destino sin llegada
—Hola, hola. ¿Hay alguien ahí?
—Sí, yo. ¿Te pasa algo?
—Me he quedado encerrada. ¿Puedes avisar para que me saquen de aquí? Llevo un buen rato, y no hay forma de abrir esta puerta.
—El caso es que… Ahora yo tampoco puedo abrir la mía. No sé qué pasa con la cerradura, joder, ni siquiera veo dónde está. Mucho automatismo, pero… nada práctico. Y… para colmo la luz se ha apagado. ¿Cómo te llamas?
—Me llamo Carmela y ¿tú?
—Yo Asun, me llamo Asun.
A través de una pequeña claraboya, se perfilaban los dos únicos elementos del diminuto baño. Una blanquísima taza de water, que de vez en cuando soltaba agua automáticamente, un portarrollos, también blanco, sin que el papel higiénico, diera la mínima señal de haber sido utilizado. Una puerta de madera, también blanca, con una abertura en la parte superior y otra en la inferior, nos aislaba del mundo exterior.
—Haz algo, por favor —gritó, Carmela—. Me estoy poniendo muy nerviosa, creo que voy a desmayarme. Además, mi familia estará muy preocupada. Tengo que embarcar ya.
—Aguanta, aguanta. Enseguida darán con nosotras.
¡Zas! Por favor, Carmela, contéstame.
Chillé con toda la furia y rabia que me producía aquella absurda situación. Aporreé la maldita puerta, con tal fuerza que los nudillos de ambas manos comenzaban a sangrarme, pero esta apenas se movía.
—¡Carmela, Carmela!, seguía gritándole. Estaba realmente asustada. Ella no respondía.
Al cabo de un rato, mis solitarios chillidos se vieron ahogados, primero por el sonido cercano de un alboroto de sirenas, seguidos de aterradoras voces, que parecían aullidos de animales heridos y después… el silencio.
—Ya era hora. Aquí, aquí. Estamos aquí.
Al otro lado, un bombero con sus utensilios de trabajo abrió ambas puertas y consiguió reanimar a mi desconocida socia.
—¿Pero qué ha pasado? —Le pregunté.
—El avión que se dirigía a Estambul, ha estallado en la pista.
—Era mi avión.
—Y el mío. —Dijo Carmela— que en aquel momento volvió a desmayarse.
Nunca volví a verla.
Por esta vez, nos había salvado aquel, no se si llamarlo… Sí, lo llamaré providencial encierro. Otros, no tuvieron la misma suerte. El destino resulta, a veces, diabólico.