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max santino

el padrastro de mi mejor amigo

Cuando aquella tarde de verano decidí visitar a mi mejor amigo Miguel, no imaginé que iba a terminar teniendo sexo con un hombre por primera vez.
Yo no era virgen; ya había pasado los veinte años y había follado con mi primera, y única, novia. Fue una experiencia tan corta como decepcionante. Marissa y yo cortamos nuestra relación en buenos términos y yo atravesé un oscuro periodo de dudas y confusión. Hasta que finalmente acepté que yo, Mateo, era gay. Me gustaban los hombres; no había otra explicación a mi nulo interés en follar mujeres y mis fantasías secretas con mis antiguos compañeros de preparatoria. Secretamente, siempre había disfrutado verlos en las clases de deporte, como sus cuerpos jóvenes y fuertes se cubrían de sudor, como se contraían esos músculos ¡ Y ni hablar de los vestuarios o las duchas, cuando mis compañeros se pavoneaban desnudos delante de mí! En más de una ocasión terminé haciéndome la puñeta, algo que me avergonzaba hasta el punto de las lágrimas.
Salir del closet no fue fácil; tuve la bendición de que mis padres me aceptaran plenamente. De hecho, ellos sabían lo que yo era antes que yo. Pero fuera de mi casa, la situación fe muy distinta. Los pocos amigos que yo tenía en mi adolescencia no vieron con buenos ojos que yo sea maricón. No me agredieron físicamente ni nada por el estilo, pero lentamente, se alejaron. Dejaron de hablarme, dejaron de invitarme a los juegos de fútbol, dejaron de llamarme. Hasta que nuestra amistad se desvaneció por completo. El único que no dejo de ser mi amigo fue Miguel. A él nunca le importo con quien yo follara, su trato conmigo nunca cambió. Por ello, aun a los después de haber terminado la preparatoria, seguimos siendo amigos.
Estudiábamos en dos universidades diferentes; Miguel preparaba su Master en Informática y yo me decanté por las Ciencias Sociales. Aun así, de tanto en tanto quedábamos para una cerveza.
¿Qué si he fantaseado con mi amigo Miguel? ¡Por supuesto! En más de una ocasión. Pero creo que mis fantasías se basaban más en que era la única persona cercana que tenía en aquel momento, más que en su aspecto físico. Mi amigo Miguel no era feo, de hecho era bastante popular entre las chicas, tanto en la preparatoria como en la universidad. Era alto, delgado y poseía un rostro angelical. Tal vez ese era el problema; demasiado angelical. Además, jamás hubiera hecho nada que arruinara mi amistad con Miguel.
Pero una vez que llegué a la adultez, descubrí que me atraían más los hombres mayores, de barbas tupidas y manos enormes, que los muchachos de mi edad como Miguel. Me atraía justamente aquello de lo que carecía; experiencia. Porque a pesar de que yo había sumido mi homosexualidad, todavía no había podido follar con nadie. Deseos no me faltaban; de hecho me sentía cada vez más desesperado por sentir a un hombre dentro de mí. Pero simplemente la oportunidad no se daba. Nunca he sido de salir mucho y en aquel entonces la universidad consumía casi la totalidad de mi tiempo libre.
No dejaba de pensar en pollas; de todos los tamaños y colores. Imaginaba como se sentiría tocar una, sentir ese calor ente mis dedos. Imaginaba chupar una, saborearla mientras su dueño gemía y presionaba mi cabeza e forma dominante. En mis fantasías, mis compañeros siempre eran hombres fornidos y peludos, que me avasallaban sin piedad. Imaginaba cómo se sentiría tener una polla en mi culo, no mis dedos a los cuales me había acostumbrado, sino la polla real de un hombre Imaginaba ese calor invadirme, ese dolor tan exquisito que me hacía gritar.
Pero eso era todo lo que podría hacer; imaginar. Imaginar y masturbarme en la soledad de mi dormitorio. Llegó el punto en el cual di por sentado que aquello jamás ocurriría, que moriría virgen.
Por eso, aquella tarde de verano en la cual pasé por la casa de Miguel no podría haber sospechado lo que iba ocurrir.
Golpee a la puerta del apartamento de su madre; Miguel había perdido su empleo hacia poco y se vio obligado a volver a vivir con ella. La mujer era algo reticente a ello pues se había puesto en pareja hacia unos meses con un tío nuevo. En cuanto conocí al posible futuro padrastro de Miguel, entendí a la perfección porque su madre quería acaparar cada segundo posible junto a él. Yo hubiera hecho lo mismo.
Casi dos metros de altura, hombros anchos y cuello grueso. Cabeza afeitada y una hermosa barba oscura y tupida, que enmarcaba dos labios perfectos. Debajo de ella, una mandíbula cuadrada y masculina. Sus cejas eran igual de oscuras y pobladas, sobre dos ojos verdes que te hacían temblar con una sola mirada. Y ni hablar de su cuerpo; bíceps fuertes y pecho tonificado por el ejercicio. Aun con la ropa puesta, se podía discernir el abdomen plano.
Pero a pesar de su aspecto rudo y dominante, era un tío sumamente amable. En las escasas ocasiones que me lo crucé en casa de Miguel siempre ha sido muy amable con nosotros. Tenía una voz grave que me ponía la carne de gallina al instante.
Y sí, me he hecho la puñeta miles de veces fantaseando con el padrastro de mi amigo.
Aquella tarde de domingo me recibió con el torso desnudo. Las rodillas me temblaron y una ola de calor me asaltó por sorpresa. Parecía que lo interrumpí mientras hacía ejercicio; tenía una toalla alrededor de su cuello ancho y el sudor hacia brillar su piel de una manera perfecta.
–H-Hola, señor Ramírez –balbuceé. Estaba utilizando toda mi fuerza de voluntad para que nos eme pinga dura delante de él.
–Hola, Mateo –me sonrió. –Miguel no está ¿quieres esperarlo?
–De acuerdo – respondí con voz temblorosa, y entré al apartamento con pasos igual de temblorosos.
–Ya te he dicho que no me llames, Señor Ramírez, me hace sentir viejo. Soy Rubén –rió el hombre fornido mientras me acompañaba a la cocina. Me senté en la silla de la mesa y él abrió el refrigerador –¿Quieres algo de beber? ¿Refresco?
–Sí, gracias. Rubén –se sentía extraño pronunciar su primer nombre.
Cuando él me dio la espalda para abrir la puerta del refrigerador, no pude evitar deslizar mis ojos por esa espalda musculosa, cubierta de una fina y brillante capa de sudor. Sentí la urgente tentación de deslizar mis dedos por ella. Obviamente, frené mis impulsos para evitar una humillación. Mis ojos también se posaron en ese culo firme y ejercitado. A pesar de sus pantalones oscuros de ejercicio, su forma tonificada se veía muy tentadora.
Rubén regresó a mí con un vaso de refresco de naranja en la mano. Me apuré a darle un sorbo, esperando que la bebida fría me enfriara un poco a mí también. Estaba muy nerviosos cuando el se sentó en la mesa de la cocina, demasiado cerca de mí.
–¿Qué tal la Uni? –me preguntó.
–Bien, bien –respondí como un imbécil. Me era muy difícil no mirar esos pectorales, o esos bíceps hinchándose cuando apoyaba sus codos en la mesa. Sentía una urgencia tremenda de palpar su fuerza.
Se hizo un silencio horrible entre nosotros; mis ojos no dejaban de curiosear por ese cuerpo fuerte y escultural, y Rubén tan solo miraba mis ojos. Esa mirada me volvía loco. Comencé a sentir unas cosquillas en mi entrepierna, anunciando una erección. No podía dejar de imaginar a aquel hombre tumbándome sobre la mesa de la cocina y follándome bien duro.
Me sentí culpable por un instante ¡era el padrastro de mi mejor amigo!
Pero al mismo tiempo, todo mi cuerpo ardía imaginando aquellas manos, aquella boca, aquella polla.
–Perdón si interrumpí tu ejercicio– dije, intentando crear conversación. Rubén dejó escapar una risita.
–Está bien. Ya estaba agotado de todas maneras ¡me estoy poniendo viejo! –rió.
–Tú no eres viejo. Ojalá yo me vea así a tu edad –dije en un arrojo de valentía. Las palabras simplemente me brotaron del alma. Al instante de pronunciarlas me avergoncé y le di un sorbo a mi refresco.
–Gracias, pero si lo soy –Rubén se mordió el labio inferior y sentí que mi polla se contraía entre mis piernas ¿por qué había hecho ese gesto? –¿Y tú? ¿Haces ejercicio regularmente, Mateo?
–No tanto como debería –sonreí y me encogí de hombros –Prefiero quedarme en casa con un libro. Me gusta jugar al fútbol con Miguel de tanto en tanto, pero me aburren los gimnasios.
–Está bien. Pero tienes un cuerpo muy fuerte y muy joven. No lo desperdicies –En un fugaz instante, sentí que esos ojos verdes me devoraban –Muy fuerte, muy joven y muy hermoso.
Aquel comentario fue la gota que rebalsó el vaso. Sentí la fuerza de mi propia erección palpitando bajo mis pantalones. Me dolía la polla; desesperada por que alguien la toque. Los latidos de mi corazón se aceleraron y me vi obligado a romper el contacto visual.
–No es nada de qué avergonzarse –dijo Rubén con esa voz tan profunda y tan irresistible.
Yo me mordí el labio mientras las punzadas en mi miembro me torturaban. Las rodillas también me temblaban debajo de la mesa. Una vez más, decidí cambiar el tema de conversación
–¿Y cómo está la madre de Miguel? –pregunté, volviendo a mirar sus ojos.
Mi pregunta no fue accidental; era un recordatorio para Rubén de que estaba casado. Casado con una mujer, con la madre de mi mejor amigo. A pesar de lo candente de sus insinuación (si es que realmente eran insinuaciones y yo no estaba imaginando cosas) yo jamás hubiera hecho nada que hiriese a mi amigo. Quería dejar aquel limite bien claro.
–Bien. Está en una cita ahora. No volverá hasta mañana me respondió Rubén con naturalidad. O no había captado mi indirecta, o había una pieza que a mi me faltaba comprender.
–¿Con una amiga? –pregunté.
–No, con un tío. Supongo que pasara la noche en un motel así que no volverán hasta mañana –respondió el hombre de ojos verdes con total naturalidad. Al ver mi expresión de sorpresa, dejo escapar otra risita y explicó –Lara y yo tenemos una relación abierta.
–¿Qué significa eso?
–Significa que estamos juntos, pero que también podemos follar a otras personas.
La naturalidad con la cual me dio la explicación me dejó pasmado. Además, escuchar la palabra follar de su boca despertó una desenfrenada serie de fantasías sexuales con él. En cuestión de segundos lo imaginé follándome el culo bien duro , sujetando mi nuca con fuerza mientras me follaba la garganta, y haciéndome aullar de placer y de dolor.
El teléfono sonó y Rubén se puso de pie. Abandonó la cocina y caminó hacia la sala de estar para tomar la llamada. Regresó unos instantes después.
–Era Miguel. No volverá hasta la cena –me anunció Rubén.
–Oh bueno, entonces deberé irme –anuncié nervioso.
–No tienes que irte. Puedes quedarte aquí –me invitó Rubén, y su tono me pareció increíblemente seductor.
¿Acaso yo me estaba volviendo loco? ¿Aquel hombre espectacular me estaba seduciendo o mi calentura me estaba haciendo imaginar cosas? El calor subía por mi cuerpo, volviéndome loco. Y mi polla dolía como los mil demonios. Solo podía pensar en huir de aquella casa.
–No, de veras…–dije mientras me ponía de pie. Y tan ansioso estaba yo, que olvidé mi propia erección.
Cuando me puse de pie, era imposible de ocultar el bulto que se formaba en mi entrepierna. Mi polla palpitaba con fuerza debajo de la tela de mis pantalones oscuros. Era imposible no verla. Los ojos de Rubén fueron directo a ella y yo sentí que el calor me sofocaba.
Me quedé inmóvil sobre mis propios pasos, petrificado en su cocina. Lo único que podía hacer era respirar. Mi pecho subía y bajaba y los latidos de mi miembro aumentaban cuando Rubén lo examinaba con sus ojos verdes.
–Vaya, sí que tienes algo importante allí –dijo en tono bajo mientras daba un paso hacia mí. Tragué saliva para calmar mis nervios. No opuse resistencia cuando sus manos lentamente buscaron mi entrepierna.
–Sí. Estás muy duro –susurraba con su voz profunda mientras su mano derecha acariciaba con firmeza el perfil duro de mi polla. Podía sentir el calor de sus manos a pesar de la tela y me estremecí. Me quedé inmóvil mientras su mano palpaba mi tamaño y mi dureza, masturbándome por encima de mis pantalones. –Dime ¿te has puesto duro por mí?
–S-si –respondí con un jadeo mientras sus caricias se tornaban más ásperas.
Esos ojos verdes se posaron en mí, satisfechos y hambrientos por mi respuesta. Pero luego volvieron hacia abajo, hacia mi entrepierna. Rubén admiraba mi polla mientras la acariciaba, la torturaba, la ponía dura hasta el extremo. Yo apenas podía respirar. Apoyé mi mano en la mesa de la cocina pues mis rodillas temblaban tanto que temí caerme.
Su mirada se sostuvo con la mía unos instantes. Yo no podía creer que aquello estaba ocurriendo. Vi como su rostro se acercaba despacio al mil, como ladeaba su rostro buscando mis labios con los suyos. No opuse resistencia. Dejé que me besara y me deleité con las cosquillas que me hacia su barba. Sus labios despertaban electricidad contra los míos, el ardor en toda mi piel se intensificaba. Separé mis labios y dejé que su lengua ansiosa me penetrara. Fue la sensación más placentera de mi vida. Su mano derecha seguía acariciando mi miembro y su mano izquierda sostenía mi rostro con firmeza y dominación. Me gustaba aquello. Pronto eran sus dos manos las que sostenían mi cara mientras me besaba. Mejor; sus seguían masturbándome iba correrme en seco antes de tiempo.
Saboree sus labios y él mordía los míos, haciéndome gemir desvergonzadamente. Sus manos descendieron por mi cuello y acariciaron mi pecho. Finalmente, yo envolví esos hombros anchos con mis brazos y me deleite con su fuerza. Las manos de Rubén acariciaron mi pecho y bajaron hasta mi cintura. Me quitaron la camiseta rápidamente y yo me apresuré a besarlo de nuevo con más pasión.
–Vaya…parece que estás muy hambriento…–suspiró Rubén mientras me mordía el labio inferior. Sus dedos encontraron uno de mis pezones y lo pellizcó. Yo grité contra sus labios y él volvió a silenciarme con un beso frenético.
Sus manos descendieron una vez más hacia mi entrepierna y hurgaron debajo de mi pantalón. Rápidamente liberaron mi polla. Rubén la envolvió en su firme mano derecha y comenzó a acariciarla despacio, hacia arriba y abajo. Su ritmo era lento y su agarre dominante. Tuve que separar mis labios de los suyos para gemir de placer. Los dientes de Rubén se hundieron en mi cuello y yo me estremecí.
–Eres un chico muy bonito…muy sexy –susurró en mi oído. Su mano mantenía su ritmo constante y lento –Hace mucho que deseaba follarte ¿sabes?
Apenas pude responder con un gemido lastimoso. Sus labios y dientes descendieron por mi cuello, besaron mi pecho y mi abdomen. Rubén se arrodilló en el piso de la cocina, con mi polla dura frente a su cara. Me masturbó unos segundos más y sin preámbulo, se metió mi miembro en la boca. Un relámpago me golpeó y todo mi cuerpo se arqueó de placer. Emití un gemido y me aferre a la mesa de la cocina con más fuerza.
Rubén engullía mi polla rápido y duro. Lograba tragársela casi en su totalidad y su cabeza se movía a un ritmo rápido y delicioso. Su boca era caliente y húmeda, y sus manos fuertes acariciaban mi abdomen. A veces subían hasta mi pecho y pellizcaban uno de mis pezones mientras me la chupaba en forma hambrienta. Hizo una pausa para escupir en mi miembro, desparramo la saliva con su mano y la volvió a engullir. Su barba cosquilleaba mis testículos mientras se movía, y yo me aferré a su nuca desesperado.
–¿Acaso nunca te la habían chupado antes? –rio Rubén mientras hacia una pausa para respirar y masturbarme.
–Si…–confesé –Una chica.
–Qué triste…–bromeó el hombre, y volvió a tragarse mi polla casi completa.
Las punzadas en mi miembro irradiaban hacia todo mi cuerpo; pronto me correría. Podía sentir el orgasmo acumularse en mis testículos mientras Rubén parecía querer asfixiarse con mi polla.
Justo en el momento cuando creí perder el control, él retiró mi miembro de su boca. Gemí de frustración pero también de alivio; no quería que todo acabase tan rápido. Mi polla se sentía fría sin su boca, con la capa de su saliva dejándola brillante y húmeda. Rubén se puso de pie inmediatamente y me besó con furia. Yo me aferré a su espalda musculosa y dejé que el calor de su cuerpo me contagiara. Acaricié sus pectorales fuertes y su abdomen plano. Rubén se bajó los pantalones y la ropa interior de un solo movimiento rápido.
Me maravillé al ver ese miembro tan grueso apuntándome. Era enorme, con gruesas venas azuladas y la punta enrojecida. Peor no pude admirarlo mucho tiempo; el padrastro de mi amigo me sujetó de la nuca con un movimiento dominante y me ordenó:
–¿Qué tal si me chupas tú a mi ahora?
A pesar de que lo dijo como una pregunta, y que su voz era lenta y suave, aquello sonó como una orden. Obedecí al instante. Me arrodille frente a su magnífico cuerpo y tomé su polla entre mis dedos. Acaricié su firmeza durante unos segundos, fascinado. El calor de su piel impregnaba mi mano.
Nunca había chupado una polla antes. Si había fantaseado con ello millones de veces. Me relamí los labios y envolví su glande con ellos. Era delicioso, una sensación vertiginosa. Comencé a mover mi cabeza despacio mientras sujetaba su base con la mano derecha. Rubén empujaba mi cuello hacia delante con urgencia, instándome a tragarme más de su polla. Me deje llevar por sus movimientos fuertes, dejando que su miembro invadiera hasta lo más profundo. Al no tener experiencia suficiente, las náuseas rápidamente me agobiaron, pero seguí insistiendo. Adorara tener esa polla tan gruesa en mi boca, llenándome por completo. Y los gruñidos que emitía Rubén eran increíbles, me obligaban a moverme cada vez más rápido.
Se la chupé con pasión durante unos largos minutos, metiéndomela en la boca, sacándola para respirar, escupiendo en su glande y lamiendo toda su extensión. Repetí ese proceso hasta que sentí que iba enloquecer. Aquella polla enorme pulsaba dentro de mi boca, y así yo me olvide de mi propio miembro necesitado. Hasta que Rubén emitió un largo gruñido y me jaló de los brazos hacia arriba.
Me besó apasionadamente mientras me empujaba contra la mesa de la cocina. Me liberó de mis pantalones y zapatos y me alzó en sus brazos con facilidad. Me sentó sobre la mesa y deslizó su lengua en mi boca mientras yo lo abrazaba. Sus manos volvieron a masturbarme, reviviendo el dolor de mi erección.
Otra vez descendió por mi cuerpo con sus labios y lengua. Su barba cosquilleaba mi pecho mientras sus labios succionaban mi pezón. Torturaba el otro con sus dedos al mismo tiempo. Yo no paraba de gemir mientras besaba mi estómago y separaba mis muslos con sus manos fuertes. Apoyé ambos píes en la mesa de la cocina y dejé que separa mis piernas lo más posible. Creo que iba a chuparme la polla de nuevo pero en lugar de eso, su boca fue directo a mi culo.
Me estremecí cuando su lengua se deslizó en la ranura entre mis nalgas. Un relámpago golpeó mi espina dorsal y dejé escapar otro chillido. Era una sensación adictiva y deliciosa.
Sus labios besaron el agujero de mi culo y luego lo lamió despacio. Cada latigazo de su lengua aceleró mi pulso hasta niveles insospechados. Dibujó círculos alrededor del orificio y los escalofríos me hicieron temblar los muslos.
-¿Y esto? –preguntó.
–N-nunca me han hecho esto antes…–suspiré, tratando de calmar mi respiración.
Rubén dejó escapar una risa cómplice y retomó su labor. Sujetando mis muslos con sus manos enormes y masculinas, su lengua lamia mi entrada como si quisiera devorarla por completo. Y yo amaba ser devorado de aquella manera. Mis piernas temblaban y me sentí obligado a masturbarme. Envolví mi polla con mi mano derecha y comencé a jalarla con furia hacia arriba y abajo, mientras la lengua de Rubén me penetraba. Cuando la arqueaba en mi interior sentía unas punzadas desesperantes en mi polla dura.
–Tienes un culo delicioso, Mateo –suspiró Rubén. Escupió en mi agujero e introdujo su dedo índice despacio.
Yo me había metido los dedos en el culo miles de veces antes, incluso usado juguetes. Pero sentir los dedos de aquel hombre se sentían mil veces mejor. Comenzó solo con el índice, introduciéndolo espacio mientras yo me masturbaba. La presión se sentía increíble. Pronto, y con ayuda de su lengua y su saliva, metió dos dedos. Empezó a follarme con ellos a velocidad creciente, curvándolos dentro de mí, ensanchando mis músculos interiores.
Sus dedos me follaban cada vez más duro y más profundo, yo jalaba mi propia polla con frenesí desmedido. Todo mi cuerpo se tensionó por un instante y proferí un aullido agónico; mi semen brotó gruesos chorros mientras los dedos de Rubén permanecían enterrados en lo más profundo de mi culo. Salpique mi propio pecho y rostro con el abúndate semen blanco y caliente.
-Parece que te ha gustado –sonrió Rubén. Yo tan solo podía jadear en respuesta.
Mi polla perdió su dureza casi al instante, mientras yo aún la sostenía en mi mano. Pulsaba con suavidad mientras las últimas gotas brotaban de mi glande y el placer todavía me golpeaba. Pero Rubén no me dio tiempo a pensar; retiró sus dedos de mi culo y se incorporó. Arremetió contra mis labios con pasión y yo los bese y mordí. Tomo mis muslos con sus manso y los envolvió en su cintura. Sentí la punta de su polla haciendo presión en mi agujero húmedo y dilatado por sus dedos.
Deje escapar un chillido de miedo.
-Tranquilo –me susurró mientras mordía mi cuello –Tendré mucho cuidado.
Vi como dirigía su polla dura con su propia mano dentro de mi cuerpo. Me penetró despacio, pero aun así deje escapar un grito de dolor. Aquella polla era tan grande y tan gorda; y entraba en mí sin piedad. Me aferré a esos hombros anchos y mordí su cuello. El padrastro de mi amigo se abría paso en mi interior a un ritmo lento pero brutal. Dios, que bien se sentía. Temí correrme de nuevo, mientras empujaba dentro de mi culo. Sentí como mis paredes internas se ensanchaban por su grosor firme. Era una presión intensa y ardiente, que me enloquecía de dolor y placer por igual.
Veía esos ojos verdes mirándome fijo, con sus labios apretados y esa expresión bestial en su rostro. Admiré como los músculos de su abdomen se contraían mientras embestía en mi interior, cada vez con más insistencia. Acaricié sus pectorales y besé su cuello. Cuando su miembro estuvo enterrado por completo dentro de mí, gemí todavía más fuerte. El dolor comenzaba a desvanecerse, y luego comenzó a empujar más duro y más rápido.
Mientras más duro me follaba, más lejano era el dolor y más intenso el placer. Comencé a gemir como una puta, mientras su polla me castigaba hasta lo más profundo. Sentía mi culo arder y ensancharse con tremendo tamaño, y su miembro me desbordaba de calor.
-Mierda, te sientes tan ajustado, Mateo –suspiraba Rubén mientras embestía. Su velocidad aumentaba al mismo tiempo que mi placer. Apenas podía tolerarlo, pero al mismo tiempo deseaba más, necesitaba más. Sus embestidas era adictivas, y cada una de ellas me hacía gritar más alto. Sentí que mi polla se endurecía una vez más, mientras sus empujones golpeaban las partes más sensibles de mi interior. Sentí mis paredes internes contraerse rítmicamente alrededor de aquella polla dura y gruesa.
De pronto, Rubén hizo una mueca de agonía y creí que se correría allí mismo, dentro de mi culo. Se quedó inmóvil jadeando. Era un espectáculo delicioso, con los músculos definidos de su abdomen contrayéndose, cubiertos de una brillante capa de sudor. Lo vi morderse los labios y comprendí que estaba retrasando su eyaculación. Su polla latía dentro de mi cuerpo, dura e inmóvil, y era la mejor sensación del mundo.
Con un movimiento violento y desesperado, me tomó de la cintura y me atrajo hacia él. Me aferré a sus hombros y mordí sus labios. Él tomó mi cuerpo en sus brazos y me alzó de la mesa. Me mantuve unos segundos con las piernas abrazadas a su cintura y su miembro enterrado en el punto más profundo de mi culo. Pero por más fuertes que eran sus brazos, no pudo mantenerme alzado durante mucho tiempo más. Al instante que mis pies tocaron el piso, él me tomó de la cintura y me giró. Su polla resbaló fuera de mí y yo me sentí vacío y dolorido. Pero deseaba más, necesitaba tenerlo dentro de mí lo más pronto posible.
Mi mejilla y mi estómago estaban sobre la mesa de la cocina, y separe mis piernas. Rubén lamió mis agujero ardiente durante unos segundos, escupió en él y volvió a e penetrarme. Dolía menos y yo gozaba más. Me tomó de las muñecas con fuerza, jalando mis brazos hacia atrás de mi espalda. Sus embestidas pronto aumentaron en fuerza y profundidad. Lo tenía enterrado por completo en mi culo, y yo no podía dejar de disfrutar. Me follaba tan duro que creí que iba a explotar; con cada instante yo necesitaba más de esa polla, y más y más. Me ensanchaba a niveles nunca imaginados, y mis músculos interiores comenzaron a latir con más intensidad. Me solté del agarre de Rubén y deslicé mi mano hacia mi entrepierna. Comencé a masturbarme mientras me follaba. Sus embestidas se tornaron brutales y mi mano jalaba de mi propia erección como si quisiera arrancarme el miembro. Cuando sentí la erección de Rubén vibrando dentro de mi culo, todo mi cuerpo se tensionó de placer. Él gimió cuando mis músculos internos aprisionaron su polla con fuerza desmedida, y los chorros de semen brotaron con furia de mi propia polla. Me estaba corriendo por segunda vez, haciendo un desastre en el piso de su cocina. Rubén gruñó cuando mis músculos apretujaron su miembro, y reforzó sus empujones. Cuando las últimas gotas de semen estaban chorreando en mi glande, Rubén retiró su miembro de mi culo.
Jadeante, obedecí su orden y me arrodillé frente a él, junto al charco de mi propia corrida. Abrí mi boca y extendí mi lengua mientras Rubén se masturbaba frente a mi cara. Observe hambriento su glande rojo y húmedo, como su mano jalaba brutalmente de su propio miembro durísimo. Lo escuche gruñir y apretar sus dientes, lo vi cerrar sus ojos y arquear su cuello hacia atrás, y los gruesos borbotones de su semen se derramaron sobre mi lengua y mi rostro. Tuve que cerrar mis ojos para que los abundantes chorros no se metan en ellos. Saboree ese semen delicioso en la punta de mi lengua y lo tragué. Tragué hasta la última gota, luego limpie mi rostro con mis dedos y también los lamí, hasta tragar la última gota.
El padrastro de mi amigo estaba jadeando delate de mí, sus abdominales se contraían mientras recuperaba el aliento. Su pecho su rostro estaban acalorados y enrojecidos, y en sus labios se dibujaba una sonrisa satisfecha. Abrió sus ojos y yo me puse de pie. Tomó mi rostro en sus manos y me besó, saboreando su propio semen en mi boca.
-¿Te ha gustado?– Me preguntó con su voz grave y entrecortada.
–¿Qué si me ha gustado? Me he corrido dos veces –respondí antes de besarlo una vez más.
El hombre fornido llenó mi rostro y cuello de besos mientras me sostenía entre sus bíceps fuertes y sudorosos. Absorbí el calor de su cuerpo mientras recuperaba el aliento.
–Miguel no regresará hasta dentro de dos horas ¿No quieres quedarte un poco más? –me ofreció Rubén. Me estremecí de solo oír sus palabras.
–¿Y repetir esto? ¡Pues claro! –Respondí –¿Puedo darme una ducha antes?
-Por supuesto. El baño está arriba.
Me alejé de su brazo y subí las escaleras. El agua caliente acarició cada músculo de mi cuerpo agotado, como Rubén lo había acariciado hacia algunos minutos. Limpié mi pecho, mis piernas y los rastros de sudor y semen. De tan solo imaginar que follaría de nuevo con aquel hombre se me ponía dura. Salí de la ducha y me sequé con la toalla que Rubén me había prestado. Me vestí con las mismas ropas de antes, sonreí pensando que no la tendría puesta por mucho tiempo.
Peor cuando baje las escaleras una vez más, encontré a mi amigo Miguel charlando con su padrastro en la sala de estar.
–¡Miguel! –chillé sorprendido.
-Hola, Mateo –mi amigo sonrió.
–Miguel ha regresado antes de lo previsto –explicó Rubén, con una expresión de desilusión en su entrecejo.
–Ya es tarde para fútbol pero ¿quieres ir por una cerveza? –me ofreció mi amigo, completamente ignorante de lo que ha ocurrido entre aquellas mismas paredes.
-Por supuesto –sonreí.
Mientras me dirigía hacia la puerta, Rubén se despidió de nosotros y me dijo:
-Mateo, espero que me visites pronto.
-Puedes apostar que si – afirmé con una sonrisa cómplice.