Mi amigo Robby, el youtuber, era un tipo inefable: no existían palabras que pudieran explicarlo. Hablo en pasado, porque lo enterramos hace una semana. Y los hechos demostraron que siempre hay alguien más inefable que uno. Sea como fuese, las cosas sucedieron así.
El día de su muerte, almorzábamos en nuestra cantina favorita —Robby se había hecho amigo hasta del cajero, no bien fuimos la primera vez—, cuando uno de los mozos se acercó a nuestra mesa sin que ninguno de nosotros dos lo hubiese llamado.
—¿Cómo va el canal? —le preguntó el mozo a Robby, sonriente—. ¿Otro milloncito de suscriptores?
Robby dejó en el aire el tenedor, que atravesaba unos crocantes tentáculos de calamaretti, y dijo:
—Millón y medio desde la última vez que nos vimos, Claudio. El último desafío que subí se hizo viral.
Tanto el mozo como yo sabíamos de qué hablaba Robby: un fan lo desafió a escupir de emboquillada adentro de un vaso, a una distancia de un metro; Robby, sentado a la mesa, debía acertarle al vaso que tenía frente a sí, nada menos que treinta veces en sesenta minutos de video. Y Robby lo logró. Dos cámaras Canon EOS 70D y un iPhone 8 registraron el milagro. El vaso había quedado lleno hasta más de la mitad.
—Lo que no entiendo —dije yo, sin dejar de masticar mi tortilla a la española—, es de dónde sacaste tanta.
—¿Tanta qué?
—Tanta saliva, Robby. Eso me sorprende más que tu puntería. ¿Cómo hiciste?
Robby estaba por contestarme, cuando un muchacho de una mesa vecina se acercó para pedirle un autógrafo. Robby se negó, como siempre y según su política, y el mozo Claudio puso los ojos en el cielo. Y después de que el muchacho se fue desilusionado, Robby me dijo, displicente:
—Se calcula que una sola persona, con la saliva que produce durante toda su vida, podría llenar dos piletas de natación.
Negué con el dedo índice.
—Eso no responde a mi pregunta, Robby.
—La responde perfectamente —dijo Claudio, siempre parado junto a nuestra mesa.
Lo miramos.
—¿Trajeron alguna camarita? —siguió diciendo, y de un repasadorazo espantó a una mosca que sobrevolaba la fuente de calamaretti—. Yo quiero mostrarles una habilidad mía. Más que una habilidad, se van a pensar que es un efecto especial. Tengo un problema de glándulas yo. —Al decir esto, se llevó la mano a la garganta, y por ese gesto yo supuse que hablaba de sus glándulas salivales.
Robby agarró el iPhone, interesado. Y en ese momento no sospeché que esa sería una de las últimas acciones de su vida.
Porque el mozo empezó a secretar y secretar y secretar, y siguió secretando aun después de que hubo que sacar a Robby de la cantina, con los pulmones repletos de esa baba portentosa.
Cuando Claudio logró detenerse —todo termina, tarde o temprano—, les confesó a los policías y paramédicos que, al igual que yo mismo, ya chapoteaban en la cantina:
—Nunca pude bancarme que hace un mes este pendejo de mierda me negara un autógrafo para mi nena, qué vamos a hacerle.