País Relato - Autores

marcelo di marco

vuelta y vuelta

En el invierno de 2003, bajo el auspicio de la Feria del Libro y de la Lengua —y bastante antes de la promulgación de la Ley Justina—, un ente encargado de fomentar en la población la donación de órganos convocó a un concurso de cuentos breves que estimularan al público a “donar vida después de la muerte”. A mí me tocó ser parte del jurado. Los cuentos ganadores jamás llegaron a publicarse, y tampoco conocí los nombres auténticos de los autores. El relato que les mostraré enseguida fue el que elegí yo —a despecho de los demás jurados—, por considerarlo una eficaz propaganda para que la gente deje de temerle a la donación y se decida de una vez por todas. Los dejo entonces con el relato en cuestión, una historia que me hubiera encantado escribir yo mismo.
—Lo primero que tenés que sacarte de la cabeza, nene, es el miedo. —El capataz se rascó la pelada sudorosa, y las tres o cuatro moscas que lo sobrevolaban se alborotaron—. Yo también tenía miedo cuando entré a laburar acá.
—¿Miedo de qué?
—Y… de los finados no va a ser. Yo le tengo más miedo a los vivos que a los muertos, como dice la gente. Calculá: treinta y siete años van que laburo entre estas cuatro paredes. Aparte: ¿qué finado se me va a escapar a mí? —Sacando pecho, el capataz señaló la tapa del horno, bien asegurada (¿Para qué carajo tanto encierro?, se preguntó el novato) con una rosca de hierro parecida a las de las compuertas de un submarino—. Digo el miedo a los gases —siguió el capataz—. Los olores estos no te hacen nada. Tampoco el calor. —Lo miró al novato, que tragaba saliva—. Yo entré más o menos a tu edad, y lo primero que pensé era en rajarme a la primera de cambio. Y acá me tenés. Cuarenta y siete años laburando en esto, qué lo parió. La primera semana trataba de ni abrir la boca. Mirá qué boludo: pensaba que todo lo que flota por acá, que no vemos —hizo gestos con las manos, figurando cosas que revolotean—, era una especie de peste que me iba a dar cáncer si respiraba hondo.
—Como oler, muy bien no huele —arriesgó con la boca medio cerrada el novato, a quien no se le había pasado por alto que el capataz acababa de sumar diez años de trabajo a los treinta y siete declarados en un principio.
El capataz lo miró torcido.
—No digas pavadas, nene. Si olen o no olen bien, igual no pasa nada con uno. No te vas a enfermar, quedate piola. Una vez vino acá un equipo de expertos, a valuar. Hasta minitas y todo había. Todos chetos, de corbatita. Les conté historias, qué sé yo. Enseguida se fueron a la mierda, y no jodieron más.
—¿Historias de qué?
—Historias, nene. Vos sabés. Pero te puedo asegurar una cosa, eh. —El capataz señaló con el dedo al novato—. No todas las historias que se cuentan de acá son mentira. Ya te vas a enterar.
Por qué mierda no habré estudiado, se dijo el novato, quien ya se sentía con ganas de estar bien afuera de los muros del cementerio, al aire libre. Por qué mierda tío Bebe tuvo que recomendarme al Director, y por qué mierda yo agarré viaje. Si encima es un sueldito de nada.
—Tampoco la gente que labura en esto lo hace por el sueldo —dijo el capataz, y el novato sintió que se le paraban los pelitos de la nuca. Le dieron ganas de preguntarle al capataz cómo hizo para saber qué estaba pensando, pero a lo mejor había sido una casualidad. Preguntó:
—¿Y por qué lo hacen?
—Y… A mí me gusta mi trabajo. Vení que te muestro qué tenés que hacer. —El capataz midió al “nene”, de arriba abajo, y dictaminó—: A vos también te va a gustar.
Y de aquella entrevista ya han pasado tres años. Tres años y pico. El Nene —así le quedó nomás, entre los empleados del crematorio— ya está bien fogueado. Y sí: a él también le gustó el laburo. Ya no putea al tío Bebe: a fin de cuentas, al recomendarlo se había portado como un buen tío.
El Nene se acostumbró rápido, hace rato que ya duerme bien. Se acostumbró a las danzas frenéticas de los cadáveres al recibir las llamas de los mecheros, se acostumbró a verles la piel como arremangándose, se acostumbró a tener que triturar los huesos que quedan al final de cada laburo.
Y también se acostumbró a los horrendos alaridos que le llegan de tanto en tanto, y que más de una vez lo distraen de alguna siesta, panza arriba en el banco del vestuario. Porque el capataz le enseñó, cuando le tocó el primer caso —y ahí se enteró el Nene de para qué servían las roscas tipo compuertas de submarino—, que “no todos los muertos que no están muertos se dispiertan adentro del jonca, vos viste”.