Cuando el tren en que me descubrí viajando después del ajuste de cuentas entró en el descampado de la bajada Beazcoechea, a marcha lenta entre las hileras de plátanos del terraplén, tuve que llevarme la mano a la nariz, los dedos en pinza. Y vi que varios pasajeros hacían lo mismo. Incluso la anciana que estaba sentada frente a mí sacó de la cartera un pañuelo y le echó unas gotas de perfume antes de cubrirse la nariz. La repugnancia de aquel hedor provocaba escalofríos, y se incrementaba a medida que el tren iba avanzando. Me recordó un libro de esos que yo leía de pendejo, antes de que empezara a tirar mi vida por la borda, y debe de haber sido uno de los últimos: un ballenero se topaba en medio del mar con una ballena muerta, y la peste liberada por esas toneladas de podredumbre que flotaban en la superficie del oceáno era tanta que algunos tripulantes del barco optaron por meter las narices en las cazoletas de sus pipas.
No había mucha gente en el vagón, pero todos nos pegamos a nuestras ventanillas, a tratar de descubrir el origen de aquello. Imaginé que pronto aparecería en la barranca alguna vaca hinchada a reventar y con las patas tiesas como pilotes, que a veces vi vacas pastando en el terraplén. La anciana, toda una dama de otros tiempos, se limitaba a mirar de soslayo.
Entonces me vi al paso lento del tren, más allá de la ventanilla y a unos diez o doce metros. Tendido boca arriba entre el pasto, con una rodilla flexionada apuntando al cielo y la otra pierna extendida en toda su longitud y los brazos a los costados del cuerpo, tenía toda la actitud de quien toma sol, salvo que no estaba con el torso desnudo. Llevaba el traje claro y la corbata perfectamente anudada al cuello. Un boquete de oscuros bordes rojos me partía la sien, y la sangre ya había tomado el color de la tierra.
El mismo traje y la misma corbata que llevo ahora, me dije en voz alta, azorado.
Pero la anciana sentada frente a mí no dio la más mínima señal de haberme oído.