País Relato - Autores

melisa s. ramonda

cocina

Alimentar a su pareja parecía ser una habilidad especial que Atenea tenía muy bien desarrollada, y no sólo por su instinto para descifrar el pensamiento de otros. Y es que la comida tenía un rol importante en su relación con Licaón, no sólo por el componente nutricional de una dieta balanceada para estar los dos sanos y fuertes.
“Comer” no era sólo un acto que se realizaba en una mesa.
―¿Pongo esta aquí? ―preguntó Licaón, con picardía.
―Ponla donde quieras, amor. Se verá bien. ―se rió la diosa, sonrojada.
Él tomó la cereza, e hizo un pequeño nido con crema batida de aerosol sobre el ombligo de la mujer, para colocar la fruta roja y brillante sobre la pequeña pirámide blanca, con una sonrisa llena de colmillos hambrientos.
Alimentarse, comer o cocinar, todo dependía del cristal con que se lo mirase.
Atenea cocinaba cuando le apetecía y cada uno de sus platos era un manjar digno para otros dioses, no para simples mortales. Licaón tenía el placer de recibir sus atenciones sólo porque ella había decidido quedarse con él y amarlo, intentar ser feliz a su lado, y cada vez que ella decidía poner en práctica sus dotes culinarias, él quedaba fascinado. A veces, Licaón quería devolverle el favor por lo menos en algo, o en alguna forma…
―… bien, tengo una uva, ¿Dónde debería ponerla? ―inquirió él, en un ronroneo.
―Ya te dije, donde quieras…
―Mira, no me des tantas alas, porque lo podrías lamentar.
Se miraron con intensidad electrizante por un momento en la semi-oscuridad de la recámara, Atenea se mordió el labio inferior, provocándolo con su sensualidad casi inocente. Siempre tenía ideas de ese estilo, alocadas pero excitantes, y Licaón no era precisamente lento para sumarse. Recostado de lado junto a ella, que estaba boca arriba, esperándolo, él miró la uva con un gesto vacilante y en vez de proceder con su malévolo plan, se metió la fruta a la boca y la masticó.
―Hm, jugosa. ―apreció.
―¿Y eso? ―preguntó ella, decepcionada― ¿Tienes hambre? ¿Quieres que dejemos esto y comamos algo?
―Estoy viendo lo único que tengo ganas de comerme ahora mismo. ―le contestó él, con total confianza, y se inclinó hacia la mujer para tomar sus labios en un beso más suave, con el sabor de la fruta. Ella gimió al devolverle la caricia, ansiosa por lanzarse sin más sobre su esposo y hacer con él hasta lo innombrable. Pero estaban jugando y el juego había sido idea suya. Licaón no pudo evitar sonreír al romper el beso, olfateando en el aire la dulzura de la crema y el aroma de la excitación de su mujer― Y sabrás mucho mejor con más frutas encima.
Enfurruñada, la diosa se acomodó de nuevo como estaba antes, boca arriba en las sábanas con aroma a sol, y se obligó a quedarse quieta mientras él derramaba una línea de crema sobre su estómago, subiendo hacia el pecho y el cuello. Con un tarareo muy sensual, dejó caer unas cuantas almendras sobre la pasta blanca y dulce, y se animó a probar la mezcla con la lengua, sobre la piel de ella.
Atenea gimió de nuevo, ansiosa.
―¿Por qué me haces esto? ―le dijo, quejosa.
―Porque te encanta.
―Hmm, Licaón...
―¿Qué?
Ella le sonrió, le acarició el pecho con manos anhelantes, tratando de convencerlo.
―¿No crees que faltan más fresas? ―le dijo, en voz baja.
―Es justo lo que estaba pensando.
Se reían, como niños, cuando Atenea insistía en enseñarle a cocinar. Siempre pasaban buenos momentos juntos en la cocina, ensuciándose, tratando de hacer algo especial. A Niké le gustaba mucho cortar vegetales, desde que Licaón había instruido bien a la niña de seis años a usar un cuchillo con poco filo. Era una pequeña estrella. Antes, cocinaban ellos dos, solos. Desde que tenían a su hija, compartían el momento los tres juntos, esos días en los que él tenía libre de sus misiones; o en las ocasiones más particulares como eran sus cumpleaños. Lo importante en sí, al final, no era el banquete, sino el amor con que se lo preparaba. De todas maneras, nadie era mejor cocinera que Atenea, nadie era mejor comensal que Licaón, y nadie elogiaba con más entusiasmo las comidas de su madre que la pequeña Niké.
Los dulces, principalmente, la volvían loca. A él también.
Licaón puso más crema y fresas sobre el cuerpo de su mujer, intercalando besos y lamidas con cada fruta, entre risas y susurros. Ella quería hablar, él demandaba silencio con sus besos, exigente y perfeccionista. Su obra de arte sobre el cuerpo de ella debía ser inmaculada, irresistible, para luego devorarla con más deleite inclusive. Sabía que Atenea lo iba a disfrutar el doble.
―... en serio, ¿No te estás tardando mucho? ―gimió la diosa, impaciente.
―¿Es que no puedes esperar? ―se volvió a reír él, divertido.
Acomodó mejor una enorme fruta roja con forma de corazón sobre uno de los pechos de ella, en su nido de crema batida, y no se resistió a devorarla, usando la lengua con su maestría natural. Atenea enterró sus manos en el cabello de su esposo, incapaz de contener un espasmo de delicia, y sus piernas lo enredaron de manera automática, aplastándolo bruscamente contra su cuerpo...
―¡Atenea! ¡Mi obra de arte! ―la regañó él, entre risas. Se levantó un poco sobre sus codos, mostrándole a ella que su trabajo de pastelería estaba arruinado, sus cuerpos se habían pegado uno al otro sobre la crema y las frutas, y era un delicioso desparramo― ¡Qué desperdicio! ¿Y ahora qué?
Al volver la mirada hacia arriba, se encontró con los ojos brillantes y ansiosos de su mujer. A ella no parecía importarle nada que los dos estuvieran sucios.
La miro con cierta confusión, olfateando unas emociones avasalladoras en ella.
―¿Atenea? ―le dijo Licaón, con tono contenido.
La diosa no le contestó con palabras, precisamente. Usando su fuerza superior (de la que a veces le gustaba aprovecharse), lo atrapó por los hombros y lanzó al fornido licántropo sobre la cama, para subirse sobre su estómago a horcajadas. Con su propio poder, se desvaneció en un soplido la crema que tenía enchastrada sobre el cuerpo, y le dedicó una risita traviesa antes de inclinarse a besarlo, para luego bajar sobre su cuello y más abajo. Quitó la crema en su piel con suaves lamidas, devorándose las pocas frutas y almendras que le quedaron pegadas en el pecho y el abdomen.
Él gruñó, complacido, y la dejó hacer unos momentos.
―¿Querido? ―lo llamó ella, para que abriera los ojos.
Sin aliento. Cada vez que Licaón la miraba, el aire se le iba de los pulmones, pero mucho más cuando ella se esforzaba por ser sexy, para agradarle. Entendía que nada de eso era necesario para Licaón, pero...
… desde siempre, le había gustado jugar con su paciencia, y con su control.
No le pudo contestar.
Atenea se había enderezado, sensualmente sentada sobre el estómago de él, y tenía en los labios una fresa roja, enorme. La chupaba con inocencia, sosteniéndola por su endeble cabito, con esos grandes ojos color miel puestos en él, con el rostro arrebolado de pasión y los cabellos en un bello desorden. Tan adorable. Provocaba con sólo respirar. Al menos, eso fue lo que Licaón sintió al verla.
―¿Qué? ¿Por qué me miras así? ―preguntó ella, confundida.
―... realmente quisiera comerte. ―le respondió el licántropo, gruñendo.
La diosa le sonrió, enternecida por su trato siempre tan gentil como apasionado, y se dejó mimar largas horas, disfrutando de las primorosas atenciones de su esposo. Siempre que estaban juntos, no se privaban de nada.
La experiencia los había hecho ingeniosos, tal vez.
Había tres grandes placeres que la diosa Atenea respetaba mucho: su hombre, su casa y sus deberes de madre, y tres grandes amores en los que no podía dejar de pensar: su hija, su marido y su causa. Pero aunque estaba ocupada y tenía poco tiempo para distraerse con banalidades, siempre se hacía un lugar en cualquier instante para darle atención a su familia.
Ya fuera hornear galletas y preparar deliciosos entremeses...
Para compartir una cena romántica con su esposo...
O para disfrutar de un postre exquisito, en la intimidad de su habitación.