Licaón gruñó por lo bajo, angustiado.
—… es que no lo entiendo, todo lo que hice fue aconsejarle que se fuera a dormir más temprano, si no se sentía bien. —se quejó, con cierta molestia— Niké está cada día más difícil. No me escucha ni de milagro, parece que sólo tiene oídos para su madre, ¡Y de alguna manera, yo siempre soy el malo de la película! Y eso que la consiento en todo ahora que Atenea está tan ocupada con los gemelos…
—Estará constipada. —dijo Hermes, desganado y apoyado de lado sobre el mostrador. Le dio unos golpecitos a su vaso con la punta del dedo, un poco triste porque ya se había terminado la mitad de su whisky— Las mujeres tienen eso, ¿No? A veces se constipan.
—Niké no está constipada. —gruñó el lobo, mostrando los dientes.
Era más de medianoche y su viernes ya llevaba un buen rato de empezado. Tenían esa venia matriarcal para salir y distenderse un poco entre hombres, mientras Atenea, Niké y los gemelos, con Perséfone y sus gemelas, Macaria y Melinoe, iban a pasar un rato al templo de la diosa sol, Amaterasu, en Japón. Como Amaterasu no podía salir del templo ellas iban a visitarla muy seguido, era como la tía favorita de las gemelas de Hades, y una diosa madre y creadora con gran afecto por los niños y los bebés.
De ese modo, ellas tenían su viernes de chicas, y ellos, su viernes de chicos…
—¿Cuántos años tiene tu hija? —preguntó Hades, desde el otro lado, asomándose detrás de Hermes.
—Cumplirá once en noviembre. —respondió Licaón.
—… es muy pronto para que sea su primera menstruación.
—¡Hey! ¡No te permito que hables de la menstruación de mi hija! ¿Qué con las tuyas?
—Tienen cinco y son unas princesas, ¿Qué quieres que diga?
—… ¿Es que ninguno de ustedes, grandes machos olímpicos, es capaz de producir un buen hijo varón? ¿Por qué todos tuvimos niñas en la última generación? —observó Hermes, después de darle otro sorbo a su vaso, complacido con el ardiente sabor del líquido— Afrodita a veces me dejaba elegir el sexo de nuestros hijos… Matty no me deja ni pensar en el nombre, todo tiene que ser exacto como ella lo disponga.
Licaón y Hades se rieron, y el licántropo volvió a llenar las copas de él y de Hermes con una botella a la que ya le quedaba menos de la mitad. Era un buen whisky. Con un rápido chasquido de dedos, Hades apareció unas cervezas destapadas frente a cada uno, sin que el barman se diera cuenta.
—Creo que Gea se ha dado cuenta de que ya era hora que hubiera algunas chicas en nuestras vidas. —supuso Licaón, y levantó el vaso para brindar— ¡Por nuestras niñas, y que nunca crezcan!
—Es ridículo brindar por eso. —dijo Hades, inocentemente— Por más que lo pidas, Niké crecerá y se convertirá en una guerrera como su madre, y como es una famosa semidiosa tendrá miles de pretendientes. Pero, por su lado lobo, creo que es lógico pensar que no permitirás que se case con nadie más que con su macho predestinado, el que puede o no estar en tu manada, pero, ¡Hey! ¿Y si ella se enamora de un…? —el Señor del Inframundo se calló la boca en cuanto vio los asesinos ojos azules de Licaón de Acadia espiándole por encima de los rizos dorados de Hermes. Se apuró a alzar su copa, con una sonrisa nerviosa, y declaró:— ¡Por nuestras hermosas niñas!
Apuró el whisky que no había tocado con un trago rápido, y se mareó casi al punto.
Se empezó a acordar de por qué no tomaba.
Hermes los miró, riéndose, con la mejilla pegada a la madera perfumada de la barra, y se enderezó para secundar el brindis, pero bebió sin decir nada en ese momento. Con un suspiro largo, Licaón continuó lo que venía relatando:
—… Atenea está ocupada, los gemelos no son como Niké de pequeña, ellos consumen mucho de su tiempo y mientras no tenga sus poderes, le costará seguirles el ritmo. Son muy exigentes con su madre, todo el día. Temo que Niké se sienta celosa y haga esos berrinches por atención, quiero pasar más tiempo con ella y jugar, ayudarla con sus tareas, sacarla a pasear… pero está difícil.
—Si Niké es hija de su madre, y conozco a mi hermana en algo, créeme, cuñado-protegido, lo peor está por venir. —comentó Hermes, con una sonrisa ladina— No le hagas mucho caso, y se le pasará. Ninguno de mis hijos necesitó de mi atención.
—Por lo menos intento estar ahí para ella, no como otros… —gruñó Licaón, molesto.
Dejó el whisky a un lado, y tomó la botella de cerveza con rapidez, para echarse un trago. ¿Qué le había dicho Atenea? “Bebe, pero no mezcles” ¿Era eso? Bueno, tenía una gran resistencia al alcohol, además esas bebidas humanas no le hacían mucho efecto. Glorioso era emborracharse con el vino de Dionisio y la hidromiel de Loki, según Hermes y Prometeo, respectivamente.
Hades suspiró, mirando su botella.
Hermes le dio unas palmadas en el hombro, con su sonrisa permanente:
—¿Qué pasa? ¿Está mala tu cerveza?
—No, estaba pensando en Mac y Mel, no se duermen si no voy a leerles un cuento y a cantarles su canción…
—¡Oh, por favor! ¡Hades! —lo regañó Hermes, con el ceño fruncido— ¡Viernes de chicos! ¿Un poco de entusiasmo? Si vas a andar sufriendo porque no estás con tus hijas y tu esposa, ¿Para qué vienes?
—Licaón tiene razón. Al menos, nosotros nos preocupamos por nuestras hijas.
—Oh, ése fue un golpe bajo y sucio, Señor del Inframundo. —se quejó Hermes, con mal talante— Pienso en todos mis hijos, y soy tan buen padre que les dejo crecer sin imposiciones ridículas, ¡Pero eso sí! Nunca dejo que les falte nada. No me meto en sus vidas, lo único que les pido es que sean felices.
Hades y Licaón se volvieron a mirar, por encima de Hermes, y se dijeron con el pensamiento que algo de crédito tenían que dar al pequeño revoltoso. El Patrono de los Mensajeros era muy liberal y despreocupado como para ponerle límites a sus numerosos hijos. Pero de todos los dioses menores y semidioses que había traído al mundo con sus parejas ocasionales, aquella que se robaba las atenciones de Hermes en persona era su última hija, la que había tenido por amor, precisamente…
—¿Y Hayabusa? —preguntó Licaón.
—Ya vuela. Y vieras qué rápida es. —repuso el joven de cabellos rizados, alegre— Va a cumplir ocho años muy pronto. ¡Y ya me amenaza en mandarín mejor de lo que yo hablo! Tiene una inteligencia asombrosa esa pequeñaja. La próxima primavera hará su primer cambio de plumas, Matty me ha pedido que esté atento a eso, porque Haya-chan le ha dicho que espera ansiosamente que yo la vea con sus alas ya doradas. ¡Va a ser tan hermosa, como su mamá…!
Hablar de su hija predilecta era un tema que siempre le ponía de muy buen humor.
Y luego no podía parar.
Licaón cerró los ojos, y se acordó por qué NO tenía que preguntar por la niña.
Hades se acomodó mejor, para escuchar con atención las historias de Hermes sobre las travesuras de Hayabusa, la niña-halcón que Amaterasu había criado para él. Era una de las diosas del viento más veloces, y una de las primeras híbridas de dos panteones distintos. El nacimiento de Hayabusa había limado muchas asperezas entre los Olímpicos y la gente de Hi-no-Moto, y Zeus le debía al libertinaje de Hermes la última gran alianza con el panteón japonés.
Si los semanarios humanos hablaban de Brangelina, había que ver el revuelo que se armó en el semanario olímpico con la nueva pareja, Hermaterasu.
Cuando por fin Hermes se calló y suspiró, anunciando así que había terminado de resumir la semana que había pasado con su hija, los tres volvieron a quedarse callados y pensativos, cada quien sumergido en lo suyo.
—… deberíamos llamarle a esto “viernes de padres hasta la coronilla”, más que “viernes de chicos”. —observó Licaón, medio sonriendo— Lo único que hacemos, es tomar algo y hablar de nuestros hijos. ¿Acaso ya no tenemos vida?
—Sí que la tenemos. —lo interrumpió Hades, con emoción.
No hacía falta que lo dijera, el licántropo y el otro dios lo entendieron al instante. Los tres se sonrieron discretamente, y volvieron a sus bebidas sin decir nada, cada quien pensando en lo que le esperaba en ese lugar que llamaban “hogar”… la bebida era sólo una distracción.