—¿Te pasa algo, Boris? —le preguntó Esther al pedorro, sin mirarlo, mientras cortaba una zanahoria sobre la tabla de picar. Con más de veinte años de convivencia lo conocía más que a sí misma, y era evidente que algo bastante serio lo andaba preocupando. Y, si lo que lo andaba preocupando era aquello, según ella lo sospechaba —qué otra cosa que no fuera aquello lo tendría así de angustiado, si no—, resultaría bastante divertido ver con qué mentiras le saldría. Como fuese, el pedorro no exhibía el estado de ánimo más conveniente para disfrutar el estreno del quincho abierto que habían terminado de construir la semana anterior. El mismo quincho bajo el que, en poco más de medio año, sucederían cosas maravillosas. Las cosas que suceden en toda familia de verdad. Un quincho nuevo y una casa con pileta no le sirven para nada a un matrimonio sin hijos ni amigos, ¿no?
Era un mediodía de brillante primavera. El sol hacía vibrar de un verde eléctrico la ligustrina y quería incendiar la paja del flamante bungalow, levantado a tres metros de la pileta perimetrada de material atérmico. En contraste con el calor, el aire bajaba en generosas ráfagas de ese cielazo bien celeste y corría libre por el parque de la casa, ayudando bastante en la combustión de la madera dispuesta bajo la nueva parrilla.
—¿Está todo bien, querido?
No, se dijo Boris. No está todo bien. Para nada bien. Y, ante la insistencia de Esther, se decidió a tirar cualquiera:
—¿Te acordás de la colo que hice el jueves? —dijo, arrimando carbón.
Esther interrumpió el trabajo con el cuchillo, y miró los dos pedazos de zanahoria que le faltaba rebanar. Y lo miró a él, poniendo cara de otra-vez-vos-con-tus-benditas-colonoscopías-cuando-estamos-por-comer.
—Era un tipo de unos cincuenta y pico —dijo Boris sin acusar recibo, removiendo con el atizador—. Vino con la mujer, según contestó cuando mi asistenta nueva le preguntó con quién vino de acompañante. Cuando el anestesista le preguntó a qué se dedicaba, mientras lo estaba durmiendo, el tipo dijo que era un investigador de no sé qué cazzo.
—¿Un detective, querido? Qué apasionante. Hacete amigo, que siempre conviene tener un amigo en la Policía.
Él la miró.
—No, nada que ver con la Policía —dijo, y se dio cuenta de que el fuego necesitaba ayuda. Dobló el diario y se puso a apantallar con todo. Las llamas incipientes largaron un chisporroteo, y un irritante proyectil encendido le alcanzó la pelada—. Enseguida el tipo aclaró que escribía para publicaciones en internet —siguió diciendo, después de sacudirse de la coronilla la brasita—. Me llamó la atención, porque todo el mundo contesta “empleado”. Este no.
—Y en qué investigaciones se especializaba el tal investigador.
—No pudo terminar de decirlo.
—¿Otro que se quedó en la anestesia? —Esther retomó el trabajo con el cuchillo, sonriente. Le gustaba cortar los ingredientes de la ensalada a menos de un milímetro de espesor, cosa de que sus rodajas de tomates, zanahorias y palmitos alcanzaran la máxima transparencia. Todo un arte.
—No, Gorda. Ya te dije que algo así es rarísimo que pase. Es un caso en doscientos mil. En toda mi carrera, jamás conocí a ningún anestesiólogo a quien se le muriera un puto paciente. El tipo se quedó frito de dormido. Para qué, pobre tipo.
Y Boris siguió con la sanata, abundando en detalles horrendos —a ver si la otra se dejaba de joder con tanta pregunta— acerca de la ristra de tumores malignos que supuestamente le había detectado al tal investigador. Cuando terminó con su relato, por lo menos la otra se quedó callada. Callada y cortando su ensaladita de mierda. Sin ganas de seguir sonsacando, ante una historia tan dolorosa.
Puras mentiras, desde luego. Lo que en realidad lo tenía preocupado a Boris —angustiado más que preocupado, y anonadado más que angustiado— era que la muy estúpida de Rocío se había descuidado con las pastillas, y ahí estaban las terroríficas consecuencias: un pendejo. Y él no era ningún estúpido, claro que no: desde hacía semanas sospechaba que la guachita las había dejado de tomar a propósito. ¿Qué pretendía? ¿Chantajearlo? ¿Obligarlo a que largara a la Gorda? Como si un matrimonio de veintipico de años pudiese cortarse así como así. De terror.
Y lo más terrorífico: no había manera de que su asistente accediese a practicarse un aborto. De eso no cabía la mínima duda. ¿No había modo de convencerla? No, no había modo de convencerla: lo último que le había dicho Rocío, antes de desaparecer, era que estaba empecinada en tener al chico —o a la chica, o a lo que mierda fuese—. Encima la guacha se había vuelto inhallable. Si hasta renunció a la clínica y todo, y se borró del Face y de WhatsApp, y la línea de su celu sonaba muerta. Dos días atrás, él había recibido un escueto mensaje, proveniente de una casilla desconocida: estamos en contacto papi habrá novedades. Qué hijas de puta que podían llegar a ser las minas, Dios nos libre.
Y el tiempo corría. ¿Hasta cuándo lo podrían ocultar?
Ma sí, se dijo Boris. Mañana será otro día.
Y se dispuso a darle vueltas a la roldana, para bajar la parrilla: pronto obtendría brasas suficientes.
A Esther, cuchillo en mano, le dio un poco de pena verlo así, con la nuca colorada de los nervios y dándole vueltas a la manija de la parrilla nueva. Y bueno. Que aprovechara los pocos meses que le quedaban de estar en la casa, el pobre, con lo que le gustaba hacer asados.
Sacó del fuentón una planta de lechuga mantecosa, la escurrió, la puso sobre la tabla de picar y empezó a cortarla en juliana. Se ufanaba de su destreza para cortar finito, pero sabía que pronto tendría otro motivo para sentirse orgullosa de sus habilidades gastronómicas. Seguramente aprendería a hacer los asados mejor que el pedorro y todo. A Rocío y al hijito de las dos les encantarían, claro que sí.