País Relato - Autores

marcelo di marco

una historia de amor y comprensión

Después de ordenar nuestros pedidos al mozo que nos tocó en el Escher Platz, la miré de frente. Me atreví a mirarla de frente.
La tal Maribel, la chica con que se había venido Juan Cruz al restaurante, era más espantosa de lo que yo me había imaginado. Y digo “la chica” movido no tanto por una piadosa deferencia sino por la necesidad práctica: de algún modo hay que llamar a esa aberración de shorts escoceses y pulovercito, indudablemente confeccionados a la medida de las torsiones de su cuerpo contrahecho; si uno no supiera que aquello se trataba de una hembra de la humana especie —me resisto a hablar de semejante vestiglo en términos de “mujer”—, le resultaría imposible siquiera determinarle el sexo. Porque, cuando dije recién que la chica era espantosa, no quise significar que era simplemente fea: Maribel era horrenda, sin vuelta de hoja; un monstruo que sólo gracias a estos tiempos de corrección política podía salir a la calle y sentarse —como ahora— a tomar un café con amigos. En otras épocas, esta especie de jabalí verrugoso, a la que ni siquiera le faltaban los colmillos curvos asomándose por el labio y el flequillo negro como cosido en medio de la frente, hubiera ido a parar sin más trámites a alguno de esos centros de acogida, tal como la discreción obliga a llamar a los asilos de discapacitados, piadosas ferias de fenómenos que hacen las delicias de los sádicos incurables y despiertan el horror de las buenas gentes.
Pobre amigo mío, pensé, siempre bajo la sospecha de que aquel tímido incorregible de Juan Cruz, a sus treinta y pico largos, todavía no se la había puesto a nada ni a nadie que circulara por la faz de la Tierra. De sólo imaginarlo sentado al borde de la cama con aquel bicharraco lovecraftiano se me estrujaba el corazón.
—¿Hace mucho que nos esperabas? —me preguntó Juan Cruz, en un tono que rogaba mi indulgencia, y miró la hora en su reloj de pulsera—. Se nos hizo un poco tarde, porque no calculé que Maribel no puede subirse al subte.
—Me baja la presión cuando no estoy sobre la superficie —explicó ella con una voz que sonaba a piedras entrechocándose en lo profundo de un río barroso.
Pero no pude responderles enseguida, y no sólo por el nudo de angustia que me sujetaba la garganta: acababa de notar que la pareja de la mesa de al lado se levantaba y pagaba con toda rapidez, de seguro compelidos por una resolución que ya no les era posible postergar. La chica de la pareja tenía lágrimas en los ojos, y al salirse de la mesa luchaba por apartar la vista de la fascinante cara de Maribel. Y conste que esto de “fascinante cara” no es un sarcasmo ni nada que se le parezca. De reojo, también me miraba a mí.
—No hay problemas —dije, alzando en toda su pulcritud mis manos finas y largas, como de hiperbólico pianista—. Hoy había reservado la tarde para conocer a la novia de mi amigo.
Juan Cruz levantó los ojos directo a mis acuosas pupilas.
—La… ¿novia…? —dijo, en un balbuceo que me descolocó.
Ahora los dos me miraban fijo. En la mueca de Maribel leí desconcierto. En la mirada de ceño fruncido de Juan Cruz, la más completa incomprensión.
—¿Novia mía? —repitió él, y la sonrisa se le fue ensanchando.
—¿Novia de… Juan Cruz? —dijo Maribel, señalando a Juan Cruz y sonriendo incrédula. Ladeó su cabezota para mirar alrededor, como quien dice “Miren a este tipo, tan fresco”.
Y el tipo tan fresco, aparentemente, era yo.
—Perdón —dije—. Vos me dijiste… —me dirigía a Juan Cruz, casi tocándole la barbilla con el índice, mesa por medio—. Vos me invitaste acá, al Escher, a que conociera a tu novia. A una chica que te habían presentado hace unos días. ¿O no?
Mi amigo puso cara de entender. Dijo, sonriente y después de morderse el labio:
—El servicio de la telefónica está imposible. Todo al revés, Juanjo.
—No te entiendo.
Ahora el que se mostraba indulgente era él. Dijo:
—Justo cuando te hice mi propuesta por el celu, la voz tuya iba y venía. Cuando me dijiste que estaba todo perfecto, que nos veíamos acá, creí que me habías entendido. —La miró a Maribel, quien desde hacía unos minutos no me sacaba de encima los voraces ojos—. Maribel, te presento a Juan José. —Ahora me habló a mí—. Juan José, te presentó a Maribel.
Y así, entre pitos y flautas, ya llevamos dos años de casados. Y felicítenme: Maribel está embarazada de siete meses.
Hacer el amor durante las primeras semanas fue, para nosotros, todo un desafío. Pero pronto Maribel logró acostumbrarse a que la sujetara por detrás con los tentáculos que parten de mi pescuezo, a que le hundiera mi trompa prensil en el hueco paralelepípedo de su vagina, a que la penetrara simultáneamente con los cinco apéndices de tejido cavernoso que fluyen de mi bajo vientre. A decir verdad, somos bastante felices.