el rey midas
Érase una vez un rey muy ambicioso llamado Midas. Reinaba en un país muy lejano y vivía en la opulencia, pero todas las mañanas al levantarse y mirar por las amplias ventanas de su palacio sentía que su ambición desmesurada, crecía y crecía cada vez más.
- Todo lo que ven mis ojos es mío – pensaba el Rey - Pero más allá, hay tierras desconocidas que no me pertenecen y desearía que todo fuera mío, que todo el mundo se inclinara ante mí.
Después de comer abundantemente, servido por las bellas esclavas, mientras otros esclavos tocaban viejos instrumentos de la época, el Rey Midas se dirigía a su templo privado para encerrarse con la efigie del Dios Dionisos y rezarle:
- ¡Oh, Dionisos! Te sirvo humildemente. Cultivo viñas en mis tierras para que puedas disfrutar de los vinos que elaboran mis esclavos. Tu siervo Sileno vacía mis bodegas, por algo es el Dios de la embriaguez y se lo permito para que tú me concedas los dones y favores que te pido. Pero no me escuchas y eso me irrita.
Todas las mañanas repetía la misma oración, mientras tomaba una copa de excelente vino, invitando al Dios a compartirla con él. Pero el Dios nunca le contestaba…
Pero una mañana el Dios Dionisos, harto de escucharle, se movió de su pedestal tocándose las barbas y diciéndole:
- Mañana tras mañana oigo tus quejas, escucho pacientemente tus deseos de enriquecerte. )Por qué quieres más riquezas si posees tus sótanos llenos de oro y joyas?
Primero el Rey Midas quedó atónito. No creía que le hablara el Dios. Nunca había sucedido. Pero poco a poco recobró el habla y le expuso sus deseos.
- Nunca tengo suficiente. Ansío poseer lo que tienen los demás. Me gustaría que todas las riquezas del mundo me pertenecieran. Es más, fíjate bien en lo que te pido, me gustaría que todo cuanto yo tocara se transformara en oro, entonces sí sería el rey más rico del mundo. Todos sentirían envidia de mí.
El Dios Dionisos le miró divertido al tiempo que, por primera vez, aceptaba la copa ofrecida por el rey ambicioso.
- De acuerdo, Midas. Te concederé este favor...
- ¡Oh , gracias! – contestó muy contento el Rey.
- Espera, espera,... Te lo concederé cuando hayas hecho algo que merezca semejante premio.
- ¿Qué puedo hacer? Oriéntame... – le pidió el Rey a su Dios.
Pero el Dios volvía a ser de rico mármol, aunque en su mirada pétrea se descubría cierta ironía.
Muchos días y noches pasó el Rey Midas desvelado paseando por los salones y pasillos de su palacio, pensando qué podía hacer para merecer el premio prometido.
- ¿Qué favores puede necesitar un dios como Dionisos para que yo pueda ayudarle? Un Dios no necesita ayuda de un humano. Nunca podré conseguir mi deseo.
En el fondo del pasillo, mirándole con sumisión una guapa esclava asiática, trataba de llamar su atención, pero el Rey Midas estaba demasiado absorto en sus pensamientos para atender a nadie.
- ¿Qué podría hacer, qué podría hacer? – seguí repitiendo el Rey en voz alta…
La esclava se atrevió a interrumpir su soliloquio:
- Mi señor, perdonad que esta insignificante esclava os distraiga...
- ¡Déjame en paz! – le gritó el Rey.
- Es un caso grave, señor – le contestó la esclava bajando la cabeza - Azotadme si queréis pero he de comunicaros que el Dios de la embriaguez, Sileno, que habita en las cuevas donde guardamos el vino se ha caído en una cuba. Está tan ebrio que para salir de ella quiere beberse todo el vino.
- ¿Sileno? (Sileno es el dios más amigo de Dionisos! – dijo el Rey - ¡Vamos a las bodegas! ¡Rápido!
En las cuevas húmedas el vino se guardaba en vasijas de cristal y en enormes cubas.
- Vino...¡hip! ..vino...¡hip!.... ¡je, je, je! – canturreaba el Dios Isleño - Me estoy ahogando en vino.
El Rey Midas subió rápidamente a una escalera para mirar el interior de la cuba. Sileno, totalmente borracho y casi inconsciente, chapoteaba en el vino. Si seguía allí mucho más tiempo no iba a sobrevivir.
- ¡Creo que ya encontré la solución! – pensó el Rey mientras sonreía.
Corrió hacia la sala de los dioses, encarándose con Dionisos:
- No quisiera perturbar tu descanso, Oh Dios alegre, pero sospecho que si no ayudo a tu amigo Sileno no va a sobrevivir. Cada vez se sumerge más y más en el vino y no creo que salga de allí.
El Rey miraba de reojo a la figura del dios, esperando una respuesta y al cabo de un momento la obtuvo:
- ¡Te saliste con la tuya! Salva a Silenio.
- ¡Oh, sí, sí! – gritaba loco de contento el Rey - Pero recuerda tu promesa. A cambio de un favor tan importante, todo cuanto toque se ha de transformar en oro. Lo prometiste, eres un Dios y tienes que cumplirlo .
- De acuerdo. Si salvas a Sileno todo cuanto toques se convertirá en oro – se comprometió el Dios Dionísios.
El Rey salió corriendo a buscar a todos sus servidores para salvar al dios embriagado y como era imposible vaciar la cuba mandó que la destruyeran.
- ¡Golpead más fuerte o no lo salvaremos! ¡Vamos, vamos! ¡Quiero más esclavos golpeando la base de la cuba!
De repente la base cedió y el vino salió a borbotones, como una cascada.
Cuando la cuba gigantesca quedó vacía, extrajeron al dios de la embriaguez inconsciente. Unos segundo más y hubiera muerto.
- Llevadle a mis aposentos, dadle pócimas para que vomite expulsando el líquido bebido y se recupere. ¡Vamos, vamos deprisa!
Yendo hacia sus aposentos vio a la esclava que le había avisado. Se sintió agradecido con ella. Y se acercó mirándola con simpatía para decirle:
- Gracias a ti he podido conseguir lo que quería. Por eso, haré que asciendas de categoría. Serás una primera esclava )Estás contenta?.
- Sí mi señor – contestó la esclava muy contena.
Pero al ponerle las manos encima, la esclava quedó transformada en una estatua de oro. El Rey se quedó muy sorprendido, pero al momento reaccionó y comenzó a correr por palacio mientras decía:
- ¡Lo he conseguido! ¡Ja, ja, ja! Todo cuanto toque se transformará en oro, seré el rey más rico del mundo. ¡Ja, ja, ja!
El Rey tocó una gigantesca bota de vino y se transformó en oro, tocó una silla y se transformó en oro, tocó un cuadro y se transformó en oro, y así corriendo por los pasillos iba tocando todo lo que encontraba a su paso y lo convertía en oro.
El Rey era muy feliz. Se dirigió a sus aposentos tocando las paredes, los muebles para que todo se convirtiera en oro.
- He de celebrar este acontecimiento. Para este mediodía quiero el mejor faisán de mi corral, bien adornado de ricos manjares...
Pero el desengaño se produjo inmediatamente. Al coger el faisán con las manos para comérselo... ¡Se convirtió en oro! Ocho días estuvo sin probar bocado. No podía comer, ni beber, ni dormir. La cama era de oro, las sábanas de oro, su propia ropa era de oro.
El Rey ya no podía más con esta situación y se dirigió a la sala de los dioses para pedir ayuda al Dios Dionisos.
- ¡Oh, Dios! ¡No puedo tocar nada! Le doy la mano a un amigo y se transforma en oro. Toco la comida y se transforma en oro. ¡Hasta el agua que necesito beber se transforma en oro! ¡Ayúdame, por favor! ¡Sálvame de este suplicio!
- Mi querido Rey, esto les pasa a los que son demasiado ambiciosos. Debería dejarte así, pero toda tu familia acabaría transformada en oro y ellos no tienen la culpa de tu avaricia. ¡Está bien! Te ayudaré , pero recibirás un castigo, Midas.
- ¡Sí, sí! – le contestó el Rey arrodillada ante él – Pero, por favor, que pueda comer, beber y dormir.
- En cuanto te crezcan las orejas dejarás de transformar en oro lo que toques – le dijo el Dios.
- No entiendo… ¿Me van a crecer las orejas? – preguntó intrigado el Rey.
En ese mismo momento, las orejas comenzaron a crecerle en forma desmesurada. Y al poco tiempo acabó con orejas de burro, pero no le importó, el Rey ya era feliz. Todos se reían de él, pero pudo comer y vivir tranquilo y sobre todo, aprendió a no ser excesivamente ambicioso.