PAIS RELATO

Libros de mari carmen sánchez modrego

Autores

mari carmen sánchez modrego

factoría de relatos

Los espíritus del sueño comienzan a acecharte. Con un rápido movimiento de mano arrojas el nórdico al final de la cama, hace calor, hoy no es un día frío y la calefacción está a tope. Apagas la luz. «Me dormiré temprano», piensas, «Ha sido un largo día».
Das vueltas y más vueltas, pero nada… Te incorporas y con ambas manos recuperas la colcha de dibujos blancos y azules para taparte.
Poco a poco los fantasmas de la noche, se van adueñando de tus pensamientos: «¿Por qué hice esto en el pasado? ¿Y el futuro, qué me deparará el futuro? ¿Y… María? ¡Nada me haría más feliz que encontrarme con ella, allá dónde esté!». Como no deseas profundizar en abismos, sin respuestas, piensas en ese trabajo de clase que tienes que presentar: «¿A ver qué se me ocurre para mañana…? Sí, ya sé, puedo escoger: Hacer un relato de cómo hacer un relato, pero… ¿Cómo empezar?».
Te levantas sin encender la luz, tanteas con el pie el lugar donde acostumbras a dejar tus zapatillas grises, siempre grises, introduces primero el pie derecho, luego el izquierdo y abandonas la habitación con el sigilo de un felino en busca de su presa.
Atraviesas el largo y estrecho pasillo. Abres la puerta de ese pequeño espacio que es solo tuyo. «Parece que chirría, tendré que aplicarle un poco de aceite en las bisagras». Te dices. Es una estancia acogedora, con muebles color miel, repleta de libros y presidida por un retrato de María: «¿Recuerdas María, lo dibujó un artista desconocido en aquel viaje a Ibiza que realizamos en 1988?». Cierras la puerta, al fondo una mesa. Te sientas frente a esa ventana iluminada por la blanquecina luz de una «farola-alunada».
«¡Qué pereza encender a estas horas el ordenador!». Depositas tu dedo índice sobre el botón de arranque, esperas unos instantes y en la pantalla aparecen los primeros iconos.
Dos tic, y ante ti una página virgen espera impaciente ser engendrada con palabras y frases. «¡Qué difícil! ¡Cada vez más difícil!, susurras en el silencio de la noche. Tus dedos se deslizan delicadamente por el teclado, que letra a letra como burbujas de champán va derramando sus gotas hasta colmar la copa, ese mágico cáliz que dejará en tu boca un sabor, a veces dulce, otras amargo. Nunca indiferente.
Compruebas el número de palabras que aparecen al final de la pantalla del ordenador. «¡Vaya tengo que terminar! Creo que me he pasado un poco.