País Relato - Autores

martín casariego

tú, no

La hora del recreo. La mejor hora de la jornada escolar. Para todos, excepto para él. La maestra mantuvo más o menos el orden de la fila hasta que cruzaron la puerta del patio. Entonces, salieron en desbandada. Hoy la pelota la había sacado Manuel, pero era igual cuando la llevaba Kevin. Sin embargo, como todos los días, albergando una pequeña esperanza, se acercó al dueño de la pelota y se sumó al círculo que lo rodeaba. Con el balón bien sujeto entre el cuerpo y el brazo izquierdo, Manuel fue señalando a sus compañeros:
Tú juegas, tú juegas, tú juegas, tú juegas… Tú, no. Abatido, triste, con ganas de llorar, se fue al árbol. Mientras miraba cómo las hormigas subían y bajaban en dos columnas por su tronco, oía las carreras, los gritos, los lamentos, los pelotazos, las risas, las fanfarronadas, las discusiones. Se tocó el colmillo. Ya faltaba poco para que se le cayera. ¿Qué le traería en esta ocasión el Ratoncito Pérez? Sus amigos ya no querían jugar con él. ¿Por qué? No había hecho nada. Todo había empezado a la vuelta de las vacaciones de Semana Santa. Manuel no le había dejado jugar el partido. Tú, no. Y al día siguiente, Kevin había hecho lo mismo. Llevaba así tres semanas. Manuel, además, le había empujado un día, le había tirado por las escaleras. Menos mal que había caído bien, porque él sabía caer como un gato. Manuel y su mejor amigo, Pipita (¿por qué le llamaban Pipita, si era el más grandullón de la clase?), le decían, cuando la seño no estaba delante, que le iban a tirar a un pozo, que le iban a disparar con la pistola de su padre, que le iban a matar. Le habían forzado a comerse la ración de pescado que Manuel no quería. Se reían de él: decían que tenía las orejas muy grandes, que se le caía el pantalón, que su camiseta de Spiderman era muy fea porque era falsa. ¿Cómo podía ser falsa una camiseta? Ahora se veía obligado a jugar solo. Y en el comedor, y en gimnasia, y en los recreos y los cambios de clase, tenía que estar alerta. Le gustaría ser más fuerte, pero a Pipita apenas le llegaba a la barbilla.
Y él no iba a chivarse. Miró hacia la seño. Hablaba con otra profesora. No se enteraba de lo que estaba pasando. A lo mejor se creía que a él le gustaba estar solo, jugar solo, ver solo cómo las hormigas diminutas, rojizas, todas iguales, disciplinadas, subían y bajaban por el tronco de la morera, como un collar en movimiento. A lo mejor pensaba que a él no le gustaba jugar al fútbol. Pero claro que le gustaba. Le encantaba. Y también le gustaba ver los partidos de su equipo cuando los televisaban, con su padre y con su hermano. Samuel no le había invitado a su cumpleaños. Había invitado a ocho niños de la clase, pero a él, no. El año pasado sí le había invitado. Con el dedo, apartó de su camino a un par de hormigas. La que venía detrás se paró un segundo, desconcertada. Las que había desviado anduvieron desorientadas por la corteza del árbol. Pronto reencontraron el camino, y todo volvió a la normalidad. Eso era lo que él quería: que todo volviera a ser como antes.
Quedaban aún veinte minutos para que acabara el recreo. Una eternidad. Dio una patada a una piedrita, intentando que pasara entre el tronco de la morera y un envoltorio de chicle. Gol. Estaba celebrando el tanto imaginario, cuando oyó que alguien se acercaba. Se volvió. Eran Pipita y Manuel.
—A lo mejor te has quedado con hambre —se burló Manuel.
—Lo malo es que aquí no hay más pescado —dijo Pipita.
Buscó con la mirada a las profesoras. No estaban. Pipita le agarró por la espalda, sujetándole los brazos, y le derribó. Luchó por soltarse, sin conseguirlo. Humillado, impotente, tuvo ganas de llorar.
Dos contra uno, mierda para cada uno.
Manuel cogió un puñado de arena e intentó obligarle a que lo tragara.
—Toma, come, come, que está muy rica…
Apretó los dientes. Manuel le hizo daño en los labios, y algo de arena llegó a su lengua. De pronto, le soltaron y salieron corriendo. Habían vuelto las profesoras. Se levantó, limpiándose la boca. Escupió. Se escondió detrás del tronco de la morera, y se esforzó por no llorar. Lo consiguió. Después, fue hacia la parte del patio en la que había un tobogán y unos columpios. Se subió al tobogán y se tiró por la rampa. Vio que venía hacia él Ramón, un niño muy delgado, con la cara afilada, el pelo color paja, ni alto ni bajo. No eran muy amigos, aunque tampoco le caía mal.
—Oye… ¿Es verdad que en tu casa hay monstruos?
Se alegró de que Ramón hablara con él, de que alguien se acercara para hacerle compañía.
—Sí, el monstruo del armario, y el monstruo de las garras, y el monstruo de debajo de la alfombra —enumeró, y concluyó, tras una corta reflexión—: Y muchos más.
Habían aparecido hacía una semana. No sabía de dónde venían.
—¿Y los has visto?
—No. Cuando enciendes la luz, desaparecen.
—Pues en mi casa creo que también hay un monstruo. Pero creo que es bueno, porque nunca me ha hecho nada.
—Es que hay monstruos buenos —aseguró él—. También hay malos. ¿Ya no juegas con ellos? —señaló hacia sus compañeros, que chillaban y corrían tras la pelota.
—No —Ramón frunció el ceño, enfadado—. Manuel es tonto —afirmó, despectivo—. Si su equipo tira alto, él dice que ha sido gol, y si le dices que no, dice que se lleva el balón y que se acaba el partido.
—La seño dice que el balón es para que juguemos todos —observó.
—Ya —dijo Ramón, no muy convencido—. ¡Mira! —añadió, repentinamente animado. Abrió la boca, para que viera los dientes—. Se me ha caído esta mañana.
Tenía, entre los de abajo, un hueco.
—¿Lo has guardado? —preguntó, muy interesado.
—Claro.
Ramón sacó de un bolsillo del pantalón un pequeño diente, que puso en la palma de la mano. Blanco, manchado de sangre. Perfecto y derrotado. Lo miró con grave atención.
—¿Lo vas a poner en la almohada?
—Sí, para la sorpresa —contestó Ramón, devolviendo el pequeño tesoro al bolsillo.
—Mira, a mí se me está moviendo uno —con el pulgar y el índice, movió adelante y atrás el colmillo que estaba a punto de caerse.
—¿Me dejas tocarlo?
—Sí.
Abrió la boca. Lo tocó con la yema de un dedo.
—Este.
Ramón lo movió.
—Ese se cae hoy o mañana.
—Sí.
—¿Jugamos a algo?
Ramón tenía dos soldados de plástico. Con la arena hicieron una barricada. Imaginaron que estaban en el desierto, y que tenían que encontrar agua para no morir de sed. Imaginaron que unos soldados enemigos, mucho más numerosos, los atacaban con metralletas y granadas de mano. Imaginaron que uno caía herido, y el otro lo cargaba sobre sus hombros y lo sacaba de aquel avispero. El tiempo de recreo que quedaba se les pasó muy rápido.
—Oye —le dijo Ramón—, ¿quieres que juguemos mañana?
—Sí —dijo él—. Yo puedo traer dos soldados.
Se unieron a la fila. Pipita llegó corriendo y lo empujó. Sin querer, por el impulso, él empujó a su vez a Ramón. Las dos niñas que iban delante en la fila se volvieron, desconcertadas por aquella imprevista agitación. Sin pensarlo, le dio un manotazo en el hombro a Pipita. Pipita dio un paso hacia él, desafiante. Manuel llegó en ese momento, con el balón. Los cuatro se miraron.
—Si vuelves a jugar con él, a ti tampoco te dejo jugar al fútbol —dijo Manuel.
—Es que yo ya no quiero jugar con tu pelota —respondió Ramón.
La fila pronto recuperó el orden, volvió a la normalidad y comenzó a avanzar.
Ya no estaba tan seguro de querer que todo volviera a ser como antes.