País Relato - Autores

melisa s. ramonda

azul

De alguna manera, tenía que asegurarse que estaban bien.
Es decir, lo sabía, muy dentro de sí, y sabía que ella estaba enamorada y que en un simple acto de amor se habían convertido en consortes, pero nadie más que ellos dos era consciente de esto. Era algo que sólo existía en sus mentes y corazones, no para el resto del pueblo y las valkirias del Valle Escondido.
Ni para los otros Dioses de Asgard.
Especialmente, no para Heimdall.
Y aunque el Guardián de Asgard no era tonto, no había dado señal alguna de ceder en su propósito inicial. Sus dos semanas se terminaban, trece de sus cuarenta y tantos einherjar volverían a casa sin esposa, y se irían con la promesa de enviar pronto más guerreros de buena estirpe para que se quedaran en el valle y formaran familias con otras valkirias. El plan marchaba viento en popa, pero Heimdall aún no había hecho su movida.
Para no ser impropio, Prometeo trataba de convencerse con toda su fuerza de voluntad de que no debía entrar en la mente del otro, para leer sus intenciones. Skadi era su consorte, ¿Acaso no confiaba en ella? Pero, claro, ¡Qué estúpido era! No podía evitar estar celoso, porque sabía bien que Heimdall la pretendía con gran determinación, que había ido al valle a buscarla...
¿Acaso Heimdall pensaba que podía subsanar el desaire de su hermano Baldr?
Era en momentos así en que su parte maliciosa salía a flote, y Prometeo quería usar su poder en el otro, manipularlo, obligarlo a hacer el ridículo...
Pero no podía hacer nada que comprometiera la posición de Skadi como regente de ese valle o su condición de Diosa Virgen y patrona de las valkirias. Y porque Heimdall era un temible Dios con poderes excepcionales de búsqueda, rastreo, visión y oído, con todas sus fuerzas había tratado de no pensar siquiera en lo mucho que extrañaba abrazar a su flamante esposa, o darle un beso, recordarle cuánto la quería... porque no habían podido ni siquiera cruzar una palabra de más en esos días. No podía permitir que Heimdall los pescara en algo extraño, que pusiera en peligro a Skadi de alguna manera. Aún no sabían cómo iban a reaccionar los Aesir cuando descubrieran que ella se había entregado a él por propia voluntad.
Y le dolía en el alma ver en los enormes ojos azules de ella la tristeza y el deseo de abrazarle también, de sonreírle con el amor de siempre. Skadi sentía lo mismo que él.
Por eso la había citado en la gruta.
Cuando la vio llegar, montada en el lomo de su caballo alado, se le llenó el pecho de alegría. Todo a oscuras, para que nadie en el pueblo viera las luces en la montaña y se le diera por salir a investigar. La abrazó con tanta fuerza que creyó que la quebraría en dos, pero luego se dio cuenta de que era más factible que ELLA lo quebrase, y se rió con ganas del pensamiento.
Skadi supuso que se reía de felicidad y le acompañó.
Sólo encendieron unas antorchas cuando se encontraban a salvo en la seguridad de la gruta, muy profundo y más allá de la cascada, resguardados por el calor de la terma. Se sentaron a la orilla de la poza, con los pies en el agua tibia y las manos bien entrelazadas, sin decirse nada por un momento. Después de un par de miradas ansiosas y de cierta indecisión compartieron unos besos, tranquilamente. Prometeo se dio cuenta de que ella tenía un poco de miedo de que Heimdall pudiera oír, aún a esa distancia. Aunque la idea le entristeció un poco, no quiso presionarla más. Se dio el lujo de dar su pecho para un abrazo sereno y besarle la frente, mientras la mecía un poco. Y las luces del pilar, aquel pilar sagrado que era la piedra de nacimiento de Skadi, brillaban en celeste y aguamarina en los cristales del techo de la caverna.
Para la Diosa del Invierno, el silencio parecía suficiente.
Pero para él, no.
—Te extraño. —le dijo, en un suspiro más aliviado, feliz de poderlo decir.
—Yo también te extraño, Prometeo, pero no podemos...
—Lo sé, amor mío. No te incomodes. Ya falta poco.
—Heimdall me ha pedido que me case con él.
Cuando Skadi soltó aquello, Prometeo se separó y la miró, tranquilo, en espera de que continuara. Se sentía seguro de su posición como consorte secreto, pero el tono preocupado en que ella lo dijo fue...
—... ¿Y estás reconsiderando lo nuestro? —se obligó a decir.
— ¡No! ¡Claro que no! ¡A ti te amo, a él ni lo conozco! —se desesperó Skadi, casi de inmediato le abrazó con fuerza, poniendo la cabeza sobre su hombro para que no se le ocurriera decir eso de nuevo— ¡No quiero casarme con Heimdall, soy tuya! ¡Y quiero que tú seas el padre de mi hijo o hija!
—... está bien, está bien. Tenía que preguntarlo, de todos modos.
—No vuelvas a decir algo como eso...
—Entonces, ¿Por qué tan triste? —le levantó el rostro con los dedos, despacio.
En los grandes ojos azules de la Diosa del Invierno había algunas lágrimas, y no le costó sentirse como un tonto por haberla orillado al llanto con su pregunta estúpida, mucho más cuando sabía lo sensible que Skadi estaba con esa distancia obligada. Le frotó con un gesto cariñoso la nuca, enterrando los dedos en sus cabellos casi albinos, y volvió a besar su frente para apaciguarla.
—Cuéntame, ¿Por qué me lo dijiste en ese tono tan triste? —le pidió.
—Hoy en la tarde, cuando regresábamos de la frontera del Sur, me pidió que cabalgáramos al frente de la comitiva, lejos de los demás, y me dijo muchas cosas. Todo lo que su hermano Baldr debería haberme dicho, hace muchos años... —le explicó, con tono un poco herido y otro poco con pena por Heimdall, Prometeo lo entendió así— …fue dulce de su parte. Prometió que si yo le decía que sí, que si me casaba con él, me daría cualquier cosa que yo quisiera, que me amaría. Que no me ama ahora, pero que quiere pasar algo de tiempo conmigo, y conocerme mejor...
Prometeo cerró los ojos, imaginando cuán difícil debió ser para Skadi no estallar en gritos e insultos, y decirle de una vez todo lo que pensaba de él. Pero la ira de la diosa no era hacia Heimdall, sino a su hermano Baldr. El Guardián de Asgard de hecho se había comportado con propiedad, paciencia y determinación, esperando con ello hacer buena letra para ganársela. Tal vez, desde siempre le había gustado Skadi. Él mismo era mitad gigante, quizá sí la quería aún cuando Baldr la había tachado de “fea” y destruido la promesa de matrimonio.
Heimdall era un muy buen partido. Y entendió que Skadi se sentía culpable porque había permitido que ese sujeto le agradara un poco.
—Entiendo. —dijo Prometeo, con tono contenido— ¿Y qué le contestaste?
—Él no es estúpido, y ya le dije que amo a otra persona. Pero insiste en que debería pensar en el bien común; le pregunté si él estaba haciendo todo esto “por el bien común” y no porque yo le importara en absoluto. Pero me respondió que aunque le importa que nuestra raza no se pierda, más le importa que los gigantes no se pierdan, y que si yo lo aceptaba, él pondría Asgard a mis pies, y pediría que Baldr resarciera su agravio hacia mí de la manera que yo deseara.
—Es un trato interesante.
—Yo no quiero nada de Heimdall.
—Lo sé, lo sé.
Skadi apoyó la frente en el cuello de él, respirando el aroma fresco de su cuerpo y de su ropa. Aprovechó ese momento de paz para enviarle mentalmente recuerdos de los días más felices que habían tenido, besos más apasionados y palabras más cariñosas. Él le respondió enviándole señales parecidas. Lo vio buscarse algo en el bolsillo, con tranquilidad. Prometeo sacó el puño cerrado y la apartó un poco de su abrazo para mirarla a la cara, sonriente.
— ¿Qué tienes? —inquirió Skadi, curiosa.
—Sorpresa. Cierra los ojos. —pidió, con una sonrisa amplia.
Ella no quiso quejarse ni protestar, sólo obedeció.
Y sintió sobre el escote de su vestido el tacto de algo pesado y frío, que por un breve instante la hizo estremecer. Para cuando las manos inquietas de Prometeo dejaron de moverse en su nuca y le recorrieron las mejillas y sus labios tibios le besaron con cariñosa paciencia, la Diosa del Invierno abrió los ojos de nuevo y miró.
Era un collar trabajado con plata y piedras azules, enormes. Fácil de esconder. No eran piedras preciosas, precisamente, sino de un azul turquesa y no cristalinas, pero bellísimas. Ella se tocó el pecho con la punta de los dedos, admirada por el primoroso detalle, y soltó una exclamación en su lengua.
—¡Prometeo! ¿Qué es esto? —le preguntó ella, azorada.
—Es lapislázuli. Traje las piedras de Perú hace muchos años, y le pedí a Hefesto que manipulara la plata para hacerlo. Eso... estuvo guardado durante cientos de años, esperando a la persona especial que lo portara. —le explicó él, con tono paciente, y le tomó la mano para besarle el dorso— Alguien como tú. Supongo que mi Destino sabía lo que iba a hacer con estas piedras mejor que yo cuando las encontré.
Skadi se quedó temblando de felicidad, le apretó los dedos.
—... gracias. —le dijo, porque no le salía otra cosa.
—No me agradezcas, amor mío. Es todo tuyo, así como yo te pertenezco también. No te preocupes por Heimdall, puedo hablar con él si eso quieres...
—¡No! ¡Yo hablaré con él! Y le diré todo. Le diré que eres mi esposo.
Ella reforzó esas palabras con una sutil caricia sobre las piedras azules en su pecho, y lo miró a él nuevamente con una sonrisa grande, feliz, amorosa. Volvió a besarle con la pasión que llevaba oculta desde hacía diez días, y lo llevó un poco hacia atrás, hasta que la piedra fría les sirvió de aposento y jugaron a quererse un poco más, no demasiado. Uno que otro beso apasionado, una caricia juguetona, unas palabras ardientes al oído, pero no más.
Prometeo sonrió, anonadado de amor por ella, y le preguntó mientras recibía sus besitos tímidos en el cuello:
—¿Te gusta tu obsequio?
—Me fascina. Es tan bello... las joyas son del color de tus ojos, siempre te voy a tener conmigo de este modo, y siempre pensaré en ti cada vez que las vea. Es lo más hermoso que me han regalado nunca. —admitió Skadi, un poco sonrojada.
—... más bien, es azul como tus ojos.
—No, es más como los tuyos.
—...sólo a ti se te verá bien siempre, estoy seguro. —repuso él, poniéndole el punto final a la cuestión— Así que acéptalo, no puedes ganarle a este terco. Si yo digo que el lapislázuli es el color de tus ojos, es porque lo es. Y no me harás cambiar de opinión.
—Me advertiste que eras terco, sí. —suspiró la diosa, contra sus labios.
—Como una mula, mi señora. Como una mula.
Fuera del color que fuera ese collar, su valor simbólico era mil veces más hermoso y si de ello dependía, podía estar hecho de vidrio y alambre, que para Skadi seguiría siendo precioso. Y siempre recordaría a su querido Prometeo, a pesar de que él fuera un terco y le insistiera todo el tiempo que sus ojos no eran azul cielo, sino azul lapislázuli...