castigado por el jefe
Hace casi un año me convertí en el secretario personal de Michael Anderson, CEO de la agencia de publicidad fundada por su padre en los noventa. Y hace seis meses me convertí también en su esclavo sexual. Voluntariamente, por supuesto.
Me atrajo desde el primer momento en que lo vi, durante la entrevista de trabajo. Yo ya había visto su rostro en varios artículos antes de presentarme para el trabajo, pero verlo cara a cara era muchísimo más intimidante. Dueño de unos ojos verdes que penetraban hasta lo más recóndito de tu alma, fríos y ardientes al mismo tiempo, y de un sedoso y prolijo cabello castaño oscuro que clamaba porque yo lo recorra con mis dedos. Cuando clavó su mirada en la mía sentí un estremecimiento. Y cuando sus labios se curvaron en una media sonrisita seductora, se me puso dura debajo de mis pantalones. Tuve que cubrirme con la carpeta en la que llevaba mi currículo. Si bien en las fotos que circulaban en las redes sociales de Michael Anderson se podía apreciar su cuerpazo, con su torso en forma de triángulo invertido, sus bíceps torneados y sus abdominales planos, lo que ninguna foto podía transmitir era el magnetismo que ese hombre provocaba en persona. El aroma amaderado de su perfume invadió mis sentidos al instante de conocernos, acelerando los latidos de mi corazón y enviando cosquillas a todo mi cuerpo.
Pero lo que más me excitó fueron sus gestos; su voz grave y calma pero al mismo tiempo demandante. Cada palabra que pronunciaba sonaba como una orden. Una orden que todo mi cuerpo moría por obedecer. Todos los gestos del Sr. Anderson demandaban sumisión; la forma en que movía sus manos grandes y masculinas, sus miradas, sus sonrisas, su manera de caminar. El tipo simplemente exudaba sexo.
A pesar de lo histérico que yo estuve en la entrevista, tratando de esconder mi calentura, finalmente conseguí el empleo. Firmé el contrato que me convertía en su secretario dos semanas después. Y más adelante también firmé el contrato que me convertía en su sumiso.
La primera vez que follamos fue algo inevitable, después de incontables miradas furtivas en la oficina, o momentos en los cuales yo rozaba mi trasero desvergonzadamente contra el cuerpo de Anderson cuando nos cruzábamos en algún pasillo estrecho. Yo ya había tenido varios sueños eróticos en los cuales mi jefe me follaba duro contra los ventanales de cristal de su oficina. Pero cuando realmente pasó, fue mil veces mejor. Siempre he sido sexualmente sumiso, me gusta cuando un hombre más fuerte que yo toma la iniciativa. Y tomar el rol de activo siempre me ha parecido aburrido; no hay nada que goce más que una buena polla dura en mi interior.
Un lunes que parecía ser igual de rutinario y aburrido que el resto, mi jefe me llamo a su oficina.
–Kevin, tráeme los informes– me dijo a través del teléfono que conectaba su oficina con la mía. Yo le obedecí, sin sospechar que mis fantasías estaban a punto de hacerse realidad.
Entre a su oficina con la carpeta de informes bajo el brazo, y el acostumbrado cosquilleo entre mis piernas que sentía siempre en presencia de Anderson. Lo encontré sentado en su silla, con los pies cruzados encima de su escritorio y el gran ventanal de cristal detrás de su espalda. La luz solar le daba reflejos dorados a su cabello. Si bien era un hombre desfachatado, me pareció extraño encontrarlo en una pose tan irreverente. Y había algo en su media sonrisa que me estremeció.
–¿Quería los informes, señor?– pregunte con voz servil.
–Olvida los informes, Kevin. Solo déjalos en el escritorio– me ordeno con su voz de barítono.
Con una expresión extraña, arrojé la carpeta sobre su escritorio y me quede petrificado. La mirada de Anderson recorría todo mi cuerpo de una manera hambrienta, y yo no sabía muy bien cómo reaccionar ¿Acaso yo estaba soñando? ¿ O esto estaba pasando de verdad?
–¿Señor…?– pregunté con un temblor en la voz. Me quedé inmóvil en mi lugar, con el gran escritorio de roble entre nosotros. Los ojos de Anderson descendían por mi cuello y mi pecho. Cuando llegaron a mi entrepierna se detuvieron por un instante, y el desgraciado se mordió el labio inferior. Sentí una descarga eléctrica en todo mi cuerpo. Me estaba poniendo duro, muy duro. ¿Lo había notado él? Instintivamente me cubrí la entrepierna con ambas manos.
–No te cubras– me ordenó Anderson. Sentí una ola de calor subir por mi pecho y rostro, y obedecí.
Puse mis manos a cada lado de mi cuerpo, revelando la erección que se abultaba en la entrepierna de mi pantalón. Anderson sonrió y me estremecí un poco más. Sus manos fueron hacia su propio miembro, y comenzó a acariciarlo desvergonzadamente frente a mis ojos, deslizando sus dedos por encima de la tela. Instintivamente me relamí los labios al contemplar el tamaño que se podía admirar bajo la ropa. Durante unos largos segundos, Anderson se acarició delante de mí, sin decir una palabra, tan solo devorándome con sus ojos verdes. Mis rodillas temblaban y el ardor aumentaba en todo mi cuerpo.
–Veo que estas duro– me dijo con un susurro ronco. Esa voz resonó en mi polla.
–Si, si señor– respondí, un poco temeroso. Di un vistazo rápido hacia atrás, asegurándome que la puerta de la oficina estuviera cerrada. A Anderson parecía importarle un carajo si alguien nos descubría; de hecho cualquiera en el edificio de enfrente podía vernos a través del ventanal de cristal. Me di cuenta que tal vez aquello le calentaba más. Y a mi también.
Anderson se mordió el labio inferior una vez más. Sus dedos subían y bajaban lentamente por el tronco de su polla dura, presionada debajo de su pantalón de seda negro.
–Eres un excelente secretario, Kevin ¿lo sabes?– me dijo con una caricia de su voz aterciopelada.
–Gracias, señor– respondí.
–También eres muy bonito, especialmente cuando tienes la polla dura –continuó hablando sin un ápice de vergüenza. A mí me ardía el rostro. –Dime ¿Qué te ha puesto tan caliente?
Tragué saliva, las cosquillas en todo mi cuerpo se multiplicaron por mil.
–¿Acaso yo te la he puesto duro con mi presencia?– dijo Anderson con una risita. Sus ojos verdes resplandecieron y aceleró los movimientos sobre su propia polla.
–Si– confesé. Quería contarle todos los sueños porno que había tenido en esa misma oficina, sobre las veces que lo imaginé follándome el culo en el ascensor o sobre ese mismo escritorio. En su lugar, me quede petrificado, con las pulsaciones torturando mi miembro.
–Pues que interesante– murmuró Anderson –Tú también me la has puesto dura, con ese culo tan redondo y ajustado y esos labios tan hermosos. Hace meses que me pregunto cómo se sentirían esos labios tan bellos y tan húmedos alrededor de mi verga.
No pude pronunciar ni una palabra; tan solo exhalé un pequeño gemido. Mis rodillas no paraban de temblar y el calor me agobiaba. Las cosquillas en mi miembro ya se habían tornado dolorosas. En respuesta, Anderson se abrió el cierre del pantalón y liberó su miembro con una mano. Era impresionante, y otro suspiro escapó de mi garganta. Larga y gruesa, con venas verdosas recorriendo el tronco y un glande tentador y enrojecido. Me desesperé por tenerla entre mis dedos, sobre mi lengua, y dentro de mi culo. Se veía tan apetitosa como atemorizante; tal vez la más grande que había visto en mi vida. Y pulsando por mí.
–¿Bueno?– dijo Anderson con fingida impaciencia en su voz –¿Vas a venir aquí y demostrarme que tan buen asistente eres?
–Si, señor Anderson –respondí con una docilidad extra en mi voz. Casi ni sentí mis pies tocando el piso mientras me acerqué a él.
–De rodillas– me ordenó mientras acariciaba su polla dura hacia arriba y abajo. Mientras yo más la veía, más la deseaba.
Anderson bajó sus piernas del escritorio y las apoyó en el piso, separadas. Yo me arrodillé entre ellas, y su miembro quedó a milímetros de mi rostro. De cerca era todavía más apetitoso; podía sentir el aroma cálido de su piel. Me sujeté de sus fuertes muslos con ambas manos y besé su glande. Oí a Anderson gruñir con aprobación y continué. Besé toda su extensión, delatándome con el calor de su piel bajo mis labios. La sujeté con mi mano derecha y su dureza me impresionó. Comencé a lamerla hacia arriba y abajo, dibujando círculos con mi lengua alrededor de la punta.
–Muy bien, eres un secretario muy obediente verdad?
–Si, señor Anderson – respondí en una pausa, antes lamer su glande.
–Muéstrame como la chupas– me ordenó mi jefe. Y yo obedecí.
Me lamí los labios de nuevo y engullí la punta de su polla de un solo movimiento. Era tan gruesa y larga que era difícil tomarla entera en la boca, pero me esforcé. Mi propia polla dolía entre mis piernas. Anderson me sujetó del cuello con firmeza y presionó hacia abajo, obligándome a tomar su miembro más profundo en mi garganta.
–Vamos, sé que puedes hacerlo mejor que eso– me dijo entre suspiros. Yo luchaba contra los reflejos de nauseas, mientras su polla entraba cada vez más profundo en mi boca. La saliva comenzó a escapar por las comisuras de mi boca, empapando su polla. Anderson me soltó el cuello y yo aproveché para respirar. Retire su miembro de mi boca y tome una bocanada profunda de aire. Escupí el exceso de saliva en su verga enrojecida y retome mi tarea. Todo mi cuerpo ardía y necesitaba tener aquella polla entera en mi boca. Todo mi ser urgía por obedecerle a aquel hombre tan dominante.
–Sin manos– me advirtió Anderson –Ponlas detrás de tu espalda.
Yo crucé mis manos detrás de mi espalda y tomé su miembro de nuevo en mi boca. Lo envolví con mis labios mojados y comencé a subir y bajar mi cabeza.
–Muy bien, que chico obediente– me dijo mientras acariciaba mi cabello, y yo creí que me correría en seco allí mismo. Moví mi cuello más rápido, tratando de engullir toda la extensión de su miembro. Era una tarea casi imposible, y pronto mis ojos se llenaron de lágrimas. Insistí con frenesí desatado, hambriento por aquella polla.
–Trágala completa, como chico obediente– me dijo Anderson con un suspiro agónico y masculino. Sus dedos se entrelazaron una vez más en mi cuello, acompañando mis movimientos. Podía sentir su miembro llenando mi boca y cosquilleando mi garganta. Estaba desesperado pro masturbarme: mi erección se había vuelto insoportable entre mis piernas. Pero mi jefe me había ordenado mantener las manos detrás de mi espalda y yo debía obedecerle. Reflexioné un segundo y adoré encontrarme así; de rodillas, totalmente sumiso y hambriento por obedecer.
–Te ves tan hermoso así, Kevin., Atragantado con mi polla – suspiró Anderson entre dientes, y por como pulsaba su polla en mi boca, adiviné que su eyaculación estaba cerca. Tan solo de pensar en saborear su semen mi miembro se empezó a retorcer as fuerte. Insistí con mi cuello, y cuando su miembro estuvo enterrado en su totalidad dentro de mi garganta, Anderson gruñó con un placer triunfal. Sujetó mi nuca con fuerza y yo me mantuve inmóvil, luchando con las náuseas. Me sentía extasiado de tenerlo completo dentro de mí, follando mi garganta con brutalidad. Me olvidé de mi propia erección y me concentré en complacer a mi jefe, como buen esclavo obediente. Él comenzó a embestir con sus caderas dentro de mi boca. Sujetando mi nuca con su mano. De pronto, dejé escapar un gruñido agónico y sostuvo mi cabeza con firmeza. Sentí su semen invadir mi boca y descender por mi garganta, llenándome de su calor. Derramando lágrimas de felicidad y placer, tragué hasta la última gota. Sabía tan bien que casi me corro en seco. Anderson soltó mi nuca con suavidad mientras recuperaba el aliento. Su polla todavía palpitaba.
–Sé un buen secretario y límpialo todo – me ordenó Anderson entre jadeos. Sus ojos verdes eran pura pupila y su rostro estaba ruborizado de un tentador tono post orgasmo.
–Sí, señor – susurré, y procedí a limpiar hasta la última gota de su semen, deslizando mi lengua por todo el grosor de su polla.
Cuando terminé mi labor, permanecí de rodillas en el piso y alcé mi vista hacia mi atractivo jefe. Su cabello destellaba reflejos dorados y su expresión de agotamiento y satisfacción era lo más glorioso que yo jamás había visto. Su pecho musculoso subía y bajaba mientras recuperaba el aliento, y algo de sudor se podía traslucir por la delicada seda blanca de su camisa. Con su rostro ruborizado, se ajustó la corbata.
–Muy bien, Kevin. Puedes retirarte– me dijo con un suspiro. Yo quería que la tierra me tragara. ¿Acaso no iba a follarme después de eso? ¡Era injusto! ¡Yo lo había complacido al pie de la letra! Y mi polla dolía como la mierda…¡me merecía un alivio también!
–Pero. Pero…yo creí…– balbuceé, con la mente dándome vueltas por el calor de la frustración.
–¿Qué has creído?– me preguntó Anderson con fingida sorpresa. Sabía exactamente lo que yo quería. Pero el muy desgraciado iba a negármelo. Era su manera de demostrar su poder sobre mí.
–Creí que….–no pude terminar la oración. Me temblaba la voz . Además, por más sumiso que fuera, no iba a permitir que me humille de aquella manera. Anderson se inclinó hacia mí, tomó mi barbilla con suavidad entre sus dedos y me obligó a mirarlo a los ojos.
–¿Creíste que te iba a follar?
–Si– respondí entre dientes, y me desembaracé de sus dedos con una sacudida de mi cabeza. Anderson rio por lo bajo y a pesar de mi furia, el sonido me pareció adorable.
–Pues yo lo deseo más que tu– confesó Anderson con un suspiro ronco –De hecho, no he pensado en nada mas que en follarte desde que te he conocido.
–¡¿Entonces…?!– insistí entre dientes. Dios, mi polla dolía tanto.
–Cada cosa a su tiempo, mi querido secretario. Apresurar algo tan exquisito seria grosero –Anderson se puso de pie –¿Quieres cenar conmigo esta noche?
–¿Acaso quieres ser mi novio?– me mofé, todavía de rodillas en el piso. Mi erección comenzó a perder su fuerza y el dolor poco a poco disminuyó.
–Quero una relación contigo – confesó Anderson con expresión muy seria –Pero nada tan mundano. Cena conmigo y te explicaré en detalle el tipo de vínculo que deseo contigo. Si luego de escucharme dices que no, no habrá inconveniente alguno. Conservaras tu empleo y habrás tenido una cena gratis. Tan solo concédeme esta noche.
No tuve más remedio que aceptar. Además, debo admitir que la curiosidad me estaba matando ¡que deseaba Anderson de mí? ¿Por qué tanto ceremonial para un follón? Pero aquello era parte de lo que me atraía tanto de él.
–Ahora vuelta al trabajo– me dijo mientras dirigía su mirada a la laptop de su escritorio, ignorándome. Yo asentí con la cabeza, me puse de pie y me dirigí con pasos lentos hacia la salida.
–Ah, Kevin – me dijo antes de irme –Y tienes prohibido tocarte hasta esta noche.
¡Desgraciado! ¿Quién era el para decirme que hacer con mi propio cuerpo? Y después de la anticipación que había creado con aquella mamada, yo estaba a punto de estallar. Aun así, me aguante hasta aquella noche, Tal vez porque obedecerlo era un placer así. O tal vez porque yo sabía que mientras más se retrasaba la recompensa, más placentera resultaba.
A duras penas llegué a la noche sin masturbarme. Peor no pude evitar imaginar mil fantasías con Anderson. Nos encontramos a las ocho en un restaurante de estilo japonés que él había elegido. Incluso trabajando para la compañía de su padre, a mí no me alcanzaba el salario para cenar en un lugar así. Por suerte, Anderson invitó. Y a modo de venganza infantil, yo pedí lo más caro de la carta, a pesar de que ni siquiera sabía qué era.
Durante la cena, Anderson ni siquiera mencionó el motivo de nuestra reunión. No me explicó para que coños me había citado, ni mencionó nuestro tórrido encuentro aquella mañana en su oficina. Por un lado, la anticipación me estaba asesinando, por el otro, con cada segundo que pasaba yo me deleitaba en lo bien que lucía Michael Anderson. La iluminación de las lámparas de papel japonesas hacían que los ojos verdes del joven CEO parezcan dos esmeraldas salvajes. Y ni hablar de lo atractivo que se veía con su postura recta, sentado en el piso a la vieja usanza japonesa. Sus hombros resaltaban todavía más y aun con ropa informal, lograba verse elegante.
Aquel hombre era completamente irresistible.
Tan hechizado me encontraba yo, que para cuando terminó la cena había olvidado mi furia inicial. Estábamos saboreando un trago de sake caliente cuando Anderson sacó un sobre de papel de su bolso de cuero y lo depositó sobre la mesa.
–¿Qué es eso? –pregunté curioso.
–Nuestro contrato – me dijo. Al ver que mis ojos se abrían de par en par, aclaró –El contrato que nos une como amo y sumiso, en caso que tú accedas, por supuesto.
No pude evitar soltar una carcajada mientras abría el sobre de papel madera
–Creí que estas cosas solo pasaban en las películas– suspiré sorprendido. Jamás había visto una expresión tan seria y solemne en el rostro de Michael Anderson. Comencé a hojear el documento, de aproximadamente diez páginas. Saltaban a mi vista palabras como látigo, sumisión, esposas, palabra segura…pero mi cabeza daba tantas vueltas que me costaba concentrarme en la lectura. Necesitaba que Anderson me lo explique con sus propias palabras –Dime ¿Qué significa exactamente, ser amo y sumiso?
–Pues, la explicación corta y superficial es que yo seré el amo, y tú mi sumiso. Deberás complacerme, no solo como vienes haciendo hasta hora como secretario, sino que será tu obligación complacerme. La explicación más larga es que tú debes leer con cuidado ese documento antes de firmar, para asegurarte que yo no haga nada que tú no desees. Lo que veras escrito son sugerencias, cosas que adoraría hacer contigo, pero puedes agregar o quitar lo que desees.
Jampas había oído a Anderson hablar con tanta franqueza. Hasta incluso parecía algo temeroso y vulnerable.
–¿Es realmente necesario?– solté una risita –He tenido varios follones en mi vida y nunca he firmado ningún contrato.
–Pues claro que lo es– replico Michael, muy serio –Pues, más allá de que yo sea el amo, tú tienes el verdadero control No querría hacer nada que te lastimara.
Esas fueron las últimas palabras que necesite oír antes de firmar el contrato.
Y así me convertí en el esclavo del CEO Michael Anderson.
Follamos por primera vez aquella misma noche, antes de que la tinta en el contrato se seque. Fuimos a un hotel y Anderson me hizo aullar de placer sin que llegásemos a quitarnos toda la ropa. Asi de calientes estábamos ambos. Aquella primera vez no hubo ni látigos, ni esposas, ni BDSM; tan solo sexo desenfrenado. Anderson arremetió con su polla dentro de mi cuerpo como si hubiera estado conteniéndose durante años. Yo la recibí como si hubiera estado rogando por ella durante siglos. No podía creer lo bien que se sentía en mi interior; tan ajustada y dura. A pesar de que salteamos el juego previo, apenas sentí dolor. Así de deseoso estaba por mi jefe. Caí sobre la cama del hotel con la camisa todavía puesta y mis pantalones entorpeciendo mis tobillos. Anderson también estaba a medio vestir cuando me mordió el cuello y me sujetó por atrás, de la cintura. Cuando comenzó a embestir dentro de mí con su miembro grueso, fue la gloria misma. Me aferré las sábanas desechas con uñas y dientes, gimiendo mientras me follaba.
Ni siquiera recuerdo quien se corrió primero; si Anderson dentro de mi culo o yo masturbándome contra la cama. Estaba tan cegado por el placer que todos los recuerdos ahora parecen difusos.
Las ocasiones siguientes, todo fue más calmo y planeado. Peor no por ello menos apasionado o satisfactorio. Poco a poco, comenzamos a poner en práctica lo que establecía el contrato. Siempre de a pequeños pasos y respetando mis tiempos. Yo no tenía ni la más puta idea de que era el sadomasoquismo, ya decir verdad, nunca me había interesado. Mi único aproximamiento a aquel mundillo era ver algún que otro video porno de tíos usando ropa de cuero y látigos de plástico. Lejos de excitarme, todo aquello me parecía risible y ridículo. Peor con Michael Anderson, todo parecía excitante y seductor.
Comenzamos con una leve sesión de spanking en un cuarto de hotel, horas después de salir de la oficina. Jamás creí que me excitara recibir nalgadas, pero estar acostado sobre el regazo de mi jefe, completamente desnudo, y sentir las palmas de sus manos fuertes castigando mi culo, era algo de otro mundo. Se me puso dura contra su regazo en menos de un minuto. Peor por supuesto, él ignoró mi erección y continuo azotando me con su mano desnuda hasta que yo estaba chillando y suplicando que me folla. Era un experto en eso; en hacerme sufrir por su polla, en hacerme rogar por una buena follada hasta el límite de las lágrimas. Y también era un maestro en manejar los tiempos; cuando yo creí que no toleraría mas la espera; sus manos y sus caricias me invadían como un alivio. Y el sexo era mil veces mejor.
Luego del spanking pasamos al bondage, para ello fuimos a su apartamento en lugar de aun hotel. Michael insistió que allí estaríamos más cómodos y yo no me resistí. Y creo que eso sumo a mi excitación, finalmente conocer el hogar de Michael Anderson. Era medianoche cuando me encontré en su lujoso dormitorio, con las manos esposadas al respaldo de su cama King size. Había algo definitivamente tentador en encontrarme indefenso, a la merced de aquel hombre fuerte de ojos verdes y sonrisa pervertida. Con mis brazos tensos por la restricción de las esposas, no podía hacer nada más que sentir sus manos y labios invadiendo todo mi cuerpo. Me besaba, me lamía, me mordía. Me hacía saber con sus dedos y boca que yo era suyo yd e nadie más. Torturó cada rincón de mi cuerpo con caricias exquisitas hasta que, una vez más, yo estaba clamando por sentir su polla en mi interior.
Los meses transcurrían y cada encuentro mío con Anderson me abría un mundo de sensaciones que nunca antes creí experimentar. Era tan liberador, entregarle el control a aquel hombre tan hermoso. Y en su lugar el solo me devolvía placer. Un placer intenso y desenfrenado, que jamás había vivido con nadie más. Dejé que me vendara los ojos para follarme, dejé que me amordazara, dejé que me azotara con una fusta y con látigo de nueve colas hasta que la piel de mis nalgas ardía. Y luego de eso, siempre venia su cuerpo; su cuerpo invadiendo el mío con gozo, hasta que ambos nos corríamos frenéticos entre la carne del otro.
Pero lo que más me sorprendió fue que, después de follar, las cosas se ponían…extrañas. Generalmente los tíos con los que he tenido cosas casuales huían después de correrse y no me llamaban más. Una vez pasado el orgasmo, se tornaban fríos y distantes, temerosos de que yo les reclamara algo. Anderos no pronunciaba ni una palabra, pero me envolvía en sus brazos como aun bebe recién nacido. Me acariciaba el cabello y me besaba el cuello con suavidad hasta que yo, o ambos, nos quedábamos dormidos en su cama gigante. Una inusitada dulzura silenciosa después de una larga sesión de dominación y tortura. Sin duda, una combinación que a mí me enloquecía.
Hasta que un día, algo cambió.
No puedo afirmar con exactitud que; solo puedo decir que hace aproximadamente un mes nuestros encuentros se tornaron cada vez más esporádicos. Ya no tenemos tiempo para pasar noches en vela en su apartamento o para huir a un cuarto de hotel entre reuniones. Seguramente tiene que ver con que la cantidad de clientes se ha duplicado, y todo el mundo en la oficina parece acelerado con tanto trabajo. Algo común en este parte del año, según me comentaron otros empleados entre los pasillos. Todos estamos haciendo horas extras y esforzándonos al máximo, y Michael Anderson no es la excepción. Hace dos semanas que han parecido ojeras alrededor de esos hermoso ojos verdes, y me hace llevarle café negro a su oficina como cinco veces al día. Cuando yo me retiro, él se queda trabajando en su despacho. En varias ocasiones regreso a la oficina por la mañana siguiente y sospecho que Anderson ha pasado la noche allí.
Diferencia de otros jefes que he tenido, Michael Anderson no descarga sus frustraciones en mí. No me presiona ni me obliga a tomar horas extras. Aun así, yo trato de colaborar. Más allá de nuestra relación BDSM, es importante para mí ser un buen secretario y cimentar mi futuro laboral.
Pero no dejo de extrañar su tacto, sus caricias…aquellas noches de frenesí intenso. Y por más que intento racionalizar y me repito a mí mismo una y otra vez que mi Amo no desea ignorarme, que solo está ocupado, la preocupación me consume día y noche. Una vocecita horrible dentro de mi cabeza me dice que Anderson se ha saturado de mí, que se ha aburrido de follarme y castigarme. Y una horrible sensación de vacío me invade; ¿Por qué lo necesito tanto?¿Por qué lo extraño tanto? Normalmente en una situación así, ya estaría buscándome un reemplazo. Pero, por primera vez en mi vida, siento que nada ni nadie jamás podrá reemplazar a Michel Anderson, mi Amo. Me he vuelto adicto a sus castigos y sus caricias, a su polla enorme y sus besos. A esos ojos verdes y esa sonrisa, al aroma amaderado de su piel.
Hasta que una noche en vela, decido que voy a tomar la solución en mis propias manos.
Esta mañana he llegado a la oficina a la hora de siempre. Enciendo mi ordenador y me dirijo a prepararme un café. Diez minutos más tarde, me doy cuenta que esto ha sido una mal idea. La cafeína no hace más que multiplicar mi ansiedad, yc cuando veo a Michael asomar de su oficina, el aroma de su perfume ataca mi nariz y me vuelve loco. Mierda, como lo extraño. Lo estudio con la mirada durante unos breves instantes se ve agotado. Pero de alguna manera, eso lo hace todavía más irresistible. Tiene su cabello corto algo revuelto y sus ojos cansados, pero aun así conserva su porte elegante.
–Kevin, no me pases llamadas durante la próxima hora ¿si?– me dice con tono de voz grave y cansado. Yo asiento con la cabeza y él vuelve a refugiarse dentro de su oficina con un portazo.
No puedo tolerarlo más.
Arremeto en su oficina con aparente calma. Encuentro a Anderson escribiendo en su laptop con dedos acelerados y el ceño fruncido. A su alrededor hay una pila desordenada de papeles y carpetas. Con un nudo en la garganta me acerco y comienzo a ordenar los papeles a su alrededor.
–¿Kevin? ¿Qué haces?– balbucea algo molesto. Su rostro esta ruborizado.
–Estoy ordenando, señor– respondo en firma automática mientras revoloteo a su alrededor levantando papeles y carpetas. Aprovecho para aspirar el dulce aroma de su loción. Un estremecimiento nace entre mis muslos y me doy cuenta lo mucho que lo necesito.
–Ahora no. Estoy ocupado.– Refunfuña Anderson –Te he dicho que no quiero interrupciones.
Pero yo continúo mi labor. No voy a rendirme tan fácilmente ¡me merezco las atenciones de mi Amo! Y no voy a tolerar que me siga ignorando asi. Invado su espacio personal desvergonzadamente mientras ordeno los papeles de su escritorio.
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–Kevin…estoy ocupado– protesta mi jefe, Yo sonrío para mi adentros.
–No puede trabajar con este caos, señor. Permítame ordenar un poco– insisto mientras muevo mis manos frenéticamente entre sus papeles. Acerco mi rostro a su cuello y lo siento estremecerse. Su rostro se pone todavía más rojo. Se está enojando, y eso me encanta. Siempre me folla más duro cuando está enojado.
–¡Ordena más tarde!– protesta Kevin –no me dejas concentrarme.
–Solo cinco minutos, señor. Ni siquiera notará que estoy aquí– le digo. Anderson protesta entre dientes, consciente de que no hay manera de ahuyentarme de su despacho.
Apilo todas las carpetas y papeles de su escritorio y las pongo en orden, no sin rozar insitientemente con mis dedos y codos los brazos de mi jefe. También aprovecho para rozar su codo con mis trasero cuando guardo los expedientes en un cajón. Anderson murmura algo y el calor se enciende en mi pecho. Me doy cuenta del enorme poder que tengo, como soy capaz de incomodar a mi jefe con tan solo unos movimientos inocentes-
–Kevin…por favor. No puedo trabajar asi– repite, exhausto.
–Solo cinco minutos, señor– repito con falsa inocencia. Inclino mi pecho sobre su espalda de forma que mi aliento acaricie su mejilla. Puedo sentir como arde su piel, puedo escuchar cómo se aceleran los latidos de su corazón. Jamás me he sentido tan poderoso en mi vida.
–Lo estás haciendo a propósito ¿verdad?– refunfuña Anderson.
–No sé a qué se refiere, Señor– suspiro contra su oído en forma desvergonzada. Mis labios rozan su piel y lo oigo suspirar. Me alejo y doy la vuelta, ofreciéndole una vista perfecta de mi espalda y trasero. Sin verlo, sé que sus ojos están fijos en mi cuerpo y no en su laptop. Unos segundos después, escucho sus dedos contra el teclado, pero a un ritmo mucho más lento que antes.
Lo estoy distrayendo; tengo ese poder enorme sobre él. Finalmente comprendo lo que me quiso decir la noche que firmé el contrato en aquel restaurante japonés: el sumiso tiene el verdadero poder.
–¿Qué estás haciendo ahora?– protesta Anderson cuando me inclino a recoger unos papeles en el último cajón, de manera que mi culo se luzca frente a sus ojos.
–Ordenando, señor. Ya le dije, ignóreme– respondo –Es lo que ha estado haciendo este último mes, de todas maneras. No será difícil para usted.
Escucho una risita grave y un escalofrío recorre toda mi columna. Mi polla empieza a hacerme cosquillas entre las piernas.
–¿A eso se debe todo esto?– responde Anderson. –¿A que estuve demasiado ocupado para follarte?
–No sé a qué se refiere, señor. Solo estoy cumpliendo mi deber como secretario.
–Pues si quieres ayudarme, retírate de mi oficina. No puedo trabajar así, me distraes mucho.
¡Lo distraigo!
–Ya le he dicho, ignóreme, señor. Serán solo cinco minutos.
–¡Eso dijiste hace diez! ¡Por favor, Kevin, déjame en paz!
Adoro cuando eleva el tono de voz. Está frustrado, y eso es delicioso. Es hora de dar el golpe de gracia; dejo caer la pila de papeles entre mis manos. Se convierten en un caos sobre el piso de su oficina. Anderson protesta entre dientes y yo me inclino sobre mis manos y rodillas para recogerlos.
–¡Estas haciéndome enojar!– protesta Anderson.
Eso es justo lo que quiero.
–Lo siento, señor. Solo déjeme ordenar este caos– respondo con fingida inocencia mientras ordeno los papeles en el piso, sin abandonar mi postura sumisa.
Cuando menos lo espero, siento las manos de Anderson tomarme de la cintura y jalarme hacia su cuerpo. No sé en qué momento abandono su silla y se colocó en el piso detrás de mí, pero me estremezco de sentir el calor de su cuerpo contra el mío. Me incorporo sorbe mis rodillas y él me toma del cuello. Siento su aliento en mi oído y el calor de su entrepierna contra mi trasero.
–¿Acaso te gusta verme enojado?– susurra con voz ronca en mi oído. Yo respondo con un gemido y arqueo mi cuello, exponiéndolo a sus labios y dientes. Sus besos y mordidas me estremecen.
Una de sus manos sujeta mi cuello con fuerza y la otra recorre mi pecho. Mi miembro ya está duro y mi cuerpo temblando.
–¡Te has ganado un castigo bien duro!– susurra Anderson entre dientes. Me da un mordisco breve en el lóbulo de mi oreja y se pone de pie. Gira y se pone de pie delante de mí, yo permanezco de rodillas. Anderson me jala del cabello y presiona mi rostro contra su entrepierna., Siento el calor de su erección contra la piel de mi rostro.
–¿Era esto lo que deseabas? ¿Por esto estabas tan deseoso?– dice mi Amo mientras frota su miembro duro en mi cara. Yo me aferro de sus muslos y pronuncio algo inentendible. Beso su polla a través de la tela de sus pantalones mientras todo mi cuerpo se enciende en cuestión de segundos. Dios, como he necesitado esto.
–Sí que estas deseoso por polla…Dime ¿ansiabas que te folle?– me pregunta mientras se abre el cierre del pantalón. Su miembro rebota frente a mis ojos, duro y enrojecido.
Anderson me jala del cabello de mi nuca con una mano y sujeta su propia polla con la otra. Abro la boca instintivamente, pero él me aleja de su miembro.
–¿Eso quieres? ¡Sí que eres un putito deseoso…dime ¿acaso quieres chupármela?– se mofa Anderson mientras me aleja de su miembro con mano firme.
–Si, si señor…– suplico mientras estiro mi lengua lo más posible, desesperado por saborear su glande.
–¿Y crees que lo mereces después de tu conducta recién?– responde mi jefe.
–¡Por favor!¡Por favor, señor!– suplico. Mi corazón está a punto de estallar fuera de mi pecho.
Anderson ríe y suelta mi nuca. Entierra su polla en su totalidad entro de mi boca y yo me ahogo. Aun así, jamás me he sentido más aliviado. Saboreo su miembro en mi boca con un gemido de placer. Anderson sujeta mi cabeza con ambas manos y comienza a embestir dentro de mi boca, hasta que su polla esta cosquilleando mi garganta.
–¡Toma, entonces!– gime entre dientes –¿Acaso querías mi polla? ¡Pues ahógate con ella!
Mi cabeza se mueve hacia adelante y atrás con movimientos urgentes, y la mano de Anderson empuja mi nuca. Me atraganto con el temible largo de su miembro, y las lágrimas se deslizan por mis mejillas. Me sujeto de sus muslos y el acelera los movimientos de su cadera, follando mi boca duro y rápido.
Cuando no puedo respirar más, Anderson me suelta. Arqueo mi cuello hacia atrás y tomo un respiro hondo. Escupo el excedente de saliva sobre su polla y retomo mi tarea. Pero al cabo de unos segundos, Anderson retira su miembro de mi boca con violencia.
–¡Te has comportado como un malcriado, Kevin! ¿Crees que no recibirás un castigo por ello?– me jala de los brazos y me obliga a ponerme de pie.
Muerde mis labios con fiereza y me toma de la cintura, me empuja con fuerza sobre su escritorio. Mi estómago choca contra la madera y los artículos sobre el escrituro vuelan por los aires gracias mis brazos. Siento a Anderson detrás de mí. Me aferro a ambos lados del escritorio pero Anderson me toma de las muñecas. Coloco mis manos detrás de mi espalda y siento que me restringe las manos con algo sedoso. Giro mi cuello y descubro que es su corbata. El rostro de mi amo esta enrojecido, y se ve tan tentador con los primeros botones de su camisa abiertos en forma desprolija. Su polla asoma por su cremallera, con el glande rojizo y brillante por mi saliva. Mierda, lo necesito tanto dentro de mi cuerpo que gimo en forma lastimosa. Anderson me quita los pantalones y los deja caer hasta mis tobillos. Yo separo mis pernas lo más que puedo. Cuando mi culo queda expuesto a su vista, mi jefe me propina una nalgada que me hace chillar.
–No hagas tanto ruido– me regaña– ¿Acaso quieres que toda la oficina se entere que eres un putillo desesperado por polla?
–Señor. Por favor…– gimo.
–Lo hubierais pensado antes de comportarte como un malcriado. Ahora te mereces un castigo– me dice mientras se quita el cinturón. Siento el cuero azotar mis nalgas y mi cuerpos e retuerce de placer y dolor. Me muerdo los labios para no gemir.
–Dime ¿Qué quieres?– me pregunta Anderson mientras me da un segundo latigazo con su cinturón. El ardor de mi piel hace que mi polla se contraiga más duro.
–Quiero que me folle, señor– suspiro cuando el tercer azote castiga la piel inflamada de mis nalgas.
–¿Y crees que lo mereces?– un cuarto azote de su cinturón me enloquece. Entrelazo mis dedos detrás de mi espalda, restringidos por el ajustado nudo de su corbata.
–No.
–¿Por qué no?
–Porque he sido un malcriado– respondo.
–Así es– otro azote besa mi piel, y las cosquillas se multiplican por mil. El dolor amplifica el placer y mi polla duele, presionada contra su escritorio. Pierdo la cuenta de cuantos azores castigan mis nalgas, solo siento que mi piel arde y todo mi cuerpo clama por ser llenado por la polla de mi jefe. Me muerdo la lengua para no gritar y siento los latidos invadir todo mi cuerpo. Mi polla está a punto de estallar y los azotes me llevan hasta el límite. Siento algo de pre semen escurrir de mi glande y se me escapa un gemido agónico.
Cuando creo que el dolor de los azotes se torna insoportable, Anderson se detiene. Escucho mis propios jadeos y el sonido de su cinturón cayendo al piso. Acto seguido, sus manos acarician mis nalgas y siento una punzada eléctrica; la piel esta extra sensible luego de tanto castigo, Y por ello, cuando sus labios besan mi culo, gimo de nuevo. Siento como su boca se abre paso hasta la ranura entre mis nalgas, las separa suavemente con sus manos y comienza a lamerme. No puedo tolerarlo; mi miembro late cada vez más duro y siento que voy a desmayarme.
–Señor. Señor…por favor– sollozo mientras Anderson me besa y lame.
–Te ves tan lindo suplicando por polla– suspira entre risitas. Luego retoma su labor; besa mi agujero, lo lame, lo tortura. Me penetra con su lengua y yo me enloquezco. Siento como mi entrada se relaja y dilata antes su besos y lamidas. Siento su saliva humedecerme y me muerdo los labios de placer.
–Pues te has portado tan mal que debería follarte en seco– protesta Anderson, y escupe en mi agujero. –Deberías agradecerme que me tomo el trabajo de dilatarte…
–G-Gracias, señor– gimo mientras su lengua se curva en mi interior, tocando lugares que me estremecen.
–¿Quieres mi polla en tu culo?
–¡Sí!¡Si, por favor!– suplico. Las lágrimas ruedan por mis mejillas. No puedo tolerarlo más. Quiero aunque se a masturbarme para sentir algo de alivio, pero mis manos están atadas. Es una frustración deliciosa.
Anderson escupe una vez más en mi agujero y siento su rostro alejarse. Jadeo durante unos breves segundos y siento sus manos en mi cintura, sujetándome fuerte contra su escritorio. Su glande se abre paso entre mis nalgas y yo me muerdo los labios con anticipación.
–¿Querías esto?– bromea Anderson, haciéndome sufrir hasta el último segundo. Estoy por insultarlo cuando su polla me penetra con un solo movimiento brutal, llenándome por completo. Ese momento es tan delicioso que pierdo la capacidad de habla. Lo siento abrir al máximo mis paredes internas, desbordándome con su calor y dureza. Me siento completo y gimo de dolor, placer y alivio.
–¿Sabe cómo se castiga a los secretarios desobedientes?– dice Anderson entre dientes, mientras embiste con suavidad dentro de mi culo.
Ni siquiera puedo articular una palabra, solo puedo gemir con mi mejilla contra su escritorio.
–Se los folla bien duro– responde Anderson y comienza a embestir con brutalidad. Su polla entra y sale de mí a una velocidad avasalladora. Sus manos sujetan mi cintura con firmeza, demostrando su dominio sobre mí.
–S-señor. Tóqueme por favor…– suplico. Sus embestidas son increíbles, pero no alivian el dolor de mi propia erección.
–¿Por qué?¿Acaso te duele la polla?– pregunta Anderson con una risita. Sus empujones son cada vez más violentos y rápidos, parece que quiere partirme en dos.
–Si…
–Es una verdadera lástima que tengas tus manos atadas. De lo contrario, podrías tocarte mientras te follo.– Se burla mi jefe.
–¡Tóqueme, por favor!– insisto entre lagrimas
–¿Crees que lo mereces?
–¿N-no?– – sollozo –Pues he sido un secretario desobediente…
–Exacto– refunfuña Anderson, y embiste en mi culo cada vez más duro. Pero al cabo de unos segundos siento su mano derecha envolver mi polla necesitada. Dejo escapar otro gemido, no me importa si alguien nos escucha. No me importa que se pueda ver todo desde el edificio de enfrente a través del ventanal de cristal. El placer me envuelve y me hundo en él. Anderson me folla bien fuerte el culo mientras me hace una puñeta, y es una sensación vertiginosa. Me tiemblan las rodillas y apenas puedo respirar. La cabeza me da vueltas y mi polla se contrae rítmicamente entre su mano fuerte y cálida. El semen brota de mí como una tormenta fuera de control. El placer me ciega y todo mi cuerpo se sacude. Esa sacudida hace que mis músculos internos aprisionen la polla de Anderson con una fuerza inusitada. Lo escucho gruñir detrás de mí y su semen me llena. El líquido caliente me desborda y chorrea por mis muslos mientras Anderson sigue embistiendo como un animal. Ambos gemimos, desesperados y satisfechos, retorciéndonos de placer.
Minutos más tarde, nos encontramos hechos un nudo de carne en el piso de su oficina. Anderson me ha desatado las manos y me sostiene entre sus brazos. Estamos a medio vestir y con la ropa cubierta de sudor, recuperando nuestros alientos entre besos y caricias tímidas.
–¿Te he castigado muy fuerte?– me pregunta Anderson.
–Sí. Pero eso era lo que yo deseaba– respondo satisfecho. Anderson me sonríe.
–Eres un secretario malévolo ‘sabes?– dice antes de besarme. –Perdóname. Te he descuidado este último mes.
–Está bien. Entiendo que la compañía es un caos en esta época del año– suspiro.
–Aun así, mi sumiso siempre debe ser mi prioridad– Anderson peina mi cabello húmedo con sus dedos –Perdóname, de ahora en más, no volveré a descuidarte.
Le dedico una sonrisa a mi amo antes de morder sus labios, buscando provocarlo una vez más. Es su deber compensarme por este último mes.