un amorío, ya fuera con mujeres humanas, lobas o de la naturaleza que fuera; casadas, solteras, con novio o viudas. Nunca creyó en el emparejamiento. Y a los veintitrés años, ya había tenido dos arranques de ira, uno de los cuales había acabado con un saldo no menos que lamentable, con heridas de cierta gravedad a un compañero licántropo.
Amarok de Acadia de la Casa de Shunya, (a quien llamaban con cariño “Sultán”) no tenía pareja.
Y si fuera por su voluntad, no querría una.
Porque, bueno... en parte porque sus esperanzas murieron cuando Niké se emparejó con Thanatos. Sí. Era duro pensarlo. Desde muy jóvenes había estado un poco enamorado de ella, y ya de mayorcito, había pensado en declarársele una o dos veces, pero... no tenía caso, porque ella no era su hembra. Si hubieran sido el uno para el otro, Niké también lo habría sentido y estarían felizmente emparejados. Ni siquiera se le pasó por la cabeza tener un noviazgo con ella, porque era la hija del Alfa Supremo y su respeto por la chica era algo por lo que se cortaría una mano. Y cuando ella dijo que había conocido a alguien...
Así que siempre se había escondido tras una máscara de seductor empedernido.
Por eso lo llamaban “el Sultán”, de todos modos.
Pasó otro trago de su botella de cerveza, esperando que el alcohol ayudara. Tenía que dejarla ir un día, ya hacía cinco años de eso. Y ni un solo día había dejado de pensar en Niké, o de seguir protegiéndola como cuando estaban en campamentos y misiones. Era un buen amigo. Tenía el corazón partido en varios pedazos, y seguir viendo a Niké tan feliz con el otro era como tener un hueso roto en el cuerpo; cada vez que se movía, le dolía.
Estaba harto de sentirse así.
Por eso, ya que todo el mundo hacía su vida, él decidió hacer lo mismo y se largó de la manada, a trabajar a otra ciudad. Lejos de Niké podría olvidarse de ella, así por lo menos no se sentía tan mal con Thanatos. En uno de sus ataques de ira lo había atacado por pura inercia, porque era el objeto de su odio.
Pero, ¿Qué sentido tenía? Niké quería a Thanatos.
No tendría ni qué haber empezado a sentirse mal por nada.
El bar estaba algo ruidoso. Se había metido en una taberna de moteros de las afueras de la ciudad, después de trabajar. No había nada mejor que música vieja, alcohol barato y un mostrador maloliente para darse cuenta de que su vida no era tan miserable, que podría estar peor. En el ambiente flotaban las feromonas, había de todo dentro del bar. Tenía que evitar hasta respirar.
Tal vez por eso no se dio cuenta, al principio.
Levantó la botella y le hizo un brindis invisible a la memoria de su estupidez.
—Por tres meses sin verla. —suspiró, y se echó otro trago.
Un ruiderío estalló en la parte de atrás, cerca de las mesas de billar. De pronto la música se apagó, y Sultán se volvió sobre su hombro al oler la sangre en el aire. Un tipo con barba amarilla retrocedía, soltando unas maldiciones bien floridas. Se agarraba la mano izquierda contra el pecho, y el líquido rojo manchaba su camisa.
Una chica vestida con una falda corta y chaqueta de cuero lo amenazaba con un taco de billar roto, cuya afilada punta estaba manchada de rojo:
—¡Y COMO ME VUELVAS A TOCAR, TE LO CLAVO EN EL OJO! —gritó ella, con gran rabia.
La voz fuerte e imperiosa de la chica llamó su atención más que la sangre, el alcohol o la conmoción que se generó. Fue automático. Todos los sonidos bajaron de nivel en un parpadeo, y sólo quedó esa voz. Y su impresionante magnetismo, que le atrapó desde el primer momento en que la miró. Una rubia hermosa, con los cabellos largos y revueltos. Cuerpo de modelo. Estilizada, pero de aspecto duro y nada macilento. Sostenía el taco de billar roto como si fuera una profesional en atacar con objetos cotidianos. Algo en la forma en que ella agarraba ese pedazo de madera le hizo sentir cosquillas en el estómago.
El tipo de la mano herida amenazó con atacar a la chica, también. Sultán se levantó de su asiento inmediatamente.
Era más fuerte que él, el impulso de protegerla...
Avanzó entre la gente empujando moteros y borrachos de su camino y se metió entre las mesas de billar. El olor de la joven lo golpeó entonces, como un mazo, y un gruñido feroz subió por su garganta. La sangre le hervía de solo mirarla. Era la criatura más hermosa que jamás hubiera visto.
¿Quién era esa Niké en la que pensaba antes?
No existía. ¡No, esta mujer la superaba en todo sentido!
Tal vez un día le diría a Niké lo que había sentido por ella, ahora que se sentía muy seguro de lo que sentía por esta mujer, aún sin conocerla. Todo el cuerpo le palpitó justo al unísono del corazón de ella, estaba seguro. Sincronizados, como uno solo. Cuando ella lo vio, los ojos se le abrieron mucho, con una mezcla de placer y terror. Sultán atrapó al tipo de la gorra de camionero por el hombro, y lo lanzó hacia atrás sobre las mesas de billar con un solo empujón, alejándolo de la chica. Y no se detuvo hasta pararse delante de ella, enloquecido a un nivel muy íntimo con su aroma femenino, fatal...
Algún amigo del camionero le partió un taco en la espalda, pero ni lo sintió.
La estaba mirando a ella.
Y no había nada más.
La gente empezó a hacer comentarios. El impresionado amigo del tipo con la mano herida se enfureció y tomó una silla de madera, la lanzó sobre el muchacho haciéndola pedazos contra su fornida espalda. Y Sultán ni siquiera se movió, simplemente le sonrió a la paralizada chica.
—Hola. —le dijo, en voz baja, con seductora tranquilidad. — Me llamo Amarok de Acadia, de la Casa de Shunya. Me dicen “Sultán”. Huelo que eres loba, ¿Puedo preguntar de qué casa?
Ella quiso retroceder, pero se golpeó el trasero contra una mesa de billar.
Antes se mostró belicosa, y en frente de él se estaba deshaciendo.
—... Brittany. De la casa de Hélix. —respondió, atragantada de espanto.
Él sonrió de medio lado, deleitado. Una renegada. Los hijos de Hélix eran terribles, no le extrañaba en absoluto que ella fuera tan agresiva y con ese carácter firme, defensivo, y energético. Una mujer de primera calidad, a pesar de la mala sangre.
Sentía tirones en el cuerpo, como si estuviera clavado con mil agujas y los hilos los tuviera ella en su puño, atrayéndolo hacia su persona. Era como los otros le habían dicho. Una atracción tan grande que casi es dolorosa e irresistible. No lo podía creer. Y aparentemente la gente que los estaba mirando, tampoco. Alguien se dio cuenta de llamar a la policía, así que al escuchar el marcado automático, Sultán tomó a esa rubia hermosa de la muñeca y salió corriendo con ella del bar.
Entraron a un callejón cuando Sultán se sintió lo bastante a salvo como para dejar de correr. Agitado, todo lo que atinó a hacer fue proteger a la chica con su cuerpo, la cubrió de las luces cuando un vehículo de la policía pasó muy rápido cerca de la salida de la calleja. Ella se aferró a él, olfateándolo concienzudamente, ansiosa. A Sultán le gustó eso. Una hembra que lo olfateaba con denuedo y se aferraba a sus ropas así...
Estaba en presencia de su hembra predestinada, acababa de darse cuenta. Una emoción terrible le azotaba el pecho, ¡No la podía controlar!
El impulso de besarla fue más fuerte que cualquier otra cosa, probarla, sentirla en sus labios, desde el fondo de su alma. Le devoró la boca sin pensar, sin pedir permiso, sin más motivación que hacerlo porque sí. Y la encontró maravillosa, tan experta como él, con habilidad para rozarle la lengua con la suya y lo bastante confiada como para dejar que le acariciara la cintura y la espalda con sus manos, debajo de la ropa. Así era. Una decisión unánime de cuerpo y alma, de parte de los dos. El corazón de Sultán latía tan rápido que corría peligro de detenerse. Brittany era fabulosa.
No necesitaba saber más de ella para decidirlo.
Cuando finalmente se apartaron un poco, sus ojos se toparon con los del otro en una mirada tan acalorada e intensa, que los dos se sonrojaron, encontrando la timidez perdida en menos de un santiamén.
Con inocencia, ella le mordió el labio inferior provocándole un estremecimiento tan enloquecedor que se le escapó un gruñido de la garganta, y Sultán la empujó contra la pared con un gesto bruto pero excitante. Ella se rió, y le acarició la mandíbula con la punta de la nariz, en una cariñosa señal de aceptación.
—Salgamos de aquí, hagamos algo más divertido. —le pidió, en un susurro ansioso.
—Quieres decir, ¿Como pasar unas semanas juntos? ¿O unos cuantos años?
Brittany sonrió, tanto como él lo hizo:
—... puede ser. Ya veremos. —convino, orgullosa.