Pocas cosas conservan mejor la esencia de una persona que sus ropas. Una camisa, una camiseta, un pañuelo, una chaqueta…
El aroma del ser amado se impregna.
En una toalla, una bufanda. En una sábana, o una frazada.
Pero lo mejor, es cuando se impregna en una almohada.
Perséfone se acurrucó mejor en el sofá, mientras veía el programa favorito de Hades: Gran Hermano. Lo más gracioso es que los dos odiaban ese programa, porque les parecía bastante estúpido que se premiara a humanos hipócritas y manipuladores, pero les gustaba verlo y no sabían por qué. Pero cuando él no estaba y le tocaba quedarse en casa, lo único que podía hacer era tener presentes cosas que a Hades le gustaban para no sentirse tan sola. Estar conectados así podía ser un engorro.
Es decir, ¡Si él no le hubiera deslizado ese anillo en el dedo tan de incógnito, mientras hacían el amor, no estaría pasando por todas esas sensaciones tan angustiantes! Tenía que tener cuidado con él. Hades no tenía reparos en hacer lo que fuera que tuviera que hacer para obtener lo que quería, incluyéndola a ella. No era suficiente con que hubiera estado espiándola con sus espejos mágicos del Inframundo durante más de mil años, ¡Ahora eran consortes! Y había sido contra voluntad de ella.
… pero no lo odiaba. No mucho.
De hecho, Afrodita insistía en que tenían un gran futuro juntos. Él la amaba sinceramente, de un modo que haría llorar de felicidad hasta a una estatua de mármol. Era un buen marido, a pesar de todo. Y tal vez sería un buen padre si pudieran tener un hijo…
¡No, basta de pensar en eso!
¡Estaba enojada con él!
Tenía que recordarse todo el tiempo que lo odiaba un poco por lo de los anillos, y porque ahora no podía permanecer lejos de él por mucho tiempo sin el alimento de su energía. ¡Estaba muy furiosa con él!
… entonces, ¿Por qué tenía la almohada de Hades entre los brazos? Ah, sí. Porque él estaba allá lejos en el medio del Sahara, con Hermes, recuperando algo que era de ella en primer lugar. Su poder robado. Hades le había prometido que encontraría al efrit que había asimilado su esencia divina y le daría una paliza. Que recuperaría su poder y se lo devolvería para que pudiera volver a crear hermosas flores y fuera feliz. Se lo había dicho todo con una sonrisa confiada, convencido de que lo lograría.
Pregunta: ¿Cómo lo podía odiar, si él era tan dulce y atento?
Respuesta: era difícil, pero lo conseguía.
Lo que pasa es que la gente tenía una idea equivocada de Hades. Era el Señor del Inframundo, pero eso no significaba que fuera mala persona, no. En ocasiones, tomaba almas y adjudicaba severos castigos, o convertía en cenizas todo lo que tocaba, y sus actos no podían ser revertidos; ¡Pero no era malo! No, de hecho, si se lo quería conocer, se descubría que él era un hombre solitario, un poco falto de tacto y de cariño, pero magnánimo y agradable. Tenía un lado muy protector para con los suyos, y era además un espléndido prospecto. Guapo, con unos ojos azul-grises que se tragaban todo lo que alcanzaban y su cabello negro, siempre corto y bien arreglado… elegante. No sonreía mucho, porque no era de expresarse demasiado, pero cuando lo hacía, el mundo cambiaba de color.
Sissy se había sentido brutalmente atraída por él desde la primera vez que lo vio. De hecho, a la media hora de conocerlo en persona, ya estaban juntos en una cama.
Ella culpaba a la primavera por su debilidad, y a él por su “perversidad”, por decirlo de alguna manera. Pero la verdad es que no se arrepentía nada de lo que había pasado, excepto quizá de no haber tenido más cuidado. Abrazó la almohada con fuerza contra su pecho, y aspiró el aroma de su perfume de almizcle y madera con deleite. Era como si la estuviera abrazando en ese mismo momento. La seguridad de que él se encontraba bien era más patente cuando cerraba los ojos e imaginaba su rostro.
Lástima que no le correspondía, él la amaba tanto…
Pero había prometido intentar no odiarlo. Hades estaba tan arrepentido. ¡Hasta estaba buscando con Hefesto una forma de romper los anillos, para liberarla! ¿No era eso dulce? Se le encogía el corazón al pensarlo. ¿Y si lo conseguía, y si lograba romper el matrimonio entre ellos y ella era libre de irse?
… ¿Elegiría volver a él?
Se quedó viendo la pantalla del televisor sin pensar en nada en particular. Con dedos trémulos acariciaba la almohada, como si fuera la espalda de él, y trataba de recordar el frío de su cuerpo sobre ella. Cerró los ojos de nuevo, y echó la cabeza hacia atrás sobre el respaldo del sofá, para despejarse los pensamientos. No quería hacer nada más que quedarse ahí, oyendo el murmullo de la tele y abrazando esa almohada, porque cualquier otra cosa parecía carecer de sentido.
Preocuparse era agotador y ya estaba muy cansada.
Era de noche, ¿En el Sahara sería de noche, también?
Hubiera querido verlo. O recibir una palabra suya, por lo menos, para quedarse más tranquila.
¡Pero, si se había ido hacía seis horas, nada más!
¡ARGH, SE ESTABA VOLVIENDO LOCA!
Lanzó la almohada a un lado, y se levantó violentamente del sofá. Un montón de enredaderas con flores negras y hojas de bordes serruchados estaban creciendo entre los almohadones. Fue hasta la cocina y se preparó una taza de chocolate caliente, sacó un abrigo de su closet. ¡Lo que tenía era hambre y frío, no temor de que algo malo le hubiera pasado a Hades! Qué frustración. Se vistió con el abrigo tejido de color camello y fue por su chocolate, para luego regresar al sofá.
No recogió la almohada del piso, se concentró en su taza.
Primero la miró de reojo, allá, sola en el piso de parquet, junto a la ventana. Frunció el ceño y volvió a beber. Qué delicia. El cacao molido era riquísimo.
Un psicólogo muy famoso dijo algo sobre el comportamiento compulsivo de uno de los participantes del juego y luego el presentador le contestó. Sissy ya no estaba allí, no le oía. Sus ojos estaban fijos en la pantalla, pero el dulce chocolate le recordaba a la cálida sensación que le dejaba en el cuerpo sentir el aura de Hades a su alrededor, rodeándola y apaciguando su carácter explosivo. Él siempre estaba tan tranquilo. Excepto cuando algo le pasaba a ella, se ponía como una fiera.
Daba miedo, de verdad.
Volvió a mirar la almohada, y le pareció que estaba un poco más cerca del sofá.
Abrió mucho los ojos, y dio un respingo.
¿Se…?
¿¡La almohada se había movido!?
Una sombra oscura pasó por la ventana, la almohada blanca se movió de un salto hacia el sofá, cayendo más cerca de ella. Sissy dio un grito y se retrepó en el asiento con terror; hasta que oyó la risa fantasmal de una criatura informe y que normalmente no se podía ver, la sombra de ojos rojos se proyectó a contraluz a pocos pasos de ella, con una mirada risueña.
Sissy se llevó una mano al pecho, más aliviada.
Una ker. Una de las sombras al servicio de Hades, que solían estar alrededor del apartamento para tareas de vigilancia y eso. La criatura volvió a reír a su manera y se esfumó en el aire. Eran inofensivas y guardianas con ella, por su nueva condición de reina, bastante simpáticas. Sissy bufó, poniéndose muy colorada por la vergüenza, y se levantó del sofá:
—Bien, ¡Ya entendí! Gracias. —le dijo a la ker, con fastidio.
Fue a recoger la almohada y volvió a sentarse, quitándole cualquier resto de polvo que pudiera haberle quedado. La abrazó de nuevo contra su pecho y olfateó el delicioso aroma de Hades impregnado en la tela, se le pasó el hambre, el frío y el malhumor. Hasta se animó a sonreír un poco, cautivada por lo que él iba a decir cuando se lo contara.