País Relato - Autores

melisa s. ramonda

camino

Hermes se bajó un poco los anteojos oscuros y la miró por encima de la montura, con una ceja en alto. Se la comería a mordidas si no estuviera más preocupado por tener la atención de Amaterasu colgando de un hilo. Tan menuda y tan bonita, ¡Si no le colgaba un ladrillo en el bolsillo, tal vez se la llevaría el viento! Pero para tenerla como consorte, probablemente.
“Mala suerte, viento. La pasa mejor conmigo.” pensó, más animado.
—¿Caminos? —le dijo, con una sonrisa torcida— Tal vez a donde vamos, no nos hagan falta caminos.
Matty le quitó los anteojos con un movimiento rápido, mirándolo con cierto fastidio.
El atuendo que había elegido para ella era perfecto: botas de cuero negro, de caña alta y suela plana (porque unos stiletto hubieran sido sexys, pero no, eso no era apropiado para su elegancia tan digna), y los pantalones de lycra negra con unas franjas amarillo brillante a lo largo de la pierna, deportivos e informales. Camiseta blanca, sin mangas y con un generoso escote que se veía un poco vacío, quizá, pero igual de adorable; y esa chaquetilla amarillo vivo con algunos detalles negros, cortita, que le dejaba la cintura descubierta. No tenía nada qué envidiarle a los excepcionales kimonos que ella usaba a diario.
La Diosa Sol le devolvió una sonrisita nerviosa.
Ese hombre era su perdición. ¡Demente, arriesgado!
—¿Me vas a decir dónde vamos? —le preguntó, impaciente.
— ¿Acaso importa?
—Hermes-kun, si estás por hacer alguna de las tuyas…
—Italia, ¿Contenta? Tenía pensado que mañana demos una vuelta por Milano y terminemos en Roma, al atardecer. En el puerto de Fiumiccino, para disfrutar de la mejor pizza de Europa. —acabó por decirle, un poco enfurruñado.
—¿Y vamos a hacer todo eso en moto? —le preguntó la diosa, impresionada, y miró de reojo la preciosa motocicleta de color plateado sobre la que estaba sentada, con las piernas recogidas de un solo lado. Ya habían salido antes de paseo con ese vehículo, pero el recorrido se oía largo— Hay controles policiales por todas partes, es Europa.
En esos momentos aún estaban en Noruega, visitando los fiordos. Ella, comiendo un pequeño sándwich vegetariano y él con un refresco en la mano, tranquilamente. El viento no estaba muy fuerte aún, a pesar de que se habían parado en el borde de un acantilado, viendo hacia abajo. De vez en cuando, ella le daba a él una mordida de su sándwich y él le daba a ella un trago de su botella. Nadie les prestaba mucha atención.
Como hacía un poco de frío, estaban muy juntos. Matty le había hecho un espacio entre sus piernas y lo había encerrado entre ellas, en un gesto quizá un poco posesivo.
Eso hacía que los miraran todavía menos, era como meterse en un momento muy íntimo y los dos jóvenes parecían una pareja ordinaria.
—Tú no te inquietes por eso, cachorra. —la sonrisa ganadora de Hermes barrió todas las preocupaciones del mundo— No será nada muy arriesgado, te lo prometo, mira, llevo mis papeles… que son falsos, pero son papeles al fin, y perfectamente válidos. ¿Ves? Y también tengo los tuyos.
Le mostró un carnet de conducir y un pasaporte, le dio los de ella. Amaterasu miró su pasaporte con mucha emoción. Después de examinarlo durante unos segundos, lo miró a él con los ojos entrecerrados:
—¿Yoko Ono? —le dijo, con tono de yakuza provocada— ¿En serio, Yoko Ono?
—¿Qué? No hay ninguna ley que diga que no puede haber dos Yoko Ono en el mundo. O tres, o cuatro. ¿Quién sabe? Japón es grande, seguro existen más de mil chicas con ese nombre.
—… si el tuyo dice John Lennon, alguien va a notar que no vamos en serio.
—Mi nombre humano es Hermes Rockefeller. —comentó él, orgullosamente.
—Ya, porque se oye TAN verdadero…
—¿Nunca oíste de Aristóteles Onassis? —añadió, riéndose con alegría.
Hermes le robó un besito, llevándose en sus labios un ligero sabor a tomate y salsa. Amaterasu le hizo un pucherito y mordió su sándwich, gruñendo que rogaba por que no encontraran un policía con poco sentido del humor que los quisiera llevar presos. Como si pudieran, además. Ella era la Diosa Solar del Japón, y él el joven Dios griego del Comercio, los Mensajeros y los Ladrones. No había cárceles humanas que los pudieran detener.
Cuando terminó con su almuerzo y después de beberse un traguito más de refresco, Matty se inclinó para pasar los brazos alrededor del torso del muchacho y apoyó la cabeza en su hombro, mirando hacia lo profundo del acantilado. El silencio los envolvía con una majestuosidad que los hizo sentir pequeños incluso a ellos, que tenían el poder de mover montañas y ríos…
El aire era fresco, el día estaba soleado. Era hermoso.
Era la verdad, no necesitaban caminos a donde quisieran ir. Si ella no tuviera tanto miedo a las alturas, él la llevaría volando a cualquier parte, pero seguían trabajando en ello y probablemente algún día se curaría de su temor para disfrutar de todo lo que Hermes quería hacerle probar. En verdad que estaba un poco loco y era por demás un demente adicto a los riesgos y a los extremos, pero lo que la consolaba a ella era que no salía herido, nunca. Por lo menos eso.
Hermes le reclamó sus anteojos negros, y la Diosa Sol se los entregó, de mala gana.
—¿Qué dices? ¿Me acompañas?
—Como si me fuera a quedar atrás. —aceptó ella, y le tocó la garganta con la nariz.
Hermes soltó una risita y la abrazó también, inquieto.
—¿Cómo está Haya-chan? ¿Crees que la velocidad le siente bien?
—Está muy bien, no te preocupes, es tan pequeñita que aún no siente nada. —contestó Matty, con una sonrisa. Se tocó un momento el vientre, tranquila. Sí. Había pasado ya un poco más de un año desde que conociera a Hermes, y desde que su cualidad de diosa creadora hubiera decidido que era hora de volver al trabajo. Ahora, después de meses de seleccionar cuidadosamente material genético y amoldarlo a sus propios deseos, dentro de su cuerpo se había empezado a gestar una pequeña criatura, hija de los dos— La velocidad le va a gustar mucho. Tendrá las alas más hermosas y fuertes que el mundo haya visto jamás, ¿te lo conté? Y tus ojos. Tendrá tus ojos, mi cabello, y unas alas que la llevarán a cualquier parte. Será perfecta.
Durante un momento, él no dijo nada y ella se empezó a preocupar. Se apartó un poco de su abrazo y le apoyó las manos sobre el pecho, para ver su rostro. No quería encontrarlo serio, o enfadado. Habían tenido un gran problema y estado a punto de dejar de verse por completo cuando ese asunto salió a la luz, y Amaterasu no quería volver a pasar por lo mismo.
—¿Hermes? —lo llamó, prescindiendo de los formalismos japoneses.
Hasta que lo vio sonreír tenuemente, siguiendo las líneas de acantilados con los ojos…
Él se volvió a mirarla, sin borrar esa sonrisa.
—¿Qué pasa? ¿Aún tienes hambre? —preguntó, y levantó la mano preparándose para aparecer otro sándwich de la nada, por si ella así se lo pedía— Ahora tienes que comer por dos.
—… ¿en qué pensabas? —exigió la Diosa Sol, angustiada.
—… estaba imaginando a Haya-chan volando en este fiordo. Me gustaría enseñarle a hacer algunas acrobacias, cuando tenga la edad. Hay mucho espacio aquí. Y ya sé, ya sé; nada peligroso, porque será una sólo una niña.
Ella vio que él decía la verdad. Matty suspiró con alegría y le sonrió de vuelta.
¿Cómo decirle que no?
—Bien. —convino, asintiendo, y se enderezó sobre el asiento de cuero, para que las manos del joven de cabello rizado cayeran sobre las suyas— Así que, ¿Milano? ¿Ése es tu gran plan? ¿Y cómo piensas llegar allí para mañana, señor “no hay caminos”?
Hermes se volvió a colocar los anteojos negros y sonrió con orgullo.
—Ya te lo dije. No necesito caminos para llevarte a donde quiera. Además, ¿Qué opinas de un viaje de veinticuatro horas por lo más relevante de Europa Oriental? Con este bebé, podemos hacerlo. —él palmeó el asiento de la motocicleta, con cariño.
—… nos vamos a matar. —convino ella, riendo, y se acercó para darle un beso.
Loco, loco. Pero era la verdad. No había obstáculos, tampoco caminos. Hermes no tenía límites, y ella empezaba a perder por completo los suyos también. Después de todo, ¿No estaba yendo en contra de todo su panteón por tenerlo de amante y por haber usado su semilla para crear?
—Sí, llévame a donde quieras. —aceptó Amaterasu, feliz.