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melisa s. ramonda

capacidad

Ser padre NO era fácil.
Por ese motivo, Hermes había pasado siglos evitando la responsabilidad. Por el bien común, Afrodita se hacía cargo de criar a todos sus hijos (que no eran tantos como el común de los Olímpicos creía) y de educarlos, cuidar de ellos, verlos crecer. Hermes se dedicaba a velar por que no les faltara nada, pero nada más. Alguna que otra visita ocasional...
Para él, sus hijos eran como “sobrinos”.
Nunca había visto la necesidad de ser el padre de nadie, es decir, Hefesto ya cumplía ese rol por él. Hefesto aleccionaba a los hijos propios y ajenos, si eran también los hijos de su esposa. Y no les daba amor, quizá, pero con el amor de su madre, todos tenían de sobra. Por diversos motivos, uno más secreto del otro, se había acostumbrado a estar en un segundo plano con respecto a esos lazos que para el resto de las personas y de los dioses parecían ser tan importantes.
Esposo, y padre. Suegro.
Nada que ver.
Pero cuando finalmente Amaterasu dio a luz a Hayabusa, no otra tuvo opción. Licaón fue muy estricto en ello.
Cuando Hermes apareció en su casa con la diminuta bebé alada en sus brazos, el licántropo fue firme; lo bastante como para poner los puntos sobre las íes: ellos podían dar asilo a la niña, pero Hermes tendría que hacerse cargo de cuidarla. Después de todo, era su padre. Y mientras no pudieran rescatar a Amaterasu, ella iba a necesitar el amor, la protección y el cuidado de su padre biológico, el único que tenía disponible. Todo el círculo interno de Licaón y Atenea estaba trabajando en el plan de rescate.
Hermes no estaba solo, ya no.
Y era difícil ser padre, ¡mucho! El joven se dio cuenta de que no se trataba sólo de aparecer y dar regalos o infinitas cantidades de dinero. Era estar y soportar. Y esperar, ser paciente también era muy importante. Contener y abrazar, dar besos, hacer reír, jugar, enseñar, regañar y corregir. Eran muchas cosas. Y había muchas más que tardarían en llegar. Hermes aprendía de Licaón, pero se veía en desventaja; Niké tenía cerca de dos años, Hayabusa era una recién nacida.
—Hermes, ¿No te entra en la cabeza que no puedes sujetarla así? —lo regañó el otro, con tono molesto, cuando lo vio sostener a la beba por las piernitas otra vez. Licaón se dio una palmada en la cara y colocó a la niña, que lloraba a todo pulmón, de manera más apropiada— Cerca de tu pecho, ¡que oiga tus latidos! Así deja de llorar, ¿lo ves? Te busca a ti, no le tengas miedo.
En efecto, Hayabusa dejaba de llorar casi instantáneamente cuando sentía el calor de Hermes. En cierto modo, sentía en él algo de la esencia de su madre y se apaciguaba como por arte de magia, acurrucándose contra él por instinto.
—No puedo hacerlo. —sentenció Hermes, bajando la cabeza con resignación. Se dejó caer en el alféizar de la ventana, con un gesto derrotado y un suspiro— Lo dije antes y lo digo de nuevo, no es para mí.
—Haberlo pensado antes.
—¿Qué insinúas? —miró a Licaón con el ceño fruncido.
Licaón tenía las manos ocupadas tratando de preparar un biberón con jugo de fruta para su hija. Sólo le prestó atención a Hermes cuando la tetina fresca estuvo en la boca de Niké y ésta dejó de reclamar su sed con esos gañidos que lo ponían loco de desesperanza. Sí, la niña había aprendido a extorsionarlo usando técnicas sutiles pero infalibles. Era de la astucia de su madre.
—Vamos, Hermes, lo sabes. Eres desconfiado, pero todo esto fue un poco bastante imprudente. Por lo general tú no cometes esta clase de errores, ¿Cómo no te diste cuenta de que...?
Hermes hubiera querido decir que lo habían engañado...
Pero no podía echarle la culpa a Amaterasu de lo sucedido. De hecho no le podía echar la culpa de nada. Habían convenido en pasar su tiempo libre juntos, en ser una suerte de “amigos con privilegios”, algunas cosas no habían salido bien. Pero Hermes estaba más que convencido de que no había sido un error, más allá de cómo habían resultado los eventos.
Miró el rostro redondo, pequeño y enrojecido de rabia de Hayabusa, dormida con la naricita y la frente apoyada en su camiseta, respirando con una tranquilidad imposible. Ella no se sentía más segura en ningún otro lado. Y la miraba, viéndola tan parecida a Matty que era casi doloroso. Apenas más grande que un ladrillo, pero pesaba la mitad. Sólo alcanzaba el peso de un bebé humano normal por el añadido de sus alas, casi demasiado grandes para una criaturita de su talla.
¿Cómo una cosa tan bonita podía ser...?
—No creo que sea un error. —repuso Hermes, firme.
—Entonces no huyas de esto. —dijo Licaón, cuando notó la vehemencia con que su patrono contestó— No es tan difícil como crees. Al principio, yo evitaba tocar a Niké por temor a lastimarla o dejarla caer por accidente... pero tuve que aprender a hacerlo todo, porque es más fuerte que yo. Créeme, lo que necesitas, lo llevas dentro. Tienes que encontrarlo.
Hermes lo miró con mala cara, ¿Sermones, a él?
—Licaón, no te ofendas, pero no necesito consejos, soy...
—El Dios del Comercio, los Ladrones y Mensajeros. Me sé la pancarta. Pero en este momento solamente veo a Hermes, el niño grande que llegó a mi casa cubierto de su propia sangre, con un bebé en los brazos. —repuso Licaón, con un gruñido molesto. Niké tosió, porque había tragado mal su jugo, y su padre se arrodilló junto a la niña para darle algunas palmaditas en la espalda. Ella se recuperó y siguió tomando del biberón— Si no te hubiera ayudado hace menos de cinco minutos, es posible que Hayabusa se hubiera ahogado.
—Entonces, ¿qué intentas decir? ¿Que debo aprender de ti?
—Podrías empezar por escucharme cuando te hablo. ¿No lo ves? TU HIJA sólo se duerme si la sostienes tú. Y no admite que nadie más la toque, es muy quisquillosa. Toma ventaja de eso, es el menor de muchos males.
—... ¿Males? ¿Como cuáles?
—Pues, podría llorar sin parar pidiendo por su madre y sólo por ella. Y la verdad, ya comprobamos que su llanto es poderoso y hiere los oídos. Como el grito de un ave de presa.
Hermes se quedó pensando en eso un momento.
No, ¡Es que no se sentía capaz de hacerlo!
Cuando volvió a suspirar, la diminuta bebé en sus brazos estornudó, luego echó a llorar. Licaón puso cara de situación y salió corriendo hacia la cocina. Niké lo siguió, caminando muy ufana con su biberón. Sin saber muy bien qué hacer, Hermes se puso de pie con un salto suave, casi flotando en el aire, y empezó a mecer a Hayabusa para que se tranquilizara. Pero no, esa vez no quería callarse. ¡Por favor! ¡No habían pasado ni diez minutos!
—¿Qué pasa? —gimió— ¿Por qué no duermes toda la tarde?
—¡Aún es muy pequeña para eso, además tiene que comer cada media hora! —respondió Licaón, desde la otra habitación— ¡Entreténla por unos minutos mientras preparo un biberón!
— ¿¡UNOS MINUTOS!?
Hermes no iba a soportar unos minutos más de ese llanto agudo y furioso.
Apareció en la palma de su mano un biberón tibio, un caro sustituto especializado de la leche materna, y le acercó la tetina a la boca. Hayabusa resistió el ofrecimiento un par de veces hasta que una gota del alimento tocó su lengua por casualidad, y empezó a buscar con verdadera desesperación. Hermes suspiró de puro alivio cuando la oyó por fin mamar y callar.
Se volvió a sentar, meciendo a la chiquilla un poco más. No, él no era capaz de cuidar un bebé por sí solo.
Ni hablar de ser un padre en toda ley, enseñar cosas buenas y castigar, era liberal en extremo para esas cosas. La niña podía ser una diablilla, y él ni en cuenta.
Licaón lo estaba mirando, con el otro biberón en la mano. Y se sonreía, el enano revoltoso había logrado resolver el problema por sí solo, a su modo, con sus recursos y sin ceder al pánico. Ahora, si lograba hacer que Hermes aprendiera a bañar a la bebé, a cambiarle el pañal y a dormir con ella, se daba por servido. El instinto estaba ahí, ¿Cómo podía creer que no lo llevaba dentro?
Estaba asustado, eso era todo.
Licaón lo había sentido, aún en su virtual inexperiencia.
Sí, tal vez no fuera un gran modelo a seguir, pero Hermes tenía muchísimo poder y para Licaón, ese joven podría ser un héroe para la pequeña Hayabusa, más que un tío regalón.
No pudo evitar pensar, por medio segundo, en qué pasaría si por una de esas cosas del Destino, no podían volver a reunir a la niña con su madre.
Niké se acercó a la pierna de su padre y le rodeó con un brazo, apoyando la cabeza en su rodilla. Ya no tenía jugo para tomar, pero succionaba la tetina del biberón en un acto reflejo, adormilada. Era momento de su siesta. Atenea siempre insistía en que la pequeña debía dormir al menos un poco por las tardes para que no se levantara tan temprano en las madrugadas. Licaón la tomó en sus brazos y la meció hasta que el biberón le cayó sobre la mano, su hija lo había soltado en sueños.
—No es tan difícil, Hermes. Sólo necesitas amarla mucho, y protegerla. —se animó a decir, en voz baja.
Hermes lo miró, con cierta preocupación.
—... no puedo confiar en nadie, Licaón, y esto...
—Ella jamás te decepcionará o te traicionará. Si le enseñas bien, si eres un buen padre para ella, Hayabusa te idolatrará. —le insistió Licaón, con toda la seguridad de que llevaba la razón— Tienes muchos hijos, no eres el padre de ninguno. Y sin embargo, sacaste a esa niña del peligro, peleaste para salvarla.
—¡Ése es precisamente el problema! ¡No seré un buen padre!
—¡Nunca lo has intentado!
El joven dios tuvo que reconocer que era a medias verdad, bajando la mirada. Se quedó en silencio un momento, hasta que su protegido gruñó bajito y fue a sentarse cerca de él, con la otra niña dormida.
—Vamos, vamos. No te desanimes. Créeme que no es nada malo, tener miedo. Es una vida la que depende de ti, la formación de otro ser. Todo un desafío, ¿No? —le dio un ligero codazo, para no molestar a Hayabusa— Mira, no digo que “te voy a enseñar”, pero... podemos intentarlo. Eres muy listo, Hermes. Estoy seguro de que lo entenderás pronto, y encontrarás que eres muy capaz de lograrlo.
—... sólo te falta mover la cola, Lassie. Te pone feliz esto.
—¿Tenerte bajo mi pulgar? No sabes cuánto.
Se miraron un momento, evaluándose, hasta que Hermes terminó por asentir con la cabeza y apartó el biberón cuando vio que Hayabusa estaba dormida. Comía muy poco, ¡Tan poco! Pero con mucha frecuencia. Casi daba pena verla, con lo diminuta que era... pero era fuerte, y al parecer ya tenía su carácter.
Sí, había peleado para rescatarla. Y para esconderla.
Y no se había despegado de la beba desde que la llevara a ese apartamento.
La iluminación, a veces tardía, cayó finalmente sobre él:
Si había sido capaz de hacer tal locura, de PELEAR con uñas y dientes con un Dragón furioso, sólo para cumplir con la promesa que le había hecho a Matty... ¿Cómo no iba a poder cuidar de su hija? Tenía apoyo, ya no estaba solo.
Intentarlo, por lo menos, sería un desafío interesante.