Fue un procedimiento muy complicado, pero gracias a eso podrían disfrutar de un poco de felicidad.
Hades había hecho un gran sacrificio para ayudarlos y aunque se los debía, no tenía por qué ceder. Era uno de los Tres Reyes, miembro del Círculo de los Doce Dioses, y tan importante que lo más esperable de él era que se les riera en la cara, pero... contra todo pronóstico, atendió a su promesa. Les había dicho que si podía encontrar un modo de ayudarles a ser dos de nuevo, les concedería eso.
La verdad es que ninguno de los dos podía creer lo que oyó cuando les dijeron que Hades había pedido a Zeus ayuda para separarlos. Salmecis quiso llorar. Hermafrodito no podía abrazarla para contenerla, entonces.
Todavía no.
Y no fue simple. No fue nada sencillo, no. No era como chasquear los dedos, y cortarlos en dos.
Salmecis y él estaban unidos, compartiendo el mismo cuerpo con dos mentes separadas. Cortar no era la solución. Y Zeus, cuyo poder no era capaz de lograr el milagro de dividirlos otra vez, les había derivado con la diosa Kali, la protegida política del panteón grecorromano. Kali no cedió hasta que Afrodita intercedió. Por lo que Hades les había hecho, Salmecis ya no tenía un cuerpo. Era necesario crear uno nuevo para ella, uno que fuera lo bastante resistente como para soportar un tiempo antes de desintegrarse. Kali, en su calidad de creadora, destructora y reconstructora, era una de las pocas deidades que tenía poder para algo así.
Hermafrodito les había agradecido tanto, tanto a todos...
Y esperó, porque la Diosa Negra había advertido que tendría que esperar.
El “trabajo” que Kali había hecho era sólo temporal, es decir, tenía la capacidad de desdoblarlos en dos cuerpos separados como originalmente habían sido, pero no duraba más que unos seis meses. Hades pagó por ese servicio, porque Kali era una bruja muy poderosa, pero cobraba muy caro.
Fue doloroso.
Y también, difícil. Hermafrodito no estaba seguro de si saldría bien.
Pero cuando abrió los ojos y la volvió a ver, en la cama de al lado en el Hospital Olímpico, el alma le regresó al cuerpo de inmediato. ¡Era ella! ¡Su rostro! Quiso levantarse e ir a tocarla, abrazarla, besarle, cubrir sus mejillas con lágrimas y palabras de alegría, pero no se podía mover. Y no se pudo mover por varios días, así como Salmecis no abrió los ojos.
Empezó a desesperar.
Salmecis pasó su primera semana en coma. Panacea pensaba que la brujería de Kali no era más que eso, simple chapucería a medias, sólo por el propósito de la otra de vengarse por lo ocurrido con su esposo, Shiva. Pero Kali respetaba a Afrodita (a pesar de que odiaba con todo su corazón a Zeus y a todos sus parientes), y siendo Hermafrodito su hijo, era improbable que quisiera hacerle algún daño, o darle la mitad de lo que éste le había rogado tan respetuosamente.
Por lo que Hermafrodito fue el más terco de los dos y siguió decidido a confiar.
Afrodita pasó mucho tiempo con él, velando por Salmecis, esperando a que volviera en sí. Por un lado, ella estaba muy alegre porque su hijo querido estaba de vuelta y podía abrazarlo; y por otro, muy triste porque la muchacha no despertaba de ese sueño extraño. Todos los hijos de Afrodita pasaron a verlo y tampoco sabían bien qué sentir, esa extraña mezcla de felicidad y tragedia. Hades abandonó un momento sus ocupadas agendas para hacer una visita, habló con Panacea y con Asclepio, conversó un poco con Hermafrodito.
Las cosas seguían tensas entre ambos.
Pero Hermafrodito vio (a través de los ojos de su madre, quizá) que ese sujeto que tenía en frente no era el mismo Hades que en un arranque de ira los había convertido en un solo ser. Lo que él hacía no se podía deshacer, y era una pena.
Fueron días duros, donde la incertidumbre parecía estar siempre a un paso de cubrir por completo sus esperanzas. Pero se vieron recompensados finalmente cuando la mano que el hijo de Afrodita tenía entre sus dedos se movió apenas, y los ojos de la ninfa se volvieron a abrir. Ella se pudo mover de inmediato, no como él que tuvo que esperar a recuperarse; así que un poco más y Salmecis saltó sobre el amor de su vida, entre risa y llanto, besos y palabras apresuradas. Terminaron rodando en el piso, los aparatos de control del hospital pitando fuera de control. Afrodita sólo pudo observarlos, riéndose con gran alegría, y se agachó para abrazarlos a los dos, dándoles sus más sinceras felicidades.
Salmecis tuvo que permanecer un día más en el Hospital Olímpico para cerciorarse de que todo estaba bien con ella, y le dieron el alta en perfectas condiciones. Ni bien salieron del Hospital Olímpico, lo primero que ella quiso fue la posibilidad de casarse. Hefesto estuvo muy de acuerdo en hacerles unos anillos y la ceremonia fue muy pequeña, entre los familiares más directos. Hermes asistió solo pero con regalos para los dos. Quizá se había enterado primero que todos del hecho, pero como lo suyo no era “ser padre” precisamente, no había sabido muy bien qué hacer.
Afrodita organizó una fiesta en su residencia isleña, porque no podía dejarlo pasar. Todos tenían que celebrar el renacimiento de su hijo y nuera.
Acudió mucha gente, todos los conocidos y ex pupilos de la pareja, otros dioses y semidioses, algunas criaturas y muchísimos acólitos. Se habló por semanas en el Semanario Olímpico, el único gran evento de la década después del matrimonio de la diosa Atenea y el posterior nacimiento de su hija. Fue como la recepción postergada de la boda, el comentario general era lo espléndida que se veía Salmecis y lo orgulloso que se veía Hermafrodito. La ninfa tenía un cuerpo sano y hermoso, idéntico al que una vez había ocupado; sacado directamente de la memoria de “su otra mitad”. Bueno, tal vez “mejorado" respecto de su cuerpo original, porque la forma en que él la recordaba era excelsa, pura y magnífica. Pero Salmecis no se enojó por ello y la gente le alabó el vestido y el peinado, y la salud.
—¿Qué te hiciste, Salmecis? —le preguntó una de sus amigas ninfas, con una risita algo juguetona— ¿Cirugía plástica? Porque jamás estuviste tan radiante. Le provocarás un calambre en el cerebro a más de uno en esta fiesta.
Salmecis no respondía a esos comentarios con palabras, sino con sonrisas.
Podía decirse que había pasado por una especie de “lifting”, pero prefería hablar de eso en privado, con su flamante esposo. Su nueva “belleza exacerbada” era un tópico muy interesante para una pareja recién casada.
Kali no asistió, pero Afrodita insistió en enviarle una ofrenda de agradecimiento.
Y le enviaron una a Hades, aunque fuera un tema delicado.
Hermafrodito entendió las buenas intenciones de su madre y Salmecis también, dado que era obvio que sin aquellos grandes dioses, no tendrían esa oportunidad de estar frente a frente otra vez. Ninguno de los dos quería pensar en lo que ocurriría dentro de cinco meses y medio. Era más fácil no hacerle caso, porque la felicidad les ganaba a los dos por montones.
De vez en cuando, él se acordaba de eso y miraba a su mujer con cierto dolor, pero de pronto la veía reírse por alguna tontería o la observaba entrenar con sus pupilos, o cocinar... abrazarle. Se olvidaba de todo. Pensaba en la posibilidad de añadir miembros a la familia, en conseguir una casa que no fuera un barracón de entrenamiento en un campamento de guerreros, en viajar.
¿Y cómo hacer todo eso, seis meses a la vez?
Tal vez Kali podía darles una solución, ella que podía hacer tantas cosas...
Depender tanto de otros dioses para seguir con sus vidas le parecía un abuso.
Por eso, Hermafrodito simplemente lo dejaba ser. Si habría más para ellos en su existencia, si Salmecis quería más, entonces buscarían la manera. Él se conformaba con lo que ya tenía, y con ser feliz. Seis meses al año era mejor que nada.
Una noche, vio a su esposa de pie ante el espejo del baño, buscándose algo en el rostro. Unas patas de gallo inexistentes, quizá. Él se asomó por detrás de ella, recorriéndole con besos el hombro, y le preguntó:
—¿No te cansas de admirarte en el espejo? —dijo, bromista.
—Es tu culpa. Me hicieron bella por tus recuerdos.
Lo miró a través del espejo, sonriendo, y suspiró complacida con sus atenciones.
—Es como te veo. ¿Qué hay de malo en que los demás te vean como yo?
—... ¿Quieres que los demás empiecen a pensar como tú, en este momento?
Ella se refería a la forma posesiva y lujuriosa con que él le recorría el vientre con sus manos, abrazándola desde la espalda. Hermafrodito le respondió con un gruñido cargado de mal humor repentino, y se concentró en el punto que lo había llevado hasta ahí:
—... ¿Pensando en un poco de bótox? —volvió a bromear.
—Bueno, la verdad es que este espléndido cuerpo necesitará mucho mantenimiento... —rió ella, feliz.
Él la acompañó en su risa y la abrazó fuerte, apoyando la barbilla sobre el hombro de la mujer. Se quedaron un largo rato allí, viéndose el uno al otro con el cristal como el más humilde intermediario. Sólo viéndose.
Uno, al rostro del otro.
Mientras pudieran hacer eso, todo estaría bien...